martes, 27 de julio de 2021

Un tumor en la Historia del Arte en Jerez

Tengo a Fernando Aroca Vicenti –me consta que la opinión es compartida por la mayor parte del gremio– no ya como uno de los más admirables historiadores –a secas, no me refiero solo a la Historia del Arte– que ha tenido Jerez de la Frontera. Fernando me parece también, me ha parecido siempre –le conozco desde hace más de treinta años– como una de las personas más educadas, honestas y bondadosas que he tratado en mi vida. Lo digo sin exagerar lo más mínimo.

Por eso mismo me ha resultado doloroso tener que telefonearle hace un rato y escribir estas líneas ahora. Esta mañana he comprado su última publicación: Cenobios y clausuras en el Jerez barroco. Una mirada a la ciudad convento. Habida cuenta del tema, parece muy probable –no he logrado pasar de la primera página, tal es mi consternación– que se trate de una obra modélica y referencial. El prólogo lo escribe Manuel Romero Bejarano. En la tercera línea, haciendo un chiste –pretendidamente ingenioso pero grueso, como en él es habitual– sobre las edades, hace referencia al joven investigador Bruno Escobar y a un personaje al que llama “don Tancredo”. La mayoría de los lectores no sabrán a quién se refiere. El círculo de Romero Bejarano, sí: es el mote con que suele referirse a otro colega de la investigación cuya identidad no quiero desvelar. Baste con decir que es una persona trabajadora, honesta, agradable en el trato, que jamás ha tenido encontronazo alguno con él ni con nadie.

 

Aunque ya he escrito del “asunto Bejarano” en varias ocasiones, voy a ser esta vez particularmente claro. Este señor nos tiene puesto motes a todos y cada uno de los personajes de su entorno profesional. Cuando no estamos delante no nos llama por nuestro nombre, sino por un mote o con alguna suerte de expresión que haga referencia a la persona de manera denigrante. “La bicha”, “la loqui”, “la asquerosa” o “la legión de Satán” son solo un ejemplo de los calificativos que nos adjudica una y otra vez. Ojo, no me refiero a conversaciones de barra de bar. Lo hace de manera constante, hasta el hartazgo, en cualquier entorno y buscando la risa cómplice. Incluso en libros. Lean el prólogo de su reciente volumen sobre la Historia de la Semana Santa, o este mismo del trabajo de Fernando Aroca. El guiño solo será entendido por una minoría, pero de lo que se trata es de buscar complicidad y el reconocimiento que se deriva de ella. De su insistente costumbre de obtener fotos de WhatsApp o de Facebook de algunos de nosotros para hacer memes con ellas y pasárselas a otros compañeros no voy a decir nada esta vez.

Todo lo expuesto no es sino parte de una dinámica que este señor ha venido generando en los últimos años. Dinámica en la que él se ha convertido en una especie de “líder” que ha afianzado su posición a base de denigrar a todo y a todos, incluso a sus mismos “seguidores” –cuando no están delante–, usando con mucha frecuencia medias verdades y mentiras completas –me viene a la mente cuando fue pregonando que no me publicaba un libro porque yo “quería mucho dinero”, cuando en realidad no cobraba nada–. Su objetivo es generar un clima de tensión, de desconfianza mutua e incluso de rivalidad en el que solo hay un beneficiario. Divide y vencerás. Los demás le ríen las gracias, le hacen ver que sus ocurrencias les parecen muy ingeniosas, le siguen la corriente y colaboran con él.

Los seres humanos somos gregarios. Necesitamos sentirnos parte de un grupo. Recibir el reconocimiento y el apoyo de los demás. Si por sistema el líder se dedica a vapulear a quienes tiene a diestra y a siniestra y, aprovechando su posición de poder, poco a poco va dejando fuera de juego a quien le parece oportuno –el que se atreve a discrepar de él o a llevarle la contraria–, tu posición no puede ser otra que la de apretujarte más en el grupo, aun a costa de tener que reír ocurrencias que no te hacen gracia, de tragarte cosas que no te gustan o incluso de contemplar impasible cómo caen esos mismos compañeros que el día anterior parecían perfectamente integrados. No vaya a ser que tú seas el siguiente.

Todo esto tiene algo que ver con su posición en el Ayuntamiento. Él decide quién interviene en determinados actos y quién no. Probablemente el lector ya sabe –lo he explicado aquí– que a mí me ha vetado de todo cuanto organice el consistorio y esté bajo su radio de acción, contraviniendo así el principal mandato que tiene cualquier funcionario: te guste o no te guste, e independientemente de tus simpatías o tus circunstancias personales, hacer aquello para lo que se te ha contratado. En este caso –entre otras labores–, contar con las personas que por trayectoria en la investigación son las apropiadas para tal actividad científica o divulgativa. Lo que no se puede es arrinconar a algunos de quienes se merecen que cuentes con ellos, y por ende dejar a los ciudadanos (¡que son los que costean tu sueldo!) sin conocer las aportaciones de esas personas que a lo mejor pueden interesar los asistentes, mientras que cuentas en exclusiva –y le entregas el cheque: no olvidemos que hay dinero de por medio– a aquel selecto círculo que no se ha atrevido a poner en duda tus pareceres, tus decisiones y tu liderazgo grupal. Porque hacer eso alguien podría interpretarlo como algo parecido a la prevaricación (“Delito consistente en que una autoridad, un juez o un funcionario dicte a sabiendas una resolución injusta”, según la RAE).

