domingo, 13 de octubre de 2019

El libro no publicado y el congreso para el que no fui llamado

El cariz que están tomando determinadas circunstancias que tienen que ver con el desarrollo y la divulgación de las investigaciones que vengo realizando desde mediados de los noventa sobre el arte medieval en mi ciudad, me llevan a dejar testimonio escrito una serie de hechos que me parece necesario que conozca el lector interesado por mi trabajo. Debo empezar por lo ocurrido con un libro titulado Gótico y mudéjar en la arquitectura medieval de Jerez de la Frontera y su entorno, de cuya preparación se ha dejado constancia en alguna oportunidad. Pues bien, lo cierto es que ese libro ha existido, pero no se publicará jamás. Voy a explicar lo ocurrido con él punto por punto, sin omitir absolutamente nada revelante.

El libro partió de una propuesta que me realizó Manuel Romero Bejarano allá por el año 2004 o 2005. Este señor había fundado recientemente una pequeña editorial y consideraba oportuno que preparase un trabajo partiendo de la tesis doctoral que por entonces realizaba y que, por circunstancias personales, no logré terminar. Yo no cobraría nada: de lo que se trataba era de ofrecer a la comunidad de investigadores y de historiadores del arte una visión actualizada y con metodología renovada sobre este campo que, pese a la tesis realizada años atrás por Carlos García Peña, estaba todavía atado al estado de la cuestión de los años treinta e ignoraba las muchas aportaciones importantes de Hipólito Sancho de Sopranis. Acepté encantado y me puse manos a la obra.

El trabajo avanzó muy rápido en un primer momento, pero me iba a encontrar con dos obstáculos. El primero, que por aquel entonces yo era profesor interino y tenía que desplazarme cada año a un lugar de Andalucía, adaptarme a los libros y a las asignaturas que me tocaban en cada instituto y perder mucho tiempo en desplazamientos. El otro, la necesidad de aprobar unas oposiciones. Estas llegaron en junio de 2006. Me concentré y triunfé. Seguidamente, vino el estresante año “de las prácticas”, tercera fase del concurso-oposición, en el que hay que trabajar con especial ahínco porque se está supervisado para ver si te confirman la plaza o, por el contrario, te consideran no apto. Las realicé en el IES Fernando Savater y todo terminó felizmente. El siguiente año lo pasé en el Coloma, “en expectativa”. Pude entonces volver a avanzar con la publicación, sobre todo porque “di con la tecla” a raíz de unas reflexiones en torno a la decisiva publicación sobre la Capilla de la Jura que en 2007 habían realizado José Jácome y Jesús Antón. Un mundo nuevo se abría ante mí, porque las piezas encajaban de una vez por todas. Pero al año siguiente, vuelta a empezar: destino definitivo en Siles, en plena Sierra de Segura a dos kilómetros de la provincia de Albacete.

Sea como fuere, el trabajo lo fui terminando hasta dar a la luz en el año 2013 un manuscrito de 89.000 palabras (381 páginas, imágenes incluidas) que me parecía decente. Entonces llegó Romero Bejarano con novedades: como editor, había decidido unilateralmente que mi texto no se publicaría como monografía, sino como parte de una obra colectiva en la que se incluirían trabajos diversos de otros compañeros, entre ellos él mismo, sobre arte medieval jerezano. Le dejé claro que no aceptaba esas condiciones. Los motivos también se los expuse con claridad. Añadir a un texto tan largo como el mío y de enfoque global otros textos mucho más concretos en su temática y de tamaño mucho menor, hacían pasar a estos por una especie de “apéndices” o de “adornos” al núcleo firmado por mí, al tiempo que hacía perder entidad a todos los trabajos, el de ellos y el propio, y ofrecía al lector un volumen en exceso disperso y falto de coherencia. Desde el punto de vista editorial, me parecía un disparate. Le propuse a Bejarano una alternativa: escribir yo un texto –gratis et amore, por descontado– del mismo tamaño que el de mis compañeros para dar salida a esa publicación colectiva, siempre y cuando él me publicase mi trabajo extenso en las condiciones inicialmente previstas. La negativa fue inmediata: “yo no publico dos libros sobre arte medieval”.

Poco a poco fui hablando con los autores que él quería que publicaran en la referida obra. Les expuse exactamente lo mismo que he escrito arriba, y puedo asegurarles que ningún improperio salió de mí sobre el editor. Simplemente, quise que mis compañeros no pensaran mal sobre mi negativa a que ese macrovolumen propuesto saliese en semejantes condiciones. Luego me enteré de que Bejarano aseguraba que yo “le andaba poniendo verde”. O no dijo la verdad, o alguien le transmitió un embuste. Insisto: lo que ahora escribo es completamente cierto.

Empecé a buscar alternativas. Encontré personas receptivas, pero retrasaban demasiado la publicación. Entonces me rebajé (sí, me rebajé: no puede expresarse de otra manera después de lo ocurrido) a hacerle a Romero Bejarano una contraoferta consistente en que yo correría con todos los gastos editoriales, pero me llevaría un porcentaje de los beneficios para intentar recuperar la inversión. En principio me contestó de manera afirmativa, pero cuando le pedí que contara con una imprenta que me había recomendado otro compañero y que salía dos euros más barata por ejemplar (ahorro para mi bolsillo de 200 euros), replicó que él trabajaba en exclusiva con otra. Le repliqué –más o menos con estas palabras, y con buen tono– que no me parecía nada bien semejante actitud, tras lo cual me soltó por teléfono una frase que aún no he olvidado: “entérate, Fernando, nunca te voy a publicar tu libro”.

En ese momento cortó toda comunicación conmigo. Pocos meses más tarde llegó el congreso 750 aniversario de la incorporación de Jerez a la Corona de Castilla: 1264-2014. La coordinación científica corría a cargo de Manuel Barea, pero la parte de Arte la llevaba Romero Bejarano. Este, previamente a los acontecimientos relatados, había concertado mi participación en el mismo como uno de los ponentes. Cuál sería mi sorpresa cuando me cuentan que el programa estaba ya cerrado y yo no estaba en él. Efectivamente. Y no solo es que no contaban conmigo: es que tampoco se realizaba un estudio de la arquitectura gótico-mudéjar. La temática del congreso era el Jerez medieval. Se entiende que en el mismo debían tratarse las principales áreas de conocimiento que engloba dicha cronología, siendo esa arquitectura particularmente interesante a la hora de entender las aportaciones de nuestra ciudad. También se entiende que es misión de los organizadores, que como funcionarios que son actúan al servicio de la colectividad y manejando dinero público, ofrecer la oportunidad de exponer y publicar sus aportaciones a todas aquellas personas que en los últimos años hayan realizado investigaciones más o menos serias sobre los temas que engloba el congreso.

