sábado, 31 de enero de 2026

Por si no ha quedado claro...

Jerez conoce su peor momento en lo que a la investigación histórica se refiere. No por la falta de iniciativa, sino por el poder acumulado por determinadas personas que están haciendo mucho daño.

A mi entender, lo mejor que podía ocurrir ahora mismo es Francisco Barrionuevo y Miguel Ángel Borrego Soto, dos señores que acaban de dejar bien claro cuál es su estatura y cuáles son sus verdaderas aspiraciones, abandonaran el Centro de Estudios Históricos, y que acto seguido esta institución se refundara sobre bases completamente nuevas que incluyeran, como condición principal, el acceso mediante méritos y no por designación, que es como hasta ahora se ha hecho para permitir la más descarado y nociva endogamia.

Justo la que va a permitir a estos dos individuos y a su más estrecho círculo de colaboradores ir pasándose el poder unos a otros durante los próximos lustros. Siento vergüenza por haber cometido el error de trabajar con ellos. Demasiado tarde.

viernes, 30 de enero de 2026

Carta a una desconocida

Perdón por parafrasear el título de la genial, inolvidable película de Max Ophüls sobre novela de Stefan Zweig, pero no se me ocurre otro título mejor para esta entrada.

La misiva se dirige a una chica, cuyo nombre desconozco, que tuve la oportunidad de conocer durante una de las manifestaciones en defensa del casco histórico que organizaba Esperanza de los Ríos. Era muy joven, había estudiado Historia, quería ser medievalista y me confesaba que su modelo a imitar era Miguel Ángel Borrego Soto. Su campo de acción iba a ser el Jerez andalusí.

Poco tiempo más tarde, se recibió en el Centro de Estudios Históricos Jerezanos un artículo suyo. El tema era de mucho interés, pero desde la Revista de Historia de Jerez se consideró que el resultado era deficiente. Como por entonces yo estaba en la directiva, solicité que se me permitiera la lectura para ofrecer una tercera opinión. Me pareció que el trabajo aún no estaba en su punto de cocción, que necesitaba aún varias vueltas de tuerca para ser publicado, pero que por supuesto tenía que ver la luz en el futuro. Cuando Borrego Soto descubrió que yo había leído las páginas montó en cólera: que solo los miembros del comité científico de la revista tenían derecho a hacerlo y tal. La circunstancia de que yo fuera medievalista no me autorizaba a aportar mi punto de vista. En fin, querida y desconocida colega, ya sabes cómo terminó todo: ese mismo arabista que tú tantísimo admirabas te envió un seco mensaje diciéndote que el trabajo no tenía calidad para ser publicado. Y a mí se me echó la bronca, por meter las narices donde no me llamaban.

Desde aquí quiero animarte a que sigas adelante con tus investigaciones. Si por casualidad has seguido este blog, ya sabes lo mucho que he tenido que pasar por culpa de tu querido arabista. Ya has podido comprobar cuál es su modus operandi. Eres consciente de qué busca manteniéndose, con total apoyo de la actual directiva del CEHJ –échale un vistazo a mi entrada anterior– en el puesto de director de la citada publicación. Y sabes tan bien como yo cuál es la verdadera razón de que tu trabajo fuera rechazado. No te desaliente ver el postureo que algunos van a practicar dentro de unos días cuando se presente el próximo número de la revista. No se te ha perdido nada en ella. ¿Sabes una cosa? Me consta ha sido rechazado algún artículo que llegaba desde un investigador muy serio, y tengo la impresión de que le han dado nones porque a ese investigador lo propuse yo en su momento para entrar en el CEHJ. Así se las gastan en una revista que debería ser un foro para incentivar y dar a conocer, pero que se ha transformado en todo lo contrario: un espacio de control para dar protagonismo a unos y dejar en la oscuridad a otros. Tampoco te llame la atención lo de los premios que anualmente se reparten en tan protocolario evento. Esos galardones, que durante mi permanencia en la directiva pude comprobar que eran una de las prioridades de las –más bien escasitas– cosas que hace el CEHJ, se crearon en parte para aplaudir a quienes se lo merecían, pero también para crear redes clientelares e incluso comprar voluntades. La verdad, tú y yo podríamos pasarnos esa tarde por la presentación, a gozar del espectáculo.

Volviendo al centro de la cuestión: no te dejes arredrar por los grupos de poder que pretenden mantener el monopolio en la investigación de determinados temas. Nadie comienza escribiendo grandes artículos. Todos hemos aprendido de nuestros errores, de nuestros balbuceantes inicios. Sigue tu camino y aporta lo que tengas que aportar. El Jerez medieval, tanto andalusí como cristiano, necesita personas que propongan renovadores puntos de vista. No es que lo hasta ahora construido se haya hecho mal, ni tampoco que lo que tú u otros investigadores podáis decir nuevo necesariamente vaya a convertirse en referencia. De lo que se trata es de algo tan sencillo como importante: a mayor número de personas analizando las mismas cuestiones, mayor riqueza de perspectivas y, por ende, más posibilidades de que la investigación avance con solidez.

Insisto, no dejes que seamos los mismos de siempre los que escribimos sobre determinadas cosas. Busca espacios para darte a conocer. Y hazlo alejándote de esos “reinos de taifas” que forman algunos investigadores. No establezcas esos vínculos mediante los cuales unas puertas se te abren y otras se te cierran. Que te valoren por lo que eres, no por mostrarte seguidora de tal grupo de poder. ¿Tu ilusión es el Jerez andalusí? ¡Pues adelante! Queda mucho, muchísimo por investigar. Jerez no se puede permitir que un campo tan amplio sea coto privado de tres o cuatro arqueólogos y un arabista que, retroalimentándose entre sí, han decidido que eso es suyo y de nadie más. Tu voz será bienvenida por el resto de los investigadores en historia, que somos unos cuantos, y por quienes se interesan por el pasado de nuestra ciudad.

jueves, 29 de enero de 2026

Dimisión del Centro de Estudios Históricos. O Arqueológicos, qué mas da.

