sábado, 16 de mayo de 2026

No time for this

Insulta David Caramazana mi trabajo en su ultimísimo artículo, pero luego escribe la más disparatada, incoherente y pretenciosa teoría sobre la cristianización de la mezquita mayor de Jerez que uno pueda imaginar. Lo siento, no tengo tiempo para replicar estupideces que se desmontan por sí mismas. Ya lo haré con detalle cuando proceda. En este momento, mi tiempo está para seguir aprendiendo, que es lo que deberíamos hacer todos.

PS. Hoy aprendo sobre arte en Milán. La foto la acabo de hacer in situ. 

miércoles, 29 de abril de 2026

Manuel Esteve Guerrero: un fascista mediocre y deshonesto

Anuncia el Centro de Estudios Históricos Jerezanos la nueva edición de sus antaño admirables y hoy muy venidas a menos Jornadas de Historia de Jerez que organiza el señor Ramón Clavijo, ese mismo que con muy educadas y exquisitas maneras ha escrito las misivas con las que la referida institución me ha dado continuas patadas en el culo. Título de la nueva entrega: "El arqueólogo Manuel Esteve Guerrero. Su legado cincuenta años después".

Lo dije en público ayer mismo por la parte, sin mencionar su nombre, en el Palacio de Villapanés. Lo pongo hoy aquí más clarito. Manuel Esteve Guerrero fue un intelectual de manifiesta grisura, además de una persona profundamente deshonesta con profesionales a los que no llegaba a la altura del betún. Ahí está el caso Hipólito Sancho, que tuve la ocasión de destapar hace años para desesperación del señor Clavijo; caso que explica que los estudios de Historia del Arte en Jerez avanzaran escasamente durate los años cincuenta, sesenta y setenta, toda vez que su muy tramposa segunda edición de la Guía Oficial de Arte hizo creer a muchos investigadores que en ella estaba recogidas las aportaciones hasta entonces realizadas. No lo estaban: faltaba casi todo lo de Hipólito. No echemos balones fuera y digamos que este fenómeno se produjo por el desinterés del profesorado universitario de la época, desinterés que ciertamente también existió. Esteve fue culpable, uno de los culpables, porque engañó intelectualmente a quienes se acercaban a investigar nuestro patrimonio.

Miren ustedes, si ese señor ocupó los cargos que ocupó fue únicamente porque encajaba con el perfil que buscaban las autoridades locales de la dictadura: alguien que, teniendo cierta experiencia dentro de determinados ámbitos profesionales, fuera un fascista de libro. Recuerden que don Manuel tenía permiso para portar pistola por aquello de su inquebrantable adhesión al Movimiento.

¿Hay que estudiar lo que hizo Esteve como presunto arqueólogo? Puede que sí, con las correspondientes publicaciones científicas que analicen con total imparcialidad sus méritos o deméritos en Asta Regia. Pero dedicarle estas Jornadas no es hacer eso, sino rendirle un homenaje en toda regla. Un homenaje a la imposición y el triunfo de la mediocridad en la más gris etapa de la historia de nuestra ciudad. Todo a la altura, eso sí, de los defensores de su más que dudoso legado, que no son otros que algunos miembros de la actual cúpula del CEHJ.

Me parece que debo repetirme: una de las mejores cosas que le puede pasar a la cultura en Jerez es que esa institución, hoy bochornosamente absorbida y controlada por el Museo Arqueológico para servir a los intereses de Barrionuevo y su selectísimo lobby de deudores y aduladores, es que se disuelva inmediatamente y dé paso a un nuevo organismo dirigido por personas mucho más rigurosas, honestas y trabajadoras.

lunes, 30 de marzo de 2026

Aquí va la conferencia sobre Bernini

Va dedicada a ese señor que, me consta, anda arguyendo cosas increíblemente bizarras -por usar un término muy suyo como excusa para dejarme fuera de todas las conferencias que organiza; la mayoría de las cuales tienen a él mismo como protagonista, dicho sea de paso-. Y también se la dedico a los señores de la cúpula del CEHJ -señores y señora, no me olvido de la ilustre doña Carmen Raimóndez- que decidieron darme el puntapié por considerarme indigno de semejante institución. No, no cuela eso de que yo soy el malo de la película: lo que he hecho en las redes sociales es defenderme, con toda la dureza que las circunstancias han demandado, de las continuas insidias de un Miguel Ángel Borrego Soto dispuesto a rebasar todos los límites con tal de quitarse de en medio a quienes considera que le hacen sombra.