Creo que lo que yo había publicado hasta entonces y lo que tenía por publicar –recuerden que Bejarano ya había leído mi manuscrito– me otorgaba el derecho a estar allí. Me había ganado a pulso un pequeño sitio, uno más dentro del colectivo. Pero yo era el único –repito: el único– que había realizado aportaciones sobre el mundo jerezano medieval que no estaba en la lista. Paradójicamente, mi colega se programaba a sí mismo con una ponencia titulada “Urbanismo y arquitectura en Jerez de la Frontera a finales del siglo XV”, trabajo que se salía del marco establecido, al hablar de gótico tardío y de la época de los Reyes Católicos, ya Edad Moderna y no Edad Media. Exactamente lo mismo se puede decir de la ponencia de su amigo y habitual colaborador Raúl Romero Medina, “Los Rodríguez: una saga de maestros constructores a finales de la Edad Media en Jerez”. La única ponencia sobre mudéjar era la de su igualmente amigo e igualmente colaborador José María Guerrero Vega sobre la Torre de la Atalaya.

¿Obró correctamente Romero Bejarano, como funcionario público que era y es, negándose a que en el congreso se tratara globalmente el mudéjar y a que yo tuviera la oportunidad de exponer un resumen de mis investigaciones? Sobre el valor de las mismas no puedo decir yo mucho, pero permítanme que les transcriba un párrafo de la tesis doctoral del citado Guerrero Vega, presentada en 2015:
“Es el historiador jerezano Fernando López Vargas-Machuca quien ha desarrollado una intensa labor de investigación, que va a suponer un auténtico revulsivo, no siempre valorado, para el conocimiento de la arquitectura medieval de la ciudad. En sus diferentes trabajos lleva a cabo una revisión crítica de la bibliografía, recogiendo muchas de las aportaciones de Sancho y Rallón que habían sido pasadas por alto por el resto de las investigaciones posteriores. A esto se añade una brillante capacidad de observación en la que se apoya para establecer novedosas relaciones formales entre los componentes de los distintos edificios estudiados y conexiones con otras experiencias arquitectónicas del entorno geográfico y cronológico. Sumado a una visión sensible a aspectos constructivos y arqueológicos, la labor investigadora de este autor se ha traducido en una amplia producción científica y en la elaboración de un discurso ordenado y coherente que intenta explicar las singularidades de la arquitectura medieval jerezana”.
Al final pude “colarme” en el congreso en la parte de las comunicaciones libres, honradísima pero bastante menos prestigiosa, y desde luego con menos tiempo para la exposición oral y pocas páginas para la publicación. Ofrecer una panorámica del arte gótico-mudéjar era imposible en esas condiciones, así que opté por presentar uno de los capítulos más breves de mi libro nonato: el de la iglesia de San Lucas. Creo que gustó bastante. Fueron muchas las personas que me preguntaron por qué estaba yo entre las comunicaciones y no en las ponencias. Contesté con la única respuesta verdadera: porque Romero Bejarano había decidido no contar conmigo. Puedo ahora añadir que un colega me aseguraba que le había rogado insistentemente incluirme entre los ponentes, y que este había rechazado tal posibilidad sin mediar explicación alguna.

Felizmente, pude presentar un sintético trabajo global sobre el gótico-mudéjar en Jerez en el catálogo de la exposición Limes Fidei gracias a la generosa invitación de Javier E. Jiménez López de Eguileta y Pablo Pomar Rodil. Me satisfizo muchísimo el resultado, porque las condiciones editoriales fueron óptimas, muy por encima de lo que pasó con las actas del citado congreso. Por cierto, que tampoco en estas últimas tuve suerte: mi texto apareció sin las pertinentes correcciones, pese a que envié las mismas dos veces. Y ni una sola imagen, pese a que otros textos sí contaban con ellas.

Bueno, ¿y el libro de marras? Ni se ha publicado ni se publicará, porque ya a estas alturas no tiene sentido. Pero el trabajo no fue en balde. El capítulo dedicado a San Dionisio creció y maduró de manera considerable hasta convertirse en dos monografías sobre el edificio. La primera la publicó PeripeciasLibros y estuvo a tiempo para el congreso, en el que se vendió bastante bien. La segunda salió el año pasado bajo la editorial (¡qué paradoja!) de Romero Bejarano, pero no por iniciativa de este señor ni por deseo de hacerme un favor, sino porque fue un encargo de un centro educativo que acudió a él con el dinero en mano; por cierto, que no he visto un solo euro del editor, pese a que por ley me corresponde un pequeño porcentaje de las ventas. Tampoco es que yo me haya molestado en reclamarlo.

El capítulo de San Lucas salió, ya les digo que no precisamente en buenas condiciones, en las actas del referido congreso. En este pobre blog he publicado parte de lo que escribí sobre San Juan de los Caballeros y sobre La O de Sanlúcar de Barrameda. El de El Divino Salvador de Vejer salió, muy mejorado con respecto al original, en la publicación de las jornadas Nuevas aportaciones a la Historia del Arte en Jerez de la Frontera y su entorno que organizaron los Amigos del Archivo. San Mateo quedó, sustancialmente ampliado y galvanizado, para el tremendo volumen sobre San Mateo editado por la Hermandad del Desconsuelo. Y el apartado sobre las relaciones entre Jerez y Córdoba, del que estoy especialmente satisfecho, se convirtió en un artículo de la Revista de Historia de Jerez. Inédito permanece lo escrito sobre San Marcos, sobre Santa María de Arcos, sobre La Rábida y alguna cosa más: espero que los textos que ahí duermen también se conviertan en semillas de las que germinen nuevos trabajos. Al final, el esfuerzo mereció la pena.

Espero que el asunto referente al libro haya quedado aclarado punto por punto y para siempre. Ya seguiré aclarando por aquí algunas otras cosas.

Post scriptum​. Ha llegado a mis oídos que Manuel Romero Bejarano estuvo difundiendo la noticia de que no me publicaba el libro porque "yo quería todo el dinero para mí", y si se editaba como obra colectiva yo cobraría menos. Me parece bochornoso, aunque muy revelador de su modus operandi, que este señor haya lanzado semejante embuste para ocultar las verdaderas razones por las que mi trabajo quedó sin publicar. Creo que estas quedaron claras en las líneas que escribí más arriba, como también que se había acordado que el trabajo lo realizaba gratis et amore y que yo no vería un duro. Que quede constancia.

sábado, 27 de abril de 2019

Ha llegado el momento

Perdone el lector que hable de un asunto personal en un blog dedicado al arte medieval. Si llega al final de estas líneas, comprenderé por qué este es el lugar adecuado para lo que voy a escribir.