Se han dado prisa los del CEHJ en colocarme "donde me corresponde" en su página web: sección supernumerarios. En la práctica, de los expulsados. Parece que Diego Bejarano se muestra diligente en la actualización de las redes sociales que durante un año yo mismo, dedicándole mucho tiempo y esfuerzo, me dediqué a montar.


Supongo que les interesará conocer a ustedes la respuesta que el director del CEHJ, Sr. Barrionuevo, dio a mis peticiones:


No hace falta explicar mucho más. Lo de "respalda plenamente" lo dice todo.

Con independencia de lo que se pueda pensar de la calidad del artículo de Borrego Soto y Gutiérrez López, que yo considero horrible como trabajo científico pero a otros les puede parecer perfecto, en este mismo blog dejé demostrado que mi trabajo sobre la aljama de Jerez fue manipulado y parcialmente plagiado en el texto de estos dos señores, miembros de la misma directiva que me expulsa. Anoten que no solo no se me concede lo que éticamente me parece imprescindible, una corrección en el próximo número de la revista, sino que además se me pide, con palabras educadas pero mensaje elocuente, que me quede calladito.

He esperado unos días para sopesar pros y contras. También para buscar algún tipo de acercamiento. Imposible esto último: todas las puertas me han sido cerradas. Solo me queda una opción, que no es otra que presentar la dimisión. Justo acabo de hacerlo. Total, como me han dicho algunos, ¿qué te ha aportado a ti el CEHJ? Absolutamente nada. Dolores de cabeza, en todo caso.

Lo cierto es que si esto me termina de cerrar puertas que ya estaban en la práctica cerradas escucharme una conferencia en Jerez pasa definitivamente al género de la ciencia-ficción, me abre otra que pretendían cerrarme, so pena de completa expulsión: hablar con total libertad sobre un Centro de Estudios Históricos cuya directiva ampara la mala praxis científica de su propia revista y ha convertido la institución en un brazo armado de los intereses profesionales de algunos miembros del Museo Arqueológico Municipal y de su más estrecho círculo de amigos.

Mientras tanto, me consta, otros investigadores con no menos méritos que algunos miembros de la directiva esperan año tras año a ser llamados mientras contemplan cómo se invita a formar parte del CEHJ a expertos de dudosa trayectoria o conceden premios a organizaciones presididas por miembros de la propia directiva, caso del señor Bejarano Gueimúndez.

Una sugerencia: ¿por qué no lo renombran como "Centro de Estudios Arqueológicos Jerezanos" y dejamos las cositas más claras? Convendría un poco de sinceridad en unos momentos en los que, como todo el mundo sabe pero nadie se atreve a escribir, algunos van a querer coger butaca de primera fila cuando el yacimiento de Asta Regia pase a ser responsabilidad absoluta de la Junta de Andalucía.

jueves, 22 de enero de 2026

¿Se reutilizaron en Santiago un morabito y una fortificación islámica?

Ya he escrito, por activa y por pasiva, del morabito -qubba islámica que debió de servir de entierro de alguna persona relevante- que se encontraba frente a la Puerta de Sevilla de Jerez de la Frontera, reutilizado por la comunidad de frailes dominicos como cabecera de su primer templo. Dicho edículo, "en forma de fortaleza con sus almenas", se encontraba situada según el Padre Fray Esteban Rallón frente por frente a la Capilla de la Virgen de Consolación y dando al Llano de San Sebastián, lo que significa que se alzaba justo donde hoy se sitúa la puerta de la iglesia del Real Convento de Santo Domingo que da a la Alameda Cristina: las célebres vistas de Jerez dibujadas por Anton van den Wyngaerde en 1567 confirman que se alzaba justo allí, donde Rallón afirmaba. Por tanto, la qubba se encontraba vecina de la fortaleza cuyos restos aparecieron bajo la piel del gran claustro gótico ("Los claustros") del conjunto que perteneció a los Predicadores, lo que nos ha hecho plantear la posibilidad -sin seguridad alguna, sigue siendo hipótesis de trabajo- de que el conjunto de huertas y "casas para alfaquíes" del que hablaba el citado historiador pudiera ser en realidad un ribat estratégicamente situado en la puerta principal de la ciudad. En cualquier caso, la ubicación de morabitos vecinos a las murallas y puertas no es algo infrecuente en el mundo almohade, así que no debe extrañar que la ocupación cristiana de las ciudades andalusíes viniera seguida inmediatamente de la transformación de esos pequeños edificios en espacios de culto.

Queremos ahora interrogarnos acerca de la posibilidad de que algo parecido ocurriera frente a otra de las grandes puertas de lo que fue Sharis, la de Santiago, atendiendo al problema de la primera iglesia dedicada al citado apóstol y a la Capilla de la Paz que se encontraba asociada a la misma.

Jerez de la Frontera. Parroquia de Santiago.
Actual Capilla de la Paz (probable de los Villavicencio, mediados siglo XV).

La primera pista nos la daba en el siglo XVII el citado Rallón, haciéndonos saber que hizo el rey don Alfonso el Sabio “una capilla a nuestro apóstol y patrón Santiago, y en ella dio permisión para que se enterrasen los buenos hijuelos de Gonzalo Mateos”, y añadiendo una información de lo más sustanciosa (el subrayado es nuestro):

“El sitio en que se edificó” (la iglesia de Santiago) era uno de los reductos que en tiempos de moros estaban fuera de las puertas de la ciudad, y servían de habitación de los adalides que guardaban la tierra y rondaban y guardaban de noche la ciudad: la cual dedicó el rey para honrar en ella al apóstol Santiago, como había dedicado el de la Puerta del Real para convento de San Francisco, y el de la puerta de Sevilla, para el de Santo Domingo, quedó con título de Capilla Real” (p. 140).