Venturosamente, el tiempo los pondrá a todos en su sitio. O ya los está poniendo: tras la conferencia tuve la oportunidad de exponer al abundante público esta situación, y me parece que se sacaron conclusiones bastante lógicas. Esta cúpula del CEHJ pasará a la historia, pero no por las razones que a sus miembros les gustaría.

jueves, 26 de marzo de 2026

Un derecho y un deber

Me hizo muy feliz el pasado martes 24 Ateneo Siglo XXI dándome la oportunidad de hablar, en el Palacio de Villapanés, sobre la escultura de Gian Lorenzo Bernini. Me ha permitido hacer lo que más me gusta: compartir las cosas que me interesan, plantear las preguntas que yo mismo me hago, intentar entusiasmar con lo que me entusiasma, abrir puertas a quienes quieren recorrer senderos... Todo ello en un momento en el que he caído en desgracia ante los que manejan los hilos de la cultura en Jerez: no es ninguna casualidad que en los últimos años no haya impartido ninguna conferencia pública -otra cosa son las asociaciones de mayores, cuyas charlas son de carácter semiprivado- en esta ciudad. Mi última intervención sobre arte fue en el Palacio Ducal de Sanlúcar de Barrameda, hace un par de años. El Ayuntamiento ya hace tiempo que me vetó. Bueno, el Ayuntamiento no, sino el técnico de Cultura que se encarga de organizar conferencias: Manuel Romero Bejarano. Luego están el Centro de Estudios Históricos Jerezanos y el Museo Arqueológico, instituciones en teoría independientes que andan unidas de facto bajo la dirección de Francisco Barrionuevo. ¿Pueden creer que en los treinta años que llevo investigando Ramón Clavijo jamás me ha reclamado para una conferencia en sus Jornadas de Historia de Jerez? El último en dejarme fuera ha sido Javier Jiménez López de Eguileta en el curso sobre historia y patrimonio que ha organizado para la diócesis. Igualmente ha sido marginada por este último, y por todos los arriba citados, la doctora Esperanza de los Ríos Martínez, a la que venturosamente también ha podido recuperar Ateneo Siglo XXI: la escucharemos el mes que viene hablando de José de Arce.

 

Todo esto me lleva a una cuestión central que expuse al finalizar la charla: hay mucha gente en Jerez perfectamente preparada para hablar de cosas que son de interés general. Cosas que no son, necesariamente, aquellas sobre las que uno ha investigado. Está muy bien que quienes estudiamos historia y patrimonio expliquemos aquello que hemos descubierto y tal. Está mejor aún que los jerezanos quieran conocer su ciudad. Pero resulta cansino, por no decir egoísta, que quien a ustedes dirige hable tan solo del mudéjar, Fulanito sobre tal tema y Menganita sobre aquel otro.

Por eso mismo quise centrarme en Bernini, decisión que habrá desconcertado a algunos. Podría haberlo hecho, porque me dieron carta blanca, sobre cómo la iglesia de La Rábida es obra del taller gótico-mudéjar en Jerez y fue costeada por el I Duque de Medina Sidonia: es investigación propia, la conferencia estaba preparada -la que ofrecí en Sanlúcar- y hubiera quedado bonita. Pero tenía razones de peso para dedicar la charla al genio de la escultura. Primero, porque me encanta. Segundo, porque necesitaba desencasillarme y quería aprender cosas nuevas, en este caso viajando otra vez a Roma y leyendo mucho. En tercer lugar, y no menos importante, porque hay muchísimas personas -quedó demostrado por la enorme afluencia de público- que quiere saber más sobre los grandes de la historia del arte, o sobre historia en general. No todo puede ser Jerez y su mundo. Hay demanda por saber más, qué sé yo, sobre la Acrópolis de Atenas, las Cruzadas, la Conquista de México, Cervantes, el alzamiento de Riego en Las Cabezas o la pintura del Expresionismo.