En lo que a su trabajo como investigador se refiere, las pautas de Romero Bejarano tampoco son modélicas. No voy a discutir la valía muy considerable de la ingente documentación que ha ido extrayendo de los archivos. Tampoco su conocimiento exhaustivo del dato concreto: erudición se llama a esto, más que sabiduría. Pero en lo que se refiere a interpretación, a relación de ideas, a formulación de hipótesis sugerentes y –sobre todo– a capacidad de síntesis, anda bastante corto. Su Breve historia de Jerez, en este sentido, resulta significativa: una aburridísima relación de datos –positivismo en el mal sentido del término– sin el menor hilo conductor, es decir, sin una auténtica labor de historiador. Por no hablar de su Iglesias y conventos de Jerez, lamentable intento de llegar a un punto intermedio entre una guía descriptiva al uso –esa ya estaba hecha, de manera modélica, por Pablo Pomar y Miguel Mariscal– y una visión altamente subjetiva, sazonando el texto con bromas de trazo grueso, expresiones soeces e insultos de lugar. En este y otros trabajos suyos, con frecuencia escritos en el tono de una columna de la edición dominical de un periódico, es frecuente la mofa de los errores de otros investigadores. No hablo de la imprescindible corrección científica de aquello que se considera equivocado, sino de la ridiculización, del escarnio puro y duro. Hipólito Sancho de Sopranis, quizá el más grande de los historiadores que ha conocido nuestra tierra, ha sido una de las principales víctimas de sus burlas, mas no la única. Colegas del presente también las han vivido. Hasta presuntos amigos suyos, que no han tenido más remedio que sonreír y recurrir al socorrido “ya sabemos cómo es” para disimular su impotencia ante la situación. En varias ocasiones, me consta, ha estado al borde de la denuncia.

El daño generado por toda esta dinámica es muy considerable. Lo es a nivel personal, por razones obvias. Lo es también a nivel profesional. Perdiéndose amistades, se pierden colaboraciones. Hay proyectos de libros y de artículos conjuntos que se han roto irremisiblemente (qué bien, menos competencia para él). Hay investigadores que ya no comparten pareceres y experiencias. Cada uno a lo suyo. Y a procurar no moverse, no vaya a ser que no salgas en la foto. Nadie va a mover un dedo por nadie. “Yo no tengo culpa”, me dijo una vez un colega muy apreciado, “de que tengas problemas con él”. ¡Como si no fuera un problema de todos! Se imponen el aislamiento y la desconfianza. No hace falta insistir en lo mucho que pierde la investigación con semejante panorama.

Solo hay una manera de que las cosas se vayan enderezando: un NO rotundo de todos y cada uno de los historiadores de Jerez a semejantes actitudes. No a los motes, no a los insultos, no a los memes, no a las exclusiones y, desde luego, no a las burlas en textos científicos. Por eso me ha consternado descubrir que la cosa va a peor. Que un investigador tan ejemplar como Fernando Aroca haya accedido no ya a que Bejarano le prologue su libro, lo que a mi entender supone respaldar de manera inmerecida su trayectoria como investigador, sino a que incluya uno de estos motes en primerísima línea, no es sino dar la aquiescencia a una dinámica extremadamente dañina que se prolonga ya desde largos años.

Me hablaba Fernando esta mañana de libertad de expresión. Creo que lo hace de manera desacertada: una cosa es la sátira –sanísima en toda sociedad democrática cuando es inteligente y necesaria– y otra la dinámica del insulto –constante, reiterativo– a colegas que lo harán mejor o peor, se llevarán bien con nosotros o no se llevarán, pero que merecen un mínimo de respeto humano y profesional. También me hablaba de que él no firma el prólogo. De acuerdo, pero autor y editor tienen todo el derecho del mundo a pedir una modificación de un texto que puede ser ofensivo. Si se ha publicado así, es porque a Fernando le ha parecido correcto –los editores, Amigos del Archivo, muy probablemente no saben nada–. Y eso es justamente lo grave: que le parezca correcto. Porque no lo es en absoluto.

