lunes, 30 de marzo de 2026

Aquí va la conferencia sobre Bernini

Va dedicada a ese señor que, me consta, anda arguyendo cosas increíblemente bizarras -por usar un término muy suyo como excusa para dejarme fuera de todas las conferencias que organiza; la mayoría de las cuales tienen a él mismo como protagonista, dicho sea de paso-. Y también se la dedico a los señores de la cúpula del CEHJ -señores y señora, no me olvido de la ilustre doña Carmen Raimóndez- que decidieron darme el puntapié por considerarme indigno de semejante institución. No, no cuela eso de que yo soy el malo de la película: lo que he hecho en las redes sociales es defenderme, con toda la dureza que las circunstancias han demandado, de las continuas insidias de un Miguel Ángel Borrego Soto dispuesto a rebasar todos los límites con tal de quitarse de en medio a quienes considera que le hacen sombra.

Venturosamente, el tiempo los pondrá a todos en su sitio. O ya los está poniendo: tras la conferencia tuve la oportunidad de exponer al abundante público esta situación, y me parece que se sacaron conclusiones bastante lógicas. Esta cúpula del CEHJ pasará a la historia, pero no por las razones que a sus miembros les gustaría.

jueves, 26 de marzo de 2026

Un derecho y un deber

Me hizo muy feliz el pasado martes 24 Ateneo Siglo XXI dándome la oportunidad de hablar, en el Palacio de Villapanés, sobre la escultura de Gian Lorenzo Bernini. Me ha permitido hacer lo que más me gusta: compartir las cosas que me interesan, plantear las preguntas que yo mismo me hago, intentar entusiasmar con lo que me entusiasma, abrir puertas a quienes quieren recorrer senderos... Todo ello en un momento en el que he caído en desgracia ante los que manejan los hilos de la cultura en Jerez: no es ninguna casualidad que en los últimos años no haya impartido ninguna conferencia pública -otra cosa son las asociaciones de mayores, cuyas charlas son de carácter semiprivado- en esta ciudad. Mi última intervención sobre arte fue en el Palacio Ducal de Sanlúcar de Barrameda, hace un par de años. El Ayuntamiento ya hace tiempo que me vetó. Bueno, el Ayuntamiento no, sino el técnico de Cultura que se encarga de organizar conferencias: Manuel Romero Bejarano. Luego están el Centro de Estudios Históricos Jerezanos y el Museo Arqueológico, instituciones en teoría independientes que andan unidas de facto bajo la dirección de Francisco Barrionuevo. ¿Pueden creer que en los treinta años que llevo investigando Ramón Clavijo jamás me ha reclamado para una conferencia en sus Jornadas de Historia de Jerez? El último en dejarme fuera ha sido Javier Jiménez López de Eguileta en el curso sobre historia y patrimonio que ha organizado para la diócesis. Igualmente ha sido marginada por este último, y por todos los arriba citados, la doctora Esperanza de los Ríos Martínez, a la que venturosamente también ha podido recuperar Ateneo Siglo XXI: la escucharemos el mes que viene hablando de José de Arce.

 

Todo esto me lleva a una cuestión central que expuse al finalizar la charla: hay mucha gente en Jerez perfectamente preparada para hablar de cosas que son de interés general. Cosas que no son, necesariamente, aquellas sobre las que uno ha investigado. Está muy bien que quienes estudiamos historia y patrimonio expliquemos aquello que hemos descubierto y tal. Está mejor aún que los jerezanos quieran conocer su ciudad. Pero resulta cansino, por no decir egoísta, que quien a ustedes dirige hable tan solo del mudéjar, Fulanito sobre tal tema y Menganita sobre aquel otro.