En diciembre de 2018 tomé la decisión de abandonar Facebook. Lo hice por varias razones, pero había una muy por encima de las demás. Y es que sufrí el sinsabor de confirmar que había un historiador del arte en Jerez que se estaba dedicando, desde hacía tiempo, a tomar imágenes y textos de mi red social y enviarlas por WhatsApp a otros compañeros, añadiendo comentarios irónicos para mofarse de mi persona. Algunas de aquellas imágenes eran voluntariamente autoirónicas. Pero una cosa es eso, reírse de todo y de uno mismo el primero, y otra muy distinta que alguien de tu entorno saque esos elementos de su contexto, les añada alguna gracieta (¡qué ingeniosos son algunos con sus bizarrías!) y los difundan entre amigos y compañeros de investigación.

¿Qué puede llevar a una persona que en otros ámbitos presume de profesionalidad y buen hacer a dedicarse a la descalificación ad hominem de sus compañeros? Como profesor de secundaria no puedo sino pensar en esos alumnos que buscan establecer su liderazgo ridiculizando constantemente y concentrando las burlas de sus compañeros en quienes entienden que son “diferentes”, “raritos” o “pintorescos”. De esa manera, señalizando una o varias dianas para lanzar dardos y compartir las risas del colectivo, se obtiene cohesión grupal: ya se sabe que los seres humanos a veces necesitamos comportarnos de manera gregaria para sentirnos integrados, para que reconozcan que somos parte de la colectividad. Al mismo tiempo se deja bien claro al colectivo –al que, insisto, le encanta comportarse como tal– quién es el que marca las pautas, quién es el líder, y se advierte que quien decida desmarcarse de ese liderazgo o mostrar algún tipo de desacuerdo podría convertirse en un nuevo objeto de burlas de los demás. De paso, aprovechamos para disimular nuestros propios complejos riéndonos de las caricaturas del prójimo: nada mejor que burlarse del otro para que no se rían de uno mismo.

¿Estoy hablando, pues, de bullying entre adultos? No, porque un servidor no ha sido acosado ni física ni psicológicamente, ni en persona ni en las redes sociales. Estoy convencido, además, de que la mayoría de los compañeros que recibieron esos mensajes no han participado en la burla más allá de reír la gracia de manera superficial. Pero sí que encuentro grandes similitudes con esas situaciones que nos ha tocado vivir a los veteranos de la enseñanza. Por otra parte, la persona responsable de esos mensajes se ha dedicado en los últimos meses a marginarme de los círculos de la historia del arte, llegando incluso a incumplir compromisos verbales sobre determinadas actividades. No es la primera vez que lo hace, dicho sea de paso. Ni la segunda.

Debo ahora manifestar que estas circunstancias me afectaron. Me he sentido mal en lo personal y en lo profesional, humillado como ser humano, como investigador y como divulgador. Dejé de investigar sobre arte medieval; aún no he sido capaz de retomarlo, y solo de vez en cuando me animo a progresar en un nuevo trabajo de divulgación, no de investigación, que espero algún día salga a la luz.

Y así he seguido hasta que hoy, veintisiete de abril, creo que ha llegado el momento de luchar, de sacar todo esto a la luz y de que la gente sepa qué ha ocurrido y qué está ocurriendo. Porque no soy precisamente la única víctima. Porque el malestar en el mundo de los historiadores en Jerez crece día tras día. Porque aún creo en la necesidad de rebelarse, de denunciar injusticias, de reconocer nuestros errores (¡sí, estúpido de mí, yo también he querido pertenecer al rebaño!), de animar a quienes no se atreven a dar un paso adelante por miedo a las muy probables represalias a que planten cara, a que digan BASTA YA.

La gran mayoría de las personas que en Jerez nos dedicamos a la historia del arte no solo nos llevamos bien: nos queremos. No podemos seguir permitiendo que determinadas figuras que, por sus propios méritos, tienen un sitio relevante en el mundo de la investigación, se dediquen –para convertirse en el rey de la función– a enturbiar lo que podría ser una excelente relación humana y profesional. Frente al “divide y vencerás” solo caben el respeto, la unión, la confianza mutua y el verdadero espíritu de equipo, sin excluir ni menospreciar a nadie. Ha llegado el momento.

viernes, 29 de marzo de 2019

Cura de humildad

Hace ya años le envié a un profesor universitario por el que siento la más grande admiración un texto mío sobre gótico-mudéjar en Jerez para que le echara un vistazo antes de publicarlo. Fue muy duro conmigo con respecto a dos afirmaciones que en él realizaba: que una persona que había escrito sobre determinadas iglesias no las había visitado, y que otra que había publicado sobre lo mismo desconocía por completo la bibliografía básica sobre el tema. Me hizo ver que, aunque yo pudiera tener razón, esas no son formas adecuadas para un texto científico. Y a reglón seguido me señaló un par de errores en mi texto diciéndome: “¿te gustaría que te pusieran la cara colorada por esto? Pues aprende a moderarte en tus reproches.”

Tenía toda la razón. Confieso que a veces sigo cayendo en la soberbia, pero esa lección la aprendí. Creo no equivocarme al asegurar que desde entonces nunca en un texto mío de carácter académico –otra cosa son mis críticas musicales, un género muy distinto que necesita un tono por completo diferenciado– he ninguneado a otros colegas, ni he echado por tierra alguno de sus trabajos ni, menos aún, he realizado descalificaciones ad hominem. ¡Con qué enorme elegancia, recuerdo ahora, supo censurar el enorme Leopoldo Torres Balbás aquel decepcionante libro de Florentino Pérez Embid sobre el presunto mudéjar en Portugal! Tampoco creo haber echado mano en mis libros y artículos de la ironía o el sarcasmo, recursos muy necesarios en estos tiempos de corrección política y de ofendidos-ofendidísimos, pero propios de otros géneros y contextos, nunca jamás de una publicación que pretende ser científica y aspira a ser valorada por la comunidad de investigadores. Porque todos, absolutamente todos, tenemos limitaciones y cometemos errores, y solo podemos construir la historia mediante el debate serio, riguroso y ajeno a descalificaciones innecesarias.

Aquella cura de humildad –probablemente siga necesitando unas cuantas– me vino de maravilla. Que tome nota quien proceda.

miércoles, 6 de febrero de 2019

A propósito de los hallazgos en la Casa del Abad

Los recientes hallazgos de la conocida como Casa del Abad en la Catedral de Jerez están empezando a generar una dinámica que no me resulta grata. La dinámica del “eso lo dije yo antes que nadie”, del recelo y del ninguneo. No quiero con esto negar el mérito, enorme, a las diferentes personas que han trabajado con su mano y con su intelecto en torno a la primitiva Colegial, a cómo era y a cómo realizar las pertinentes intervenciones arqueológicas. Ni menos aún permitir que unos se apropien del trabajo de otros. Sin ir más lejos, yo mismo quedé atónito este verano cuando un conferenciante se atribuyó el descubrimiento de que la bóveda de la Capilla de la Jura, al contrario de lo que decían investigadores como Laureano Aguilar o Manuel Romero Bejarano, correspondía a la misma fecha del resto de la capilla de San Juan de los Caballeros (1404). “Nadie había dicho eso nunca”, afirmó con desparpajo ante el público, cuando un servidor lleva defendiendo esa hipótesis desde finales de los noventa. Cosas así no valen. Pero tampoco me parece adecuado ir arrollando a cuantos se ponen por delante para demostrar ser “el número uno” en determinado campo de la investigación local. Por eso mismo quiero exponer públicamente algunas ideas.