Las malas prácticas se están extendiendo en Jerez como un tumor que poco a poco va destruyendo todas las células. Ya ha llegado ni más ni menos que al corazón de quienes nos dedicamos a esto de la Historia del Arte, el tantas veces admirable Fernando Aroca. Probablemente no haya marcha atrás y lo único que yo consiga con estas líneas sean disgustos. Pero, al menos, he hecho lo que tenía que hacer.

domingo, 25 de julio de 2021

Algunas sopresas en Apulia: triángulos, dientes de sierra y puntas de diamante

Bajo el Coloso de Barletta

Hay dos motivos decorativos del primer gótico jerezano que me tienen desconcertados. Uno es la cenefa de cuadrados girados 45 grados y unidos por sus esquinas que ornamenta, en su cara exterior –hoy visible desde un desván en la floristería de la Plaza Plateros–, el ábside del lado del Evangelio de San Dionisio, que como hemos explicado quien esto suscribe y más recientemente –ya tienen a su disposición su tesis doctoral– José María Guerrero Vega, no corresponde a la gran reforma gótico-mudéjar de la primera mitad del siglo XV, sino a la primera iglesia que edificaron los castellanos. Un motivo similar lo encontramos en el óculo que se alza en la fachada principal de Nuestra Señora de la O de la vecina localidad de Rota; este pasa desapercibido para la mayoría de los visitantes, rodeado por una cenefa mucho más destacada de puntas de diamante.

San Dionisio, ventana del ábside del lado del Evangelio
 

Rota, Nuestra Señora de la O, fachada occidental

El otro consiste en una cenefa de triángulos equiláteros encadenados, colocando la base de uno sobre el vértice del anterior. Aparece en dos de las ventanas de la obra más temprana de San Marcos, esto es, de los muros de la gran capilla mayor: las bóvedas tardogóticas de esta se construyen sobre muros muy anteriores, probablemente adicionados a una mezquita de la que hoy no queda rastro. Una de las ventanas es perfectamente visible desde la calle, mientras que la otra solo se alcanza a contemplar accediendo a las cubiertas de la zona de la sacristía. Lo interesante es que el Museo Arqueológico Municipal nos dio a conocer no hace mucho una pieza bajo su custodia que, procedente de San Dionisio, debe de pertenecer a una de las ventanas de la primitiva capilla mayor, hoy desaparecida: una dovela con exactamente el mismo motivo de triángulos. Como explicamos en su momento (aquí), queda en evidencia que los maestros que trabajan en el primer San Dionisio y en el primer San Lucas son los mismos.

San Marcos, ventana de lado de la Epístola

Museo Arqueológico Municipal de Jerez,
dovela procedente de San Dionisio

Lo cierto es que quien esto suscribe no ha sido capaz de encontrar un referente claro para estos diseños. Hasta ahora. A principio de julio he visitado la región de Apulia, teniendo la oportunidad de recorrer el conocido como Castello Svevo (Castillo Suabo) de la hermosísima ciudad costera de Bari, una fortificación que dentro del enorme bastión de tiempos de Isabel de Aragón (1470-1524) encierra otra muy anterior que se remonta a la reconstrucción realizada en tiempos de Federico II Hohenstaufen entre 1233 y 1240.

Bari, Castello Svevo

Pues bien, en la gran sala de alargada planta rectangular que se extiende a lo largo del flanco occidental en su piso superior, sobre otra gran estancia que desde 1957 sirve como singular gipsoteca –museo de vaciados de yeso– en la que se reproducen numerosos motivos de la fascinante arquitectura medieval de la zona, hemos localizado este mismo diseño de triángulos. Lo vemos formando parte del capitel de la pilastra que se ha recuperado de la estancia original, hoy sustancialmente alterada, la cual debió de estar articulada mediante una serie de arcos fajones similares a los que sí se han conservado en la estancia inferior. 

Bari, Castello Svevo,
pilastra de la sala occidental de la planta superior

Bari, Castello Svevo, vista de la gipsoteca

Se encuentra, para concretar, dispuesto de manera horizontal –siete triángulos en total– formando la parte superior del referido capitel, sobre una moldura inferior de perfil convexo (toro). Por debajo de esta moldura, otra banda de triángulos pero esta vez con un diseño muy distinto, apuntando con sus vértices hacia abajo y marcando así un diseño en zigzag; la idea subyacente –repetición de una forma geométrica simple– es la misma, pero aquí sí que no hay relación con lo que vemos en Jerez. Los pilares de los fajones de la cámara inferior –la gipsoteca– presentan esta segunda banda –ubicada sobre el toro–, mas no la que nos interesa que es la primera, la de los triángulos isósceles en el que cada vértice enlaza con la base de otro.

Bari, Castello Svevo, pilastra de la gipsoteca  

Resulta significativo que a lo largo del recorrido encontramos otros elementos que se pueden relacionar con el gótico de Córdoba, Sevilla y Jerez: dientes de sierra y puntas de diamante. Pero lo hacen, mucha atención, en un estadio primitivo de su evolución, todavía muy distintos a como los encontraremos más adelante en el Valle del Guadalquivir. Dientes de sierra los hay en el castillo de Bari en la parte superior de un capitel del “portal federiciano” que se abre al patio, pero concebidos aun como una mera línea zigzagueante, no como “verdaderos” dientes individualizados unos de otros, que es justo como se van a evolucionar en tierras andaluzas desde el siglo XIII. 

