jueves, 25 de junio de 2020

Notas sobre las "notas": volviendo a un artículo veintidós años después

Voy a hacer un ejercicio que no resulta muy frecuente entre historiadores: la autocrítica  de un trabajo propio muy anterior. Se me dirá que cómo voy a ser lo suficientemente justo con lo que yo mismo he elaborado. Pues quizá tengan razón, pero no por ello este ejercicio de autorreflexión tiene que dejar de resultar valioso.


El artículo en cuestión se llamaba “Notas en torno a los espacios funerarios de la aristocracia en la arquitectura medieval jerezana”. Lo escribí en 1997, justo después de mi trabajo de investigación (“tesina”) sobre el Convento de Santiago de la Espada de Sevilla, y en el marco de una tesis doctoral sobre la arquitectura funeraria en la arquitectura gótico y mudéjar de la zona bajo la dirección del riguroso, muy exigente y admirable profesor D. Javier Martínez de Aguirre Aldaz, a quien debo toda mi gratitud. Por diversas razones, la tesis nunca pudo ser terminada.

El texto lo presenté en el encuentro de historiadores en homenaje al profesor Antonio Cabral Chamorro que tuvo lugar en enero de 1998, pero esta y la mayoría de las comunicaciones quedaron fuera de la publicación. A la postre, fue editada por la Revista de Historia de Jerez, nº 5, 1999. El texto lo encontrarán en PDF en este enlace. Asimismo, tienen una versión web en este mismo blog, en cuya introducción ya planteaba lo siguiente:

“Además de responder al título del enunciado, en este trabajo realicé mi primer intento de organizar y sistematizar mis ideas en torno el “gótico-mudéjar” jerezano. Desde entonces hasta ahora creo haber avanzado bastante en mi conocimiento sobre algunos de los edificios aquí tratados, pero el contenido del texto sigue en su mayor parte vigente.”

Para realizar este examen, he copiado el texto tal cual, eliminando las visualmente incómodas notas (las encontrarán en la referida versión web de este blog) y añadiendo comentarios en otra fuente y color, porque me parece la mejor manera de distinguir con rapidez qué corresponde al texto original redactado en 1997 y qué es comentario realizado el 25 de junio de 2020.
______________________________________________________________________

Este trabajo fue presentado en el encuentro de historiadores en homenaje al profesor Antonio Cabral Chamorro que tuvo lugar en enero de 1998 en Jerez de la Frontera. Por desgracia, a la hora de la publicación problemas de espacio dejaron fuera a la mayoría de las comunicaciones, la presente entre ellas. Aquí el texto primitivo ha sido conservado casi en su integridad, si bien he actualizado algunos aspectos y añadido las novedades bibliográficas. 

El objetivo es el mismo que el de entonces: ofrecer una pequeña aportación al estudio de la arquitectura medieval jerezana, el cual se halla actualmente un tanto anquilosado, toda vez que la mayor parte de la bibliografía generada sobre el tema a lo largo de los últimos sesenta años ha tomado como base dos publicaciones insuficientes a la hora de su análisis: Arquitectura mudéjar sevillana de los siglos XIII, XIV y XV, del por otra parte grandísimo historiador Diego Angulo Íñiguez, y la Guía Oficial de Arte elaborada por el incansable Manuel Esteve Guerrero.

Mientras tanto, la interesantísima Introducción al estudio de la arquitectura en Xerez (1934) del historiador portuense Hipólito Sancho de Sopranis, que ofrece abundantes y sustanciosas aportaciones, ha venido siendo ignorada por la mayoría de los investigadores. Ni siquiera se utiliza en una tesis doctoral realizada no hace mucho sobre el gótico jerezano, cuya metodología y resultados no comparto. Un reciente trabajo de conjunto sobre el tema se limita a repasar las diferentes opiniones vertidas por la historiografía. 

Por todo lo expuesto he adoptado un punto de vista eminentemente crítico, poniendo en tela de juicio parte de las cronologías y de las identificaciones aceptadas hasta ahora por la bibliografía y, al mismo tiempo, trabajando directamente sobre los propios monumentos, que ofrecen un buen número de detalles morfológicos de los que en su momento se podrá sacar buen provecho. El resultado ha generado muchas más preguntas que respuestas; esto, antes que desanimar, debe resultar un incentivo para futuras investigaciones mías y, espero, de otros historiadores. 

Esta introducción puede parecer desdeñosa hacia otros investigadores, pero no lo es. La única persona que había realizado aportaciones de manera sistemática sobre la arquitectura medieval jerezana había sido Hipólito Sancho de Sopranis, sobre todo en los años treinta y cuarenta. Su última publicación salió a la imprenta en 1964. Desde entonces, casi nada. Las aportaciones de Rafael Cómez en su importante texto Las empresas artísticas de Alfonso X El Sabio resultaron ser incorrectas (la mezquita del alcázar, el San Dionisio mudéjar y San Lucas como obras del siglo XIII), permaneciendo como válido el referente de Santa Ana en Triana para el ábside del lado del Evangelio de San Dionisio y, por supuesto, la deuda con el gótico cordobés. Luego vino Alfonso Jiménez demostrando que la bóveda de Santa María del Alcázar era islámica, no alfonsí, y apuntando que la arquitectura jerezana del XIII debió de ser muy pobre: su texto fue muy breve en lo que a Jerez se refiere, pero importantísimo.

