miércoles, 17 de junio de 2026

Jerez no sólo fue receptor: también fue un centro creador de formas. ¿Dónde está la novedad?

Continúa David Caramazana Malía, seguramente confiado en elevadas promesas profesionales que le ha debido de realizar su director de tesis, publicando artículos sin ton ni son en eso que llamamos "revistas de impacto". En el que acaba de sacar este mismo mes de junio aprovecha una vez más, en esa obsesión que tiene hacia mi persona, para poner en entredicho todo mi trabajo. Es respetable que esté en desacuerdo con mis ideas, pero lo que no voy a dejar es que mienta. Observen, observen lo que escribe (el subrayado es mío).
"Tratando de explicar la originalidad de la arquitectura jerezana bajomedieval, algunos investigadores han expuesto la teoría de un posible contacto con maestros cordobeses en el siglo XIV (López Vargas-Machuca, 2014, pp. 64-99). No obstante, las características técnicas y elementos constructivos de este taller jerezano-portuense, que llegó a influir fuera de sus fronteras y cuyos oficiales al frente alcanzaron la maestría mayor de la catedral de Sevilla desde el siglo XV, no parece ser un mero centro receptor de formas; a menos que se demuestre por medio de otros enfoques metodológicos o documentales. Consideramos necesario seguir profundizando en la revisión documental del período (Martínez de Aguirre, 1989, pp. 15-32, 1991, pp. 11-28; Caramazana Malia, 2023, pp. 335-369, 2024, pp. 35-60)."
Pues bien, la idea central de mis investigaciones consiste precisamente en defender que, partiendo de esquemas y formas decorativas que había llegado desde la Córdoba del Trescientos, añadiendo elementos nazaríes del otro lado de la frontera y contando con una figura misteriosa que conocía el diseño de la bóveda de terceletes, Jerez de la Frontera fue un centro creador de fórmulas que allá por el primer tercio del siglo XV eran la punta de lanza del gótico en el Bajo Guadalquivir; fórmulas que influyeron de manera decidida en Sevilla, toda vez que en la capital de la archidiócesis se había perdido la tradición del corte de la piedra y recurrieron a maestros de nuestra ciudad cuando allí se decidió renovar el panorama edilicio. Llevo con ello desde la "tesina" sobre el Convento de Santiago de la Espada allá por 1996 hasta el breve artículo de síntesis presentado en 2024 en la Revista del Ateneo de Jerez, artículo que se justo llama (¿se entera, señor Caramazana?) Jerez de la Frontera y el Gótico-Mudéjar: un centro creador (descarga). El autor citado no defiende una idea nueva, sino aquella misma en la que yo llevo insistiendo unos cuantos lustros. 


Quien lo desee puede leer la mayoría de las publicaciones que he realizado haciéndolo desde la web de Academia. Ahí encontrará lo sustancial de mi aportación, incluyendo lo referente a Santiago de la Espada, La Cartuja de Sevilla y La Rábida. Caramazana las conoce al dedillo, porque su antiguo director de tesis fue quien había comenzado no pocos años atrás a dirigir la mía, en su momento le pasé mis trabajos y le ayudé todo lo que pude cuando comenzaba sus investigaciones. Luego se dejó llevar por quienes posiblemente le garantizaron ascenso rápido: decidió no solo cortar la amistad conmigo, sino también hacerme en sus artículos una poco científica damnatio memoriae para presentarse –no está muy lejos de Borrego Soto en su actitud– como el "gran renovador" de su campo de estudio. Que no haya más que él, salvando a sus íntimos amigos y facilitadores de documentación.

Miren ustedes, las investigaciones que este señor ha realizado serán más o menos válidas –a mi entender, desafortunadas las más recientes–, pero lo que resulta de todo punto inadmisible es que presente como idea suya propia el principal resultado del trabajo que he realizado durante estas tres últimas décadas, al tiempo que mienta sobre el contenido del mismo (¿cuándo he dicho yo que Jerez sea un mero centro receptor de fórmulas, si defiendo justo lo contrario?) y lo ningunee o lo oculte sin el menor reparo. No solo lo que hace va en contra del método científico: es que desde el punto de vista ético es inaceptable. ¡Y este señor, como profesor de secundaria que es, tiene que transmitir a sus alumnos el concepto de la probidad académica! Así nos va.

viernes, 5 de junio de 2026

No, la Torre de la Atalaya no ocupa el solar de un alminar

Considero que los dos últimos artículos de David Caramazana Malía, ambos en torno al Jerez islámico, resultan particularmente desafortunados, toda vez que –cualquiera que sepa de qué va el asunto se da cuenta de ello– se encuentran en buena medida estimulados por su manifiesta necesidad de llevar la contraria a las cosas que hemos escrito otros recientemente, esto es, de revelarse como "descubridor de la verdad" frente a la presunta torpeza de los demás. Ello le lleva no solo a incurrir en ejemplos de mala praxis científicas, en él habituales –sobre todo a la hora de citar– desde que cambió de director de tesis, sino también a lanzar hipótesis pobremente argumentadas. 

 

En este blog ya he dicho que ando en exceso ocupado como para desmontar semejantes propuestas, entre ellas la llamativa –por la muy deficiente lectura de las fuentes gráficas– que se refiere a la orientación de la mezquita aljama reconvertida en colegial. Tengo una serie de publicaciones sobre arte y música que andan haciendo cola, así que Jerez tendrá que esperar. Sin embargo, en su artículo Las mezquitas de Saris Siduna (enlace) hay una hipótesis insostenible que está empezando a encontrar cierto eco, así que me corresponde dejar las cosas claras antes de que el asunto vaya a más.

La afirmación (p. 26) hace referencia a la Torre de la Atalaya:

"Todavía conserva su disposición original adosada a la nave del Evangelio de la parroquia del patrón. Si bien la historiografía (...) ha documentado con solvencia esta construcción civil cristiana a mediados del siglo XV, no podemos olvidar que la iglesia que linda con ella presenta numerosos argumentos para ser la primera aljama de la ciudad. ¿Se trata de otra torre cristiana que ocupó el solar de un primitivo alminar? Su ubicación cuadraría también con la normal disposición de los alminares en las inmediaciones de los patios de abluciones."

Como Caramazana probablemente sabe, fue Diego Angulo allá por 1932 quien observó agudamente que la torre se encuentra levantada recreciendo dos contrafuertes de la cabecera de la nave del Evangelio. Cualquiera que entre en la plata baja lo puede comprobar a simple vista. De esa circunstancia sacó don Diego la conclusión de que la torre por fuerza había de ser posterior a la iglesia. En 1999 hice una corrección a esa idea: la torre no tenía que ser posterior a toda la iglesia gótico-mudéjar, sino tan solo al referido ábside, que pude clasificar entre la primera arquitectura cristiana de la ciudad, y por ende como resto de un primer San Dionisio que se integraría en la nueva obra gótico-mudéjar de la primera mitad del Cuatrocientos. La tesis doctoral de José María Guerrero Vega, quien realizó planimetrías y análisis paramentales, confirmó esta circunstancia.

La cuestión es que la torre es, forzosamente, posterior al lienzo mural del que su primer cuerpo se aprovecha. Las dimensiones de la planta de la torre, por tanto, se encuentran condicionadas por la obra gótica previa. El ábside condiciona la torre, no al revés. Cuando los castellanos levantaron esta cabecera cubierta con crucería ningún alminar debía levantarse en el sitio que ocupa nuestra Torre de la Atalaya, por la sencilla razón de que la erección del ábside y sus contrafuertes se hubiese visto condicionada por la presencia de esa presunta torre islámica. Los contrafuertes no se adosaron a nada previo. Estaban libres haciendo lo que les corresponde, reforzar el muro. Y que nadie piense que las primeras hiladas que dan a la Plaza Plateros pudieron ser de tiempos islámicos, porque los signos de cantero minuciosamente estudiados por Guerrero Vega –se pueden ver junto a la Piedad de Diego Felices de Molina– dejan claro que estas son del siglo XV.

Otra cosa muy distinta es que en algún punto del espacio adyacente al muro del lado del Evangelio pudiese haberse situado un alminar de la mezquita desaparecida; que este pudiera ser reutilizado como torre cristiana; y que una vez realizada la gran reforma gótico-mudéjar se eliminase la construcción inicial y se la sustituyese por la Torre de la Atalaya. En ese caso, la construcción de esta última no se realizaría fundamentalmente para colocar el primer reloj público de la ciudad, como ha afirmado Manuel Romero Bejarano, sino para reemplazar un elemento emblemático que ya sufriría varios siglos de antigüedad. De acuerdo, cabe tal posibilidad.

Todo ello en el caso de que realmente hubiese alminar en la referida mezquita, claro está, porque solo las que tenían categoría de aljama tenían la obligatoriedad de levantarlo. La hipótesis de Laureano Aguilar de que aquí estuvo la primitiva aljama de Sharish, que ahora Caramazana defiende de manera denodada, cuanta con interesantes argumentos a favor y resulta plausible, pero quien a ustedes se dirige encuentra más fuertes aquellas consideraciones que conducen a pensar que esta función la ejerció siempre aquella otra mezquita cuyos restos han aparecido junto a la actual Catedral; es la hipótesis que sostiene Borrego Soto.

En realidad, de la mezquita de San Dionisio lo único que sabemos es que el patio debió de estar en la zona de la Calle Luis Bellido, que la quibla coincidiría más o menos con el muro de la Epístola y que, por ende, estaba muy mal orientada hacia La Meca, compartiendo parecida orientación a la mezquita que habría en San Marcos. Ya está. Luego uno puede dejar volar su imaginación. Que si en la época almohade hubo mezquitas especialmente mal orientadas –empezando por la nueva aljama de Sevilla–, que si las muy originales formas mudéjares de San Dionisio –nadie ha encontrado aún una explicación para sus pilares– pudieran ser un reflejo de una mezquita levantada aquí precisamente en tiempos de los unitarios, que si a lo mejor fue entonces cuando la Plaza Plateros adquirió mayor vigor como centro de actividad comercial de la ciudad, pero no se quiso privar de su calidad de aljama a la que estaba por allá abajo...