Bari, Castello Svevo, "portal federiciano"

 

Sevilla, Santa Marina, portada occidental,
dientes de sierra individualizados y puntas de diamante

Puntas de diamante en el castillo las vemos –la mayoría recientes, pero quedan originales– rodeando el óculo que se abre al exterior desde la gran sala abovedada con cañón en el flanco oriental de la planta alta. En seguida nos viene a la mente la portada roteña antes citada, pero con una diferencia sustancial: mientras en Nuestra Señora de la O las puntas de diamante están configuradas ya como tales, como formas estrelladas de ocho radios, en el Castello Svevo son todavía “dientes de perro”, es decir, el motivo de florecilla de cuatro pétalos procedente del “Early English” –primer gótico inglés– del que más adelante, en tierras burgalesas, surgirán las puntas de diamante propiamente dichas que llegarán hasta el sur de Despeñaperros.

Bari, Castello Svevo, salón oriental en la planta superior

 

Bari, Castello Svevo, óculo con puntas de diamante


Bari, Castello Svevo, detalle de las puntas de diamante originales

Este proceso evolutivo en el que, a lo largo del siglo XIII, los motivos que llegan desde latitudes septentrionales se van transformando en la Corona de Castilla, lo intenté explorar en el texto realizado para el Museo Arqueológico Municipal aquí disponible sobre otra dovela –una procedente de San Juan de los Caballeros–. De manera significativa, en este mismo viaje he podido constatar que en Apulia se procede un fenómeno parecido. Al menos en la ciudad de Barleta, ciudad en la que numerosos palacios presentan portadas con alfices formados a base de estas mismas puntas de diamante. Sin duda, derivan de los “dientes de perro” que llegaron en el siglo XIII, pero evolucionando de una manera diferente a la castellana: en la localidad italiana se convierten en un motivo recorrido por diversas estrías que pierde –como en Castilla– el carácter calado del motivo original, pero que gana así en vistosidad, La bibliografía que he podido adquirir (Renato RUSSO, Antichi Palazzi de Barletta, Editrice Rotas, 2014) ubica cronológicamente las referidas portadas en el siglo XIV.

Barletta, Palazzo Santa Croce

Barletta, puntas de diamante en el Palazzo Santa Croce

 

Barletta, Palazzo Abbate

En la Iglesia del Santo Sepulcro de la mima ciudad, por su parte, el primer tramo –contando desde el transepto– de la nave de la Epístola se cubre con una bóveda de crucería cuyos nervios se encuentran recorridos como dientes de sierra concebidos a la manera primitiva, un simple zigzag. El templo, célebre por tener delante el mítico Coloso de Barleta, fue erigido en el siglo XII, pero debe buena parte de formas a una iniciativa ya de la segunda mitad del siglo XIII, esto es, de época angevina.

Barletta, Santo Sepolcro, nave de la Epístola

No tengo del todo claro si la banda de triángulos del Castello Svevo que ha dado pie a este texto corresponde a tiempos de Federico II o se debe, más bien, a la reforma que en el mismo realizó Carlos de Anjou ya en la segunda mitad del XIII. La única información que he podido rastrear por internet (aquí y aquí, por ejemplo) hace referencia a que esta afectó sobre todo al flanco septentrional del castillo. En cualquier caso, y a falta de acceso a la bibliografía específica, de la decimotercera centuria estamos hablando.

Eso es justo lo que nos interesa. Porque nos confirma que el motivo ornamental a base de triángulos de esas primitivas iglesias de San Dionisio y San Marcos que ha dado pie a estas líneas, insólito en tierras andaluzas, forma parte de todo un conjunto de elementos ornamentales que alcanza su difusión a lo largo del Doscientos. Elementos que, en los diferentes territorios europeos, van a poder insertarse tanto en contextos que se deben todavía al arte románico como en aquellos que corresponden ya al gótico, y que van a poder evolucionar de manera independiente a lo largo de las centurias siguientes encontrando diferentes formulaciones. Es el caso de las puntas de diamantes que se prodigan en los palacios de Barleta en el siglo XIV o en las iglesias jerezanas del XV, o de los dientes de sierra en que se transforman los antiguos zigzags. Pero no de esa banda de triángulos que se va a quedar en algunas pocas –dos que se hayan conservado: debió de haber alguna más– apariciones en la primera arquitectura cristiana de Jerez de la Frontera.

viernes, 22 de enero de 2021

Frustración creciente

Escribo estas líneas como válvula de escape de la frustración que, en lo que a mi actividad como investigador se refiere, siento de manera creciente. Y por partida triple.