1) Lo primero, aquí no va a aparecer la aljama de Damasco ni nada parecido. Así que mucha tranquilidad. Tiempo al tiempo.

2) Lo segundo, que aquí había una mezquita se sabe desde el siglo XIII. Nadie puede atribuirse el mérito de descubrir algo que nunca se ha olvidado. Ni tampoco de decir que en el conjunto de edificaciones que se alza alrededor de la torre gótica (¡no mudéjar, que tal barbaridad se sigue escuchando por ahí!) podía haber restos tanto islámicos como cristiano-medievales, porque eso lo podía deducir hasta mi gato Felipe. Además, las grandes dovelas de cantería del arco en el que se apoyaba la torre han sido siempre visible por cualquiera que pasara por allí.

3) El estudio más completo hasta ahora realizado sobre el edificio de la primitiva colegial es el de Javier Jiménez López de Eguileta y Pablo Pomar Rodil: Actas del Congreso 750 aniversario…, pp. 459-484. No muchas cosas nuevas se dicen allí, pero los dos autores realizan un estudio riguroso de todas las fuentes disponibles, las valoran críticamente, las ordenan y las ponen a disposición del investigador. Que yo sepa, hasta ahora nadie más ha hecho eso con semejante exhaustividad.

4) El mérito de reconocer en las dos galerías que se cortan perpendicularmente al lado de la torre -frente al actual monumento a Juan Pablo II- dos de las pandas del sahn o patio de abluciones corresponde al investigador Juan Antonio Moreno Arana, un señor a quien ninguna amistad me une y a quien nada debo salvo respeto, dicho sea de paso. Véase Nuevas aportaciones a la Historia de Jerez de la Frontera y su entorno, pp. 175-186.

5) Hace años el investigador Miguel Ángel Borrego Soto ofreció al obispado un proyecto multidisciplinar en torno a la ya prevista rehabilitación del conjunto del que estamos hablando. El señor Obispo decidió declinar la oferta y se decantó por un trabajo mucho menos amplio y considerablemente menos costoso. Creo que se equivocó, porque el potencial arqueológico de estos inmuebles bien que se lo merecía. Dicho esto, parece que el actual equipo de arqueólogos está actuando con considerable sensatez y apreciable rigor. Nada que ver con los horrores que hemos sufrido, sin ir más lejos, a manos de las escuelas-taller de los Claustros de Santo Domingo.

6) Me parecería muy triste que alguien intentara o haya intentado apropiarse de la exclusividad, para él y para sus círculos afines, sean estos quienes fueren, en la investigación y/o publicación en torno a los posibles hallazgos. No quiero creer que nadie haya intentado obtener del obispado semejante “exclusiva”. Si así fuese, me merecería la misma repulsa que el veto que presunta, hipotéticamente, pudieran algunos historiadores imponer hacia la participación en determinados actos o en determinadas publicaciones de algunos colegas que, a su modo de ver, podrían no estar a la altura de su brillante intelecto ni de su intachable dignidad personal. Y es que algunos no se enteran de que todos estamos en el mismo barco: prefieren ser reyezuelos en un Jerez dividido en mil taifas antes que uno más de un equipo en el que hacen falta muchos y muy distintos investigadores. Así nos va.

7) Los arcos que están apareciendo son de herradura enmarcados por alfiz, con dovelas de ladrillo y algunos puntos con base de cantería. No me parece nada plausible que sean arcos mudéjares: obviamente, es el patio de la mezquita. Juan Antonio Moreno Arana acertó plenamente.

8) De momento, soy incapaz de determinar si los arcos son de herradura apuntada o no. Esta tipología, que yo sepa, no se difunde hasta época almohade. Si al final hay apuntamiento, la hipótesis de una cronología temprana quedaría totalmente descartada.

9) Los almorávides, que en gran medida bebieron artísticamente del mundo califal cordobés, prefirieron la columna como soporte, no el pilar. Los pilares de ladrillo son habituales en el mundo almohade, no en época anterior. Al menos que yo sepa: mis conocimientos sobre arquitectura almorávide son muy limitados.

10) Ladrillo sobre piedra podemos encontrarlo en el lienzo mural del lado norte de San Juan de los Caballeros, hoy escondido en las dependencias de la hermandad de la Vera+Cruz. En la parte de ladrillo hay un arco lobulado de estirpe claramente almohade. Así las cosas, y a la espera de que alguien realice una investigación rigurosa una vez con todos los datos sobre la mesa, me parece temerario decantarse por una cronología temprana. Quizá estemos ante un patio almohade, sin descartar del todo la hipótesis almorávide o taifa.

11) Al parecer, es hoy miércoles -he ido esta tarde por vez primera- cuando ha aparecido un arco en la cara corta del edificio mirando hacia la estatua de Juan Pablo II; por tanto, se encuentra situado de manera transversal al resto de las arquerías, en ángulo recto sobre el más meridional de los arcos hasta ahora aparecidos y compartiendo con ellos una esquina con base de piedra. No hay más que mirar para darse cuenta de que esa galería, la que corre de norte a sur de manera paralela al muro de la Epístola de la actual catedral, no se prolongaba más hacia la Plaza de la Encarnación. Se cortaba ahí. El arco recién aparecido es el que daba acceso a la sala de oración desde una de las galerías del patio; no encuentra otra lógica arquitectónica que no sea esa. El patio tenía muy poco fondo, por tanto.

Otro argumento a favor de esta hipótesis: las fuentes escritas dejan claro que el ábside gótico-mudéjar de la colegiata se situaba en la capilla bautismal de la Colegial barroca, es decir, en la primera de la nave de la Epístola, donde se encuentra ahora la taquilla de la visita turística. Si prolongamos la línea que marca ese arco recién aparecido hacia la catedral, vemos que hay una perfecta correspondencia: la línea del muro de encuentro entre la sala de oración de la mezquita y su patio coincide con la fachada de la actual catedral, y por ende el ábside que se añadiría a la nave central del edificio andalusí reconvertido en iglesia coincidiría, más o menos, con la capilla de los pies. Si la crujía occidental del patio de la mezquita hubiese sido más larga de lo que hoy vemos, la nave central de la mezquita reconvertida en templo cristiano quedaría ya muy dentro de la Plaza de la Encarnación, casi a la altura de la portada barroca de ese lado, y por ende el presbiterio añadido por los cristianos no coincidiría con la capilla bautismal, contradiciendo a las fuentes.