Considero que hay restringir a los espacios adecuados esa dinámica del investigador que presenta a otros investigadores sus últimos descubrimientos manejando un código inteligible solo para el círculo de especialistas. Eso es lo apropiado en un congreso o en unas jornadas. Lo es también en el espacio de "la pieza del mes" que organizan muchos museos, entre ellos el jerezano. Pero la inmensa mayoría de las personas demandan también que se les dé acceso a los grandes temas de la cultura. ¿Por qué demonios no puede nuestro Museo Arqueológico organizar al mismo tiempo charlas sobre qué son la revolución neolítica o el megalitismo, pongamos por caso? ¿Acaso supone eso "rebajar" el nivel de exigencia intelectual a un investigador? Me temo que hay gente que así lo piensa. Una vez le pedí a un profesor universitario que publicase un resumen de su voluminosa tesis doctoral. La respuesta fue contundente: "yo no tengo que hacer divulgación, quien quiera conocer mis aportaciones que se lea las dos mil páginas". Fue el mismo catedrático que me dijo, literalmente, que los profesores de instituto no tenemos por que investigar, que a nosotros el estado nos paga por impartir clases a alumnos de secundaria. 

Sintiendo repugnancia ante tan clasista posicionamiento, soy de los que piensan que los historiadores tenemos que "bajar a la tierra", apartarnos de medalleos que parecen intercambios de cromos -yo te la pongo a ti y tú dos años más tarde me la pones a mí-, olvidarnos de conferencias impartidas en tono épico que recuerdan a pregones, dejar de organizar ciclos para que nosotros mismos y nuestros amiguetes presentemos nuestros "grandes descubrimientos" -ahí está el exclusivo chiringuito que se ha montado Miguel Ángel Borrego Soto ad maiorem gloriam suam-. Lo que tenemos que hacer es ponernos el mono de trabajo, prepararnos aquellos temas que los amantes de la cultura quieren conocer y ofrecérselo en las mejores condiciones posibles. Descender a la tierra y realizar divulgación de los temas que haga falta no es solo un derecho que tenemos los investigadores frente a aquellos que piensan que determinados temas son de su propiedad: es también un deber, un compromiso con la sociedad. 

Obviamente, para hacerlo hay que tener tiempo, capacidad de comunicación y ganas de estudiar, pero insisto en que en Jerez hay no pocas personas de diferentes ámbitos dispuestísimas para hacerlo, y que si no están ahí, frente a quienes desean escucharlas, es porque los cuatro o cinco que manejan las instituciones que organizan conferencias no están interesados en realizar la oportuna invitación. O directamente no quieren hacerlo, por motivos inconfesables pero que usted, yo y todo el mundo conocemos perfectamente.

Por eso mismo hay que agradecer iniciativas como la de Ateneo Siglo XXI y confiar en que se siga ampliando una nómina de conferenciantes ajena a esos círculos selectos que han disfrutado de exclusividad gracias a su estratégica cercanía a los círculos de poder. 

viernes, 13 de marzo de 2026

¿Prestigio? ¿Qué prestigio? El treinta por ciento de los miembros del CEHJ termina abandonando

Celebra mañana sábado el Centro de Estudios Históricos Jerezanos un acto institucional con recepción de nuevos miembros, entrega de medallas -esto les encanta: crea redes clientelares- y tal. Hablemos de miembros. De números. En la página web figura que actualmente hay 77 miembros no fallecidos, incluyendo 4 correspondientes. De todos ellos, 21 son supernumerarios, es decir, en la práctica están fuera: pertenecieron a la institución y han decidido abandonarla. Voy a sumar a tres personas que formaron parte y la han dejado del todo, queriendo expresamente no figurar como supernumerarios: José Antonio Mingorance, Jesús Caballero Ragel y Juan Antonio Moreno Arana. Puede que haya más. Y me sumo también yo, que he sido pasado a supernumerario por iniciativa de Miguel Ángel Borrego Soto -quien lleva poniendo en entredicho mi categoría científica desde hace años por razones de sobra conocidas- y la plena aquiescencia de Francisco Barrionuevo y su Junta Directiva. El tiempo pondrá a estos últimos en su sitio.