Frustración por no poder continuar con mis investigaciones. Tengo un libro cerca de su finalización, un artículo ya cerrado –pintura mudéjar– que no tiene visos de publicarse y varias entradas de blog pendientes, una sobre la torre de la catedral y otra sobre la gárgola de San Dionisio que acaba de caer al suelo. Pero no hay manera de avanzar. Un solo motivo encuentro: la consagración casi absoluta a mi trabajo en el IES Padre Luis Coloma, mucho más exigente a partir de ahora debido a la implantación del Bachillerato Internacional. Es un trabajo fascinante del que me siento muy orgulloso, pero absorbe hasta tal punto que desde el uno de septiembre solo he encontrado algunos días sueltos de Navidad para avanzar en mis estudios. Mi hobby de escribir sobre música clásica también se encuentra seriamente ralentizado, y ahora mi blog musical se nutre de producto congelado que se cocinó en las últimas vacaciones.

Frustración por mi tremendo fracaso –así lo debo llamar, sin paños calientes– en mi efímero paso por la Junta Directiva del Centro de Estudios Históricos Jerezanos. El tiempo me ha hecho ver no solo que mi idea de lo que el CEHJ debe ser es muy distinta de la que tiene el resto de los compañeros, sino que mi presencia allí no se debía a la intención de dar un giro a la institución, sino a mi utilidad a la hora de sacar adelante las redes sociales; porque lo que se estaba desarrollando sigilosamente era ni más ni menos que un “juego de tronos” –repárese en los miembros incorporados en los últimos años– que había de conducir a la “entronización” de un círculo de personas vinculado al mundo de la arqueología. Cuando Juan Félix Bellido, Francisco Barrionuevo Contreras y Miguel Ángel Borrego Soto echaron por tierra uno de los proyectos que más me ilusionaban eran muy conscientes de las consecuencias: sencillamente, me estaban haciendo la cama para que me fuera. Era demasiado molesto. Así que adiós.

Frustración por confirmar el comportamiento de algunos compañeros dedicados a la historia del arte, que no solo no me han apoyado en absoluto ante el continuo escarnio hacia mi persona que vía WhatsApp realizara Manuel Romero Bejarano y ante la manera en la que este me ha aislado para que no pueda dar a conocer mis investigaciones, sino que han seguido colaborando con él y hasta pegándome alguna puñalada trapera –pasando a ciertos círculos del CEHJ información falsa– para terminar de hundir mi figura. Es falso lo que pensaba cuando volví a Jerez después de mi periplo por los institutos Andalucía: creía que el ambiente entre los historiadores era buenísimo. Puedo ahora confirmar, rotundamente, que las malas intenciones son protagonistas. Y todo por querer "ser alguien" en un pueblo de doscientos mil habitantes.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Historia e "investigación sobre lo paranormal" son incompatibles: fraude en el Castillo de Santiago en Sanlúcar de Barrameda

Ayer tuve un desagradable desencuentro con un investigador al que, sin conocerle personalmente, respetaba y hasta admiraba. Un señor que, comprensiblemente, terminó bloqueándome y, más tarde, consiguiendo que Blogger eliminara una primera versión de esta entrada. Cierto es que debí haberme moderado. Pero no me va a callar: aquí puede ustedes leer la versión corregida –es decir, autocensurada– y aumentada.

La raíz de los acontecimientos la ha desencadenado su promoción de un capítulo del programa Cuarto Milenio parte del cual gira en torno al Castillo de Santiago de la localidad gaditana. Voy a explicarme con claridad. Los fenómenos paranormales no existen. Mezclar la investigación científica seria con la “investigación” en lo paranormal es un fraude. El veterano programa del señor Iker Jiménez, ese mismo que aseguró que Jesucristo predicó en el Coliseo, no es sino un atentado contra la ciencia y contra la investigación histórica rigurosa.

Participar en calidad de historiador serio en un programa de semejante perfil es poner los conocimientos propios, los que se adquieren con esfuerzo y con rigor, al servicio de fines que no son sino engañar al ignorante para conseguir audiencia y, por ende, sacar dinero. Hacerlo con la excusa de dar promoción a la ciudad me parece un paso más, otro más de los muchos que se están dando en nuestros tiempos, para convertir el patrimonio histórico y artístico en un parque temático.

Esa maravillosa ciudad que es Sanlúcar de Barrameda no necesita recursos semejantes para reivindicar su legado. Colaborar en algo así y hacer promoción del resultado dentro de una página presuntamente seria de Facebook dedicada a la historia me parece un menosprecio a las muchas personas que, con mayor o menor intensidad, con mejores o peores resultados, nos dedicamos a investigar sobre el patrimonio sanluqueño. Y que eso venga de alguien que se dedica a la educación secundaria no me parece menos triste: espero que los alumnos de este señor, tras verle participar en ese programa, no comiencen a creen que en los muros del castillo se escuchan los quejidos de los fusilados durante la represión franquista. Represaliados que también se merecen un respeto: el de la memoria histórica seria. Que se utilicen sus circustancias en un programa sobre apariciones fantasmales me parece todo lo contrario.