Y ya está. Nada más sobre el gótico-mudéjar hasta que el firmante de estas líneas empezó a publicar sobre él. ¿Y la tesis de Carlos García Peña? Lamento mucho decir que sus dos extensísimos volúmenes no aportan absolutamente nada nuevo sobre el gótico-mudéjar, algo que bien sabemos cuantos los hemos leído en su integridad: el autor se limita a describir y a sacar documentación de la edad moderna que nada dice sobre la época medieval. Bueno, sí que aportaba un documento importantísimo, el que demuestra que San Dionisio se estaba construyendo en la primera mitad del XV. Yo no me di cuenta, ni quienes luego han usado a García Peña como fuente. ¡Pero él mismo tampoco! No fue capaz de reparar en lo que tenía delante de sus narices y dató la obra mudéjar en la centuria anterior.

En cuanto a los trabajos de José Fernández López, Esperanza de los Ríos y Ricarda López, posterior este último a mi artículo, son divulgación y no investigación. No decían nada nuevo, ni tenían por qué decirlo. El objetivo de la divulgación es sintetizar y hacer accesible el estado de la cuestión. Pero tampoco fueron capaces de reciclar bien las aportaciones de Sancho: excepto De los Ríos, ni siquiera conocían Introducción al estudio de la arquitectura en Xerez, que aun con sus desigualdades y errores era la fuente más importante para acercarse el tema. 

A mí me sigue pareciendo que intentar por mi parte sistematizar una serie de ideas, recoger todas las aportaciones de la bibliografía -sobre todo las de Sancho- y darle forma a todo ello era ya un paso adelante en un estado la cuestión que seguía estando como en los años sesenta, por no decir en los treinta (lo de José Fernández y Ricarda López es prácticamente un remix de la Guía de Esteve de 1933).


I - ARQUITECTURA RELIGIOSA JEREZANA EN EL CUATROCIENTOS
 
Fue Jerez de la Frontera uno de los más activos centros de arquitectura religiosa durante el último siglo del medievo andaluz. Justamente famosa es la serie de templos que siguen las pautas marcadas por la nueva y flamante catedral de Sevilla, iniciados durante el último cuarto del XV y completados a lo largo del XVI: San Mateo, San Marcos, Santiago, San Miguel, La Merced y La Cartuja de la Defensión. Pero nos vamos a centrar en aquellas construcciones habitualmente calificadas como "gótico-mudéjares", que fueron realizadas probablemente a lo largo de los dos primeros tercios del cuatrocientos por un taller de canteros de fuerte personalidad estilística que llega a trabajar en puntos relativamente alejados como Sevilla o Vejer de la Frontera. 

A pesar de la pobreza del material utilizado, la inevitable piedra de la Sierra de San Cristóbal, la originalidad creativa de este taller resulta de un especial interés por la peculiar mixtura de formas cristianas e islámicas, logrando en ocasiones efectos de gran vistosidad. 

Ahora viene una sistematización de elementos cristianos y elementos de tradición islámica que hasta entonces no se había realizado y que me parecía muy necesaria, pues era muy frecuente que se dijera -aún se sigue diciendo- que dientes de sierra y puntas de diamante son elementos propios del mudéjar, cuando corresponden plenamente a la tradición de la arquitectura cristiana medieval. Si quieres analizar las formas, lo primero es ordenarlas. 

a) Elementos cristianos. 

Son fundamentalmente aquellos propios del primer gótico castellano, el que nos encontramos en el monasterio de las Huelgas de Burgos, la catedral de Cuenca o el refectorio de Santa María de Huerta: bóvedas de crucería simple con las claves unidas por un nervio de espinazo, columnillas "colgantes" funcionando como ménsulas en las que reposan los nervios, dientes de sierra y puntas de diamante.

Muy acertada parece la teoría del profesor Cómez según la cual estos templos jerezanos fueron levantados por un taller que había trabajado previamente en Córdoba Sin embargo, la cronología que establece para su llegada resulta excesivamente temprana: poco después de 1264, fecha de la reconquista. Si aceptamos la cronología que Mª Ángeles Jordano propone para los templos de la ciudad califal, llegamos a la conclusión de que la sintaxis de las formas no se corresponde a la de las primeras parroquias cordobesas, sino a un lenguaje algo más evolucionado que se utilizaba a lo largo de la segunda mitad del trescientos: cabecera de la colegiata de San Hipólito, abovedamiento del ábside de San Miguel y capilla de los Vargas en la misma parroquia.

El profesor Cómez fue muy duro valorando la tesis de Jordano, que a mí me parece en líneas generales acertada a la hora de establecer una secuenciación de las iglesias cordobesas a lo largo de un par de siglos que Don Rafael reducía a tan solo unas décadas y a la labor de tres maestros consecutivos. Un acercamiento renovado a lo que se hizo en Jerez exigía valorar críticamente las aportaciones de los dos referidos especialistas y apostar por las hipótesis más convincentes.

Por otra parte, resulta difícil aceptar que en la sumamente problemática y peligrosa Jerez de la segunda mitad del XIII y primera del XIV -en 1340 la batalla del Salado alejó definitivamente la amenaza meriní- se levantaran edificaciones de tal magnitud. Sólo el desarrollo demográfico, económico y social del cuatrocientos pudo hacerlas realidad. Todo ello induce a pensar que el taller cordobés no se desplazó a Jerez hasta, como muy pronto, el último cuarto del siglo XIV, si bien las formas que trae son, como se ha explicado, muy anteriores. 

En este párrafo estaba la semilla de toda mi aportación posterior sobre el taller cordobés que se desplaza a Jerez a finales del Trescientos, desarrollada extensamente en este texto de la Revista de Historia de Jerez publicado en 2015, aunque en realidad muy anterior (el núcleo lo escribí para el libro que me encargó Manuel Romero Bejarano y que este se negó a editarme una vez terminado). Hasta ahora, nadie ha rebatido este planteamiento del taller cordobés.

b) Elementos islámicos. 