Nada nuevo, claro está: el texto es viejo conocido. Un siglo más tarde completó la información Mesa Xinete haciendo referencia al privilegio alfonsí de 1269 mediante el cual el Rey Sabio concedía dicha capilla al citado Gonzalo Mateos y a sus hijos. Pero quien vino a complicarnos considerablemente las cosas fue, allá por 1885, Luis de Grandallana en la primera y meritoria guía monumental de la ciudad, afirmando que “Consta de un modo auténtico que dicho Rey fundó y tituló de Santiago Apóstol una real Capilla que se unió al costado de la primitiva ermita de la Paz”, de tal manera que ya en la decimocuarta centuria “la obra del templo se comienza adosando la nueva construcción a la Ermita o Capilla de la Paz, que estaba unida a la Real de Santiago”.

Más adelante continuaba:

“Repetimos, sí, que la Real Capilla de Santiago construida por D. Alonso X es tan antigua como la reconquista de Jerez: pero bien entendido que solo la dicha Capilla a la que se unieron las nuevas obras. De su unión a la de la Paz da prueba patente el pilar que quedó abierto con la nueva fábrica: dicha Real Capilla que forma hoy la Sacristía, queda incomunicada con la de la Paz”. (pp. 29-33).

Habida cuenta de que en la nave de la Epístola –justo a la derecha, según se entra– de la gran iglesia tardogótica que hoy sigue ejerciendo funciones parroquiales se abre una capilla cubierta con crucería con elementos mudéjares y –por ende– de cronología manifiestamente anterior, y que la referida capilla alberga una imagen renacentista precisamente bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz, no son pocos los historiadores que han difundido la creencia de que esta es, ni más ni menos, que la fundada por Alfonso X. Imaginen qué lío.

Para complicar más la cosa, el prestigioso historiador del arte José María Azcárate, por algún desliz que no alcanzamos a comprender, incluyó una foto de la bóveda gótico-mudéjar en el capítulo de lo que él llama “arquitectura hispano-flamenca” en su altamente difundido libro sobre Arte Gótico en España editado nada menos que en la colección de Manuales de Arte Cátedra. Tiempo ha costado convencer al personal de que, en realidad, la capilla que vemos es una obra de mediados del siglo XV. Muy similar a la de Lorenzo Fernández de Villavicencio en San Lucas –remata su nave de la Epístola, pero hoy se encuentra oculta por una bóveda barroca–, quien a ustedes se dirige considera probable que perteneciera a este mismo linaje. No tiene que ver con una arquitectura temprana, menos aún con lo “hispano-flamenco”, sino con el gótico-mudéjar de los maestros que elevan la gran nave de Santo Domingo y otras edificaciones de la ciudad.

Lo cierto es que en tiempos del Rey Sabio había una ermita de la Paz y una capilla de Santiago, esta última con espacios habilitados para enterramiento. Y que todo apunta a que la capilla dedicada al apóstol se encontraba justo al lado de lo que hoy conocemos como Capilla de la Paz, que obviamente no es la original sino un espacio funerario gótico-mudéjar construido a mediados del XV y mantenido en pie -razones había sobradas, por ser probable espacio funerario de nada menos que los Villavicencio- cuando en tiempos de los Reyes Católicos se inicia la gran iglesia nueva.

¿Cómo fueron entonces esa primitiva ermita de la Paz y Capilla de Santiago? Pensamos que, como en el caso de Santo Domingo, una simple qubba almohade del recinto del que hablaba Rallón bastaría inmediatamente después de la llegada de los castellanos para cumplir la función de ermita, y que nada más sencillo que realizar algunas adiciones a sus muros para tener a su lado una capilla dedicada a Santiago. Pudo incluso reutilizarse otro elemento del conjunto defensivo: recordemos que la concesión como enterramiento corresponde a 1269, fecha muy cercana a la de la de la definitiva conquista cristiana, así que difícilmente hubo tiempo ni medios para realizar alguna obra de cierta consideración. Por todo lo expuesto, queremos plantear la hipótesis de que en Santiago ocurriera algo parecido a lo de la Puerta de Sevilla: un conjunto defensivo con algún morabito con forma de qubba que, de manera tan improvisada como efectiva, pudiera servir a los nuevos moradores para habilitar espacios de culto.

No hace falta decir cómo se fueron desarrollando las cosas con posterioridad. Con el paso de los años, y siempre teniendo en cuenta las difíciles circunstancias del proceso repoblador, se iría generando un nuevo núcleo urbano que se vería consolidado con la fundación del Convento de la Merced. El desarrollo demográfico convertiría el arrabal en collación, y tanto ermita como capilla desaparecerían para dar paso a la actual fábrica tardogótica, pero conservando el espacio gótico-mudéjar de mediados del siglo XV que a esas primitivas construcciones se habría adicionado y que, con el paso del tiempo, recibiría en herencia el nombre de Capilla de la Paz para confusión de todos los que nos hemos dedicado a investigar en la historia de este conjunto artístico.

PD. Esto es un adelanto de un nuevo trabajo que está por llegar.

lunes, 12 de enero de 2026

La respuesta del CEHJ: quitarme de en medio

Estimados colegas y aficionados a la Historia, les copio a continuación la misiva que me ha hecho llegar el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, obvia respuesta a mi entrada anterior.

No tengo mucho más que añadir. El escrito habla por sí solo. No es una expulsión en teoría, sí lo es en la práctica. Me impide acudir a asambleas o, en su caso, incorporarme a candidaturas alternativas a la actual directiva que encabeza D. Francisco Barrionuevo. Que todo quede atado y bien atado.

Lo que sí me gustaría es que quede para la posteridad quiénes son los miembros de la Junta Directiva que, de manera unánime, ha tomado una decisión que, por mucho que la misiva afirme que no es así, es de carácter disciplinario. Por orden alfabético:

Francisco Barrionuevo Contreras, Diego Bejarano Gueimúndez, Miguel Ángel Borrego Soto, Ramón Clavijo Provencio, Francisco Antonio García Romero, José María Gutiérrez López, Javier E. Jiménez López de Eguileta, Carmen Reimóndez Becerra.