Y no, en Jerez no estamos mejor: aquí tenemos a dos personas que afirman estar realizando investigaciones históricas entrando en contacto con las almas en pena de los personajes de nuestro pasado. ¡Así nos va!

viernes, 4 de septiembre de 2020

La torre que nunca fue mudéjar

No sé cuántas veces he leído ya que la torre de la Catedral –antigua Santa Iglesia Colegial– es mudéjar. Pues no, no lo es. El tercio superior –ahí sí que nadie ha llegado nunca a meter la pata, faltaría más– corresponde al siglo XVIII. El resto es una obra tardogótica que la persona que más ha trabajado este tipo de arquitectura en la zona, Manuel Romero Bejarano, data en las primeras décadas del Quinientos (página 31 de Iglesias y conventos de Jerez). Pablo Pomar y Javier Jiménez apostaron por el último tercio del XV en ese admirable artículo que tantas envidias despertó entre quienes creían tener el monopolio de escribir de todo lo que tuviera que ver con la antigua aljama (750 aniversario de la incorporación de Jerez a la Corona de Castilla, pp. 470-471). Gótico tardío, en cualquier caso, de ese mismo que hasta hace no muchos años llamaban –de manera muy equívoca– Gótico Reyes Católicos.

No hay ni un elemento que pueda calificarse como mudéjar, si es que entendemos tal etiqueta como “de estética derivada de lo andalusí”. Alguien podría replicar “vale, no hay elementos propiamente mudéjares, pero sí cristianos de tiempos del gótico-mudéjar”. Pues tampoco: ni dientes de sierra, ni puntas de diamante, ni nada de nada. Todo lo que vemos –no solo en el exterior, también en la estancia interior– se corresponde con el gótico tardío que tantísima fuerza tuvo en la archidiócesis hispalense desde el momento en el que la nueva Catedral de Sevilla alcanzó unas dimensiones considerables; en Jerez, concretamente, a partir de los años sesenta del siglo XV, cuando se comienzan San Miguel y La Cartuja.

Ni que decir tiene que más erróneo aún resulta afirmar que la torre se levanta aprovechando la base del alminar de la mezquita. Nunca ha habido ni un solo elemento que haga presuponer tal cosa, extremo que ha podido confirmar la intervención que hace poco se ha realizado: ni rastro de alminar. De hecho, todo eso de los alminares reutilizados es algo que hay que poner muy en entredicho. Si en Córdoba, efectivamente, conservamos torres que pertenecieron a mezquitas, en Sevilla no tenemos ni una sola que añadir al caso emblemático de la Giralda. Hasta hace poco se decía que la base de la de la parroquia de Santa Catalina era alminar, pero la reciente restauración ha dejado claro que en modo alguno es así: toda ella es mudéjar. Por su parte, especialistas en la materia de las mezquitas andalusíes como la profesora Susana Calvo han dejado claro que solo las mezquitas aljamas tenían la obligación de tener torre. En el caso de Jerez son dos, la que estaba dentro del actual conjunto catedralicio –concretamente en la Plaza de la Encarnación, no bajando hacia el Arroyo– y la del oratorio del alcázar, que ejercía de aljama para la tropa. Ese alminar sí que se conserva. En la antigua Colegial debió de haber otro, no sabemos si en el mismo emplazamiento de la torre de la que estamos hablando o en un diferente punto del patio. Pero eso de una Sharis con el horizonte salpicado de alminares que luego fueron transformados en campanarios cristianos me parece más que dudoso.


Aprovecho para plantear en voz alta una cuestión: ¿para qué se levantó en Jerez una torre de semejantes dimensiones? Alguien podría pensar en las insatisfechas pretensiones de la ciudad de convertirse en sede episcopal, en rivalizar de alguna manera con Sevilla. Eso es algo que quedará de manifiesto cuando la catedral barroca busque hacer referencias en sus formas a la Magna Hispalensis. Pero creo que el caso de la torre es algo más local. Por motivos que hasta ahora se nos escapan, el cabildo colegial no pudo o no quiso derribar el conjunto de la mezquita aljama transformado en iglesia cristiana. Un edificio no solo viejo, sino también muy angosto en sus dimensiones y por completo inapropiado para una sede como la de Jerez. Las parroquias, salvo la modesta de San Lucas, sí que realizaron o comenzaron a realizar un significativo remozamiento –San Mateo, San Marcos, San Juan e incluso el proyecto inconcluso de San Dionisio–, por no hablar de las dos grandes fábricas extramuros de San Miguel y Santiago, de La Merced o de las diferentes capillas del Real Convento de Santo Domingo, todo ello en un espléndido tardogótico que hacía uso exclusivo de la piedra como material constructivo y abovedaba en su integridad los espacios. La Colegiata de San Salvador solo pudo competir con ellas de una manera: alzando una torre que se viese desde todo el perímetro de la ciudad. Y añadimos otra cuestión fundamental: la necesidad de rivalizar visualmente con la Torre de la Vela, que aun adosada a San Dionisio era de propiedad municipal y plasmación arquitectónica del poder concejil. Los canónigos no estaban dispuestos a quedar relegados. El recrecimiento barroco –significativamente no se optó por una torre nueva– terminó de convertir la actual torre catedralicia en un destacadísimo referente urbano.