Además de una tipología edilicia concreta, la qubba (planta cuadrada cubierta por cúpula, generalmente sobre trompas de arista viva), se asimilan diversos de elementos de ascendencia almohade a partir de la reutilización de edificaciones previas a la conquista castellana: arcos polilobulados ciegos, lacerías, angrelados, racimos de mocárabes, etc. Alicatados y yeserías han desaparecido casi por completo, aunque se han conservado algunos testimonios significativos que nos permiten imaginar unos interiores muy distintos a los que hoy contemplamos. 

En el párrafo siguiente viene la que sigue siendo una de mis aportaciones favoritas, por presentar un rasgo morfológico hasta ahora desatendido que permitirá establecer o confirmar una serie de vínculos.

Un rasgo interesante a destacar es que los angrelados (cintas polilobuladas entrecruzadas) del foco jerezano, a diferencia de los del sevillano, presentan un pequeño nudo que enlaza la clave del lóbulo interno con la del externo. Ello permite identificar la participación del taller de Jerez en otras localidades. 

Y en este otro párrafo, haciendo uso de un punto de vista “filológico”, defendía una idea que en aquel momento era necesario defender: ojo con la “herencia andalusí”, porque aquí hay mucho de gótico.

Dejando a un lado las qubbas, plenamente mudéjares, comprobamos que las formas almohades se utilizan dentro de una estética cristiana, a la manera de claves, ménsulas, impostas o arcos formaletes. Dicho de otra manera: el léxico contiene algunos elementos islámicos, pero la sintaxis de los mismos es gótica. De ahí que de momento parezca oportuno mantener la discutida y discutible expresión "gótico-mudéjar" que se ha venido aplicando a estos edificios. 

Actualmente he modificado un poco mi opinión. No cambio una coma de lo escrito, pero añado: la importancia de los restos pictóricos mudéjares que han aparecido desde entonces, o lo que conocemos sobre el uso de alicatados en recintos funerarios a través de alguna manda testamentaria, indican que las formas de ascendencia andalusí tuvieron mucha más presencia de lo que parecía. Y que aun siendo la sintaxis de la arquitectura mucho antes gótica que mudéjar, este último componente no se puede considerar como algo secundario en estas realizaciones.

II - ESPACIOS FUNERARIOS
 
Esta segunda parte, la de los espacios funerarios propiamente dichos, es la que considero débil del artículo. Intentaré señalar sus flaquezas, aunque también alguna aportación interesante, como la alusión a la información de los protocolos de 1414 y 1448 que tuve la oportunidad de manejar.

El patronazgo de los linajes más destacados de la sociedad en busca de un lugar apropiado para el descanso eterno va a ser uno de los motores decisivos a la hora de construir. Como demuestra el profesor Isidro Bango, a partir del siglo XII es práctica habitual en Castilla el enterramiento en el interior de los templos, primero de unas pocas personalidades de excepción, más tarde de la mayoría de los ciudadanos. Esta aseveración nos la confirman para el caso jerezano los testamentos asentados en los protocolos de 1414 y 1448 que pueden consultarse en el Archivo Municipal: aunque el cementerio al exterior de las parroquias sigue siendo ampliamente utilizado, son mayoría los que logran enterrarse en su interior. 

Lógicamente, los grandes señores van a señalar su preeminencia desde un punto de vista espacial estableciendo una jerarquización social del interior del templo. Primero se conforman con un arcosolio abierto en el muro o con ocupar un lugar destacado como el presbiterio. Pero con el tiempo no será suficiente. Como afirma Bango, "una vez conseguido un lugar en el interior de los templos, el deseo de prestigio lleva a los hombres a buscarse un espacio propio, que pueda dotar con su munificencia para que quede como exponente de la importancia de su linaje y valía personal".

No encontramos en Jerez las fastuosas construcciones funerarias que los grandes del reino construyen para su ostentación en las más importantes catedrales castellanas. Pero sí una serie de capillas que permanecen como testimonio del deseo de preeminencia y prestigio de ciertos sectores de la sociedad en busca de su ennoblecimiento. Como ha señalado el profesor Sánchez Saus, la aristocracia jerezana "es el resultado del reconocimiento social logrado por realidades tales como la riqueza agropecuaria, el eficaz servicio a la corona y a la alta nobleza, la participación en las guerras de frontera y la ocupación de cargos concejiles. La plena integración en ella se expresaba a través de la dotación de capellanías y entierros familiares, la fundación de vínculos y mayorazgos y la cotidiana ostentación de la opulencia".

Hasta aquí, me parece una introducción correcta, aunque debería haber adelantado algunas ideas generales sobre los espacios funerarios de Córdoba y Sevilla, al margen de las referencias directas que realizaré más abajo.

Dejando totalmente a un lado las construcciones en la órbita del gótico tardío derivado de la Catedral de Sevilla, así como las noticias sobre aquellas hoy desaparecidas, voy a presentar una relación de las capillas "gótico-mudéjares" de los templos jerezanos, distribuyéndolas en cuatro grupos diferentes en función de su morfología. No se va a realizar ningún análisis formal exhaustivo, pero se señalarán algunos aspectos aislados interesantes de cara a futuras investigaciones. Su finalidad esencialmente -aunque no exclusivamente- funeraria obliga a citar las circunstancias de los diversos linajes que ejercían su patronazgo. No obstante, hay que tener muy en cuenta que el que en determinada fecha tal personaje fundara tal capilla no significa necesariamente que ésta fuera levantada justo entonces: puede ser tanto anterior (es habitual el reaprovechamiento de espacios preexistentes) como posterior (un descendiente puede reconstruir la capilla familiar para gloria personal y de su linaje). 

En el párrafo anterior se advierte perfectamente que “No se va a realizar ningún análisis formal exhaustivo”. ¿Lo podía haber hecho? Pues sí. Pero ello hubiera excedido, con mucho, los límites de una comunicación a un encuentro de historiadores, y además quedaba reservado para la tesis que entonces me ilusionaba. Lo digo porque algunos echarán en falta observaciones morfológicas más detenidas sobre cada una de las capillas. Mi objetivo, en ese momento, era sistematizarlas.