Repárese en que Miguel Ángel Borrego y José María Gutiérrez son los firmantes de dos artículos que, como he demostrado en este blog, son perfecto ejemplo de mala praxis historiográfica e incluyen un plagio a mi propio trabajo sobre la mezquita aljama de Jerez; plagio que el lector puede comprobar haciendo click en este enlace y en este otro. Dicho de otra manera: dos miembros de la directiva me plagian por duplicado, exijo la justa reparación y la respuesta es quitarme de en medio de la institución que ellos gestionan.

Por supuesto, esto no es el fin de algo. Es el comienzo, aunque en este preciso momento no voy a decir más. Lo haré, y por extenso, cuando lo considere oportuno. En cualquier caso, quiero sentirme orgulloso de aquello que me enseñaron, durante esos muchos años de lucha sindical que presencié durante mi infancia y juventud, las dos personas a las que más quiero y a las que más debo: la necesidad de enfrentarse a aquellos que tienen el poder en sus manos y se mueven con formas poco democráticas, por no decir impositivas y doblegando a los demás por la fuerza, para defender aquellas causas que nos parecen justas. Incluso aunque perdamos muchas cosas por el camino.

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Estimado Sr. D. Fernando López Vargas-Machuca:

Le comunicamos que, en sesión de la Junta Directiva del Centro de Estudios Históricos Jerezanos celebrada el 7 de enero de 2026, convocada para decidir sobre el cambio de la situación administrativa de algunos asociados, se acordó, conforme al artículo 6.4 de los Estatutos, su paso a la condición de Asociado Supernumerario, con efectos desde la fecha del acuerdo.

La decisión se adopta atendiendo a la incompatibilidad de determinadas manifestaciones públicas realizadas por el citado asociado en distintos medios y soportes digitales que, por su contenido y tono , afectan  negativamente al clima de respeto, colaboración y  confianza entre los miembros del Centro, así como a la imagen pública de la Institución, y que resultan incompatibles con las finalidades del Centro y con el deber de colaboración exigido a los asociados por el Artículo 8 de los Estatutos.

Este acuerdo tiene carácter organizativo y no disciplinario, y se adopta en el ejercicio de las competencias que los Estatutos (Artículo 6.4) atribuyen a la Junta Directiva.

De este acuerdo se dará cuenta a la Asamblea General convocada para el 15 de enero de 2026.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo.


sábado, 10 de enero de 2026

Solicitud de dimisión de Borrego Soto y exigencia de corrección

Parece mentira, pero tres meses después, en el artículo que acaba de publicar en la Revista de Historia de Jerez (descarga aquí), el profesor Miguel Ángel Borrego Soto y el arqueólogo José María Gutiérrez han vuelto a hacer la misma maniobra. Exactamente la mismas que ya denuncié en este blog, concretamente en la entrada de este enlace. Por eso mismo hay que sintetizar.

Los autores afirman lo siguiente:

1) Que defiendo en mi reciente artículo sobre la mezquita aljama de Jerez que esta era de dimensiones reducidas.

2) Que esa valoración es errónea porque no atiendo a las presuntas evidencias paramentales disponibles, y que desconozco un documento de Diego Moreno Meléndez que citan Repetto Betes y Esperanza de los Ríos.

3) Que ese documento permite calcular la anchura de la mezquita, teniendo en cuenta las medidas de una vara castellana.

4) Que extraigo información del proyecto de restauración realizado por ellos, sin citarla.

 

LA REALIDAD

1) En mi artículo no solo demostraba conocer el documento de Diego Moreno Meléndez, sino que lo analizaba de la misma manera que ellos hacen a posteriori.

2) No solo no existe ninguna evidencia paramental que apoye las teorías de los citados autores, sino que en su texto no realizan ningún análisis de este género. Yo sí lo hice, dentro de las limitaciones que la historia del arte tiene frente a la arqueología, como puede comprobar quien lea mi texto completo (descarga aquí).

3) Los autores omiten por completo la manera en que un texto de Bartolomé Gutiérrez, que ellos citan y conocen, entra en contradicción con las dimensiones que se deducen de Moreno Meléndez. Esa parte de mi análisis, por razones obvias, no le interesa parafrasearla.  En mi artículo realizo un análisis extenso de dicha contradicción e intento resolverla.

4) Borrego Soto omite todo lo referente a la manera en la que en mi artículo desmontaba pieza por pieza la delirante teoría de una mezquita de dimensiones colosales, que según él llegaba a la calle Aire, que defendió en privado durante largo tiempo.

5) La memoria de restauración no es un trabajo científico puesta a disposición del público, no la he consultado y no he sentido la necesidad de hacerlo toda vez que cuando Borrego Soto tuvo la oportunidad de exponer en público sus presuntos hallazgos sobre la mezquita, dijo muy pocas cosas de interés, y de ni una de ellas me he servido. Lo demostré punto por punto en este enlace transcribiendo la conferencia que según él tuve el descaro de plagiarle.

6) Borrego y Gutiérrez silencian todos los demás análisis realizados en mi texto sobre la arquitectura de la mezquita, de tal manera que estos quedan ocultas a los ojos de unos lectores con los que se tiene que jugar limpio: hay que presentar todas las aportaciones existentes para que estos puedan valorar por sí mismos.

Quien desee comprobar todo esto sin tener que leerse mis entradas anteriores ni los artículos completos, tiene en estos enlaces una selección del mío para la revista Trocadero y del suyo para la Revista de Historia de Jerez. Subrayados y anotaciones los he realizado yo, evidentemente.

Cierto es que esa parte de este nuevo artículo de la revista que acabo de citar es un “corta y pega” de su artículo anterior publicado en otra publicación y en su propio blog, y que por tanto podría pensarse que se ha editado sin conocer mis réplicas. Falso: una de las cosas que les replicaba era el lapsus a la hora de citar las páginas correctas de Susana Calvo Capilla. El error ha sido corregido, así que sí que me han leído. Simplemente, es que les ha dado igual que demostrara el sucio “juego de trilero” por ellos realizados en su primer artículo.