viernes, 21 de agosto de 2020

Jerusalén, ciudad de las dos Paces

En la entrada anterior hablé de patrias y banderas. De mi absoluta descreencia en todas ellas, en tanto que sean sinónimos de sumisión incondicional, de obligaciones sentimentales impuestas por el nacimiento, de falta de reconocimiento de los valores de la alteridad –cuando no desinterés o abierto desprecio–, o de la invocación a esos conceptos como medio de someter y/o movilizar a la población para conseguir determinados fines que a veces pueden ser imprescindibles para el bienestar de la colectividad, a veces ocultan los oscuros intereses de las oligarquías de turno. Y también dejé claro que no por todo ello dejo de sentirme parte de la colectividad en la que me integro –Andalucía, España y Europa– ni de un universo cultural –el legado del mundo clásico más la herencia judeocristiana– que me parece maravilloso.

Ahora quisiera añadir algo más: mi firme creencia en la necesidad de desarrollar los valores espirituales del ser humano y de las sociedades. Valores que no necesariamente implican una concepción teísta del universo, ni menos aún la adscripción a una fe determinada. Se puede ser agnóstico –es mi caso– o ateo y desarrollar por completo esos valores, al igual que uno puede ser estricto en las prácticas de su religión y carecer por completo de esa dimensión espiritual.

Supongo que no hará falta decirles que considero el arte en general y la música en particular como puntos clave para el desarrollo de esa dimensión. Sí, ya sé que los ejemplos del uso de la creación artística para apoyar las más repugnantes acciones de unos seres humanos sobre otros ha sido una constante en la historia. Pero no es menos cierto que es esa misma labor creativa –pienso ahora en la Novena de Beethoven, manipulada por Hitler y sus secuaces– una de las principales herramientas para enfrentarnos a ellas, para reconocer que muy por encima de las circunstancias que nos hacen diferentes a unos de otros, se encuentra un único Espíritu. Ese arte y esa música no solo nos hacen verdaderamente humanos, elevándonos muy por encima de la mera animalidad de la que partimos: son el punto de encuentro con esa alteridad que en realidad no es tal.

 

Perfecta plasmación de este ideario la encuentro en uno de los discos más hermosos que yo haya escuchado nunca: Jerusalén, la ciudad de las dos Paces. Se trata de uno de los libros-disco de Jordi Savall en torno a determinados temas históricos; a mi entender, del mejor de ellos. El contenido viene en dos SACD de soberbia toma sonora registrados entre 2007 y 2008 al frente de sus habituales conjuntos instrumental (Hespérion XXI) y vocal (La Capella Reial de Catalunya) más una no pequeña serie de músicos invitados procedentes de casi todos los países en torno al Mediterráneo. El resultado es un ensemble más all-stars que nunca: uno no puede sino derretirse escuchando a gente como Andrew Lawrence-King, Dimitris Psonis, Pierre Hamon, Begoña Olavide –en doble cometido vocal e instrumental–, Pedro Estevan, y un largo etcétera. Incluso Arianna Savall y Fahmi Alqhai realizan sendos cameos. Más la voz de la malograda Montserrat Figueras y el arco del propio Jordi Savall, eso por descontado.

¿Y la música? Exactamente lo esperable: remotísima tradición hebrea, canciones sefardíes, conductus, cantigas de Santa María, invocaciones musulmanas, marchas turcas… y una escalofriante oración por los fallecidos en Auschwitz registrada en 1950 por un cantante que se libró de la cámara de gas precisamente por cómo cantó la plegaria cuando iba a ser ajusticiado. A todos esos ingredientes se añaden las “trompeta de Jericó” (sic) dispuestas a derribar las “barreras del espíritu”. Todo ello lo mete el de Igualada en la coctelera de su habitual e inconfundible sonido, echándole muchísima (¿demasiada?) fantasía al asunto y procurando limar diferencias para acercar unas músicas a las otras, pero siempre haciéndolo con exquisito gusto, virtuosismo extremo en todos y cada uno de los componentes del ensemble y enorme capacidad para dialogar, para escucharse, algo tan fundamental en la música antigua como en la que no lo es tanto.

En realidad, estamos muy cerca de los planteamientos de Daniel Barenboim y su West-Eastern Divan. No se trata solo de juntar a artistas de procedencias y creencias diferentes y hasta enfrentadas entre sí, sino de hacerles dialogar en lo musical. El de Buenos Aires lo ha dicho mil veces: es imposible hacer una buena interpretación si los intérpretes no saben escucharse de verdad. La música no es sino una metáfora. Solo escuchando, comprendiendo y encontrando una réplica sensata para el discurso del otro –lo que no significa darle la razón, el maestro también ha insistido en ello– se pueden alcanzar la Armonía –el equilibrio entre las partes y el todo, entre el individuo y la colectividad, según el concepto de la Grecia clásica– y, por ende, la estabilidad, la integración y la Paz. Y esta última palabra es, precisamente, el eje de todo el proyecto musical de Savall. ¿Que es independentista catalán? Pues sí, en su derecho está. Tampoco conozco a muchas personas que hayan hecho tanto por el patrimonio musical de España (sí, de Es-pa-ña) a lo largo de los últimos cuarenta años.