Por ello, la cronología precisa de las capillas sólo podrán establecerla con la suficiente fiabilidad futuros análisis más minuciosos. Entonces tendremos una base para, a través de un estudio multidisciplinar, definir el comportamiento de la aristocracia jerezana a la hora de elegir enterramiento y sus consecuencias en el ámbito artístico. 

Aquí hay una insuficiencia: algo debería haber dicho. Insinuarlo al menos. Por qué unas formas arquitectónicas y no otras.

Para evitar una innecesaria acumulación de notas repetitivas, indico desde el principio que la mayor parte de los datos históricos presentados, salvo que se indique lo contrario, están tomados de dos obras cuya consulta resulta indispensable. La primera, la ya referida Introducción al estudio de la arquitectura en Jerez de Hipólito Sancho de Sopranis, concretamente los capítulos I, II, III y VII. La segunda, los dos monumentales tomos de Linajes medievales de Jerez de la Frontera, del profesor Rafael Sánchez Saus. 

 
III - CATÁLOGO DE CAPILLAS "GÓTICO-MUDÉJARES"
 
1. CAPILLAS "ARCAICAS"
 
Aunque no parecen ser obra del mismo taller, he agrupado a estas dos capillas por su simplicidad en cierto modo arcaizante y por ciertas semejanzas formales. Ambas se hallan cubiertas por una bóveda de crucería simple -cuatripartita- cuyos nervios descansan en toscas ménsulas figuradas, presentando la punta de aquellos un ligero rehundimiento que no se halla presente en otros edificios jerezanos ni sevillanos. 

1.1. Capilla de la Astera en San Dionisio.
 
Situada a los pies de la nave de la Epístola, posee plementería de ladrillo, al igual que otras bóvedas del templo. Es la única capilla jerezana a la que se adosa a Oriente un espacio de planta rectangular a modo de “presbiterio”; en Sevilla nos encontramos con algunos casos (qubbas en Santa Marina y San Andrés), aunque allí éste se cubre con bóvedas de espejo, y aquí con crucería. De todas formas hay que tener cuidado a la hora de su análisis morfológico, ya que fue intensamente restaurada en los años sesenta. 

Consta por el testamento de Elvira Martínez, viuda de Diego Sánchez Astero, tener fundada su capilla en la fecha del mismo, 1430. De momento no podemos concretar más. 

La comparación con los espacios “presbiteriales” a oriente de las capillas sevillanas me parece interesante, pero tenía que haber dicho algo sobre el particular perfil de los nervios de la capilla, así como sobre los elementos de ella que no son originales. Luego tanto José María Guerrero Vega como yo hemos podido decir más cosas de este recinto.

1.2. Capilla de los Pesaños en San Marcos. 

Se encuentra cerca de la cabecera, en el lado de la Epístola. Los dientes de sierra que flanquean los nervios la ponen en relación con el grupo que veremos a continuación. 

Su identificación la realizó Sancho de Sopranis. Consta que ya en 1366 esta familia de origen genovés tenía capilla en esta parroquia, fecha bastante temprana en relación con las otras noticias que tenemos sobre enterramientos de linajes jerezanos. 

Su catalogación me parece válida, y de hecho José María Guerrero Vega apuesta en su tesis doctoral por una cronología bastante temprana para la misma.

2. CAPILLAS DEL TALLER DE SANTO DOMINGO
 
También cubiertas mediante crucería, forman un grupo uniforme directamente relacionado con el abovedamiento de la impresionante nave principal (la que conforma el brazo horizontal de la "T" que dibuja la planta) del convento de Santo Domingo, obra "gótico-mudéjar" al parecer iniciada en 1430.

Creo que no está mal por mi parte haber apostado por 1430, siguiendo a Sancho, para una nave sobre la cual todos salvo el historiador escribían en era del siglo XIV. Luego Javier Jiménez y Manuel Romero en su libro sobre Los Claustros confirmaron plenamente la datación.

Así, como en el convento de predicadores, los nervios se hallan flanqueados por dientes de sierra -creando un efecto muy vistoso- y descansan en columnillas "suspendidas" unidas entre sí por una imposta de puntas de diamante. Se despliegan racimos de mocárabes en los capiteles de dichas columnillas y en las claves de las bóvedas, aunque las restauraciones han alterado algunos elementos. Que las trompas de las esquinas no sean nervadas, sino de arista viva, ha sido interpretado como otra influencia del arte islámico local. 

A continuación viene una serie de capillas vinculadas directamente a la capilla mayor de los Predicadores. Mi acierto, haberlas agrupado todas y adscribirlas a un solo taller. Mi grave insuficiencia, no haber visto el rol importantísimo que desempeñan los terceletes en sus bóvedas de crucería, generando formas estrelladas. Y no haber reparado en que se trata de una mezcla de dos tipologías, la qubba islámica y la bóveda estrellada gótica. Eso lo desarrollaré años más tarde.

2.1. Capillas de los Suárez de Toledo y Capilla bautismal en San Mateo.
 
Se hallan juntas en el lado de la Epístola, en el sector occidental de la gran nave, y presentan la misma estructura: planta cuadrada cubierta con una bóveda estrellada. La de los Suárez de Toledo, linaje que destacó en el XV, ha perdido buena parte de sus elementos originales.

El arco de acceso a la bautismal parece haber tenido forma de herradura, si bien al exterior no presenta lacerías almohades, como despistadamente afirmó Sancho, sino muy góticos trilóbulos. No consta que ésta tuviera finalidad funeraria -aunque posiblemente la tuvo-, pero por su similitud morfológica a la anterior ha de ser mencionada. 