Resumiendo: Borrego y Gutiérrez me acusan de desconocer algo que sí cito y sí analizo, realizan el mismo análisis que yo, presentan el resultado como aportación suya y omiten todo lo demás del mucho más extenso y minucioso estudio de los restos visibles de la aljama por mí realizado.

Habida cuenta de que no es la primera vez que Miguel Ángel Borrego Soto incurre en graves casos de mala praxis, y de que está aprovechando su posición de poder como director de la citada publicación para realizar este tipo de fechorías con total impunidad, RUEGO públicamente al señor director del Centro de Estudios Históricos Jerezanos, a quien hago llegar una copia de este escrito, la destitución de Borrego Soto como director de la Revista de Historia de Jerez, por considerar que la absoluta falta de ética evidencia este investigador le inhabilita para un cargo que demanda, entre otras cosas, seleccionar los contenidos de la revista y mantener unos estándares de calidad, considerando asimismo que la permanencia de dicha responsabilidad en sus manos va en directo desprestigio de la institución.

El mismo tiempo, EXIJO al señor director del Centro de Estudios Históricos Jerezanos y a la Revista de Historia de Jerez una enmienda en el siguiente número de la publicación haciendo constar que el artículo de Borrego y Gutiérrez miente de manera consciente acerca de mi conocimiento del arriba citado texto histórico de Diego Moreno Meléndez, silencia que en su momento realicé un análisis del mismo similar al que ellos reivindican como propio y oculta de manera malintencionada toda las demás consideraciones escritas por mí sobre la edificación.

 

PD. No he leído completo el muy extenso artículo de Borrego y Gutiérrez, solo la parte referente a la aljama. Desconozco si en el resto hay perlas del mismo calibre.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Un ejemplo de mala praxis historiográfica: "Centro y periferia"

Hace varios años publiqué un pequeño libro de divulgación titulado San Dionisio: una visita guiada. La presentación la programé para un viernes a las cinco de la tarde, hora en la que la parroquia nos había facilitado un hueco. Me llevé una sorpresa desagradable cuando descubrí que días después del anuncio Manuel Romero Bejarano había programado, desde la concejalía de cultura del ayuntamiento, una visita a San Juan de los Caballeros a cargo de su amigo y protegido David Caramazana Malia para hablar de las laudas sepulcrales góticas que allí se encuentran, tema sobre el cual los dos habían firmado una publicación científica conjunta. No hace falta decir que la coincidencia –no solo el día, sino también el inhabitual horario– no era casualidad, sino un deseo por parte de ambos de “reventar” mi presentación.

Telefoneé a Caramazana, al que por entonces consideraba amigo y al que había ayudado no poco en sus investigaciones sobre el patrimonio medieval jerezano, para hacerle saber de mi estupor. La conversación empezó con muy buenas maneras, pero enseguida David se puso a la defensiva y empezó a decirme cosas francamente desagradables. Entre ellas, que mi viejo artículo sobre los espacios funerarios jerezanos publicado en la Revista de Historia de Jerez en 1997 era “una puta mierda” (sic).

Después de la conversación quise hacer autocrítica y en este mismo blog repasé mi texto minuciosamente, examinando lo que consideraba aciertos e insuficiencias: aquí pueden leer el resultado. Una vez publicada esa entrada, Caramazana me reconoció que había sido en su momento un buen artículo. Las cosas parecían arreglarse entre nosotros. ¿Por qué entonces había emitido una opinión tan dura con anterioridad? Seguramente no tenía en mente mi texto, sino que se limitada a repetir un veredicto emitido por su admiradísimo Manuel Romero Bejarano, quien –dicho sea de paso– acostumbra a lanzar alegremente y sin criterio alguno semejante tipo de sentencias sobre los historiadores que considera le pueden hacer sombra.

Unos meses más tarde Caramazana desapareció del mapa. Me bloqueó en todos los medios: teléfono, correo electrónico, redes sociales, etc. Nada, absolutamente nada había pasado entremedias. Tampoco nada malo había dicho yo de él, ni entonces ni antes. Parecía obvio que alguien (¿hace falta decir quién?) le había contado alguna trola sobre mí para que decidiera romper relaciones. Desde entonces ha decidido hacer una damnatio memoriae sobre mi persona en sus publicaciones científicas. Y ahí está el problema: uno puede dejar de relacionarse con quien considere oportuno, pero a la hora de realizar textos científicos hay que atenerse rigurosísimamente a las maneras propias de cada disciplina. Por ende, hay que citar siempre a quien corresponde citar. Y él no lo ha hecho ni siquiera cuando le ha tocado escribir sobre la Capilla de la Jura de San Juan de los Caballeros, sobre la que creo haber realizado aportaciones de relevancia.

El colmo ha llegado con su último artículo, «¿Centro y periferia? El contexto constructivo de la antigua archidiócesis de Sevilla a través de talleres, obras y canteras entre 1400 y 1430», publicado en Trocadero, 36, 2024, pp. 35-60. Lo pueden descargar aquí. Salvando un par de excepciones, no me cita a mí ni a varios autores más que deberían estar citados; al no hacerlo, aportaciones de terceros pasan como suyas propias. Advierto que no voy a revisar su texto con las mismas exigencias que revisé el mío de 1997. Tampoco entraré en valorar la calidad del mismo. Voy a limitarme a citar los gravísimos casos de mala praxis científica que me afectan de manera directa.

Para empezar, hay que advertir que si Caramazana se propone “primero analizar los talleres y las obras (tanto en cantería como en albañilería) documentadas entre 1400 y 1430 en ciudades del arzobispado hispalense, incluida la capital, Sevilla” (p. 37), parece necesario que haga constar al lector de la existencia de al menos dos trabajos globales sobre la arquitectura de Jerez de la Frontera en torno a esa misma fecha: mi libro El mudéjar en Jerez (2021), que es síntesis de lo que he publicado sobre el tema a lo largo de las últimas décadas, y nada menos que toda una tesis doctoral, la de José María Guerrero Vega, Espacio y construcción en la arquitectura religiosa medieval de Jerez de la Frontera (s. XIII-XV) (2019). Este último lo cita más adelante de pasada, pero entiendo que debería estar citado desde el primer momento.