Por eso mismo quise centrarme en Bernini, decisión que habrá desconcertado a algunos. Podría haberlo hecho, porque me dieron carta blanca, sobre cómo la iglesia de La Rábida es obra del taller gótico-mudéjar en Jerez y fue costeada por el I Duque de Medina Sidonia: es investigación propia, la conferencia estaba preparada -la que ofrecí en Sanlúcar- y hubiera quedado bonita. Pero tenía razones de peso para dedicar la charla al genio de la escultura. Primero, porque me encanta. Segundo, porque necesitaba desencasillarme y quería aprender cosas nuevas, en este caso viajando otra vez a Roma y leyendo mucho. En tercer lugar, y no menos importante, porque hay muchísimas personas -quedó demostrado por la enorme afluencia de público- que quiere saber más sobre los grandes de la historia del arte, o sobre historia en general. No todo puede ser Jerez y su mundo. Hay demanda por saber más, qué sé yo, sobre la Acrópolis de Atenas, las Cruzadas, la Conquista de México, Cervantes, el alzamiento de Riego en Las Cabezas o la pintura del Expresionismo.

Considero que hay restringir a los espacios adecuados esa dinámica del investigador que presenta a otros investigadores sus últimos descubrimientos manejando un código inteligible solo para el círculo de especialistas. Eso es lo apropiado en un congreso o en unas jornadas. Lo es también en el espacio de "la pieza del mes" que organizan muchos museos, entre ellos el jerezano. Pero la inmensa mayoría de las personas demandan también que se les dé acceso a los grandes temas de la cultura. ¿Por qué demonios no puede nuestro Museo Arqueológico organizar al mismo tiempo charlas sobre qué son la revolución neolítica o el megalitismo, pongamos por caso? ¿Acaso supone eso "rebajar" el nivel de exigencia intelectual a un investigador? Me temo que hay gente que así lo piensa. Una vez le pedí a un profesor universitario que publicase un resumen de su voluminosa tesis doctoral. La respuesta fue contundente: "yo no tengo que hacer divulgación, quien quiera conocer mis aportaciones que se lea las dos mil páginas". Fue el mismo catedrático que me dijo, literalmente, que los profesores de instituto no tenemos por que investigar, que a nosotros el estado nos paga por impartir clases a alumnos de secundaria. 

Sintiendo repugnancia ante tan clasista posicionamiento, soy de los que piensan que los historiadores tenemos que "bajar a la tierra", apartarnos de medalleos que parecen intercambios de cromos -yo te la pongo a ti y tú dos años más tarde me la pones a mí-, olvidarnos de conferencias impartidas en tono épico que recuerdan a pregones, dejar de organizar ciclos para que nosotros mismos y nuestros amiguetes presentemos nuestros "grandes descubrimientos" -ahí está el exclusivo chiringuito que se ha montado Miguel Ángel Borrego Soto ad maiorem gloriam suam-. Lo que tenemos que hacer es ponernos el mono de trabajo, prepararnos aquellos temas que los amantes de la cultura quieren conocer y ofrecérselo en las mejores condiciones posibles. Descender a la tierra y realizar divulgación de los temas que haga falta no es solo un derecho que tenemos los investigadores frente a aquellos que piensan que determinados temas son de su propiedad: es también un deber, un compromiso con la sociedad. 

Obviamente, para hacerlo hay que tener tiempo, capacidad de comunicación y ganas de estudiar, pero insisto en que en Jerez hay no pocas personas de diferentes ámbitos dispuestísimas para hacerlo, y que si no están ahí, frente a quienes desean escucharlas, es porque los cuatro o cinco que manejan las instituciones que organizan conferencias no están interesados en realizar la oportuna invitación. O directamente no quieren hacerlo, por motivos inconfesables pero que usted, yo y todo el mundo conocemos perfectamente.