Para elucubrar siempre hay tiempo, pero lo único que considero posible afirmar de esta mezquita es lo referido a su deficiente orientación. Nada de cronología, de torres ni de todo lo demás. Debe imponerse la prudencia frente a la tendencia a ir lanzando afirmaciones categóricas. Ya lo decía Marx, Groucho Marx: es mejor guardar silencio y parecer idiota que abrir la boca y confirmarlo.

miércoles, 29 de abril de 2026

Manuel Esteve Guerrero: un fascista mediocre y deshonesto

Anuncia el Centro de Estudios Históricos Jerezanos la nueva edición de sus antaño admirables y hoy muy venidas a menos Jornadas de Historia de Jerez que organiza el señor Ramón Clavijo, ese mismo que con muy educadas y exquisitas maneras ha escrito las misivas con las que la referida institución me ha dado continuas patadas en el culo. Título de la nueva entrega: "El arqueólogo Manuel Esteve Guerrero. Su legado cincuenta años después".

Lo dije en público ayer mismo por la parte, sin mencionar su nombre, en el Palacio de Villapanés. Lo pongo hoy aquí más clarito. Manuel Esteve Guerrero fue un intelectual de manifiesta grisura, además de una persona profundamente deshonesta con profesionales a los que no llegaba a la altura del betún. Ahí está el caso Hipólito Sancho, que tuve la ocasión de destapar hace años para desesperación del señor Clavijo; caso que explica que los estudios de Historia del Arte en Jerez avanzaran escasamente durate los años cincuenta, sesenta y setenta, toda vez que su muy tramposa segunda edición de la Guía Oficial de Arte hizo creer a muchos investigadores que en ella estaba recogidas las aportaciones hasta entonces realizadas. No lo estaban: faltaba casi todo lo de Hipólito. No echemos balones fuera y digamos que este fenómeno se produjo por el desinterés del profesorado universitario de la época, desinterés que ciertamente también existió. Esteve fue culpable, uno de los culpables, porque engañó intelectualmente a quienes se acercaban a investigar nuestro patrimonio.

Miren ustedes, si ese señor ocupó los cargos que ocupó fue únicamente porque encajaba con el perfil que buscaban las autoridades locales de la dictadura: alguien que, teniendo cierta experiencia dentro de determinados ámbitos profesionales, fuera un fascista de libro. Recuerden que don Manuel tenía permiso para portar pistola por aquello de su inquebrantable adhesión al Movimiento.

¿Hay que estudiar lo que hizo Esteve como presunto arqueólogo? Puede que sí, con las correspondientes publicaciones científicas que analicen con total imparcialidad sus méritos o deméritos en Asta Regia. Pero dedicarle estas Jornadas no es hacer eso, sino rendirle un homenaje en toda regla. Un homenaje a la imposición y el triunfo de la mediocridad en la más gris etapa de la historia de nuestra ciudad. Todo a la altura, eso sí, de los defensores de su más que dudoso legado, que no son otros que algunos miembros de la actual cúpula del CEHJ.

Me parece que debo repetirme: una de las mejores cosas que le puede pasar a la cultura en Jerez es que esa institución, hoy bochornosamente absorbida y controlada por el Museo Arqueológico para servir a los intereses de Barrionuevo y su selectísimo lobby de deudores y aduladores, es que se disuelva inmediatamente y dé paso a un nuevo organismo dirigido por personas mucho más rigurosas, honestas y trabajadoras.

lunes, 30 de marzo de 2026

Aquí va la conferencia sobre Bernini

Va dedicada a ese señor que, me consta, anda arguyendo cosas increíblemente bizarras -por usar un término muy suyo como excusa para dejarme fuera de todas las conferencias que organiza; la mayoría de las cuales tienen a él mismo como protagonista, dicho sea de paso-. Y también se la dedico a los señores de la cúpula del CEHJ -señores y señora, no me olvido de la ilustre doña Carmen Raimóndez- que decidieron darme el puntapié por considerarme indigno de semejante institución. No, no cuela eso de que yo soy el malo de la película: lo que he hecho en las redes sociales es defenderme, con toda la dureza que las circunstancias han demandado, de las continuas insidias de un Miguel Ángel Borrego Soto dispuesto a rebasar todos los límites con tal de quitarse de en medio a quienes considera que le hacen sombra.

Venturosamente, el tiempo los pondrá a todos en su sitio. O ya los está poniendo: tras la conferencia tuve la oportunidad de exponer al abundante público esta situación, y me parece que se sacaron conclusiones bastante lógicas. Esta cúpula del CEHJ pasará a la historia, pero no por las razones que a sus miembros les gustaría.

jueves, 26 de marzo de 2026

Un derecho y un deber

Me hizo muy feliz el pasado martes 24 Ateneo Siglo XXI dándome la oportunidad de hablar, en el Palacio de Villapanés, sobre la escultura de Gian Lorenzo Bernini. Me ha permitido hacer lo que más me gusta: compartir las cosas que me interesan, plantear las preguntas que yo mismo me hago, intentar entusiasmar con lo que me entusiasma, abrir puertas a quienes quieren recorrer senderos... Todo ello en un momento en el que he caído en desgracia ante los que manejan los hilos de la cultura en Jerez: no es ninguna casualidad que en los últimos años no haya impartido ninguna conferencia pública -otra cosa son las asociaciones de mayores, cuyas charlas son de carácter semiprivado- en esta ciudad. Mi última intervención sobre arte fue en el Palacio Ducal de Sanlúcar de Barrameda, hace un par de años. El Ayuntamiento ya hace tiempo que me vetó. Bueno, el Ayuntamiento no, sino el técnico de Cultura que se encarga de organizar conferencias: Manuel Romero Bejarano. Luego están el Centro de Estudios Históricos Jerezanos y el Museo Arqueológico, instituciones en teoría independientes que andan unidas de facto bajo la dirección de Francisco Barrionuevo. ¿Pueden creer que en los treinta años que llevo investigando Ramón Clavijo jamás me ha reclamado para una conferencia en sus Jornadas de Historia de Jerez? El último en dejarme fuera ha sido Javier Jiménez López de Eguileta en el curso sobre historia y patrimonio que ha organizado para la diócesis. Igualmente ha sido marginada por este último, y por todos los arriba citados, la doctora Esperanza de los Ríos Martínez, a la que venturosamente también ha podido recuperar Ateneo Siglo XXI: la escucharemos el mes que viene hablando de José de Arce.

 

Todo esto me lleva a una cuestión central que expuse al finalizar la charla: hay mucha gente en Jerez perfectamente preparada para hablar de cosas que son de interés general. Cosas que no son, necesariamente, aquellas sobre las que uno ha investigado. Está muy bien que quienes estudiamos historia y patrimonio expliquemos aquello que hemos descubierto y tal. Está mejor aún que los jerezanos quieran conocer su ciudad. Pero resulta cansino, por no decir egoísta, que quien a ustedes dirige hable tan solo del mudéjar, Fulanito sobre tal tema y Menganita sobre aquel otro.

Por eso mismo quise centrarme en Bernini, decisión que habrá desconcertado a algunos. Podría haberlo hecho, porque me dieron carta blanca, sobre cómo la iglesia de La Rábida es obra del taller gótico-mudéjar en Jerez y fue costeada por el I Duque de Medina Sidonia: es investigación propia, la conferencia estaba preparada -la que ofrecí en Sanlúcar- y hubiera quedado bonita. Pero tenía razones de peso para dedicar la charla al genio de la escultura. Primero, porque me encanta. Segundo, porque necesitaba desencasillarme y quería aprender cosas nuevas, en este caso viajando otra vez a Roma y leyendo mucho. En tercer lugar, y no menos importante, porque hay muchísimas personas -quedó demostrado por la enorme afluencia de público- que quiere saber más sobre los grandes de la historia del arte, o sobre historia en general. No todo puede ser Jerez y su mundo. Hay demanda por saber más, qué sé yo, sobre la Acrópolis de Atenas, las Cruzadas, la Conquista de México, Cervantes, el alzamiento de Riego en Las Cabezas o la pintura del Expresionismo.

Considero que hay restringir a los espacios adecuados esa dinámica del investigador que presenta a otros investigadores sus últimos descubrimientos manejando un código inteligible solo para el círculo de especialistas. Eso es lo apropiado en un congreso o en unas jornadas. Lo es también en el espacio de "la pieza del mes" que organizan muchos museos, entre ellos el jerezano. Pero la inmensa mayoría de las personas demandan también que se les dé acceso a los grandes temas de la cultura. ¿Por qué demonios no puede nuestro Museo Arqueológico organizar al mismo tiempo charlas sobre qué son la revolución neolítica o el megalitismo, pongamos por caso? ¿Acaso supone eso "rebajar" el nivel de exigencia intelectual a un investigador? Me temo que hay gente que así lo piensa. Una vez le pedí a un profesor universitario que publicase un resumen de su voluminosa tesis doctoral. La respuesta fue contundente: "yo no tengo que hacer divulgación, quien quiera conocer mis aportaciones que se lea las dos mil páginas". Fue el mismo catedrático que me dijo, literalmente, que los profesores de instituto no tenemos por que investigar, que a nosotros el estado nos paga por impartir clases a alumnos de secundaria. 

Sintiendo repugnancia ante tan clasista posicionamiento, soy de los que piensan que los historiadores tenemos que "bajar a la tierra", apartarnos de medalleos que parecen intercambios de cromos -yo te la pongo a ti y tú dos años más tarde me la pones a mí-, olvidarnos de conferencias impartidas en tono épico que recuerdan a pregones, dejar de organizar ciclos para que nosotros mismos y nuestros amiguetes presentemos nuestros "grandes descubrimientos" -ahí está el exclusivo chiringuito que se ha montado Miguel Ángel Borrego Soto ad maiorem gloriam suam-. Lo que tenemos que hacer es ponernos el mono de trabajo, prepararnos aquellos temas que los amantes de la cultura quieren conocer y ofrecérselo en las mejores condiciones posibles. Descender a la tierra y realizar divulgación de los temas que haga falta no es solo un derecho que tenemos los investigadores frente a aquellos que piensan que determinados temas son de su propiedad: es también un deber, un compromiso con la sociedad. 