12) Tampoco el patio de la mezquita era muy ancho. Hay quien ha supuesto que llegaba hasta cerca del muro del Evangelio de la actual catedral, y que por tanto la torre se situaba en medio de la crujía norte del sahn. Pues no. Hoy mismo Javier Jiménez me ha hecho reconocer, en un lienzo de muro recién picado bajo la torre, el arranque de la arquería oriental del patio, es decir, la perpendicular al muro norte desaparecida cuando se realizó el edificio barroco. Por ende, la torre gótica no se incrustó en medio de la galería más larga del patio de abluciones, sino que se apoyó en una esquina del mismo.

13) Así las cosas, queda claro que la mezquita aquí situada era pequeña. Más incluso de lo que dejaban entrever las fuentes. Demasiado para ser una aljama, porque en la mezquita mayor de una ciudad tienen que caber todos los varones musulmanes de una ciudad en el rezo principal de los viernes. Y Jerez no era precisamente una localidad poco poblada. Ahora bien, las fuentes cristianas hablan con claridad de que su Colegial hizo uso de la mezquita mayor de Sharis. Ahí hay que seguir investigando, a mi parecer.

14) En las obras detrás de la torre aparecieron dos columnas de capitel muy sencillo que a quienes hemos tenido oportunidad de verlas nos han parecido islámicas y de fecha temprana, es decir, prealmohades. Todos pensábamos que serían de la primitiva aljama de Jerez, reutilizadas posteriormente en una obra mudéjar. Después de lo visto, he cambiado de opinión. Me siguen pareciendo islámicas y de cronología muy temprana, pero no creo que viniesen de esta mezquita sino de otro lugar más o menos cercano. Claro que también cabe la posibilidad de que el patio en cuestión sea una reforma almohade de un conjunto almorávide o taifa, quién sabe si califal, y que el interior del haram o sala de oración siguiese sustentado sobre hipotéticas columnas. Ojalá se hiciese una prospección arqueológica en la Plaza de la Encarnación. Pero claro, eso crearía un enorme problema al patrimonio más importante de la ciudad. Qué digo de la ciudad, ¡del mundo y del universo entero! ¿Por dónde saldrían los pasos en Semana Santa mientras durasen las obras? No hay valor.

15) Soy por completo incapaz de interpretar los restos aparecidos detrás de todo este conjunto. Hay quienes hablan de aljibe, de bodegas, de una galería mirador… Posiblemente. Como bien han dicho, la orografía del terreno debió de condicionar la distribución de los edificios en forma de terraza. Lo que sí tengo claro es que los pilares de sección poligonal que han aparecido son mudéjares y tardíos. Podría incluso pertenecer a un momento muy avanzado del siglo XV.

16) El gran problema sigue siendo el arco. El tremendo arco de cantería sobre el que los cristianos alzaron la torre. Tuve la suerte (¡menos mal que no hubo “exclusivas”!) de verlo por dentro. Son dos arcos en realidad, unidos en sus mitades inferiores por un potente aparejo de piedra creando un pasillo en el que, atravesando el primero de ellos, quien ingresa queda a cielo descubierto hasta llegar al segundo. En una conferencia apunté que la estructura me recordaba a la Puerta de Chipiona en la localidad de Rota. Porque está claro -lo hemos dicho ya unos cuantos- de que de una estructura defensiva se trata. Hasta se reconoce subiendo en lo alto una especie de “paseo de ronda”. ¿Estamos ante una puerta de la más antigua muralla de Jerez? Me encantaría poder decir que sí, porque además se encuentra alineada con el alcázar, un conjunto que, como lúcidamente viene sosteniendo Miguel Ángel Borrego Soto, tiene unos orígenes muy anteriores a los almohades. Sin embargo, mi impresión es que esta estructura es de mano cristiana, por el arco apuntado y por los signos de cantero -en el intradós del mismo- que, aun sin haberlos podido examinar a conciencia, me resultan demasiado familiares como para ser islámicos. Así que ya me dirán ustedes qué hace eso ahí. A un amigo le he escuchado una explicación de lo más interesante, pero a él corresponde hacerla pública, no a mí.

17) Y ya está. Quédense tranquilos porque yo no voy a publicar. Publiquen ustedes. Devoren la presa. Pero háganlo con la adecuada mezcla de rigor y de respeto hacia los demás. No desdeñen a nadie porque no hace falta. Al revés: a todos ustedes les hará falta echar mano del otro. Porque no hay persona omnisciente ni infalible. Este es un trabajo de equipo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

El color del mudéjar

Texto publicado en Diario de Jerez el 4 de marzo de 2015 (enlace).

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Fernando López Vargas-Machuca

TODO buen aficionado al arte sabe que los interiores de las iglesias medievales presentaban un colorido mucho más rico que el que hoy –tiempo y restauraciones mediante– vemos con nuestros ojos, pero hasta ahora no contábamos con ningún testimonio gráfico que documentara esta circunstancia en las iglesias gótico-mudéjares jerezanas. Por fortuna, el catálogo de Limes Fidei –tienen ustedes hasta el 8 de marzo para ver la exposición en la Catedral– incluye una serie de reveladoras fotografías realizadas al hilo de los trabajos que hemos venido realizando una serie de investigadores.


Para empezar, gracias a la decisiva colaboración de la Hermandad de las Tres Caídas, se presentan los restos pictóricos que en la iglesia de San Lucas se esconden en la capilla de Lorenzo Fernández de Villavicencio, de los que ya hablaba en su célebre guía Manuel Esteve Guerrero. Hoy son visibles solo desde un desván; sus motivos geométricos y vegetales remiten a la estética mudéjar. Tomando como referencia una ilustración de la referida guía, un intrépido fotógrafo y un no menos valeroso investigador, han arriesgado literalmente sus vidas para desvelar los arcos góticos de la misma iglesia que esconde la reforma barroca, logrando capturar imágenes de la armadura medieval que aún se conserva y de la decoración pictórica geométrica –parece tratarse de un conjunto de zigzags– que, sin que nada sospecháramos, ha dejado vestigios en el intradós de dichos arcos.

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En la bóveda de la capilla mayor de El Divino Salvador de Vejer de la Frontera, obra incuestionablemente jerezana, hemos localizado ornamentaciones pictóricas que asimismo van a ver por primera vez la luz: por un lado esquemas cuadriculados de larga tradición, por otro motivos curvilíneos que apuntan a Al-Andalus (ver fotografías adjuntas). También se incluye una insólita imagen con la policromía original de las puntas de diamante y cabezas de león que aún conservan los elementos, hoy ocultos a la vista del público, que en Santa María de Arcos de la Frontera pertenecieron a un desaparecido presbiterio realizado por el taller gótico-mudéjar de Jerez.

