Demasiadas cosas quedaron por tratar en mi charla del día 4 en la Hermandad de Jesús Nazareno en torno a los primeros tiempos del Real Convento de Santo Domingo. Una de ellas tiene que ver con la primitiva topografía del convento, así como la referencia que en el siglo XVIII realiza Fray Agustín Barbas a los indicios de un refectorio en la zona nororiental del conjunto, por donde queda el claustro de legos.
A mí el asunto me parece sencillo, pero nunca he escrito
sobre ello. Es el momento. Si juntamos los textos de Rallón y Barbas, queda
meridianamente claro que la primera iglesia era lo que dibujó Van den Wyngaerde
en 1567: una qubba almenada que se reutiliza como cabecera, más una sencilla nave
cubierta a dos aguas que se extiende justo donde en nuestros tiempos se alzan
las dependencias conventuales, dando a la Alameda Cristina. Sobre eso
ya escribí aquí en 1996 (leer), disertaron Javier Jiménez López de Eguileta y Manuel Romero Bejarano en su
libro de 2013 y volví a hacerlo yo el pasado martes (aquí los vídeos). Desmontada
cualquier otra hipótesis, no puede haber más dudas sobre ello. Tampoco en lo
que se refiere a la ubicación de la “claustra vieja”, si atendemos a los dos
frailes arriba citados y a las investigaciones de Sancho de Sopranis: se improvisó justo
donde está hoy el pequeño patio de la comunidad dominicana. La Capilla del
Rosario ocupará en el futuro una de sus esquinas.
Pues bien, entiendo que la distribución de las dependencias
conventuales en el siglo XIII serían las habituales: el lado de la cabecera de
la iglesia para la sala capitular, el opuesto al templo para refectorio y el
restante para almacenes y otras dependencias “menores”. Es decir, el capítulo
estaría en el lado que mira a la actual Nave del Rosario, mientras que el
refectorio se levantaría a la derecha de donde hoy se encuentra la
portada de la Capilla de los Cuenca que mira a la nave principal, es decir,
donde se encuentra la poco conocida Capilla de Santo Domingo. Las dependencias
dedicadas a los otros menesteres mirarían hacia lo que hoy es Aladro, que antes
eran las huertas del convento: justo lo adecuado para labores de almacenaje y demás menesteres. Toda construcción adicional que se fuera realizando se extendería hacia la zona del actual Conservatorio de Música, porque los predicadores no
tenían otro sitio disponible: hacia poniente se encontraba el camino a Sevilla, que no
podían ocupar, y hacia levante estaba la fortificación que luego se convertiría
en “los claustros”, y que hasta el siglo XIV seguía manteniendo funciones militares.
El cambio llega hacia los años treinta del siglo XV, puede que algo antes. La fortificación pierde su uso inicial y es cedida a los dominicos. La situación económica de la ciudad en general y de la comunidad en particular –culto a la Virgen de Consolación– ha mejorado de manera sustancial. Se impone un nuevo templo. Su ubicación está cantada: justo al lado de la fortificación, en la dirección que marca el lienzo de muro occidental de esta. La antigua qubba, probable morabito de época almohade, pasa a ser Capilla de San Pedro Mártir y se une a la nueva obra con una nave inicialmente cubierta con madera, la que hoy llamamos Nave del Rosario. Para la sala capitular los frailes buscarían un espacio improvisado mientras se construía uno nuevo, el que terminará Antón Martín Calafate en 1628. En su sitio no se podía quedar, porque ahí iría la Nave del Rosario.
¿Y el refectorio? También es imposible mantenerlo en su lugar, por la sencilla razón de que justo ahí –como dije arriba, a la altura de la actual Capilla de Santo Domingo– había que levantar los primeros tramos de la nave gótico-mudéjar. La única solución es llevárselo, pero no demasiado cerca de donde hay que ir construyendo el gran claustro tardogótico. Mientras esta se levanta, y lo hace muy lentamente –véase el libro de Eguileta y Bejarano–, la única opción es improvisar un refectorio nuevo en la zona disponible, que es justo donde localiza sus restos el Padre Barbas: por la parte del claustro de legos. Toda esa zona, la de los claustros menores y la del conservatorio, serviría para la vida conventual diaria mientras se van articulando las dependencias en torno a la antigua fortificación, al tiempo que la iglesia inicial –la de Cristina– se divide: la antigua qubba queda convertida en Capilla de San Pedro Mártir y la nave se convierte en bodega. Más tarde el padre Barbas vería ahí los restos de altares y púlpito. El molino iría mirando al norte, en lo que hoy es un inmueble utilizado como apartamentos turísticos en la Calle Rosario n.º 2: mirando desde Aladro hacia la Puerta del Campo, a su izquierda. El nuevo refectorio y la nueva sala capitular, como hemos visto, tardarían en llegar.