Obviamente, para hacerlo hay que tener tiempo, capacidad de comunicación y ganas de estudiar, pero insisto en que en Jerez hay no pocas personas de diferentes ámbitos dispuestísimas para hacerlo, y que si no están ahí, frente a quienes desean escucharlas, es porque los cuatro o cinco que manejan las instituciones que organizan conferencias no están interesados en realizar la oportuna invitación. O directamente no quieren hacerlo, por motivos inconfesables pero que usted, yo y todo el mundo conocemos perfectamente.

Por eso mismo hay que agradecer iniciativas como la de Ateneo Siglo XXI y confiar en que se siga ampliando una nómina de conferenciantes ajena a esos círculos selectos que han disfrutado de exclusividad gracias a su estratégica cercanía a los círculos de poder. 

viernes, 13 de marzo de 2026

¿Prestigio? ¿Qué prestigio? El treinta por ciento de los miembros del CEHJ termina abandonando

Celebra mañana sábado el Centro de Estudios Históricos Jerezanos un acto institucional con recepción de nuevos miembros, entrega de medallas -esto les encanta: crea redes clientelares- y tal. Hablemos de miembros. De números. En la página web figura que actualmente hay 77 miembros no fallecidos, incluyendo 4 correspondientes. De todos ellos, 21 son supernumerarios, es decir, en la práctica están fuera: pertenecieron a la institución y han decidido abandonarla. Voy a sumar a tres personas que formaron parte y la han dejado del todo, queriendo expresamente no figurar como supernumerarios: José Antonio Mingorance, Jesús Caballero Ragel y Juan Antonio Moreno Arana. Puede que haya más. Y me sumo también yo, que he sido pasado a supernumerario por iniciativa de Miguel Ángel Borrego Soto -quien lleva poniendo en entredicho mi categoría científica desde hace años por razones de sobra conocidas- y la plena aquiescencia de Francisco Barrionuevo y su Junta Directiva. El tiempo pondrá a estos últimos en su sitio.

Pero bueno, vamos a sumar. Total de miembros que pertenecen o han pertenecido al Centro de Estudios Históricos Jerezanos, dejando a un lado fallecidos y honorarios, 82. Total de los que abandonan, sumando supernumerarios y quienes no somos ya ni eso, 25. Hagamos una simple regla de tres: un 30 % de los miembros del CEHJ -puede que sean más, me faltan datos sobre si ha habido otros abandonos completos- están fuera de la institución. Tres de cada diez.

¿Razones del abandono? Como mínimo, el desinterés. En los casos más graves -es el mío propio-, profundo desacuerdo con el funcionamiento interno y las líneas de acción. En otras ocasiones, quizá muchas, puro desencanto. Para no pocas personas habrá sido una mezcla de los tres factores. Lo que está claro es que las cosas no funcionan, y que bajo ningún concepto el CEHJ puede hablar de prestigio institucional ni de nada parecido: la cifra es escandalosa y habla por sí sola. Y si sumásemos -no hay manera de contabilizarlo- la lista de aquellos a quienes se les propuso ingresar y dieron nones, ya ni les cuento.

Las cosas no van a mejorar. Al contrario. Barrionuevo ha convertido el actual CEHJ en un lobby de arqueólogos al servicio de los intereses de quienes integran su cúpula. La actual Junta Directiva, al haberme rebajado a supernumerario al tiempo que decidía apoyar firmemente las malas prácticas científicas de Borrego Soto -que son vox populi, aunque muchos no se atrevan a levantar la voz-, deja claro que no está dispuesta a admitir voces discordantes. También de que se mantiene firme en su deseo de no abrir el acceso al CEHJ mediante un sistema que no sea la designación a dedo, reclamación que realicé cuando pertenecí a dicha Junta y que marcó el principio de la serie de desencuentros que he tenido con ella.

Dicho de otra manera, los señores y señoras que me han dado el puntapié y han arropado a Borrego Soto quieren que el CEHJ siga funcionando de manera abiertamente endogámica, y por ende al servicio de círculos muy concretos con intereses comunes. Por eso mismo, lo mejor que puede hacer el CEHJ es disolverse y dejar paso a una nueva institución ajena a personalismos, libre tanto del comportamiento sectario como de enfrentamientos con otras instituciones. Una institución, en definitiva, verdaderamente al servicio de la comunidad de investigadores en su integridad, y no pensada para jugar al “Yo te medalleo, tú me medalleas, él nos medallea”.

Por cierto, la medalla de este año va para la Asociación de Amigos del Museo Arqueológico. Quienes la forman, sus integrantes, los que pagan cuotas y acuden a las actividades, se la tienen merecidísima, pero la circunstancia de que su presidente, Diego Bejarano, sea al mismo tiempo miembro de la Junta que otorga la medalla, resulta un poquito inconveniente, por decirlo de manera suave. “Yo me medalleo…”.

jueves, 26 de febrero de 2026

Sobre la seriedad: un nuevo artículo sobre el recinto amurallado de Jerez

Ya expliqué en este blog que el joven investigador David Caramazana, en tiempos amigo al que ayudé en sus investigaciones y con el compartí impresiones diversas en torno al arte medieval jerezano y sevillano, ha desarrollado una considerable aversión hacia mi persona; aversión muy probablemente provocada y estimulada por Manuel Romero Bejarano, mentor y suministrador de documentación varia para sus publicaciones. Claro está que cada uno puede escoger con quien llevarse bien o mal, o si merece la pena desarrollar enemistades solo para dejar claro a qué grupo-secta en concreto se pertenece. El problema surge cuando el deseo de hacer daño al presunto enemigo se vuelve tan profundo que te lleva a incurrir en una continua mala praxis en tu trabajo; en este caso, en las publicaciones científicas en las que coinciden nuestros campos de investigación.

Si hasta hace no mucho el citado investigador había decidido hacerme una damnatio memoriae en toda regla omitiendo mi nombre todo lo posible, en su antepenúltimo artículo Caramazana Malía llegaba a atribuirse a sí mismo una serie de aportaciones que pertenecían a otras personas, sobre todo al firmante de estas líneas. En el que acaba de publicar sobre el recinto amurallado de Jerez va a más, y cuando le corresponde hablar de la aljama de Sharis escribe la siguiente nota a pie de página:

“A la espera de los resultados de la intervención arqueológica, lo más serio escrito al respecto en Guerrero, Espacio y construcción, pp. 43-46; Borrego, “La ciudad andalusí de Jerez”, pp. 43-78. Nos distanciamos de la hipótesis sobre la aljama jerezana y la errónea cronología planteada por López Vargas-Machuca, “La mezquita aljama”, pp. 7-34.”

El mensaje parece claro: mi artículo publicado en Trocadero no es serio. Lo siento, pero en una revista científica tales insultos gratuitos no se pueden publicar, menos aún sin aportar ni un solo argumento que corrobore esa presunta falta de seriedad generalizada. ¿Se lo explicaron a este señor en la universidad? Seguro que sí, pero él mismo ha decidido cambiar a su antiguo director de tesis, una persona tan excepcional como exigente, por un íntimo amigo de Manuel Romero Bejarano que se mueve en una dinámica muy distinta. Y ya si no vamos a los propios trabajos científicos del citado Bejarano, repletos de insultos, chascarrillos, desprecios, gracietas de diversa índole y motes que él mismo pone a otros investigadores, comprenderemos de dónde le viene a Caramazana semejante manera de actuar.

No, no es serio realizar tales acusaciones sin aportar ni un solo argumento científico, pero menos serio aún es no haberse leído detenidamente el artículo en cuestión: si lo hubiera hecho, descubriría que las conclusiones se apartan poco de lo que podríamos llamar “ortodoxia interpretativa” de los restos que han aparecido en la Casa del Abad, y que de hecho mi clasificación del patio en época almohade –todo lo discutible que se quiera– es aceptada por Borrego Soto y encaja con las propias tesis que Caramazana defiende, esto es, la existencia de una primitiva aljama en San Dionisio y la correspondencia de los restos junto a la catedral a tiempos de los Unitarios.

Lo dicho, no se lo ha leído. Al menos, no se lo ha leído bien, o se ha creído lo que alguien le ha contado que en él escribo, y que eso que escribo es muy malo. Asimismo, queda claro que tampoco le ha vuelto a echar un vistazo a mi viejo artículo sobre Santo Domingo –disponible en este mismo blog- que él cita como ejemplo de publicación en la que se acepta una cronología islámica para los restos ocultos en lo que los jerezanos llamamos “Los claustros”. No lo hice, por una sencilla razón: cuando escribí aquello para presentarlo en un congreso en Valencia los restos del muro de tapial, los merlones del mismo material y la puerta de piedra con un arco de herradura apuntado no habían aparecido. ¿Cómo demonios iba yo a decir nada sobre una edificación defensiva? Los primeros que escribieron sobre esta y sobre la posible existencia de un ribat fueron Laureano Aguilar y Rosalía González en su libro sobre las murallas, y muchísimos años más tarde yo he vuelto a plantear esa posibilidad basándome en la existencia al mismo tiempo de una fortificación y de un morabito en forma de qubba, justo el que representa Van den Wyngaerde y el que fue utilizado, según Rallón, como cabecera del primitivo templo dominicano, que se extendía longitudinalmente en lo que hoy es la Alameda Cristina, antiguo Llano de San Sebastián.

¿Ponemos la cosa aún peor? Miren qué escribe Caramazana: “No obstante, otros autores plantean una construcción de época cristiana: González y Aguilar, El sistema defensivo, p. 106". Pues lean, lean lo que realmente escriben Rosalía y Laureano:

“En cuanto a su cronología nos es imposible por el momento ajustarla con exactitud. En principio estimamos que pudo formar parte del entramado defensivo almohade y así lo hemos recogido en la reconstrucción virtual. De hecho las características de los arranques del arco de la puerta en forma de “pico voladizo acusado” son consideradas por B. Pavón invención almorávide-almohade. Pero también puede tratarse de una obra de clara ascendencia islámica, levantada o reformada en muy tempranos momentos de la etapa cristiana, aunque la pronta instalación de la orden dominica en sus muros no parece abundar en este sentido.