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Para terminar, en el transcurso mismo de las sesiones fotográficas se han podido descubrir, mediando la entusiasta colaboración del párroco Antonio López y del sacristán Jesús Cano, pinturas murales de carácter geométrico detrás del retablo mayor de San Marcos (ver fotografía). Sus lacerías de carácter mudéjar nos permiten, junto con los otros restos citados, reconstruir con la mente unos interiores en los que también tenemos que imaginar las representaciones figurativas de la que tenemos algún testimonio escrito, además del espléndido fresco de La Coronación de la Virgen en la referida iglesia arcense. Y aún Jerez nos depara alguna importante sorpresa al respecto, aunque no nos corresponde a nosotros desvelarla. ¡Estén atentos!

(Aquí se desvela la sorpresa).

 

PS: tanto las dos fotografías de Vejer como la de San Marcos que he incluido en esta entrada fueron tomadas por el firmante de estas líneas. Las realizadas ex-profeso para Limes Fidei no las he subido para respetar los derechos de autor.

Esta no es la Capilla de la Paz

Texto publicado en Diario de Jerez el 17 de noviembre de 2014 (enlace)

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Fernando López Vargas-Machuca

PERMÍTANME acabar con una confusión historiográfica que se viene arrastrando desde hace tiempo: el recinto que se abre en el costado sureste de la iglesia de Santiago, al que se accede nada más girar a la derecha una vez que se entra en el templo por la puerta más habitual, no es la Ermita de la Paz junto a la cual se fundó la capilla dedicada al apóstol que luego se transformaría en parroquia. Todo apunta a que, en realidad, se trata de la capilla de Don Lorenzo Fernández de Villavicencio, personaje que, según nos recuerda el profesor Rafael Sánchez Saus en Linajes Medievales de Jerez de la Frontera, fue regidor, alcaide de los alcázares, alcalde mayor de la ciudad y caudillo de su mesnada en el cerco de Antequera. Nada menos.

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La confusión se remonta a tiempos de Grandallana y su Monumentos de Jerez (1885), donde se nos dice que Alfonso X "fundó y tituló de Santiago Apóstol una real Capilla que se unió al costado de la primitiva ermita de la Paz", de tal manera que ya en el siglo XIV "la obra del templo se comienza adosando la nueva construcción a la Ermita o Capilla de la Paz, que estaba unida a la Real de Santiago". Como el recinto del que hablamos es, por su morfología "gótico-mudéjar", incuestionablemente anterior al resto del templo, el cual se realiza ya dentro del tardogótico, y dado que dentro de este espacio se conservaba la imagen renacentista de la Virgen de la Paz, la historiografía ha perpetuado esta identificación; en algún caso se ha llegado incluso a datar la capilla actual en el siglo XIII, verdadero disparate habida cuenta de que la difusión del tercelete (para entendernos, trazado de los nervios con forma de Y) se produce en la Corona de Castilla en fechas muy avanzadas de la centuria siguiente, y su primera aparición documentada en Jerez tiene lugar a principios del XV en la Capilla de la Jura (en realidad, de los Tocino) en San Juan de los Caballeros.

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Sabemos por la Historia de Xerez de la Frontera del Padre Rallón (c. 1670) que Lorenzo Fernández de Villavicencio tenía una capilla en Santiago. De hecho, esta es la única capilla que el fraile jerónimo cita al hablar de esta parroquia (por aquel entonces sólo existía una más en el templo, la bautismal hoy desaparecida, que Rallón no necesitaba citar por no encontrarse acogida a patronazgo alguno). Ni una palabra sobre la Capilla de la Paz.

Pues bien, esta capilla de la que hablamos resultar ser idéntica, salvo en detalles menores, a la de Lorenzo Fernández de Villavicencio de la parroquia de San Lucas. Esta última se encuentra oculta a los ojos del visitante desde el siglo XVIII por una bóveda barroca de escayola, pero desde un desván podemos ver la primitiva bóveda y comprobar que, efectivamente, ambas son muy similares (tienen ustedes fotografías en mi blog). Las dos ofrecen planta rectangular cubierta con un par de tramos de crucería, unidas sus claves con un espinazo y rematando a oriente en una bóveda estrellada mediante la adición de terceletes, los cuales se articulan con el muro haciendo uso de trompas de arista viva –mudéjares, no góticas– en las esquinas. Dientes de sierra ornan todos los nervios, descansando estos últimos en columnillas suspendidas cuyos capiteles enlazan entre sí a través de puntas de diamante. Macollas y piñas de mocárabes, motivos ambos de estirpe islámica, dinamizan visualmente las claves.

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Alguien podría argüir que todos estos elementos en la presunta Capilla de la Paz podrían ser fruto de la restauración realizada entre 1879 y 1880 gracias a la munificencia del Duque de Almodóvar; a simple vista la restauración fue intensa, y a ella se deben seguramente tanto las veneras y cruces de Santiago como algunos detalles menores, pero parece muy dudoso que los restauradores decidieran imitar una capilla, la de San Lucas, que en la segunda mitad del XIX nadie conocía, sencillamente porque estaba oculta. Por muy rehecha que esté la obra que nos ocupa, todo apunta a que la estructura y buena parte de los motivos decorativos siguen el original medieval.

Su cronología ha de corresponder, como la capilla de San Lucas, al primer tercio del siglo XV, momento de despegue de ese "gótico-mudéjar" jerezano al que tan vinculado estuvo Don Lorenzo quien, además de ser patrono de estas dos capillas, pide en su testamento, fechado en 1422, ser enterrado –a la postre lo haría en San Lucas– en una de las grandes obras jerezanas de este estilo: es él quien aparece retratado junto a su esposa Juana Fernández Zacarías en una de las dos laudas sepulcrales –la otra pertenece al hijo de ambos– que se encuentran en la monumental cabecera pétrea de San Juan de los Caballeros.

 

PS. Mis mayores agradecimientos a D. José María Guerrero Vega por las fotografías facilitadas.

domingo, 19 de abril de 2015

Hipólito Sancho y Manuel Esteve: necesaria polémica

Han pasado ya casi diecinueve años desde que provoqué involuntariamente una pequeña polémica en torno a Manuel Esteve, Hipólito Sancho de Sopranis y la Introducción al estudio de la arquitectura en Xerez de este último, siempre en lo que se refiere a ese tema de la arquitectura gótico-mudéjar jerezana que, desde aquel entonces, ha ocupado el centro de mis propias investigaciones. Tiempo más que suficiente para volver a hablar públicamente del tema y dejar algunas cosas claras. Con respecto a mí y con respecto a los dos citados investigadores.