Más tarde, cuando en la página 40 hace relación de las principales publicaciones sobre el mudéjar o gótico-mudéjar de la zona, cita a Angulo, Lambert y Cómez, pero calla por completo mis aportaciones con evidente voluntad de ningunear mi trabajo. Por cierto, Caramazana recoge de Rafael Cómez Arquitectura alfonsí sin reparar en que donde este autor explora este campo es en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio. ¿Realmente ha consultado estos libros o se limita a citarlos para rellenar la bibliografía? Habría que recordarle al autor que el método científico demanda citar solo aquello que se ha consultado. Colocar ahí Arquitectura alfonsí no tiene ningún sentido, toda vez que en ese volumen su autor no aborda en momento alguno la arquitectura jerezana. Probablemente Caramazana no haya consultado ni siquiera el índice.

En la página 41 se ocupa de la Capilla de la Jura de San Juan de los Caballeros, de la que llega a incluir una fotografía. Teniendo en cuenta que toma este recinto como ejemplo de canteros documentados precisamente en un artículo que se interesa por la manera en que en la “periferia” se ensayan nuevas fórmulas arquitectónicas al hilo de los talleres de cantería, lo apropiado hubiera sido citar mi propuesta de entender este espacio jerezano como primer ejemplo conservado de una fusión entre dos tipologías de la que en su momento habló el fallecido profesor Juan Carlos Ruiz Souza: la de la qubba mudéjar y bóveda gótica que, al hacer uso de terceletes, adquiere una forma estrellada. Esta idea la he presentado por escrito repetidamente y Caramazana la conoce a la perfección. Pero él se limita a señalar, en la nota 21, que “Aquí aparecen por primera vez en el arzobispado hispalense los nervios en forma de Y, frecuentes en la segunda mitad del siglo XV”, en referencia a los mencionados terceletes. Fíjense en lo que un servidor había escrito en la página 85 de El mudéjar en Jerez, preguntas y respuestas, volumen publicado en 2021:

“Lo que sorprende es la temprana aparición de esta fórmula en la zona, pues todavía no se ha iniciado la construcción de la Cartuja de Santa María de las Cuevas y el crucero de la Catedral de Sevilla queda aún muy distante en el tiempo. El único paralelo cronológico es la cabecera de la Iglesia del monasterio hispalense de Santiago de la Espada –actual monasterio de la Asunción– que al igual que la citada cartuja presenta importantes puntos de contacto con el círculo jerezano. La fórmula debió de llegar a Sevilla desde Jerez, pero no estamos seguros desde dónde vino a la ciudad gaditana; quizá desde Córdoba –una capilla de la parroquia de Santiago hace uso del tercelete–, aunque no podemos descartar la llegada de un maestro desde latitudes septentrionales.”

La voluntad de ocultar al lector la existencia de mis aportaciones, con la consecuencia de regatear a este la posibilidad de consultar bibliografía adicional, resulta obvia, como lo es también la apropiación intelectual que comete. El autor no solo no está siendo poco riguroso con el método científico: está incurriendo en mala praxis de manera voluntaria y por completo consciente de las consecuencias.

En la página 42 trae a colación la iglesia de Santa María de la Oliva de Lebrija, afirmando que esta “nos sugiere una cronología en torno al año 1400 tanto por su estrecha relación con la iglesia de San Juan de los Caballeros de Jerez, como por la asimilación de nervios de crucería góticos que se pintaron en las trompas de una de las qubbas del templo”. La bibliografía sobre esta iglesia a la que Caramazana remite tiene su miga, tanto por lo que incluye como por lo que deja de incluir.

Para empezar, cita un trabajo propio realizado junto a su mentor Manuel Romero Bejarano que fue publicado en 2016, justo al que hicimos referencia en el primer párrafo de esta entrada: “Nuevos datos de la escultura funeraria en Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media. Las laudas flamencas de San Juan de los Caballeros”. Efectivamente, habla laudas sepulcrales: nada se aporta en ese texto sobre la arquitectura del templo, y menos aún sobre su relación con Lebrija. Simplemente desea citarse a sí mismo. Seguidamente menciona un artículo conjunto de Guerrero Vega, Pinto Puerto y Mora Vicente sobre los trabajos previos a la intervención en la mencionada Capilla de la Jura del mismo templo. Ahí sí, pero se olvida una vez más de la tesis doctoral de Guerrero Vega, que es donde está “la sustancia”.

La referencia que realiza a Ruiz Souza es por completo pertinente, pero en su deseo de datar la iglesia ecijana hacia 1400 se deja en el tintero, no sabemos si voluntaria o involuntariamente, el artículo monográfico de Rafael Cómez Ramos “La iglesia de Santa María de la Oliva de Lebrija, monumento alfonsí”, publicado en 2005 en I Jornadas de Historia de Lebrija. Edad Media. En ese texto el profesor sevillano retoma su antigua tesis, presentada en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio –que, como vimos, Caramazana tampoco cita–, según la cual esta peculiarísima iglesia mudéjar correspondería a tiempos del citado monarca. La misma cronología temprana presenta para Alfredo Morales en las páginas 103 y 104 de su artículo “Los inicios de la arquitectura mudéjar en Sevilla” del catálogo de la exposición Metropolis Totius Hispaniae que se celebrara allá por 1999. Se podrá estar de acuerdo o no en semejante datación, pero esas aportaciones han de ser citadas. Por cierto, creo que albergan interés estas líneas del profesor Morales, porque con ellas demuestra ser el primero –no Caramazana, como tampoco un servidor– que escribió sobre la probable relación entre Jerez y la obra lebrijana:

“Por otra parte, tampoco sería descartable para explicar tal grado de islamismo la posible presencia de artistas procedentes de Jerez, que fue una importante población almohade y que tuvo una numerosa y activa comunidad mudéjar. De hecho, la arquitectura mudéjar jerezana manifiesta una fuerte huella almohade.”