Creo que me equivoqué a la hora de hablar de arco de herradura. El resto me parece válido, aunque insuficiente: como dije antes, tenía que haber hablado de la mezcla de qubba con formas estrelladas. La relativa relación con las formas mudéjares de la portada meridional del templo no podía realizarla, por la sencilla razón de que esta aún no había sido restaurada y las lacerías no se habían descubierto. Hoy hemos avanzado sobre el asunto (ver aquí).

2.2. Capilla de los Zarzana en San Juan.
 
Situada en el lado de la Epístola, fue en tiempos capilla de San José, mas hoy alberga la imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas, de la Hermandad de la Vera-Cruz. Posee planta ligeramente rectangular cubierta mediante una bóveda de terceletes. Las puntas de diamante, además de formando una línea de imposta, aparecen aquí también en los arcos formaletes, al igual que en el ábside del templo, un detalle muy a tener en cuenta, pues no se repite en ningún otro edificio jerezano. 

Conviene recordar que el frontal mudéjar es en realidad, como advirtió Sancho, decimonónico.

En realidad, toda la bóveda es decimonónica, algo que solo he podido demostrar muy recientemente en este texto. 

2.3. Capilla de Lorenzo Fernández de Villavicencio en San Lucas y Capilla de la Paz en Santiago.
Son unas "mini-naves" de dos tramos de crucería simple con espinazo rematados por una cabecera plana de bóveda estrellada. La primera, escasamente conocida y en muy mal estado, formaba la cabecera de la Epístola, pero hoy se halla oculta por una cúpula que algunos creyeron medieval, siendo sólo visible y fotografiable desde un cuarto trastero. En ella resultan sorprendentes los rostros humanoides barbados bajo las ménsulas, que habrán de ser analizados con detenimiento. Parece que ya se hallaba fundada en 1433, fecha del testamento de su patrono, quien, según nos cuenta Hipólito Sancho en su Introducción..., aparecía pintado en ella. 

La expresión “mini-nave” me parece ridícula por mi parte. Además, creo que tenía que haber profundizado en este aspecto.

De los rostros humanoides casi nadie había hablado. El error, confundir a Lorenzo Fernández de Villavicencio padre con el hijo. Todos los hemos hecho, hasta que gracias a los hermanos Moreno Arana hemos logrado distinguir y establecer una nueva y más tardía cronología, que a su vez nos permite apuntar las de las dos capillas antes analizadas de San Mateo (aquí).

La segunda, intensamente restaurada, viene siendo tradicional e injustificadamente identificada con la ermita de la Paz, ya existente hacia 1430. Pero hasta ahora ha pasado inadvertido un hecho a retener: la única capilla que fray Esteban Rallón (1666) menciona al describir la iglesia es la de "Lorenzo Fernández de Villavicencio, Alcaide perpetuo de los Alcázares Reales" Probablemente se trata del mismo personaje que fundó la capilla en San Lucas, tan similar a ésta, lo que nos da una pista importante sobre su cronología relativa. 

Como gentilmente me ha hecho ver Pablo Pomar, este último Lorenzo Fernández de Villavicencio es un personaje muy posterior. Pero no estuvo mal negar de una vez por todas que esa fuera la antigua ermita de la Paz y afirmar su relación con la capilla de San Lucas, algo que mantengo plenamente: tras un análisis de las formas -muy intervenidas, eso sí-, no albergo la menor duda de que son obra del mismo autor, y que su cronología corresponde a mediados del XV.


3. CAPILLAS-QUBBA
 
Se trata de edificaciones netamente mudéjares, de planta cuadrada cubierta por cúpula sobre trompas de arista viva. Frecuentísimas en Sevilla (prácticamente es la única tipología de capilla hasta la construcción de la catedral), en Jerez comparten protagonismo con las del grupo que acabamos de señalar. Aunque no podemos descartar alguna influencia directa del círculo hispalense, en los casos jerezanos puede que el modelo se encontrara en la arquitectura almohade reutilizada. La mezquita mayor transformada en Colegiata, cuyas naves laterales se convierten en capillas funerarias, o la famosa mezquita del alcázar, son ejemplos significativos. Más abajo veremos otro. 

La idea sigue vigente, con algunas dudas. En Córdoba hubo capillas-qubba. Pocas, pero las hubo. ¿Vinieron de allí o ya estaban aquí? José María Guerrero Vega apuesta por una cronología muy temprana para la que se aborda a continuación. Eso en principio refrenda nuestra afirmación, lo que no impide que hubiera una confluencia artística entre dos evoluciones paralelas, la cordobesa y la jerezana.

3.1. Capilla de los Villacreces en San Mateo.
 
Ubicada en el lado de la Epístola del sector central de la nave, es una obra de mampostería rematada por una cornisa pétrea con trilóbulos tardogóticos. Es inusual que los paños sean doce en lugar de los ocho correspondientes a las cuatro trompas. Por otra parte, el que éstas no encajen correctamente en el muro es para Sancho indicio de que la capilla es posterior a la obra de la iglesia, comenzada a finales del XV. 

Sin embargo, sospecho que el muro en el que se apoya se ha reaprovechado de una construcción anterior, de la que aún se conservan restos de algunos soportes. Los escudos de la portada con la heráldica de los Villacreces y los de la Cueva pudieron ser, al igual que la cornisa, añadidos tras el matrimonio de Esteban de Villacreces con Leonor de la Cueva (hacia mediados de siglo) y antes del fallecimiento de éste (1502). 

No, el muro no fue reaprovechado de una construcción anterior. Esa fue mi errónea solución para negar la cronología tardía aportada por Sancho. José María Guerrero Vega lo ha interpretado con mucho mayor acierto, si bien rechazando igualmente aquella datación y apostando por una fecha temprana (más incluso que aquella en la que yo pensaba).

