Ya expliqué en este blog que el joven investigador David Caramazana, en tiempos amigo al que ayudé en sus investigaciones y con el compartí impresiones diversas en torno al arte medieval jerezano y sevillano, ha desarrollado una considerable aversión hacia mi persona; aversión muy probablemente provocada y estimulada por Manuel Romero Bejarano, mentor y suministrador de documentación varia para sus publicaciones. Claro está que cada uno puede escoger con quien llevarse bien o mal, o si merece la pena desarrollar enemistades solo para dejar claro a qué grupo-secta en concreto se pertenece. El problema surge cuando el deseo de hacer daño al presunto enemigo se vuelve tan profundo que te lleva a incurrir en una continua mala praxis en tu trabajo; en este caso, en las publicaciones científicas en las que coinciden nuestros campos de investigación.
Si hasta hace no mucho el citado investigador había decidido
hacerme una damnatio memoriae en toda regla omitiendo mi nombre todo lo
posible, en su antepenúltimo artículo Caramazana Malía llegaba a atribuirse a
sí mismo una serie de aportaciones que pertenecían a otras personas, sobre todo
al firmante de estas líneas. En el
que acaba de publicar sobre el recinto amurallado de Jerez va a más, y
cuando le corresponde hablar de la aljama de Sharis escribe la siguiente nota a
pie de página:
“A la espera de los resultados de la intervención arqueológica, lo más
serio escrito al respecto en Guerrero, Espacio y construcción, pp.
43-46; Borrego, “La ciudad andalusí de Jerez”, pp.
43-78. Nos
distanciamos de la hipótesis sobre la aljama jerezana y la errónea cronología
planteada por López Vargas-Machuca, “La mezquita aljama”,
pp. 7-34.”
El mensaje parece claro: mi artículo publicado en Trocadero
no es serio. Lo siento, pero en una revista científica tales insultos
gratuitos no se pueden publicar, menos aún sin aportar ni un solo argumento que
corrobore esa presunta falta de seriedad generalizada. ¿Se lo explicaron a este
señor en la universidad? Seguro que sí, pero él mismo ha decidido cambiar a su
antiguo director de tesis, una persona tan excepcional como exigente, por un
íntimo amigo de Manuel Romero Bejarano que se mueve en una dinámica muy
distinta. Y ya si no vamos a los propios trabajos científicos del citado
Bejarano, repletos de insultos, chascarrillos, desprecios, gracietas de diversa
índole y motes que él mismo pone a otros investigadores, comprenderemos de dónde
le viene a Caramazana semejante manera de actuar.
No, no es serio realizar tales acusaciones sin aportar ni un
solo argumento científico, pero menos serio aún es no haberse leído detenidamente
el artículo en cuestión: si lo hubiera hecho, descubriría que las conclusiones
se apartan poco de lo que podríamos llamar “ortodoxia interpretativa” de los
restos que han aparecido en la Casa del Abad, y que de hecho mi clasificación
del patio en época almohade –todo lo discutible que se quiera– es aceptada por
Borrego Soto y encaja con las propias tesis que Caramazana defiende, esto es,
la existencia de una primitiva aljama en San Dionisio y la correspondencia de
los restos junto a la catedral a tiempos de los Unitarios.
Lo dicho, no se lo ha leído. Al menos, no se lo ha leído
bien, o se ha creído lo que alguien le ha contado que en él escribo, y que eso
que escribo es muy malo. Asimismo, queda claro que tampoco le ha vuelto a echar
un vistazo a mi viejo artículo sobre Santo Domingo –disponible en este mismo
blog- que él cita como ejemplo de publicación en la que se acepta una
cronología islámica para los restos ocultos en lo que los jerezanos llamamos
“Los claustros”. No lo hice, por una sencilla razón: cuando escribí aquello
para presentarlo en un congreso en Valencia los restos del muro de tapial, los
merlones del mismo material y la puerta de piedra con un arco de herradura apuntado
no habían aparecido. ¿Cómo demonios iba yo a decir nada sobre una edificación
defensiva? Los primeros que escribieron sobre esta y sobre la posible
existencia de un ribat fueron Laureano Aguilar y Rosalía González en su libro
sobre las murallas, y muchísimos años más tarde yo he vuelto a plantear esa
posibilidad basándome en la existencia al mismo tiempo de una fortificación y
de un morabito en forma de qubba, justo el que representa Van den
Wyngaerde y el que fue utilizado, según Rallón, como cabecera del primitivo
templo dominicano, que se extendía longitudinalmente en lo que hoy es la
Alameda Cristina, antiguo Llano de San Sebastián.