En lo que a mí se refiere, en el libro El edificio medieval de San Dionisio de Jerez de la Frontera (pp. 85-86) apunté la relación directa entre una puerta gótico-mudéjar del patio de la iglesia lebrijana con los maestros jerezanos, incluyendo incluso una foto de la misma. En referencia a las qubbas propiamente dichas, en la Tribuna Libre que presenté el 27 de julio de 2018 en Diario de Jerez bajo el título “la Cartuja de Sevilla, ¿obra jerezana?” escribí que la sacristía de este cenobio hispalense guarda directa relación con la Capilla de la Jura y, por ende, debe vincularse con el taller de los autores de aquélla, Fernán García y su sobrino Diego Fernández.

Para corroborarlo atendía a dos detalles formales. El uno, la existencia de piñas de mocárabes en cada una de las claves de la bóveda estrellada. El otro, continuaba diciendo, “(…) consiste en la decoración de los nervios con cuadrados de color negro girados 45°; cierto es que en la Capilla de la Jura los mismos se unen por las esquinas y en la Cartuja de las Cuevas se encuentran muy distanciados entre sí, pero el esquema es similar y a su vez remite a dos obras relacionadas con toda esta misma problemática: Santa María de la Oliva de Lebrija y Santa María de la O de Sanlúcar de Barrameda.” Insistiendo en la propuesta, cuando más adelante presenté El mudéjar en Jerez incluí (pp. 35 y 49) una imagen de unas de las qubbas de Santa María de la Oliva, precisamente aquella de la Nave del Evangelio que por la inclusión de terceletes guarda relación directa con la Capilla de la Jura, advirtiendo una vez más (p.48) de la existencia de varios nexos entre esta iglesia y el mudéjar jerezano. En resumidas cuentas, el vínculo entre Lebrija y Jerez ya lo había puesto en evidencia Alfredo Morales, mientras que la conexión directa entre la bóveda de una de las qubbas y la Capilla de la Jura ya la había hecho constar un servidor en un par de ocasiones. Caramazana no aporta nada nuevo: simplemente hace pasar por propias aportaciones ajenas.

Bueno, en puridad sí que intenta realizar una aportación: vincular esta obra con la figura del maestro Juan Rodríguez de Lebrija, uno de los autores de la portada occidental de la parroquia sevillana de San Juan de la Palma. Vínculo cogido por los pelos, toda vez que poca relación existe entre las formas de la referida portada y Santa María de la Oliva. Tan solo una, que por cierto a Caramazana se le escapa: las dos ménsulas con muy toscas cabezas humanas de la portada hispalense recuerdan a la que aparece en el interior de la iglesia lebrijana –muro occidental–, que por cierto Rafael Cómez identifica de manera desafortunada como una calavera entre dos tibias. En el resto de la portada absolutamente nada hay que apunte hacia Lebrija. El segundo apellido de Juan Rodríguez, la verdad, resulta un argumento flojísimo para suponer su participación en aquella iglesia. De hecho, y por las razones antes aducidas, el vínculo hay que establecerlo con Fernán García y Diego Fernández, autor este último del que Caramazana sí habla en otros lugares de su artículo por encontrarse vinculado, entre otras cosas, al arranque de las obras de la Catedral de Sevilla, pero que no acierta a relacionar con Santa María de la Oliva.

Varias páginas más adelante, Caramazana indaga en las realizaciones arquitectónicas sevillanas de principios del Cuatrocientos y señala la manera en que “destacan algunas bóvedas tipo qubba como las que venían realizando los talleres jerezanos desde el año 1400. Tal vez la más relevantes todavía poco estudiadas son las de la Sacristía y Sala Capitular de la cartuja de las Cuevas”. Pues sí, se encuentran todavía poco estudiadas, pero yo realicé las aportaciones arriba referidas cuya existencia silencia. Y prosigue: “Recordemos que el patrocinio de este cenobio recayó en la familia Ribera tras el fallecimiento del arzobispo Mena y, dado que Per Afán de Ribera el Viejo, Adelantado Mayor de Andalucía, falleció en 1423, bien pudo haber contado con canteros del sur del arzobispado para monumentalizar su memoria bajo alguna de estas qubbas. Efectivamente, debió de contar con canteros de procedencia meridional. Es justo lo que escribí en 2018 y volví a defender en 2021 incluyendo fotografías de La Oliva (p. 35) y de la Cartuja (p. 49).

En la página 48 Caramazana Malia dedica un epígrafe a los templos jerezanos. Aquí me cita por primera vez cuando dice que “se ha asentado una cronología que no va más allá del primer tercio del siglo XV”. Algo es algo, aunque no se ha enterado mucho de lo que ha leído, porque en mis textos he dejado muy claro que la cronología se extiende a lo largo de los dos primeros tercios de la centuria, hasta 1464 para concretar. Ni que decir tiene que no cita el libro El mudéjar en Jerez, sino la colaboración que realicé en el catálogo Limes Fidei, mucho menos extensa y desactualizada con respecto a aquél.

A reglón seguido, y de manera incomprensible, afirma que “la iglesia de San Marcos presenta una portada con un esquema compositivo cercano a la de San Juan de la Palma de Sevilla”. Falso, rotundamente falso. A las fotografías me remito. Que en ambas el vano sea un arco apuntado –el habitual en la inmensa mayoría de las iglesias europeas de esta época– y que tengan un alero con canes no indica relación alguna. Simplemente, comparten esquemas convencionales. Ya sé que este no es un caso de mala praxis, sino de otra cosa, pero me parece que es oportuno dejar constancia de lo arbitrario de algunas consideraciones de este investigador.

Sevilla. San Juan de la Palma.


Jerez. San Marcos.