Sobre su uso, además de la función defensiva a la que hacen referencia las fuentes, quizá sirvió de resguardo para viajeros, mercancías y ganados que llegaban a la ciudad tras el cierre de sus puertas, a modo de manzil o albergue, o tal vez de albacar. Y no es descartable que, a pesar de la proximidad al recinto urbano, desempeñasen el papel de ribat, convento o monasterio fortificado con carácter tanto piadoso como militar. De hecho, el P Rallón menciona que en ese reducto “... hubo una Mesquitilla, o oratorio de los moros con una huerta y algunas casas para sus alfaquíes”.

¿Problemas de comprensión lectora por parte de Caramazana o, más bien, voluntad de trasmitirle al lector que González y Aguilar, sin descartar una cronología cristiana, encuentran argumentos sólidos para apostar por una cronología almohade e incluso llegan a plantear que se pudo tratar de un ribat? 

Lo dicho: Caramazana bien no se lee todas las fuentes que recoge en la bibliografía, bien las manipula a su antojo. Si el deseo de aportar cosas serias se ve enturbiado por la imperiosa necesidad de dejar en mal lugar a otros colegas, no necesita realizar un análisis pormenorizado de la bibliografía ni transmitir con exactitud lo que estas dicen. Basta con citar de pasada o maliciosamente, aunque sea incurriendo en errores de bulto.

Si alguien cree que lo de este artículo es un caso puntual, que se vaya al de Centro y Periferia, que analicé en esta otra entrada, y vea cómo cita Arquitectura alfonsí de Rafael Cómez para hacer referencia a las aportaciones de este autor sobre el gótico en Jerez, cuando no hay en ese libro ni un solo párrafo sobre el tema. Aquello que Cómez estudió en Jerez, San Dionisio y San Lucas además de la mezquita del alcázar, se encuentra en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio, un libro algo posterior del mismo autor. Caramazana no consultó ninguno de ellos para escribir su artículo. Tendré que recordarle a este chico lo que les digo a mis alumnos del Bachillerato Internacional cuando tienen que hacer la Monografía, una especie de TFG en miniatura: solo se puede citar lo que realmente se consulta, haciéndolo con su número de página y tal para que el lector pueda verificar la veracidad de la cita. Citar “porque sí” para aparentar un esfuerzo mayor del que se ha hecho no es (¿se entera, señor Caramazana?) mínimamente serio.

Tengo más cosas que decir sobre su artículo –por ejemplo, sobre el presunto paseo de ronda en el muro interior de la Casa del Abad que yo mismo pude recorrer con Gonzalo Castro, o ese Arroyo Salado sobre el que quien a ustedes se dirige vivió el primer año de su vida–, pero ahora no hay tiempo: tengo tres proyectos editoriales muy bonitos que no dejo de interrumpir para atender a interferencias como esta, y a estas alturas no pienso seguir renunciando a ellos para desenredar las madejas que otros han enredado. A ver si este verano, con menos agobio, me explayo sobre el asunto.

sábado, 31 de enero de 2026

Por si no ha quedado claro...

Jerez conoce su peor momento en lo que a la investigación histórica se refiere. No por la falta de iniciativa, sino por el poder acumulado por determinadas personas que están haciendo mucho daño.

A mi entender, lo mejor que podía ocurrir ahora mismo es Francisco Barrionuevo y Miguel Ángel Borrego Soto, dos señores que acaban de dejar bien claro cuál es su estatura y cuáles son sus verdaderas aspiraciones, abandonaran el Centro de Estudios Históricos, y que acto seguido esta institución se refundara sobre bases completamente nuevas que incluyeran, como condición principal, el acceso mediante méritos y no por designación, que es como hasta ahora se ha hecho para permitir la más descarado y nociva endogamia.

Justo la que va a permitir a estos dos individuos y a su más estrecho círculo de colaboradores ir pasándose el poder unos a otros durante los próximos lustros. Siento vergüenza por haber cometido el error de trabajar con ellos. Demasiado tarde.

viernes, 30 de enero de 2026

Carta a una desconocida

Perdón por parafrasear el título de la genial, inolvidable película de Max Ophüls sobre novela de Stefan Zweig, pero no se me ocurre otro título mejor para esta entrada.

La misiva se dirige a una chica, cuyo nombre desconozco, que tuve la oportunidad de conocer durante una de las manifestaciones en defensa del casco histórico que organizaba Esperanza de los Ríos. Era muy joven, había estudiado Historia, quería ser medievalista y me confesaba que su modelo a imitar era Miguel Ángel Borrego Soto. Su campo de acción iba a ser el Jerez andalusí.

Poco tiempo más tarde, se recibió en el Centro de Estudios Históricos Jerezanos un artículo suyo. El tema era de mucho interés, pero desde la Revista de Historia de Jerez se consideró que el resultado era deficiente. Como por entonces yo estaba en la directiva, solicité que se me permitiera la lectura para ofrecer una tercera opinión. Me pareció que el trabajo aún no estaba en su punto de cocción, que necesitaba aún varias vueltas de tuerca para ser publicado, pero que por supuesto tenía que ver la luz en el futuro. Cuando Borrego Soto descubrió que yo había leído las páginas montó en cólera: que solo los miembros del comité científico de la revista tenían derecho a hacerlo y tal. La circunstancia de que yo fuera medievalista no me autorizaba a aportar mi punto de vista. En fin, querida y desconocida colega, ya sabes cómo terminó todo: ese mismo arabista que tú tantísimo admirabas te envió un seco mensaje diciéndote que el trabajo no tenía calidad para ser publicado. Y a mí se me echó la bronca, por meter las narices donde no me llamaban.

Desde aquí quiero animarte a que sigas adelante con tus investigaciones. Si por casualidad has seguido este blog, ya sabes lo mucho que he tenido que pasar por culpa de tu querido arabista. Ya has podido comprobar cuál es su modus operandi. Eres consciente de qué busca manteniéndose, con total apoyo de la actual directiva del CEHJ –échale un vistazo a mi entrada anterior– en el puesto de director de la citada publicación. Y sabes tan bien como yo cuál es la verdadera razón de que tu trabajo fuera rechazado. No te desaliente ver el postureo que algunos van a practicar dentro de unos días cuando se presente el próximo número de la revista. No se te ha perdido nada en ella. ¿Sabes una cosa? Me consta ha sido rechazado algún artículo que llegaba desde un investigador muy serio, y tengo la impresión de que le han dado nones porque a ese investigador lo propuse yo en su momento para entrar en el CEHJ. Así se las gastan en una revista que debería ser un foro para incentivar y dar a conocer, pero que se ha transformado en todo lo contrario: un espacio de control para dar protagonismo a unos y dejar en la oscuridad a otros. Tampoco te llame la atención lo de los premios que anualmente se reparten en tan protocolario evento. Esos galardones, que durante mi permanencia en la directiva pude comprobar que eran una de las prioridades de las –más bien escasitas– cosas que hace el CEHJ, se crearon en parte para aplaudir a quienes se lo merecían, pero también para crear redes clientelares e incluso comprar voluntades. La verdad, tú y yo podríamos pasarnos esa tarde por la presentación, a gozar del espectáculo.

Volviendo al centro de la cuestión: no te dejes arredrar por los grupos de poder que pretenden mantener el monopolio en la investigación de determinados temas. Nadie comienza escribiendo grandes artículos. Todos hemos aprendido de nuestros errores, de nuestros balbuceantes inicios. Sigue tu camino y aporta lo que tengas que aportar. El Jerez medieval, tanto andalusí como cristiano, necesita personas que propongan renovadores puntos de vista. No es que lo hasta ahora construido se haya hecho mal, ni tampoco que lo que tú u otros investigadores podáis decir nuevo necesariamente vaya a convertirse en referencia. De lo que se trata es de algo tan sencillo como importante: a mayor número de personas analizando las mismas cuestiones, mayor riqueza de perspectivas y, por ende, más posibilidades de que la investigación avance con solidez.

Insisto, no dejes que seamos los mismos de siempre los que escribimos sobre determinadas cosas. Busca espacios para darte a conocer. Y hazlo alejándote de esos “reinos de taifas” que forman algunos investigadores. No establezcas esos vínculos mediante los cuales unas puertas se te abren y otras se te cierran. Que te valoren por lo que eres, no por mostrarte seguidora de tal grupo de poder. ¿Tu ilusión es el Jerez andalusí? ¡Pues adelante! Queda mucho, muchísimo por investigar. Jerez no se puede permitir que un campo tan amplio sea coto privado de tres o cuatro arqueólogos y un arabista que, retroalimentándose entre sí, han decidido que eso es suyo y de nadie más. Tu voz será bienvenida por el resto de los investigadores en historia, que somos unos cuantos, y por quienes se interesan por el pasado de nuestra ciudad.

jueves, 29 de enero de 2026

Dimisión del Centro de Estudios Históricos. O Arqueológicos, qué mas da.

Se han dado prisa los del CEHJ en colocarme "donde me corresponde" en su página web: sección supernumerarios. En la práctica, de los expulsados. Parece que Diego Bejarano se muestra diligente en la actualización de las redes sociales que durante un año yo mismo, dedicándole mucho tiempo y esfuerzo, me dediqué a montar.


Supongo que les interesará conocer a ustedes la respuesta que el director del CEHJ, Sr. Barrionuevo, dio a mis peticiones:


No hace falta explicar mucho más. Lo de "respalda plenamente" lo dice todo.

Con independencia de lo que se pueda pensar de la calidad del artículo de Borrego Soto y Gutiérrez López, que yo considero horrible como trabajo científico pero a otros les puede parecer perfecto, en este mismo blog dejé demostrado que mi trabajo sobre la aljama de Jerez fue manipulado y parcialmente plagiado en el texto de estos dos señores, miembros de la misma directiva que me expulsa. Anoten que no solo no se me concede lo que éticamente me parece imprescindible, una corrección en el próximo número de la revista, sino que además se me pide, con palabras educadas pero mensaje elocuente, que me quede calladito.