¿Ponemos la cosa aún peor? Miren qué escribe Caramazana: “No obstante, otros autores plantean una
construcción de época cristiana: González y Aguilar, El sistema defensivo,
p. 106". Pues lean, lean lo que realmente escriben Rosalía y
Laureano:
“En cuanto a su cronología nos es
imposible por el momento ajustarla con exactitud. En principio estimamos que
pudo formar parte del entramado defensivo almohade y así lo hemos recogido en
la reconstrucción virtual. De hecho las características de los arranques del
arco de la puerta en forma de “pico voladizo acusado” son consideradas por B.
Pavón invención almorávide-almohade. Pero también puede tratarse de una obra de
clara ascendencia islámica, levantada o reformada en muy tempranos momentos de
la etapa cristiana, aunque la pronta instalación de la orden dominica en sus muros
no parece abundar en este sentido.
Sobre su uso, además de la
función defensiva a la que hacen referencia las fuentes, quizá sirvió de
resguardo para viajeros, mercancías y ganados que llegaban a la ciudad tras el
cierre de sus puertas, a modo de manzil o albergue, o tal vez de
albacar. Y no es descartable que, a pesar de la proximidad al recinto urbano,
desempeñasen el papel de ribat, convento o monasterio fortificado con
carácter tanto piadoso como militar. De hecho, el P Rallón menciona que en ese
reducto “... hubo una Mesquitilla, o oratorio de los moros con una
huerta y algunas casas para sus alfaquíes”.
¿Problemas de comprensión lectora por parte de Caramazana o, más
bien, voluntad de trasmitirle al lector que González y Aguilar, sin descartar
una cronología cristiana, encuentran argumentos sólidos para apostar por una
cronología almohade e incluso llegan a plantear que se pudo tratar de un ribat?
Lo dicho: Caramazana bien no se lee todas las fuentes que
recoge en la bibliografía, bien las manipula a su antojo. Si el deseo de
aportar cosas serias sino se ve enturbiado por la imperiosa necesidad de dejar
en mal lugar a otros colegas, no necesita realizar un análisis pormenorizado de
la bibliografía ni transmitir con exactitud lo que estas dicen. Basta con citar
de pasada o maliciosamente, aunque sea incurriendo en errores de bulto.
Si alguien cree que lo de este artículo es un caso puntual, que se vaya al de Centro y Periferia, que analicé en esta otra entrada, y vea cómo cita Arquitectura alfonsí de Rafael Cómez para hacer referencia a las aportaciones de este autor sobre el gótico en Jerez, cuando no hay en ese libro ni un solo párrafo sobre el tema. Lo que Cómez estudió en Jerez, San Dionisio y San Lucas además de la mezquita del alcázar, se encuentra en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio, un libro algo posterior del mismo autor. Caramazana no consultó ninguno de ellos para escribir su artículo. Tendré que recordarle a este chico lo que les digo a mis alumnos del Bachillerato Internacional cuando tienen que hacer la Monografía, una especie de TFG en miniatura: solo se puede citar lo que realmente se consulta, haciéndolo con su número de página y tal para que el lector pueda verificar la veracidad de la cita. Citar “porque sí” para aparentar un esfuerzo mayor del que se ha hecho no es (¿se entera, señor Caramazana?) mínimamente serio.
Tengo más cosas que decir sobre su artículo –por ejemplo, sobre el presunto paseo de ronda en el muro interior de la Casa del Abad que yo mismo pude recorrer con Gonzalo Castro, o ese Arroyo Salado sobre el que quien a ustedes se dirige vivió el primer año de su vida–, pero ahora no hay tiempo: tengo tres proyectos editoriales muy bonitos que no dejo de interrumpir para atender a interferencias como esta, pero a estas alturas no pienso seguir renunciando a ellos para desenredar las madejas que otros han enredado. A ver si este verano, con menos agobio, me explayo sobre el asunto.