Por eso mismo hay que agradecer iniciativas como la de Ateneo Siglo XXI y confiar en que se siga ampliando una nómina de conferenciantes ajena a esos círculos selectos que han disfrutado de exclusividad gracias a su estratégica cercanía a los círculos de poder. 

viernes, 13 de marzo de 2026

¿Prestigio? ¿Qué prestigio? El treinta por ciento de los miembros del CEHJ termina abandonando

Celebra mañana sábado el Centro de Estudios Históricos Jerezanos un acto institucional con recepción de nuevos miembros, entrega de medallas -esto les encanta: crea redes clientelares- y tal. Hablemos de miembros. De números. En la página web figura que actualmente hay 77 miembros no fallecidos, incluyendo 4 correspondientes. De todos ellos, 21 son supernumerarios, es decir, en la práctica están fuera: pertenecieron a la institución y han decidido abandonarla. Voy a sumar a tres personas que formaron parte y la han dejado del todo, queriendo expresamente no figurar como supernumerarios: José Antonio Mingorance, Jesús Caballero Ragel y Juan Antonio Moreno Arana. Puede que haya más. Y me sumo también yo, que he sido pasado a supernumerario por iniciativa de Miguel Ángel Borrego Soto -quien lleva poniendo en entredicho mi categoría científica desde hace años por razones de sobra conocidas- y la plena aquiescencia de Francisco Barrionuevo y su Junta Directiva. El tiempo pondrá a estos últimos en su sitio.

Pero bueno, vamos a sumar. Total de miembros que pertenecen o han pertenecido al Centro de Estudios Históricos Jerezanos, dejando a un lado fallecidos y honorarios, 82. Total de los que abandonan, sumando supernumerarios y quienes no somos ya ni eso, 25. Hagamos una simple regla de tres: un 30 % de los miembros del CEHJ -puede que sean más, me faltan datos sobre si ha habido otros abandonos completos- están fuera de la institución. Tres de cada diez.

¿Razones del abandono? Como mínimo, el desinterés. En los casos más graves -es el mío propio-, profundo desacuerdo con el funcionamiento interno y las líneas de acción. En otras ocasiones, quizá muchas, puro desencanto. Para no pocas personas habrá sido una mezcla de los tres factores. Lo que está claro es que las cosas no funcionan, y que bajo ningún concepto el CEHJ puede hablar de prestigio institucional ni de nada parecido: la cifra es escandalosa y habla por sí sola. Y si sumásemos -no hay manera de contabilizarlo- la lista de aquellos a quienes se les propuso ingresar y dieron nones, ya ni les cuento.

Las cosas no van a mejorar. Al contrario. Barrionuevo ha convertido el actual CEHJ en un lobby de arqueólogos al servicio de los intereses de quienes integran su cúpula. La actual Junta Directiva, al haberme rebajado a supernumerario al tiempo que decidía apoyar firmemente las malas prácticas científicas de Borrego Soto -que son vox populi, aunque muchos no se atrevan a levantar la voz-, deja claro que no está dispuesta a admitir voces discordantes. También de que se mantiene firme en su deseo de no abrir el acceso al CEHJ mediante un sistema que no sea la designación a dedo, reclamación que realicé cuando pertenecí a dicha Junta y que marcó el principio de la serie de desencuentros que he tenido con ella.

Dicho de otra manera, los señores y señoras que me han dado el puntapié y han arropado a Borrego Soto quieren que el CEHJ siga funcionando de manera abiertamente endogámica, y por ende al servicio de círculos muy concretos con intereses comunes. Por eso mismo, lo mejor que puede hacer el CEHJ es disolverse y dejar paso a una nueva institución ajena a personalismos, libre tanto del comportamiento sectario como de enfrentamientos con otras instituciones. Una institución, en definitiva, verdaderamente al servicio de la comunidad de investigadores en su integridad, y no pensada para jugar al “Yo te medalleo, tú me medalleas, él nos medallea”.

Por cierto, la medalla de este año va para la Asociación de Amigos del Museo Arqueológico. Quienes la forman, sus integrantes, los que pagan cuotas y acuden a las actividades, se la tienen merecidísima, pero la circunstancia de que su presidente, Diego Bejarano, sea al mismo tiempo miembro de la Junta que otorga la medalla, resulta un poquito inconveniente, por decirlo de manera suave. “Yo me medalleo…”.