Pero bueno, vamos a sumar. Total de miembros que pertenecen o han pertenecido al Centro de Estudios Históricos Jerezanos, dejando a un lado fallecidos y honorarios, 82. Total de los que abandonan, sumando supernumerarios y quienes no somos ya ni eso, 25. Hagamos una simple regla de tres: un 30 % de los miembros del CEHJ -puede que sean más, me faltan datos sobre si ha habido otros abandonos completos- están fuera de la institución. Tres de cada diez.

¿Razones del abandono? Como mínimo, el desinterés. En los casos más graves -es el mío propio-, profundo desacuerdo con el funcionamiento interno y las líneas de acción. En otras ocasiones, quizá muchas, puro desencanto. Para no pocas personas habrá sido una mezcla de los tres factores. Lo que está claro es que las cosas no funcionan, y que bajo ningún concepto el CEHJ puede hablar de prestigio institucional ni de nada parecido: la cifra es escandalosa y habla por sí sola. Y si sumásemos -no hay manera de contabilizarlo- la lista de aquellos a quienes se les propuso ingresar y dieron nones, ya ni les cuento.

Las cosas no van a mejorar. Al contrario. Barrionuevo ha convertido el actual CEHJ en un lobby de arqueólogos al servicio de los intereses de quienes integran su cúpula. La actual Junta Directiva, al haberme rebajado a supernumerario al tiempo que decidía apoyar firmemente las malas prácticas científicas de Borrego Soto -que son vox populi, aunque muchos no se atrevan a levantar la voz-, deja claro que no está dispuesta a admitir voces discordantes. También de que se mantiene firme en su deseo de no abrir el acceso al CEHJ mediante un sistema que no sea la designación a dedo, reclamación que realicé cuando pertenecí a dicha Junta y que marcó el principio de la serie de desencuentros que he tenido con ella.

Dicho de otra manera, los señores y señoras que me han dado el puntapié y han arropado a Borrego Soto quieren que el CEHJ siga funcionando de manera abiertamente endogámica, y por ende al servicio de círculos muy concretos con intereses comunes. Por eso mismo, lo mejor que puede hacer el CEHJ es disolverse y dejar paso a una nueva institución ajena a personalismos, libre tanto del comportamiento sectario como de enfrentamientos con otras instituciones. Una institución, en definitiva, verdaderamente al servicio de la comunidad de investigadores en su integridad, y no pensada para jugar al “Yo te medalleo, tú me medalleas, él nos medallea”.

Por cierto, la medalla de este año va para la Asociación de Amigos del Museo Arqueológico. Quienes la forman, sus integrantes, los que pagan cuotas y acuden a las actividades, se la tienen merecidísima, pero la circunstancia de que su presidente, Diego Bejarano, sea al mismo tiempo miembro de la Junta que otorga la medalla, resulta un poquito inconveniente, por decirlo de manera suave. “Yo me medalleo…”.

jueves, 26 de febrero de 2026

Sobre la seriedad: un nuevo artículo sobre el recinto amurallado de Jerez

Ya expliqué en este blog que el joven investigador David Caramazana, en tiempos amigo al que ayudé en sus investigaciones y con el compartí impresiones diversas en torno al arte medieval jerezano y sevillano, ha desarrollado una considerable aversión hacia mi persona; aversión muy probablemente provocada y estimulada por Manuel Romero Bejarano, mentor y suministrador de documentación varia para sus publicaciones. Claro está que cada uno puede escoger con quien llevarse bien o mal, o si merece la pena desarrollar enemistades solo para dejar claro a qué grupo-secta en concreto se pertenece. El problema surge cuando el deseo de hacer daño al presunto enemigo se vuelve tan profundo que te lleva a incurrir en una continua mala praxis en tu trabajo; en este caso, en las publicaciones científicas en las que coinciden nuestros campos de investigación.