3.2. Capilla bautismal de San Marcos.
 
Se encontraba a los pies del lado del Evangelio de la fábrica primitiva, aunque la actual, que amplía el perímetro del templo hacia poniente (lo que se manifiesta al observar el exterior del mismo desde el sur), la deja más centrada. Es sin duda la de mayor originalidad, por su planta poligonal cubierta por una bóveda dividida en gallones que albergan merlones escalonados. Se accede a ella a través de un arco que fue de herradura, enmarcado por alfiz, en cuyas impostas aparecen mocárabes de tratamiento similar a los de San Dionisio y Santo Domingo. 

En las primeras líneas nada nuevo digo, pero la semejanza de los mocárabes con los de San Dionisio y Santo Domingo, que nadie había advertido, no solo resulta evidente sino que hoy nos permite adscribir la capilla a nuestros queridos maestros gótico-mudéjares de la primera mitad del Cuatrocientos.

Una lectura atenta de Rallón permite ahora afirmar que nos encontramos ante la capilla de Pedro Ignacio de Villavicencio. De momento no puedo establecer si se trata de un contemporáneo del historiador o del originario fundador de la capilla, ya que no he encontrado a ningún Pedro Ignacio en el árbol medieval de este linaje.
 
Esto último no lo tengo nada claro. Rallón es muy confuso en el lado del Evangelio de San Marcos. Hay que volver sobre el asunto.

3.3. Capilla de los Cuéllares en San Marcos.
 
Es identificable gracias a Rallón con la actual antesacristía, a oriente de la capilla de los Pesaños, abierta a la cabecera. Se trata de una qubba inusual por su planta rectangular.

No digo gran cosa, pero sí dos que nadie había dicho: que es una qubba y que pertenece a los Cuéllares. Algún colega ha negado esto último, pero yo he revisado los textos y lo sigo afirmando. Me puedo equivocar. (PS: José Manuel Moreno Arana me confirma la vinculación de esta capilla con los Cuéllares a través de sus investigaciones sobre el retablo barroco en Jerez).

3.4. Capilla de Santa Ana en San Lucas.
 
No es un espacio independiente, sino la cabecera del lado del Evangelio. Se trata de la única qubba jerezana con doble sistema de trompas (cuatro grandes y cuatro pequeñas), aunque alterada por la reforma dieciochesca del templo: dientes de sierra y puntas de diamante despiertan sospechas.
No sabemos a qué linaje perteneció, aunque la obra del profesor Sánchez Saus arroja alguna pista: pudo ser la de los Cuenca, o quizás la de los Dávila, que funcionó como sagrario. Pero de momento esto es mera conjetura. 

Nada ha avanzado la investigación sobre este espacio. Una pena.

3.5. Capillas de San Martín de Porres, Santa Catalina de Siena, San Juan Macías y Santo Tomás de Aquino, en el Convento de Santo Domingo.
 
No es nada inhabitual a lo largo de la Baja Edad Media la proliferación de sepulcros y capillas funerarias en los templos de franciscanos y dominicos. Antes al contrario, se trata de un fenómeno ampliamente contrastado a partir del siglo XIII. Lo que resulta extraño es que precisamente en el templo cuyo impresionante abovedamiento es obra del taller "gótico-mudéjar" que tantas capillas realizó en Jerez, no encontremos ni una sola de esta tipología, y sí tres pequeñas qubbas a un lado y otro de la parte de los pies de la gran nave principal, a las que hay que añadir la de San Martín de Porres, hoy cubierta por media naranja, pero muy posiblemente en origen similar a las otras, como parece indicar la herradura que dibuja el arco de ingreso. La explicación reside en la peculiar disposición medieval del edificio y el uso funerario de determinados espacios, que podemos conocer gracias a unas vistas de Jerez dibujadas por Anton Van den Wyngaerde en 1567 y a un texto malinterpretado de Rallón.

Toda esta interpretación corresponda a una comunicación presentada en el congreso del CEHA de 1996, cuyas actas fueron editadas dos años más tarde (texto original aquí). No tuve ningún éxito al principio entre ciertos investigadores jerezanos, pero hoy día la hipótesis ha sido plenamente aceptada. 

En el lugar hoy ocupado por el extremo occidental de la nave del Rosario (el brazo vertical de la "T" que dibuja la planta) se levantaba, según Rallón, una mesquitilla (sic) de planta cuadrada, cúpula trasdosada y merlones. O sea, se trataba de una de las rábitas -especie de capilla y eremitorio- en forma de qubba que durante el periodo almohade proliferaron en las cercanías de las principales ciudades hispano-musulmanas, frecuentemente reutilizadas por los cristianos. Esto fue lo que ocurrió en Jerez: los dominicos aprovecharon una obra almohade como cabecera de su templo, añadiendo la modesta nave cubierta a dos aguas que se representa en los dibujos citados, que se encontraba justo donde se halla el actual convento, a un lado de la alameda Cristina. Cuando en 1430 se comienza la nueva e impresionante nave que hoy contemplamos, se levanta también la nave del Rosario para enlazarla con la primitiva capilla mayor, conocida a partir de ahora exclusivamente como capilla de San Pedro Mártir. 

Estos aspectos fueron apuntados en la comunicación referida y desarrollado a en este artículo sobre espacios funerarios. Creo que lo que se dice sigue siendo válido.

Sabemos que ya en 1407 tal capilla es propiedad de Pedro Vázquez de Meira, una de las cabezas de la primera facción antipetrista en Jerez y alcaide del alcázar. También que su hija Teresa Vázquez de Meira, revocando lo que había establecido en su testamento (1422), se mandó enterrar aquí. Si tenemos en cuenta que, en palabras del profesor Sánchez Saus, los Meiras conformaron "uno de los linajes de mayor representación del oscuro siglo XIV jerezano", podemos tomar este caso como un ejemplo -temprano para Jerez- de ocupación de un espacio preferente para convertirlo en panteón familiar. 