He esperado unos días para sopesar pros y contras. También para buscar algún tipo de acercamiento. Imposible esto último: todas las puertas me han sido cerradas. Solo me queda una opción, que no es otra que presentar la dimisión. Justo acabo de hacerlo. Total, como me han dicho algunos, ¿qué te ha aportado a ti el CEHJ? Absolutamente nada. Dolores de cabeza, en todo caso.

Lo cierto es que si esto me termina de cerrar puertas que ya estaban en la práctica cerradas escucharme una conferencia en Jerez pasa definitivamente al género de la ciencia-ficción, me abre otra que pretendían cerrarme, so pena de completa expulsión: hablar con total libertad sobre un Centro de Estudios Históricos cuya directiva ampara la mala praxis científica de su propia revista y ha convertido la institución en un brazo armado de los intereses profesionales de algunos miembros del Museo Arqueológico Municipal y de su más estrecho círculo de amigos.

Mientras tanto, me consta, otros investigadores con no menos méritos que algunos miembros de la directiva esperan año tras año a ser llamados mientras contemplan cómo se invita a formar parte del CEHJ a expertos de dudosa trayectoria o conceden premios a organizaciones presididas por miembros de la propia directiva, caso del señor Bejarano Gueimúndez.

Una sugerencia: ¿por qué no lo renombran como "Centro de Estudios Arqueológicos Jerezanos" y dejamos las cositas más claras? Convendría un poco de sinceridad en unos momentos en los que, como todo el mundo sabe pero nadie se atreve a escribir, algunos van a querer coger butaca de primera fila cuando el yacimiento de Asta Regia pase a ser responsabilidad absoluta de la Junta de Andalucía.

jueves, 22 de enero de 2026

¿Se reutilizaron en Santiago un morabito y una fortificación islámica?

Ya he escrito, por activa y por pasiva, del morabito -qubba islámica que debió de servir de entierro de alguna persona relevante- que se encontraba frente a la Puerta de Sevilla de Jerez de la Frontera, reutilizado por la comunidad de frailes dominicos como cabecera de su primer templo. Dicho edículo, "en forma de fortaleza con sus almenas", se encontraba situada según el Padre Fray Esteban Rallón frente por frente a la Capilla de la Virgen de Consolación y dando al Llano de San Sebastián, lo que significa que se alzaba justo donde hoy se sitúa la puerta de la iglesia del Real Convento de Santo Domingo que da a la Alameda Cristina: las célebres vistas de Jerez dibujadas por Anton van den Wyngaerde en 1567 confirman que se alzaba justo allí, donde Rallón afirmaba. Por tanto, la qubba se encontraba vecina de la fortaleza cuyos restos aparecieron bajo la piel del gran claustro gótico ("Los claustros") del conjunto que perteneció a los Predicadores, lo que nos ha hecho plantear la posibilidad -sin seguridad alguna, sigue siendo hipótesis de trabajo- de que el conjunto de huertas y "casas para alfaquíes" del que hablaba el citado historiador pudiera ser en realidad un ribat estratégicamente situado en la puerta principal de la ciudad. En cualquier caso, la ubicación de morabitos vecinos a las murallas y puertas no es algo infrecuente en el mundo almohade, así que no debe extrañar que la ocupación cristiana de las ciudades andalusíes viniera seguida inmediatamente de la transformación de esos pequeños edificios en espacios de culto.

Queremos ahora interrogarnos acerca de la posibilidad de que algo parecido ocurriera frente a otra de las grandes puertas de lo que fue Sharis, la de Santiago, atendiendo al problema de la primera iglesia dedicada al citado apóstol y a la Capilla de la Paz que se encontraba asociada a la misma.

Jerez de la Frontera. Parroquia de Santiago.
Actual Capilla de la Paz (probable de los Villavicencio, mediados siglo XV).

La primera pista nos la daba en el siglo XVII el citado Rallón, haciéndonos saber que hizo el rey don Alfonso el Sabio “una capilla a nuestro apóstol y patrón Santiago, y en ella dio permisión para que se enterrasen los buenos hijuelos de Gonzalo Mateos”, y añadiendo una información de lo más sustanciosa (el subrayado es nuestro):

“El sitio en que se edificó” (la iglesia de Santiago) era uno de los reductos que en tiempos de moros estaban fuera de las puertas de la ciudad, y servían de habitación de los adalides que guardaban la tierra y rondaban y guardaban de noche la ciudad: la cual dedicó el rey para honrar en ella al apóstol Santiago, como había dedicado el de la Puerta del Real para convento de San Francisco, y el de la puerta de Sevilla, para el de Santo Domingo, quedó con título de Capilla Real” (p. 140).

Nada nuevo, claro está: el texto es viejo conocido. Un siglo más tarde completó la información Mesa Xinete haciendo referencia al privilegio alfonsí de 1269 mediante el cual el Rey Sabio concedía dicha capilla al citado Gonzalo Mateos y a sus hijos. Pero quien vino a complicarnos considerablemente las cosas fue, allá por 1885, Luis de Grandallana en la primera y meritoria guía monumental de la ciudad, afirmando que “Consta de un modo auténtico que dicho Rey fundó y tituló de Santiago Apóstol una real Capilla que se unió al costado de la primitiva ermita de la Paz”, de tal manera que ya en la decimocuarta centuria “la obra del templo se comienza adosando la nueva construcción a la Ermita o Capilla de la Paz, que estaba unida a la Real de Santiago”.

Más adelante continuaba:

“Repetimos, sí, que la Real Capilla de Santiago construida por D. Alonso X es tan antigua como la reconquista de Jerez: pero bien entendido que solo la dicha Capilla a la que se unieron las nuevas obras. De su unión a la de la Paz da prueba patente el pilar que quedó abierto con la nueva fábrica: dicha Real Capilla que forma hoy la Sacristía, queda incomunicada con la de la Paz”. (pp. 29-33).

Habida cuenta de que en la nave de la Epístola –justo a la derecha, según se entra– de la gran iglesia tardogótica que hoy sigue ejerciendo funciones parroquiales se abre una capilla cubierta con crucería con elementos mudéjares y –por ende– de cronología manifiestamente anterior, y que la referida capilla alberga una imagen renacentista precisamente bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz, no son pocos los historiadores que han difundido la creencia de que esta es, ni más ni menos, que la fundada por Alfonso X. Imaginen qué lío.

Para complicar más la cosa, el prestigioso historiador del arte José María Azcárate, por algún desliz que no alcanzamos a comprender, incluyó una foto de la bóveda gótico-mudéjar en el capítulo de lo que él llama “arquitectura hispano-flamenca” en su altamente difundido libro sobre Arte Gótico en España editado nada menos que en la colección de Manuales de Arte Cátedra. Tiempo ha costado convencer al personal de que, en realidad, la capilla que vemos es una obra de mediados del siglo XV. Muy similar a la de Lorenzo Fernández de Villavicencio en San Lucas –remata su nave de la Epístola, pero hoy se encuentra oculta por una bóveda barroca–, quien a ustedes se dirige considera probable que perteneciera a este mismo linaje. No tiene que ver con una arquitectura temprana, menos aún con lo “hispano-flamenco”, sino con el gótico-mudéjar de los maestros que elevan la gran nave de Santo Domingo y otras edificaciones de la ciudad.

Lo cierto es que en tiempos del Rey Sabio había una ermita de la Paz y una capilla de Santiago, esta última con espacios habilitados para enterramiento. Y que todo apunta a que la capilla dedicada al apóstol se encontraba justo al lado de lo que hoy conocemos como Capilla de la Paz, que obviamente no es la original sino un espacio funerario gótico-mudéjar construido a mediados del XV y mantenido en pie -razones había sobradas, por ser probable espacio funerario de nada menos que los Villavicencio- cuando en tiempos de los Reyes Católicos se inicia la gran iglesia nueva.

¿Cómo fueron entonces esa primitiva ermita de la Paz y Capilla de Santiago? Pensamos que, como en el caso de Santo Domingo, una simple qubba almohade del recinto del que hablaba Rallón bastaría inmediatamente después de la llegada de los castellanos para cumplir la función de ermita, y que nada más sencillo que realizar algunas adiciones a sus muros para tener a su lado una capilla dedicada a Santiago. Pudo incluso reutilizarse otro elemento del conjunto defensivo: recordemos que la concesión como enterramiento corresponde a 1269, fecha muy cercana a la de la de la definitiva conquista cristiana, así que difícilmente hubo tiempo ni medios para realizar alguna obra de cierta consideración. Por todo lo expuesto, queremos plantear la hipótesis de que en Santiago ocurriera algo parecido a lo de la Puerta de Sevilla: un conjunto defensivo con algún morabito con forma de qubba que, de manera tan improvisada como efectiva, pudiera servir a los nuevos moradores para habilitar espacios de culto.

No hace falta decir cómo se fueron desarrollando las cosas con posterioridad. Con el paso de los años, y siempre teniendo en cuenta las difíciles circunstancias del proceso repoblador, se iría generando un nuevo núcleo urbano que se vería consolidado con la fundación del Convento de la Merced. El desarrollo demográfico convertiría el arrabal en collación, y tanto ermita como capilla desaparecerían para dar paso a la actual fábrica tardogótica, pero conservando el espacio gótico-mudéjar de mediados del siglo XV que a esas primitivas construcciones se habría adicionado y que, con el paso del tiempo, recibiría en herencia el nombre de Capilla de la Paz para confusión de todos los que nos hemos dedicado a investigar en la historia de este conjunto artístico.

PD. Esto es un adelanto de un nuevo trabajo que está por llegar.

lunes, 12 de enero de 2026

La respuesta del CEHJ: quitarme de en medio

Estimados colegas y aficionados a la Historia, les copio a continuación la misiva que me ha hecho llegar el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, obvia respuesta a mi entrada anterior.