Si hasta hace no mucho el citado investigador había decidido hacerme una damnatio memoriae en toda regla omitiendo mi nombre todo lo posible, en su antepenúltimo artículo Caramazana Malía llegaba a atribuirse a sí mismo una serie de aportaciones que pertenecían a otras personas, sobre todo al firmante de estas líneas. En el que acaba de publicar sobre el recinto amurallado de Jerez va a más, y cuando le corresponde hablar de la aljama de Sharis escribe la siguiente nota a pie de página:

“A la espera de los resultados de la intervención arqueológica, lo más serio escrito al respecto en Guerrero, Espacio y construcción, pp. 43-46; Borrego, “La ciudad andalusí de Jerez”, pp. 43-78. Nos distanciamos de la hipótesis sobre la aljama jerezana y la errónea cronología planteada por López Vargas-Machuca, “La mezquita aljama”, pp. 7-34.”

El mensaje parece claro: mi artículo publicado en Trocadero no es serio. Lo siento, pero en una revista científica tales insultos gratuitos no se pueden publicar, menos aún sin aportar ni un solo argumento que corrobore esa presunta falta de seriedad generalizada. ¿Se lo explicaron a este señor en la universidad? Seguro que sí, pero él mismo ha decidido cambiar a su antiguo director de tesis, una persona tan excepcional como exigente, por un íntimo amigo de Manuel Romero Bejarano que se mueve en una dinámica muy distinta. Y ya si no vamos a los propios trabajos científicos del citado Bejarano, repletos de insultos, chascarrillos, desprecios, gracietas de diversa índole y motes que él mismo pone a otros investigadores, comprenderemos de dónde le viene a Caramazana semejante manera de actuar.

No, no es serio realizar tales acusaciones sin aportar ni un solo argumento científico, pero menos serio aún es no haberse leído detenidamente el artículo en cuestión: si lo hubiera hecho, descubriría que las conclusiones se apartan poco de lo que podríamos llamar “ortodoxia interpretativa” de los restos que han aparecido en la Casa del Abad, y que de hecho mi clasificación del patio en época almohade –todo lo discutible que se quiera– es aceptada por Borrego Soto y encaja con las propias tesis que Caramazana defiende, esto es, la existencia de una primitiva aljama en San Dionisio y la correspondencia de los restos junto a la catedral a tiempos de los Unitarios.

Lo dicho, no se lo ha leído. Al menos, no se lo ha leído bien, o se ha creído lo que alguien le ha contado que en él escribo, y que eso que escribo es muy malo. Asimismo, queda claro que tampoco le ha vuelto a echar un vistazo a mi viejo artículo sobre Santo Domingo –disponible en este mismo blog- que él cita como ejemplo de publicación en la que se acepta una cronología islámica para los restos ocultos en lo que los jerezanos llamamos “Los claustros”. No lo hice, por una sencilla razón: cuando escribí aquello para presentarlo en un congreso en Valencia los restos del muro de tapial, los merlones del mismo material y la puerta de piedra con un arco de herradura apuntado no habían aparecido. ¿Cómo demonios iba yo a decir nada sobre una edificación defensiva? Los primeros que escribieron sobre esta y sobre la posible existencia de un ribat fueron Laureano Aguilar y Rosalía González en su libro sobre las murallas, y muchísimos años más tarde yo he vuelto a plantear esa posibilidad basándome en la existencia al mismo tiempo de una fortificación y de un morabito en forma de qubba, justo el que representa Van den Wyngaerde y el que fue utilizado, según Rallón, como cabecera del primitivo templo dominicano, que se extendía longitudinalmente en lo que hoy es la Alameda Cristina, antiguo Llano de San Sebastián.

¿Ponemos la cosa aún peor? Miren qué escribe Caramazana: “No obstante, otros autores plantean una construcción de época cristiana: González y Aguilar, El sistema defensivo, p. 106". Pues lean, lean lo que realmente escriben Rosalía y Laureano:

“En cuanto a su cronología nos es imposible por el momento ajustarla con exactitud. En principio estimamos que pudo formar parte del entramado defensivo almohade y así lo hemos recogido en la reconstrucción virtual. De hecho las características de los arranques del arco de la puerta en forma de “pico voladizo acusado” son consideradas por B. Pavón invención almorávide-almohade. Pero también puede tratarse de una obra de clara ascendencia islámica, levantada o reformada en muy tempranos momentos de la etapa cristiana, aunque la pronta instalación de la orden dominica en sus muros no parece abundar en este sentido.