Fallecida Teresa Vázquez de Meira, la capilla pasa a los Cabeza de Vaca, ya que esta señora se había casado con el que está considerado como el progenitor de este linaje en Jerez, Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Su hijo Pedro Fernández Cabeza de Vaca no se enterró allí, sino en la catedral de León, pero sí lo hizo su nieto homónimo, veinticuatro de Jerez (1469). Su bisnieto, Fernán Ruiz, fundará el entierro de su linaje en la capilla mayor de la colegiata de San Salvador (1509). Por lo tanto, esta capilla de San Pedro Mártir, ya sin funcionar como cabecera debido a la erección de un nuevo templo, va a ser a lo largo de todo el siglo XV panteón de la rama más prestigiosa del que era uno de los más importantes linajes del Jerez medieval. 

Podemos concluir que fue precisamente la imitación de un modelo tan prestigioso (primero enterramiento de los Meiras y después de los Cabeza de Vaca) lo que llevó a adoptar la tipología qubba a la hora de realizar las pequeñas capillas construidas entre los contrafuertes. 

 
4. CAPILLAS MAYORES
 
Señala el profesor Bango que "a lo largo del siglo XV el deseo de ubicar el sepulcro en el presbiterio lleva a los comitentes a crear suntuosas cabeceras que sirviesen de un mejor marco monumental. Con este fin se proyectan las iglesias con los presbiterios adecuados a esta finalidad o en las ya existentes no se duda en proceder a una radical transformación." Así, de las tres capillas mayores "gótico-mudéjares" que se conservan en Jerez de la Frontera, sólo la de San Lucas parece no haber sido planteada con una especial suntuosidad. Sí las otras dos. 

4.1. Capilla mayor de San Juan de los Caballeros.
 
Se trata de un profundo y monumental ábside pétreo de nueve paños precedidos por dos tramos, cubierto por bóvedas de crucería; los nervios se hallan flanqueados por dientes de sierra. Excesivamente restaurado en diferentes ocasiones, es preciso volver a recordar que, como señaló Sancho, las puertecillas "mudéjares" que aún hoy algunos admiran son decimonónicas.

Su carácter escenográfico y sus dimensiones hipertrofiadas en relación con el resto del templo (cuya altura era entonces menor que la actual) no admiten comparación posible con ningún otro presbiterio de parroquias medievales cordobesas, sevillanas o jerezanas, salvo -como acertadamente señaló Angulo- con el de la Colegiata de San Hipólito de Córdoba, cubierto entre 1350 y 1389. Recordemos que esta obra fue fundación de Alfonso XI, cuyos restos pudieron descansar allí durante algún tiempo antes de su traslado a la Catedral. 

La insólita monumentalidad de esta construcción para tratarse de una parroquia no había sido destacada por nadie. Este referente de San Hipólito -que ya estaba en Angulo- no es baladí. La idea ha sido seguida y desarrollada por Javier Jiménez y Pablo Pomar a la hora de proponer que el taller llegado de Córdoba pudo hacerlo a partir del rango de Colegiata compartido entre San Salvador de Jerez y San Hipólito de Córdoba.

Todo lleva a pensar que nos encontramos ante una construcción patrocinada por algún linaje poderoso con fines funerarios, y a reparar en las laudas sepulcrales del malogrado Giraldo Gil Zacarías y de sus progenitores que aún se conservan allí. Fue seguramente la madre, Juana Fernández Zacarías "la Dueña", que sobrevivió a esposo e hijo (su testamento data de 1463), quien realizó las lápidas. Si tenemos en cuenta que dispuso de una gran fortuna merced a la herencia de su marido, y que éste no era otro que nuestro viejo conocido Lorenzo Fernández de Villavicencio, el de las capillas en San Lucas y Santiago, no podemos dejar de sospechar que fue ella quién reedificó este gran ábside para dar lustre a la sepultura familiar. 

Error, ma non troppo. Cuando se empezó a intervenir en la Capilla de la Jura, Francisco Pinto y José María Guerrero pudieron comprobar que esta se levanta a partir del monumental presbiterio de la iglesia, es decir, a posteriori. Y como hoy sabemos con total seguridad -luego volveremos cobre ello- que la referida capilla es de principios del XV, el presbiterio de San Juan forzosamente tiene que ser anterior a esa fecha, es decir, de finales del XIV como mínimo.

Ahora bien, mantengo plenamente que una construcción de semejantes dimensiones y realizada íntegramente en piedra va mucho más allá de una obra parroquial. Aquí hay mucho dinero de por medio, es decir, hay un poderoso linaje detrás. Apunté a Lorenzo Fernández de Villavicencio “padre” y a su esposa Juana Fernández Zacarías. Hay que buscar por otra parte. ¿Algún antecesor en el mismo linaje? (PS. Fue él mismo, Don Lorenzo. Lo explicaré en un libro que sale en noviembre de 2021).
 
4.2. Capilla mayor de Santo Domingo.
 
No se distingue del resto de la nave por sus mayores dimensiones, que no las tiene, sino por la extrema complicación de sus bóvedas "gótico-mudéjares", las cuales hacen pensar en una fecha muy tardía. Tal vez la explicación resida en que fue adaptada para ser enterramiento del famoso gobernador de Canarias Pedro de Vera y Mendoza, que la compró en 1502, y de sus descendientes.