Cuando terminé la carrera emprendí unos estudios de doctorado en los que pensaba abordar, bajo la dirección del profesor Javier Martínez de Aguirre Aldaz, el tema de los espacios funerarios de la arquitectura medieval hispalense. Presenté así un trabajo de investigación (“tesina”) sobre la iglesia del Convento de Santiago de la Espada de Sevilla, edificio que presentaba no pocos puntos en común con las iglesias de Jerez que yo por entonces empezaba a conocer un poco más a fondo. De ahí a cambiar la orientación de la tesis doctoral –que nunca he llegado a terminar– para que esta se adentrase en el terreno del gótico-mudéjar de mi ciudad, solo había un paso que me apresuré a dar.

Cuando me puse a recopilar la bibliografía disponible descubrí que ésta era muy escasa en cantidad. Dejando a un lado los libros del pasado, en el siglo XX las aportaciones sobre el gótico–mudéjar se reducían a unos cuantos nombres. El primero en el tiempo fue el de Diego Angulo, quien en su Arquitectura mudéjar sevillana de los siglos XIII, XIV y XV dedicaba atención a algunos edificios jerezanos; sin mucha fortuna, todo hay que decirlo, porque la visita que el grandísimo historiador realizó a esta ciudad fue muy incompleta y superficial, hasta el punto de que cometió algún error de bulto impropio de un libro que rebosa acertadísimas consideraciones y sigue siendo a día de hoy un referente ineludible.

Hipolito Sancho de Sopranis

Un año más tarde salía a la venta la Guía Oficial de Arte de Manuel Esteve, trabajo meritorio para 1933 que recogía la historiografía local, las reflexiones de Angulo y algunas consideraciones de cosecha propia en torno a este singular conjunto de edificios. Pero sin duda quien más aportaciones realizó sobre este tema –y muchos otros– fue Hipólito Sancho de Sopranis, a lo largo de multitud de artículos escritos en diferentes revistas, a veces bajo pseudónimo, durante los años treinta, cuarenta y cincuenta; dispersos y a veces de difícil localización, redactados sin mucha destreza y con frecuencia llenos de inexactitudes no siempre involuntarias, de afirmaciones gratuitas e incluso de esas manipulaciones que a veces salpicaban la labor del historiador portuense, pero riquísimas en información proveniente tanto de su infatigable –con frecuencia tramposa– labor de archivo como de sus agudas observaciones a pie de fábrica.

La gran mayoría de estas aportaciones fueron ignoradas por Manuel Esteve en la segunda edición de su Guía, la muy exitosa de 1952 que desde su aparición se convirtiera en principal referencia de muchos investigadores que vendrían detrás de él. Desde entonces, solo tres personas realizan aportaciones relevantes sobre el gótico-mudéjar de Jerez: Rafael Cómez Ramos en Las empresas artísticas de Alfonso X el Sabio (1979), Basilio Pavón en su estudio sobre el arte islámico y mudéjar de Jerez (1981) y muy de pasada, pero con enorme acierto, Alfonso Jiménez Martín en su artículo “Arquitectura gaditana de época alfonsí” (1983). Los textos de Lorenzo Alonso de la Sierra (1984), Enrique Pareja López (1990) y José Fernández López (1992) no son en gran medida sino síntesis de los trabajos de Angulo y Esteve, sin apenas referencia a Hipólito Sancho. Lo mismo puede decirse de la tesis doctoral realizada a finales de los ochenta por Carlos García Peña, cuyas investigaciones en el Archivo Histórico Nacional apenas renovaron el estudio de estos edificios.

Parecía que con esa tesis doctoral estaba todo dicho. Que ya no podía avanzarse más. Cuál sería mi sorpresa cuando consulto en la Biblioteca Municipal de Jerez un trabajo que, por su título, no parecía sino una simple síntesis: la Introducción al estudio de la arquitectura en Xerez de Don Hipólito, publicada en 1934 a lo largo de varios números de la revista Guión, supongo que como coleccionable. Aquello no era un artículo, aunque la referencia bibliográfica tenga que realizarse como tal. Tampoco era la mera introducción que prometía su título. Era un libro de setenta y siete muy nutridas páginas –letra de cuerpo reducido, escaso espacio para imágenes– en las que no solo se exponía el devenir histórico de la arquitectura jerezana desde el presunto románico –hoy día esta etiqueta resulta inaceptable, claro– hasta el barroco, con capítulos monográficos sobre La Cartuja, Santo Domingo y San Miguel, sino que además incluían muchas novedades buena parte de las cuales no se encuentran en otros lugares de la bibliografía del investigador portuense.

Pues bien, ni una de esas aportaciones sobre el tema que a mí me interesaba, el gótico-mudéjar, había sido utilizada por los historiadores que vinieron después, incluida la tesis doctoral de García Peña. Ni una sola. Aquella publicación era un riquísimo filón que llevaba sesenta y dos años sin explotar. Y yo tenía la oportunidad de retomar la investigación en el sitio en el que Sancho la había dejado, que era en un lugar sin duda más avanzado que el que estaban difundiendo los últimos estados de la cuestión.

¿Cómo podía ser eso posible? En parte la culpa era de Esteve: desde el momento en el que éste incluyó en la bibliografía de la segunda edición de su Guía Oficial de Arte la Introducción al estudio de la arquitectura en Xerez de su colega, se daba por sentado que las aportaciones de Hipólito estaban allí recogidas, cuando en realidad nuestro erudito local, que tantas cosas positivas hizo por la Biblioteca Municipal o por los estudios de arqueología en la zona, o no se la había leído más que muy superficialmente, o había decido no incluir ninguno de sus hallazgos para que de esta manera los mismos se perdieran en el túnel de los tiempos. Fuera pasividad o mala fe, su actitud resultó muy escasa en profesionalidad. El prestigio local de Esteve y la escasa iniciativa de los historiadores venideros hizo el resto: al menos en lo que al gótico-mudéjar se refiere, nadie se había molestado en comprobar si en la Introducción había algo que aprovechar. Se suponía, ay, que Esteve ya lo había asimilado todo en su trabajo.


En aquel verano de 1996 se buscaba dinero para restaurar San Mateo. Al hilo de semejante circunstancia, el domingo 14 de julio Pedro Ingelmo publicaba en Diario de Jerez un artículo llamado “los secretos de San Mateo” en el que se incurría en algunas inexactitudes históricas sobre el edificio que no me sorprendían en absoluto, dadas las circunstancias historiográficas arriba referidas. Daba la casualidad de que por entonces yo acostumbraba a charlar con el citado periodista en la Alameda del Banco los sábados al mediodía, porque allí se congregaba una serie de amigos comunes. Refresco en la mano, le comenté en plan informal todo que les he expuesto a ustedes aquí arriba, centrándome sobre todo en cómo ya en 1934 Hipólito Sancho había señalado que las bóvedas “de arpón” de la mitad occidental de San Mateo eran muy tardías, pero todavía se estaba repitiendo que tenían pertenecían a un gótico jerezano más o menos arcaico por aquello de darle la mayor antigüedad posible al edificio. A Pedro el asunto le despertó la curiosidad y me pidió permiso para escribir sobre ello en el periódico. Obviamente se lo concedí, ilusionado por su manifiesto interés, e imaginando que se iba a limitar a una alguna nota corrigiendo los errores o, como mucho, a una columna de opinión sobre la manera en la que se pueden ir acumulando errores historiográficos.