No tengo mucho más que añadir. El escrito habla por sí solo. No es una expulsión en teoría, sí lo es en la práctica. Me impide acudir a asambleas o, en su caso, incorporarme a candidaturas alternativas a la actual directiva que encabeza D. Francisco Barrionuevo. Que todo quede atado y bien atado.

Lo que sí me gustaría es que quede para la posteridad quiénes son los miembros de la Junta Directiva que, de manera unánime, ha tomado una decisión que, por mucho que la misiva afirme que no es así, es de carácter disciplinario. Por orden alfabético:

Francisco Barrionuevo Contreras, Diego Bejarano Gueimúndez, Miguel Ángel Borrego Soto, Ramón Clavijo Provencio, Francisco Antonio García Romero, José María Gutiérrez López, Javier E. Jiménez López de Eguileta, Carmen Reimóndez Becerra.

Repárese en que Miguel Ángel Borrego y José María Gutiérrez son los firmantes de dos artículos que, como he demostrado en este blog, son perfecto ejemplo de mala praxis historiográfica e incluyen un plagio a mi propio trabajo sobre la mezquita aljama de Jerez; plagio que el lector puede comprobar haciendo click en este enlace y en este otro. Dicho de otra manera: dos miembros de la directiva me plagian por duplicado, exijo la justa reparación y la respuesta es quitarme de en medio de la institución que ellos gestionan.

Por supuesto, esto no es el fin de algo. Es el comienzo, aunque en este preciso momento no voy a decir más. Lo haré, y por extenso, cuando lo considere oportuno. En cualquier caso, quiero sentirme orgulloso de aquello que me enseñaron, durante esos muchos años de lucha sindical que presencié durante mi infancia y juventud, las dos personas a las que más quiero y a las que más debo: la necesidad de enfrentarse a aquellos que tienen el poder en sus manos y se mueven con formas poco democráticas, por no decir impositivas y doblegando a los demás por la fuerza, para defender aquellas causas que nos parecen justas. Incluso aunque perdamos muchas cosas por el camino.

___________________________________________________

Estimado Sr. D. Fernando López Vargas-Machuca:

Le comunicamos que, en sesión de la Junta Directiva del Centro de Estudios Históricos Jerezanos celebrada el 7 de enero de 2026, convocada para decidir sobre el cambio de la situación administrativa de algunos asociados, se acordó, conforme al artículo 6.4 de los Estatutos, su paso a la condición de Asociado Supernumerario, con efectos desde la fecha del acuerdo.

La decisión se adopta atendiendo a la incompatibilidad de determinadas manifestaciones públicas realizadas por el citado asociado en distintos medios y soportes digitales que, por su contenido y tono , afectan  negativamente al clima de respeto, colaboración y  confianza entre los miembros del Centro, así como a la imagen pública de la Institución, y que resultan incompatibles con las finalidades del Centro y con el deber de colaboración exigido a los asociados por el Artículo 8 de los Estatutos.

Este acuerdo tiene carácter organizativo y no disciplinario, y se adopta en el ejercicio de las competencias que los Estatutos (Artículo 6.4) atribuyen a la Junta Directiva.

De este acuerdo se dará cuenta a la Asamblea General convocada para el 15 de enero de 2026.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo.


sábado, 10 de enero de 2026

Solicitud de dimisión de Borrego Soto y exigencia de corrección

Parece mentira, pero tres meses después, en el artículo que acaba de publicar en la Revista de Historia de Jerez (descarga aquí), el profesor Miguel Ángel Borrego Soto y el arqueólogo José María Gutiérrez han vuelto a hacer la misma maniobra. Exactamente la mismas que ya denuncié en este blog, concretamente en la entrada de este enlace. Por eso mismo hay que sintetizar.

Los autores afirman lo siguiente:

1) Que defiendo en mi reciente artículo sobre la mezquita aljama de Jerez que esta era de dimensiones reducidas.

2) Que esa valoración es errónea porque no atiendo a las presuntas evidencias paramentales disponibles, y que desconozco un documento de Diego Moreno Meléndez que citan Repetto Betes y Esperanza de los Ríos.

3) Que ese documento permite calcular la anchura de la mezquita, teniendo en cuenta las medidas de una vara castellana.

4) Que extraigo información del proyecto de restauración realizado por ellos, sin citarla.

 

LA REALIDAD

1) En mi artículo no solo demostraba conocer el documento de Diego Moreno Meléndez, sino que lo analizaba de la misma manera que ellos hacen a posteriori.

2) No solo no existe ninguna evidencia paramental que apoye las teorías de los citados autores, sino que en su texto no realizan ningún análisis de este género. Yo sí lo hice, dentro de las limitaciones que la historia del arte tiene frente a la arqueología, como puede comprobar quien lea mi texto completo (descarga aquí).

3) Los autores omiten por completo la manera en que un texto de Bartolomé Gutiérrez, que ellos citan y conocen, entra en contradicción con las dimensiones que se deducen de Moreno Meléndez. Esa parte de mi análisis, por razones obvias, no le interesa parafrasearla.  En mi artículo realizo un análisis extenso de dicha contradicción e intento resolverla.

4) Borrego Soto omite todo lo referente a la manera en la que en mi artículo desmontaba pieza por pieza la delirante teoría de una mezquita de dimensiones colosales, que según él llegaba a la calle Aire, que defendió en privado durante largo tiempo.

5) La memoria de restauración no es un trabajo científico puesta a disposición del público, no la he consultado y no he sentido la necesidad de hacerlo toda vez que cuando Borrego Soto tuvo la oportunidad de exponer en público sus presuntos hallazgos sobre la mezquita, dijo muy pocas cosas de interés, y de ni una de ellas me he servido. Lo demostré punto por punto en este enlace transcribiendo la conferencia que según él tuve el descaro de plagiarle.

6) Borrego y Gutiérrez silencian todos los demás análisis realizados en mi texto sobre la arquitectura de la mezquita, de tal manera que estos quedan ocultas a los ojos de unos lectores con los que se tiene que jugar limpio: hay que presentar todas las aportaciones existentes para que estos puedan valorar por sí mismos.

Quien desee comprobar todo esto sin tener que leerse mis entradas anteriores ni los artículos completos, tiene en estos enlaces una selección del mío para la revista Trocadero y del suyo para la Revista de Historia de Jerez. Subrayados y anotaciones los he realizado yo, evidentemente.

Cierto es que esa parte de este nuevo artículo de la revista que acabo de citar es un “corta y pega” de su artículo anterior publicado en otra publicación y en su propio blog, y que por tanto podría pensarse que se ha editado sin conocer mis réplicas. Falso: una de las cosas que les replicaba era el lapsus a la hora de citar las páginas correctas de Susana Calvo Capilla. El error ha sido corregido, así que sí que me han leído. Simplemente, es que les ha dado igual que demostrara el sucio “juego de trilero” por ellos realizados en su primer artículo.

Resumiendo: Borrego y Gutiérrez me acusan de desconocer algo que sí cito y sí analizo, realizan el mismo análisis que yo, presentan el resultado como aportación suya y omiten todo lo demás del mucho más extenso y minucioso estudio de los restos visibles de la aljama por mí realizado.

Habida cuenta de que no es la primera vez que Miguel Ángel Borrego Soto incurre en graves casos de mala praxis, y de que está aprovechando su posición de poder como director de la citada publicación para realizar este tipo de fechorías con total impunidad, RUEGO públicamente al señor director del Centro de Estudios Históricos Jerezanos, a quien hago llegar una copia de este escrito, la destitución de Borrego Soto como director de la Revista de Historia de Jerez, por considerar que la absoluta falta de ética evidencia este investigador le inhabilita para un cargo que demanda, entre otras cosas, seleccionar los contenidos de la revista y mantener unos estándares de calidad, considerando asimismo que la permanencia de dicha responsabilidad en sus manos va en directo desprestigio de la institución.

El mismo tiempo, EXIJO al señor director del Centro de Estudios Históricos Jerezanos y a la Revista de Historia de Jerez una enmienda en el siguiente número de la publicación haciendo constar que el artículo de Borrego y Gutiérrez miente de manera consciente acerca de mi conocimiento del arriba citado texto histórico de Diego Moreno Meléndez, silencia que en su momento realicé un análisis del mismo similar al que ellos reivindican como propio y oculta de manera malintencionada toda las demás consideraciones escritas por mí sobre la edificación.

 

PD. No he leído completo el muy extenso artículo de Borrego y Gutiérrez, solo la parte referente a la aljama. Desconozco si en el resto hay perlas del mismo calibre.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Un ejemplo de mala praxis historiográfica: "Centro y periferia"

Hace varios años publiqué un pequeño libro de divulgación titulado San Dionisio: una visita guiada. La presentación la programé para un viernes a las cinco de la tarde, hora en la que la parroquia nos había facilitado un hueco. Me llevé una sorpresa desagradable cuando descubrí que días después del anuncio Manuel Romero Bejarano había programado, desde la concejalía de cultura del ayuntamiento, una visita a San Juan de los Caballeros a cargo de su amigo y protegido David Caramazana Malia para hablar de las laudas sepulcrales góticas que allí se encuentran, tema sobre el cual los dos habían firmado una publicación científica conjunta. No hace falta decir que la coincidencia –no solo el día, sino también el inhabitual horario– no era casualidad, sino un deseo por parte de ambos de “reventar” mi presentación.

Telefoneé a Caramazana, al que por entonces consideraba amigo y al que había ayudado no poco en sus investigaciones sobre el patrimonio medieval jerezano, para hacerle saber de mi estupor. La conversación empezó con muy buenas maneras, pero enseguida David se puso a la defensiva y empezó a decirme cosas francamente desagradables. Entre ellas, que mi viejo artículo sobre los espacios funerarios jerezanos publicado en la Revista de Historia de Jerez en 1997 era “una puta mierda” (sic).

Después de la conversación quise hacer autocrítica y en este mismo blog repasé mi texto minuciosamente, examinando lo que consideraba aciertos e insuficiencias: aquí pueden leer el resultado. Una vez publicada esa entrada, Caramazana me reconoció que había sido en su momento un buen artículo. Las cosas parecían arreglarse entre nosotros. ¿Por qué entonces había emitido una opinión tan dura con anterioridad? Seguramente no tenía en mente mi texto, sino que se limitada a repetir un veredicto emitido por su admiradísimo Manuel Romero Bejarano, quien –dicho sea de paso– acostumbra a lanzar alegremente y sin criterio alguno semejante tipo de sentencias sobre los historiadores que considera le pueden hacer sombra.