Escuchen este disco. Está en las plataformas habituales, pero les recomiendo la compra: la presentación es una maravilla visual y ofrece muchísima información para comprender, para reconocer y también para amar a todas estas músicas, a estas religiones y a estas culturas. Solo así, insisto, reconociendo y amando, seremos seres humanos en toda la dimensión que nos corresponde.

jueves, 20 de agosto de 2020

Sobre patrias y banderas

Esta mañana he tenido una conversación con un amigo en la que este en un momento dado, para criticar a determinada persona, me apostillaba sobre que “además, independentista”. A raíz de la réplica que realicé he decidido escribir estas líneas. Porque me parece necesario dados los tiempos que corren, y también porque –quién sabe si estoy en mis últimos meses de vida– cada vez le pongo menos reparos a decir las cosas tal y como las siento. No, ya no le tengo miedo a comentarios como el que una vez me hizo un (ex) compañero de trabajo acusándome de “no amar a la patria” por no sentir en mi fuero interno ascos hacia el independentismo catalán.

 

Miren ustedes, eso del amor a la patria, a la bandera, a sus símbolos y a toda la parafernalia que la rodea no es en absoluto un deber. En todo caso, fue una necesidad en otros tiempos, aquellos en los que era necesario articular ideológicamente e inyectar emocionalmente una serie de valores que sirviesen para que la colectividad no solo actuase de manera decidida y compacta a la hora de defender las fronteras del propio territorio, sino también a las de invadir el espacio ajeno sin otra justificación que la de la grandeza de la nación propia. Lo que implica, por si alguien no se había dado cuenta, que los jóvenes y no tan jóvenes habrían de garantizar la plena disponibilidad de sus personas y de sus vidas para defender o dar lustre a esa patria a la que supuestamente se debían.

También fue ese sometimiento incondicional a la bandera un recurso imprescindible para que los individuos no replicasen a la hora de someterse la oligarquía de turno, ni se atreviesen a poner en duda el sistema económico, social y político establecido. Obedecer es muchas veces difícil. Pero si esa obediencia se transforma en la sumisión que viene dada por el amor, por la creencia irracional –ajena a la crítica a partir de análisis racionales– en una serie de “verdades reveladas” que no pueden discutirse, porque presuntamente vienen dadas a partir del nacimiento y la pertenencia a un determinado colectivo, entonces el mantenimiento de un determinado orden –mejor o peor– y el impulso de las empresas bélicas –necesarias o no– resulta mucho más sencillo.

¿Implica este razonamiento que resulta ridículo identificarse con los valores de nuestra colectividad, desear lo mejor para quienes nos rodean o defender nuestras fronteras en caso de necesidad? En absoluto. Lo que sí quiero decir es que nadie tiene sentirse obligado por el mero hecho de su nacimiento, ni menos aún tiene que conducir a despreciar a quienes sientan de manera diversa, para ser un “verdadero patriota”. Para quien esto firma, lo importante no es amar a ese concepto llamado “patria”, sino desear y procurar la felicidad para lo demás seres humanos con los que comparte espacio y, por ende, organización social y política. Ello implica reconocer la pluralidad –cualquier pluralidad: política, sexual, religiosa, folclórica o lo que haga falta– y ser tolerante con ella dentro de esos límites razonables que no permitan que el exceso de tolerancia conduzca a justamente lo contrario.

Por todo ello, no siento ni reconozco a ninguna patria andaluza, ni patria española ni patria catalana, al mismo tiempo que me siento plenamente andaluz y plenamente español, estoy por completo satisfecho de serlo –no cambiaría por mi nacionalidad por ninguna otra– y comprendo que una persona que se haya criado en el País Vasco o en Cataluña ame una presunta patria llamada Euskadi o Catalunya y piense –creo que muy erróneamente– que otra nación llamada España les tenga invadidos y sometidos desde hace tiempo. Y pareciéndome negativo el fenómeno de desarticulación del actual estado español, jamás creeré que el odio visceral a quienes impulsan este proceso centrífugo sea una buena forma de paliarlo. Todo lo contrario: si amásemos a los demás seres humanos –en sus peculiaridades, en sus grandezas y en sus miserias– muy por encima de las banderas que supuestamente nos representan, se acabarían esos problemas nacionalistas de aquí, de allí y de mucho más allá que tantísimos males han traído y seguirán trayendo.

 

PD. En la foto, de hace ya algunos años, estoy tomando cerveza y salchicha en Múnich, una de mis "patrias" preferidas. A mucha honra.