No sabía lo que se me venía encima. Al día siguiente, domingo 25 de agosto, aparece como noticia en la primera página: “Un documento revela que la historia de Jerez está llena de errores”.
La recuperación de un documento conocido pero arrinconado del historiador portuense Hipólito Sancho de Sopranis ha dinamitado gran parte de la historia de monumentos de Jerez, que seguían teorías de otro historiador, éste jerezano, Manuel Esteve. San Mateo ha sido el hilo de donde tirar para poder afirmar que gran parte de verdades consideradas como inamovibles sobre este templo son absolutamente erróneas. El documento, datado en el año 1934, desbarata cualquier posibilidad de que el templo tenga construcción mudéjar o que sea la más antigua de la cuidad. Además, afina más en la datación del edificio.
Todo eso en portada. Luego le dedica la página 8 completa, en un artículo llamado “La historia con ocho cerrojos”, cuyos dos primeros párrafos creo oportuno transcribir:
Una historia de envidias y verdades a medias, de mentiras históricas y de flojera de investigadores ha levantado un edificio de falsedades sobre San Mateo y un gran número de monumentos de Jerez. Prácticamente nada de lo que se dice sobre la iglesia de San Mateo tiene una base histórica que se sustente ni se corresponda con la realidad científica. El error de un historiador, Manuel Esteve, ha convertido en paja para quemar gran parte de los tratados publicados desde entonces sobre el arte en Jerez.
Así lo afirma con documentos en la mano Fernando López Vargas-Machuca, un licenciado en arte de Jerez, que ha rescatado un libro clave para la historia de la ciudad que puede encontrarse en la Biblioteca Municipal. Es Introducción al estudio de la arquitectura en Xerez, considerado entre documentalistas como artículo y firmado por Hipólito Sancho de Sopranis en el año 1934, el que puede llegar a dinamitar todas las concepciones falsas que durante años se han perpetuado entre un grupo de cronistas locales que se han dedicado a reproducir teorías erróneas que tienen en San Mateo su principal equivocación.
Pedro escribió, lógicamente, en clave periodística y procurando llamar toda la atención posible sobre San Mateo. Entiendo que lo hizo con la mejor intención, pero lo cierto es que me metió en un buen lío, porque la impresión que daba es que un joven de veinticinco años que estaba iniciándose en la investigación y que aún no había publicado nada sobre Jerez –aunque por esas fechas presentaba en Valencia mi comunicación sobre la qubba almohade en Santo Domingo–, venía poco menos que a cantarles las cuarenta a todos los historiadores de las últimas décadas y a ponerse por encima de todos ellos presentándose como una especie de mesías redentor. Nada más lejos de mis intenciones, aunque fuera verdad todo lo que le explicase a Pedro Ingelmo y él luego magnificase por escrito con tono e intencionalidad propios del periodismo.

Las reacciones no se hicieron esperar a través de Diario de Jerez: el 28 de agosto Ramón Clavijo salía en defensa de Esteve, el 30 de agosto Manuel Fernández García-Figueras nos acusaba de crear discordia en la necesaria unidad de todos los jerezanos para promover la restauración de San Mateo, Pedro Ingelmo replicaba el 1 de septiembre, yo hacía lo propio tres días más tarde, al día siguiente la señora María Domínguez echaba de menos a Esteve y el  día 7 José López Romero reivindicaba el trabajo de los historiadores de Jerez de las últimas décadas. Algo más tarde –mi fotocopia no contiene la fecha, lo lamento– Esperanza de los Ríos utilizaba un tono escasamente cordial para acusarme de pretender autoadjudicarme la licenciatura de “historia del arte de Jerez” (así interpretaba ella lo de “historiador del arte de Jerez” que escribía Ingelmo en referencia a mi localidad de nacimiento); también me tachaba Esperanza de profundo ignorante de la historiografía local, señalando de paso que ella sí había utilizado la Introducción de Hipólito Sancho (en sus estudios de renacimiento y baroco, claro: yo me refería al gótico-mudéjar). Más adelante dejan también sus testimonios José Moreno Alonso, Manuel Antonio García Paz y Antonio Mariscal Trujillo, este último con un texto cuyo lúcido título he parafraseado aquí: “San Mateo, necesaria polémica” (27 de septiembre). Yo le contesté a la doctora De los Ríos brevemente y evitando cualquier agresividad.

A estas alturas era difícil deshacer el entuerto: se me debieron de cerrar unas cuantas puertas. Sobre ello tengo una anécdota reveladora. Cuando leí que el ayuntamiento iba a editar unos folletos sobre cada una de nuestras principales iglesias –el proyecto finalmente no se llevaría a cabo–, telefoneé venciendo mi timidez al Área de Patrimonio para ofrecerles una fotocopia de las actas del congreso del CEHA donde se incluía mi comunicación sobre Santo Domingo: en el lugar donde se abre hoy la portada que da a la Alameda Cristina había una qubba almohade, probablemente un morabito, que fue utilizada por los dominicos como cabecera de su templo primitivo, el cual no se alzaba –como suponía la tradición– en el lugar de la actual sino donde está hoy el convento, de tal modo que la Nave del Rosario no se creó para alojar a los fieles de la Virgen del Rosario sino para establecer una comunicación entre la sencillísima iglesia del siglo XIII y la gran iglesia gótico-mudéjar del XV. “No hace falta que nos envíe nada”, me replicó con sequedad un alto cargo que, por cierto, se acaba de jubilar; “ya nosotros hacemos nuestras propias investigaciones”. Y ahí dejó la conversación. 

En fin, a mí creo que me hizo más mal que bien la involuntaria polémica. En cuanto a Hipólito Sancho de Sopranis, la nueva generación de historiadores e historiadores del arte que hay en Jerez por fin le está haciendo justicia, entendiendo por ello algo tan básico como utilizar sus textos, valorarlos de manera crítica, recoger las muchas aportaciones válidas que realizó y rechazar con argumentos científicos –y a ser posible sin recurrir a insultos que solo descalifican a quienes hacen uso de ellos– las que no se sostienen. Lo que no se puede hacer, porque no es ni científico ni ético, es dejar la labor investigadora de una persona completamente al margen de la historiografía, sea por pereza, por envidia o por una triste mezcla de ambas cosas. Bienvenida fuera la polémica, pues, si sirvió finalmente para algo.