Unos meses más tarde Caramazana desapareció del mapa. Me bloqueó en todos los medios: teléfono, correo electrónico, redes sociales, etc. Nada, absolutamente nada había pasado entremedias. Tampoco nada malo había dicho yo de él, ni entonces ni antes. Parecía obvio que alguien (¿hace falta decir quién?) le había contado alguna trola sobre mí para que decidiera romper relaciones. Desde entonces ha decidido hacer una damnatio memoriae sobre mi persona en sus publicaciones científicas. Y ahí está el problema: uno puede dejar de relacionarse con quien considere oportuno, pero a la hora de realizar textos científicos hay que atenerse rigurosísimamente a las maneras propias de cada disciplina. Por ende, hay que citar siempre a quien corresponde citar. Y él no lo ha hecho ni siquiera cuando le ha tocado escribir sobre la Capilla de la Jura de San Juan de los Caballeros, sobre la que creo haber realizado aportaciones de relevancia.

El colmo ha llegado con su último artículo, «¿Centro y periferia? El contexto constructivo de la antigua archidiócesis de Sevilla a través de talleres, obras y canteras entre 1400 y 1430», publicado en Trocadero, 36, 2024, pp. 35-60. Lo pueden descargar aquí. Salvando un par de excepciones, no me cita a mí ni a varios autores más que deberían estar citados; al no hacerlo, aportaciones de terceros pasan como suyas propias. Advierto que no voy a revisar su texto con las mismas exigencias que revisé el mío de 1997. Tampoco entraré en valorar la calidad del mismo. Voy a limitarme a citar los gravísimos casos de mala praxis científica que me afectan de manera directa.

Para empezar, hay que advertir que si Caramazana se propone “primero analizar los talleres y las obras (tanto en cantería como en albañilería) documentadas entre 1400 y 1430 en ciudades del arzobispado hispalense, incluida la capital, Sevilla” (p. 37), parece necesario que haga constar al lector de la existencia de al menos dos trabajos globales sobre la arquitectura de Jerez de la Frontera en torno a esa misma fecha: mi libro El mudéjar en Jerez (2021), que es síntesis de lo que he publicado sobre el tema a lo largo de las últimas décadas, y nada menos que toda una tesis doctoral, la de José María Guerrero Vega, Espacio y construcción en la arquitectura religiosa medieval de Jerez de la Frontera (s. XIII-XV) (2019). Este último lo cita más adelante de pasada, pero entiendo que debería estar citado desde el primer momento.

Más tarde, cuando en la página 40 hace relación de las principales publicaciones sobre el mudéjar o gótico-mudéjar de la zona, cita a Angulo, Lambert y Cómez, pero calla por completo mis aportaciones con evidente voluntad de ningunear mi trabajo. Por cierto, Caramazana recoge de Rafael Cómez Arquitectura alfonsí sin reparar en que donde este autor explora este campo es en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio. ¿Realmente ha consultado estos libros o se limita a citarlos para rellenar la bibliografía? Habría que recordarle al autor que el método científico demanda citar solo aquello que se ha consultado. Colocar ahí Arquitectura alfonsí no tiene ningún sentido, toda vez que en ese volumen su autor no aborda en momento alguno la arquitectura jerezana. Probablemente Caramazana no haya consultado ni siquiera el índice.

En la página 41 se ocupa de la Capilla de la Jura de San Juan de los Caballeros, de la que llega a incluir una fotografía. Teniendo en cuenta que toma este recinto como ejemplo de canteros documentados precisamente en un artículo que se interesa por la manera en que en la “periferia” se ensayan nuevas fórmulas arquitectónicas al hilo de los talleres de cantería, lo apropiado hubiera sido citar mi propuesta de entender este espacio jerezano como primer ejemplo conservado de una fusión entre dos tipologías de la que en su momento habló el fallecido profesor Juan Carlos Ruiz Souza: la de la qubba mudéjar y bóveda gótica que, al hacer uso de terceletes, adquiere una forma estrellada. Esta idea la he presentado por escrito repetidamente y Caramazana la conoce a la perfección. Pero él se limita a señalar, en la nota 21, que “Aquí aparecen por primera vez en el arzobispado hispalense los nervios en forma de Y, frecuentes en la segunda mitad del siglo XV”, en referencia a los mencionados terceletes. Fíjense en lo que un servidor había escrito en la página 85 de El mudéjar en Jerez, preguntas y respuestas, volumen publicado en 2021:

“Lo que sorprende es la temprana aparición de esta fórmula en la zona, pues todavía no se ha iniciado la construcción de la Cartuja de Santa María de las Cuevas y el crucero de la Catedral de Sevilla queda aún muy distante en el tiempo. El único paralelo cronológico es la cabecera de la Iglesia del monasterio hispalense de Santiago de la Espada –actual monasterio de la Asunción– que al igual que la citada cartuja presenta importantes puntos de contacto con el círculo jerezano. La fórmula debió de llegar a Sevilla desde Jerez, pero no estamos seguros desde dónde vino a la ciudad gaditana; quizá desde Córdoba –una capilla de la parroquia de Santiago hace uso del tercelete–, aunque no podemos descartar la llegada de un maestro desde latitudes septentrionales.”

La voluntad de ocultar al lector la existencia de mis aportaciones, con la consecuencia de regatear a este la posibilidad de consultar bibliografía adicional, resulta obvia, como lo es también la apropiación intelectual que comete. El autor no solo no está siendo poco riguroso con el método científico: está incurriendo en mala praxis de manera voluntaria y por completo consciente de las consecuencias.

En la página 42 trae a colación la iglesia de Santa María de la Oliva de Lebrija, afirmando que esta “nos sugiere una cronología en torno al año 1400 tanto por su estrecha relación con la iglesia de San Juan de los Caballeros de Jerez, como por la asimilación de nervios de crucería góticos que se pintaron en las trompas de una de las qubbas del templo”. La bibliografía sobre esta iglesia a la que Caramazana remite tiene su miga, tanto por lo que incluye como por lo que deja de incluir.

Para empezar, cita un trabajo propio realizado junto a su mentor Manuel Romero Bejarano que fue publicado en 2016, justo al que hicimos referencia en el primer párrafo de esta entrada: “Nuevos datos de la escultura funeraria en Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media. Las laudas flamencas de San Juan de los Caballeros”. Efectivamente, habla laudas sepulcrales: nada se aporta en ese texto sobre la arquitectura del templo, y menos aún sobre su relación con Lebrija. Simplemente desea citarse a sí mismo. Seguidamente menciona un artículo conjunto de Guerrero Vega, Pinto Puerto y Mora Vicente sobre los trabajos previos a la intervención en la mencionada Capilla de la Jura del mismo templo. Ahí sí, pero se olvida una vez más de la tesis doctoral de Guerrero Vega, que es donde está “la sustancia”.

La referencia que realiza a Ruiz Souza es por completo pertinente, pero en su deseo de datar la iglesia ecijana hacia 1400 se deja en el tintero, no sabemos si voluntaria o involuntariamente, el artículo monográfico de Rafael Cómez Ramos “La iglesia de Santa María de la Oliva de Lebrija, monumento alfonsí”, publicado en 2005 en I Jornadas de Historia de Lebrija. Edad Media. En ese texto el profesor sevillano retoma su antigua tesis, presentada en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio –que, como vimos, Caramazana tampoco cita–, según la cual esta peculiarísima iglesia mudéjar correspondería a tiempos del citado monarca. La misma cronología temprana presenta para Alfredo Morales en las páginas 103 y 104 de su artículo “Los inicios de la arquitectura mudéjar en Sevilla” del catálogo de la exposición Metropolis Totius Hispaniae que se celebrara allá por 1999. Se podrá estar de acuerdo o no en semejante datación, pero esas aportaciones han de ser citadas. Por cierto, creo que albergan interés estas líneas del profesor Morales, porque con ellas demuestra ser el primero –no Caramazana, como tampoco un servidor– que escribió sobre la probable relación entre Jerez y la obra lebrijana:

“Por otra parte, tampoco sería descartable para explicar tal grado de islamismo la posible presencia de artistas procedentes de Jerez, que fue una importante población almohade y que tuvo una numerosa y activa comunidad mudéjar. De hecho, la arquitectura mudéjar jerezana manifiesta una fuerte huella almohade.”

En lo que a mí se refiere, en el libro El edificio medieval de San Dionisio de Jerez de la Frontera (pp. 85-86) apunté la relación directa entre una puerta gótico-mudéjar del patio de la iglesia lebrijana con los maestros jerezanos, incluyendo incluso una foto de la misma. En referencia a las qubbas propiamente dichas, en la Tribuna Libre que presenté el 27 de julio de 2018 en Diario de Jerez bajo el título “la Cartuja de Sevilla, ¿obra jerezana?” escribí que la sacristía de este cenobio hispalense guarda directa relación con la Capilla de la Jura y, por ende, debe vincularse con el taller de los autores de aquélla, Fernán García y su sobrino Diego Fernández.

Para corroborarlo atendía a dos detalles formales. El uno, la existencia de piñas de mocárabes en cada una de las claves de la bóveda estrellada. El otro, continuaba diciendo, “(…) consiste en la decoración de los nervios con cuadrados de color negro girados 45°; cierto es que en la Capilla de la Jura los mismos se unen por las esquinas y en la Cartuja de las Cuevas se encuentran muy distanciados entre sí, pero el esquema es similar y a su vez remite a dos obras relacionadas con toda esta misma problemática: Santa María de la Oliva de Lebrija y Santa María de la O de Sanlúcar de Barrameda.” Insistiendo en la propuesta, cuando más adelante presenté El mudéjar en Jerez incluí (pp. 35 y 49) una imagen de unas de las qubbas de Santa María de la Oliva, precisamente aquella de la Nave del Evangelio que por la inclusión de terceletes guarda relación directa con la Capilla de la Jura, advirtiendo una vez más (p.48) de la existencia de varios nexos entre esta iglesia y el mudéjar jerezano. En resumidas cuentas, el vínculo entre Lebrija y Jerez ya lo había puesto en evidencia Alfredo Morales, mientras que la conexión directa entre la bóveda de una de las qubbas y la Capilla de la Jura ya la había hecho constar un servidor en un par de ocasiones. Caramazana no aporta nada nuevo: simplemente hace pasar por propias aportaciones ajenas.