Más abajo habla de San Mateo, “cuya amplia nave única parece evidenciar una intención de cubrir todo el espacio del primitivo haram”. Hombre, pues sí. Pero cita tan solo la tesis de Guerrero Vega y deja al margen tanto los artículos de este autor como el mío propio, ambos muy extensos, que se incluyeron en el monumental libro La parroquia de San Mateo de Jerez de la Frontera. Historia, Arte y Arquitectura publicado en 2018. No vaya a ser que el lector se entere de que hay más cositas publicadas por ahí aparte de las suyas propias.

Caramazana se traslada momentáneamente a Sanlúcar de Barrameda para hacer constar que “Según los trabajos de López Vargas-Machuca, la exuberante puerta del Perdón de la O se relaciona con la torre del Atalaya de la iglesia de San Dionisio de Jerez”. Se agradece que esta vez haya voluntad de reconocer la autoría intelectual, aunque es cierto que tal relación la descubrió Diego Angulo muchísimo antes de que yo naciera. Apostilla que “nosotros vemos también puntos de unión con San Esteban de Sevilla”. Qué casualidad, Caramazana descubre lo que ya lo había expuesto en agosto de 2013 en este mismo blog:

“Sobre éste se desarrolla el motivo más sorprendente de la portada: una amplia franja de paños de sebka, un elemento que no hemos encontrado en ningún edificio del círculo jerezano ni de su entorno pero que puede relacionarse con dos de las portadas sevillanas citadas, las occidentales de San Esteban y de San Marcos.”

Atención a lo que viene a continuación: como existe un señor llamado Pedro García de Sanlúcar que trabaja en la segunda y tercera década del siglo XV para el concejo hispalense y para el cabildo de la catedral, este es el autor de la portada de La O y se convierte en principal candidato (sic) “para ser el que acabó accediendo al cargo de maestro mayor de la catedral gótica de Sevilla”. No voy a entrar en el terreno catedralicio, quede ello para los expertos en la monumental fábrica. Pero sobre La O sí que he trabajado, y considero que debe ser vinculada con la dinastía familiar que monopoliza el “gótico-mudéjar” jerezano y la alcaldía del alarifazgo de la ciudad, concretamente con el maestro que trabaja en la gran reforma mudéjar de San Dionisio y la Torre de la Atalaya adosada a este. Me parece probable que se trate de Alfonso Benítez, maestro mayor del alarifazgo de Jerez a mediados del Cuatrocientos. Lo expuse en El mudéjar en Jerez (pp. 65-66), y mucho más recientemente lo he repetido en el artículo divulgativo “Jerez de la Frontera y el Gótico-Mudéjar: Un centro creador” publicado en el número 6, mayo de 2024, de la revista Puerta Abierta (p. 72). Aunque Caramazana no estuviese de acuerdo en la atribución, la cita hay que realizarla: al lector no se le puede escamotear la existencia de teorías diferentes a las propias, porque eso es jugar con las cartas marcadas. Por otra parte, y como ocurría en el caso de Juan Rodríguez de Lebrija, el apellido nos parece un argumento de escasa solidez. Rizando el rizo, y partiendo de que Pedro García es autor de la portada e incluso de toda la iglesia sanluqueña, Caramazana intenta dar solidez a su propuesta sobre el presunto ascenso de este último:

Tratando de explicar su acceso a la maestría de la catedral de Sevilla, un hipotético servicio para una de las principales familias nobiliarias, los Guzmán, y acaso una intervención en su espacio de enterramiento, bien pudieran ser razones suficientes para ello.

Creo que huelgan comentarios. Sin embargo, creemos que acierta cuando dice lo siguiente:

“No queremos dejar de apuntar que ostenta el mismo apellido que Fernán García, el maestro mayor del alarifazgo jerezano (doc. 1404-1433), pues no se debería descartar un posible parentesco. De hecho, pensar en un taller de canteros estrechamente emparentados que controlaba tanto la piedra de San Cristóbal como los encargos de la región explicaría la nómina de varios García documentados al inicio de la catedral gótica de Sevilla”.

Una pena que, en su empeño de invisibilizar la labor de quien a ustedes se dirige, el autor enturbie esta aportación pasando de puntillas –mención de pasada en la página 46– ante una obra fundamental para comprender la arquitectura religiosa en piedra que se levanta en Sevilla en la primera mitad del siglo XV, la iglesia del Monasterio de Santiago de la Espada. Allá por 1983 M.ª del Carmen Gutiérrez Llamas la vinculó con las obras jerezanas, y quien a ustedes se dirige pudo escribir repetidamente sobre ella en textos que Caramazana ha tenido la oportunidad de leer, porque yo mismo se los pasé en mano. Sobre esa obra todavía hay mucha tela que cortar, sobre todo en lo que a su cronología se refiere. Creo que en su momento no acerté al plantear la posibilidad de que pudiera corresponder a tiempos de los Reyes Católicos: cuando iniciaba mis investigaciones tenía mucho miedo de reconocer lo que luego me ha quedado claro, que el foco de Jerez se adelanta de manera considerable al de Sevilla. Ahora bien, tampoco estoy seguro de que esta sea la iglesia iniciada por el maestre Lorenzo Suárez de Figueroa. De lo que sí estoy plenamente convencido es de que en la obra participaron maestros jerezanos, y de que más de un vínculo con Santa María de la O de Sanlúcar hay por ahí.

Quiero dejar constancia, finalmente, de que en este confuso rompecabezas que plantea David Caramazana hay otra pieza clave que se le escapa, la pétrea cabecera del monasterio de Santa María de la Rábida. Muy recientemente he planteado en la revista Cartare sus vínculos no solo con el círculo de Jerez, sino también con Sanlúcar habida cuenta de la posible relación del Primer Duque de Medina Sidonia con su erección. Dicho esto, el citado autor no es responsable de esta omisión, toda vez que cuando su artículo fue publicado el mío se encontraba aún en prensa. Del resto de las omisiones sí que tiene la absoluta responsabilidad.