Sobre su uso, además de la función defensiva a la que hacen referencia las fuentes, quizá sirvió de resguardo para viajeros, mercancías y ganados que llegaban a la ciudad tras el cierre de sus puertas, a modo de manzil o albergue, o tal vez de albacar. Y no es descartable que, a pesar de la proximidad al recinto urbano, desempeñasen el papel de ribat, convento o monasterio fortificado con carácter tanto piadoso como militar. De hecho, el P Rallón menciona que en ese reducto “... hubo una Mesquitilla, o oratorio de los moros con una huerta y algunas casas para sus alfaquíes”.

¿Problemas de comprensión lectora por parte de Caramazana o, más bien, voluntad de trasmitirle al lector que González y Aguilar, sin descartar una cronología cristiana, encuentran argumentos sólidos para apostar por una cronología almohade e incluso llegan a plantear que se pudo tratar de un ribat? 

Lo dicho: Caramazana bien no se lee todas las fuentes que recoge en la bibliografía, bien las manipula a su antojo. Si el deseo de aportar cosas serias se ve enturbiado por la imperiosa necesidad de dejar en mal lugar a otros colegas, no necesita realizar un análisis pormenorizado de la bibliografía ni transmitir con exactitud lo que estas dicen. Basta con citar de pasada o maliciosamente, aunque sea incurriendo en errores de bulto.

Si alguien cree que lo de este artículo es un caso puntual, que se vaya al de Centro y Periferia, que analicé en esta otra entrada, y vea cómo cita Arquitectura alfonsí de Rafael Cómez para hacer referencia a las aportaciones de este autor sobre el gótico en Jerez, cuando no hay en ese libro ni un solo párrafo sobre el tema. Aquello que Cómez estudió en Jerez, San Dionisio y San Lucas además de la mezquita del alcázar, se encuentra en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio, un libro algo posterior del mismo autor. Caramazana no consultó ninguno de ellos para escribir su artículo. Tendré que recordarle a este chico lo que les digo a mis alumnos del Bachillerato Internacional cuando tienen que hacer la Monografía, una especie de TFG en miniatura: solo se puede citar lo que realmente se consulta, haciéndolo con su número de página y tal para que el lector pueda verificar la veracidad de la cita. Citar “porque sí” para aparentar un esfuerzo mayor del que se ha hecho no es (¿se entera, señor Caramazana?) mínimamente serio.

Tengo más cosas que decir sobre su artículo –por ejemplo, sobre el presunto paseo de ronda en el muro interior de la Casa del Abad que yo mismo pude recorrer con Gonzalo Castro, o ese Arroyo Salado sobre el que quien a ustedes se dirige vivió el primer año de su vida–, pero ahora no hay tiempo: tengo tres proyectos editoriales muy bonitos que no dejo de interrumpir para atender a interferencias como esta, y a estas alturas no pienso seguir renunciando a ellos para desenredar las madejas que otros han enredado. A ver si este verano, con menos agobio, me explayo sobre el asunto.

sábado, 31 de enero de 2026

Por si no ha quedado claro...

Jerez conoce su peor momento en lo que a la investigación histórica se refiere. No por la falta de iniciativa, sino por el poder acumulado por determinadas personas que están haciendo mucho daño.

A mi entender, lo mejor que podía ocurrir ahora mismo es Francisco Barrionuevo y Miguel Ángel Borrego Soto, dos señores que acaban de dejar bien claro cuál es su estatura y cuáles son sus verdaderas aspiraciones, abandonaran el Centro de Estudios Históricos, y que acto seguido esta institución se refundara sobre bases completamente nuevas que incluyeran, como condición principal, el acceso mediante méritos y no por designación, que es como hasta ahora se ha hecho para permitir la más descarado y nociva endogamia.

Justo la que va a permitir a estos dos individuos y a su más estrecho círculo de colaboradores ir pasándose el poder unos a otros durante los próximos lustros. Siento vergüenza por haber cometido el error de trabajar con ellos. Demasiado tarde.