Bueno, en puridad sí que intenta realizar una aportación: vincular esta obra con la figura del maestro Juan Rodríguez de Lebrija, uno de los autores de la portada occidental de la parroquia sevillana de San Juan de la Palma. Vínculo cogido por los pelos, toda vez que poca relación existe entre las formas de la referida portada y Santa María de la Oliva. Tan solo una, que por cierto a Caramazana se le escapa: las dos ménsulas con muy toscas cabezas humanas de la portada hispalense recuerdan a la que aparece en el interior de la iglesia lebrijana –muro occidental–, que por cierto Rafael Cómez identifica de manera desafortunada como una calavera entre dos tibias. En el resto de la portada absolutamente nada hay que apunte hacia Lebrija. El segundo apellido de Juan Rodríguez, la verdad, resulta un argumento flojísimo para suponer su participación en aquella iglesia. De hecho, y por las razones antes aducidas, el vínculo hay que establecerlo con Fernán García y Diego Fernández, autor este último del que Caramazana sí habla en otros lugares de su artículo por encontrarse vinculado, entre otras cosas, al arranque de las obras de la Catedral de Sevilla, pero que no acierta a relacionar con Santa María de la Oliva.

Varias páginas más adelante, Caramazana indaga en las realizaciones arquitectónicas sevillanas de principios del Cuatrocientos y señala la manera en que “destacan algunas bóvedas tipo qubba como las que venían realizando los talleres jerezanos desde el año 1400. Tal vez la más relevantes todavía poco estudiadas son las de la Sacristía y Sala Capitular de la cartuja de las Cuevas”. Pues sí, se encuentran todavía poco estudiadas, pero yo realicé las aportaciones arriba referidas cuya existencia silencia. Y prosigue: “Recordemos que el patrocinio de este cenobio recayó en la familia Ribera tras el fallecimiento del arzobispo Mena y, dado que Per Afán de Ribera el Viejo, Adelantado Mayor de Andalucía, falleció en 1423, bien pudo haber contado con canteros del sur del arzobispado para monumentalizar su memoria bajo alguna de estas qubbas. Efectivamente, debió de contar con canteros de procedencia meridional. Es justo lo que escribí en 2018 y volví a defender en 2021 incluyendo fotografías de La Oliva (p. 35) y de la Cartuja (p. 49).

En la página 48 Caramazana Malia dedica un epígrafe a los templos jerezanos. Aquí me cita por primera vez cuando dice que “se ha asentado una cronología que no va más allá del primer tercio del siglo XV”. Algo es algo, aunque no se ha enterado mucho de lo que ha leído, porque en mis textos he dejado muy claro que la cronología se extiende a lo largo de los dos primeros tercios de la centuria, hasta 1464 para concretar. Ni que decir tiene que no cita el libro El mudéjar en Jerez, sino la colaboración que realicé en el catálogo Limes Fidei, mucho menos extensa y desactualizada con respecto a aquél.

A reglón seguido, y de manera incomprensible, afirma que “la iglesia de San Marcos presenta una portada con un esquema compositivo cercano a la de San Juan de la Palma de Sevilla”. Falso, rotundamente falso. A las fotografías me remito. Que en ambas el vano sea un arco apuntado –el habitual en la inmensa mayoría de las iglesias europeas de esta época– y que tengan un alero con canes no indica relación alguna. Simplemente, comparten esquemas convencionales. Ya sé que este no es un caso de mala praxis, sino de otra cosa, pero me parece que es oportuno dejar constancia de lo arbitrario de algunas consideraciones de este investigador.

Sevilla. San Juan de la Palma.


Jerez. San Marcos.

Más abajo habla de San Mateo, “cuya amplia nave única parece evidenciar una intención de cubrir todo el espacio del primitivo haram”. Hombre, pues sí. Pero cita tan solo la tesis de Guerrero Vega y deja al margen tanto los artículos de este autor como el mío propio, ambos muy extensos, que se incluyeron en el monumental libro La parroquia de San Mateo de Jerez de la Frontera. Historia, Arte y Arquitectura publicado en 2018. No vaya a ser que el lector se entere de que hay más cositas publicadas por ahí aparte de las suyas propias.

Caramazana se traslada momentáneamente a Sanlúcar de Barrameda para hacer constar que “Según los trabajos de López Vargas-Machuca, la exuberante puerta del Perdón de la O se relaciona con la torre del Atalaya de la iglesia de San Dionisio de Jerez”. Se agradece que esta vez haya voluntad de reconocer la autoría intelectual, aunque es cierto que tal relación la descubrió Diego Angulo muchísimo antes de que yo naciera. Apostilla que “nosotros vemos también puntos de unión con San Esteban de Sevilla”. Qué casualidad, Caramazana descubre lo que ya lo había expuesto en agosto de 2013 en este mismo blog:

“Sobre éste se desarrolla el motivo más sorprendente de la portada: una amplia franja de paños de sebka, un elemento que no hemos encontrado en ningún edificio del círculo jerezano ni de su entorno pero que puede relacionarse con dos de las portadas sevillanas citadas, las occidentales de San Esteban y de San Marcos.”

Atención a lo que viene a continuación: como existe un señor llamado Pedro García de Sanlúcar que trabaja en la segunda y tercera década del siglo XV para el concejo hispalense y para el cabildo de la catedral, este es el autor de la portada de La O y se convierte en principal candidato (sic) “para ser el que acabó accediendo al cargo de maestro mayor de la catedral gótica de Sevilla”. No voy a entrar en el terreno catedralicio, quede ello para los expertos en la monumental fábrica. Pero sobre La O sí que he trabajado, y considero que debe ser vinculada con la dinastía familiar que monopoliza el “gótico-mudéjar” jerezano y la alcaldía del alarifazgo de la ciudad, concretamente con el maestro que trabaja en la gran reforma mudéjar de San Dionisio y la Torre de la Atalaya adosada a este. Me parece probable que se trate de Alfonso Benítez, maestro mayor del alarifazgo de Jerez a mediados del Cuatrocientos. Lo expuse en El mudéjar en Jerez (pp. 65-66), y mucho más recientemente lo he repetido en el artículo divulgativo “Jerez de la Frontera y el Gótico-Mudéjar: Un centro creador” publicado en el número 6, mayo de 2024, de la revista Puerta Abierta (p. 72). Aunque Caramazana no estuviese de acuerdo en la atribución, la cita hay que realizarla: al lector no se le puede escamotear la existencia de teorías diferentes a las propias, porque eso es jugar con las cartas marcadas. Por otra parte, y como ocurría en el caso de Juan Rodríguez de Lebrija, el apellido nos parece un argumento de escasa solidez. Rizando el rizo, y partiendo de que Pedro García es autor de la portada e incluso de toda la iglesia sanluqueña, Caramazana intenta dar solidez a su propuesta sobre el presunto ascenso de este último:

Tratando de explicar su acceso a la maestría de la catedral de Sevilla, un hipotético servicio para una de las principales familias nobiliarias, los Guzmán, y acaso una intervención en su espacio de enterramiento, bien pudieran ser razones suficientes para ello.

Creo que huelgan comentarios. Sin embargo, creemos que acierta cuando dice lo siguiente:

“No queremos dejar de apuntar que ostenta el mismo apellido que Fernán García, el maestro mayor del alarifazgo jerezano (doc. 1404-1433), pues no se debería descartar un posible parentesco. De hecho, pensar en un taller de canteros estrechamente emparentados que controlaba tanto la piedra de San Cristóbal como los encargos de la región explicaría la nómina de varios García documentados al inicio de la catedral gótica de Sevilla”.

Una pena que, en su empeño de invisibilizar la labor de quien a ustedes se dirige, el autor enturbie esta aportación pasando de puntillas –mención de pasada en la página 46– ante una obra fundamental para comprender la arquitectura religiosa en piedra que se levanta en Sevilla en la primera mitad del siglo XV, la iglesia del Monasterio de Santiago de la Espada. Allá por 1983 M.ª del Carmen Gutiérrez Llamas la vinculó con las obras jerezanas, y quien a ustedes se dirige pudo escribir repetidamente sobre ella en textos que Caramazana ha tenido la oportunidad de leer, porque yo mismo se los pasé en mano. Sobre esa obra todavía hay mucha tela que cortar, sobre todo en lo que a su cronología se refiere. Creo que en su momento no acerté al plantear la posibilidad de que pudiera corresponder a tiempos de los Reyes Católicos: cuando iniciaba mis investigaciones tenía mucho miedo de reconocer lo que luego me ha quedado claro, que el foco de Jerez se adelanta de manera considerable al de Sevilla. Ahora bien, tampoco estoy seguro de que esta sea la iglesia iniciada por el maestre Lorenzo Suárez de Figueroa. De lo que sí estoy plenamente convencido es de que en la obra participaron maestros jerezanos, y de que más de un vínculo con Santa María de la O de Sanlúcar hay por ahí.

Quiero dejar constancia, finalmente, de que en este confuso rompecabezas que plantea David Caramazana hay otra pieza clave que se le escapa, la pétrea cabecera del monasterio de Santa María de la Rábida. Muy recientemente he planteado en la revista Cartare sus vínculos no solo con el círculo de Jerez, sino también con Sanlúcar habida cuenta de la posible relación del Primer Duque de Medina Sidonia con su erección. Dicho esto, el citado autor no es responsable de esta omisión, toda vez que cuando su artículo fue publicado el mío se encontraba aún en prensa. Del resto de las omisiones sí que tiene la absoluta responsabilidad.