Un documento de 1598 afirma que, con posterioridad a 1506, "el dicho convento deshizo (la capilla mayor) para la volver a reedificar y hazer de nuebo". Éste lo presentó Carlos García, interpretando que se refiere tan sólo "a las partes bajas, las gradas, que se sustituyeron por un corredor". Sin embargo, los términos utilizados (véase mi subrayado) parecen indicar sin género de duda que la obra afectó a las bóvedas. Por tanto, aunque las bóvedas "gótico-mudéjares" del templo sean del XV, hay que convenir que las de la capilla mayor sufrieron reformas en la primera mitad del siglo siguiente cuya intensidad resulta por el momento imposible de precisar. Ello explica la desaparición del angrelado y lo complicado de sus vistosas nervaduras, aún decoradas con arcaizantes dientes de sierra. 

Aquí el mayor resbalón del texto. No por temeridad, sino más bien por todo lo contrario. Mis mayores, mis maestros, me decían que unas bóvedas tan complicada de ninguna manera podían ser de la primera mitad del XV. Ni siquiera de la segunda. Me lo sigue diciendo un buen amigo que es uno de los mayores especialistas en gótico hispano en la actualidad. Pues no. Lo siento, pero todos se equivocaban. Hoy está clarísimo -por mis investigaciones y las de mis compañeros- que ese presbiterio de Santo Domingo es del XV. Años cincuenta o sesenta. Aceptando esa cronología, todas las piezas del gótico-mudéjar jerezano encajan. Si no lo hacemos, todo salta por los aires y deja de tener sentido.

Yo en 1997 sentía que había que romper con lo que me decía desde arriba, pero no me atreví a hacerlo. Me convencí a mí mismo y busqué otra explicación. Encontré esta y me equivoqué. Luego sí fui capaz de “matar al padre” y romper con todo. Y así encajaron las piezas del puzzle. Eso sí, lo del lapso cronológico -quizá no muy grande- que advertí entre las dos partes de la nave de Santo Domingo sigue vigente.

 
5. SIN CLASIFICAR
 
5.1. Capilla bajo la torre de la Atalaya en San Dionisio. 

Se trata en realidad de la planta baja de la torre, por lo que no parece oportuno detenerse en ella.

Efectivamente, nunca fue espacio funerario, si bien sirvió durante un tiempo como trastero de la capilla sacramental de la parroquia.

5.2. Capilla del Cristo de las Aguas en San Dionisio.
 
Cubierta mediante crucería, no la incluyo en ningún grupo debido a lo profundamente alterada que se encuentra. Sancho, teniendo en cuenta a Rallón, afirmó que esta capilla es la de los Gatica, y aseguró que tal identificación la confirma la heráldica de su portada. De este poco destacado linaje no nos han llegado datos suficientes. 

Hoy sabemos que fue Capilla de San Martín, pero no mucho más sobre su uso funerario. La adscripción a los Gatica ha sido negada por algún especialista en heráldica que gentilmente nos ha prestado sus conocimientos, pero de momento no ha habido mayor avance. Tenía que haber apuntado algo más sobre las formas mudéjares de su portada, en relación con las de la Torre de la Atalaya.

5.3. Capilla de los Tocino o "de la Jura" en San Juan.
 
Aunque la tradición ha querido identificarla con el lugar donde aconteció un suceso semilegendario en tiempos de Sancho IV, la lectura de Rallón no permite dudar a Hipólito Sancho que esta fue la capilla bajo la advocación de Santa Catalina patrimonio de los Tocino. 

El siguiente párrafo es el embrión de todo lo que después he venido desarrollando sobre esta capilla. Encontrarán más información aquí, aunque este artículo más reciente da un paso adelante.

No la incluyo en los grupos anteriores porque tipológicamente enlaza con una serie de capillas sevillanas tardías en las que se funden el modelo qubba con las bóvedas estrelladas: sala capitular y sacristía de la Cartuja de las Cuevas, capilla de los Guzmanes en la parroquia de Huévar, etc. Sin embargo, las lacerías esculpidas en el nicho a Oriente que serviría de altar, enmarcándolo como alfiz, son netamente jerezanas. A destacar que la plementería es en esta ocasión de ladrillo. 

Sancho afirma que del testamento de Andrés López Tocino, que él tuvo la oportunidad de manejar, se desprende que ya existía la capilla en 1404. Por su parte, Rallón aseguraba que ésta fue fundación de Andrés Martínez Tocino en 1504, dato hasta ahora no tenido en cuenta. Lo sorprendente es que, según los estudios de Sánchez Saus, el primero de los personajes citados corresponde a finales del XV, mientras que el segundo (Andrés Martínez, Jurado de Jerez) fallece en 1405, un año después del testamento citado. Futuras investigaciones deben aclarar este enredo. 

No me atreví por apostar por ninguna fecha concreta. ¿Cobardía o prudencia? No sé. Pero fui el primero en recoger el dato de Rallón y en advertir las contradicciones señaladas. Las “futuras investigaciones” llegaron felizmente de la mano de José Jácome y Jesús Antón Portillo en 2006 y 2007. La madeja quedó desenredada: Andrés Martínez Tocino, 1404. Para mí el dato fue una liberación y un pistoletazo de salida: ahora estaba claro que los terceletes se usaban en Jerez en fecha muy temprana. Desde ese momento pude avanzar de manera mucho más decidida en mis estudios. Hasta hoy.

Quede este artículo de 1998 como lo que creo que fue, un texto aún con incertidumbres, pistas falsas e insuficiencias varias, pero también como un paso decidido sin el cual yo no hubiera podido -no sé mis compañeros- seguir adelante en la investigación de eso que seguimos llamando “gótico-mudéjar” jerezano.

viernes, 12 de junio de 2020

Carta abierta a los miembros del CEHJ

El 10 de enero de 2020 fue aceptada mi dimisión –presentada con bastante anterioridad– como miembro de la Junta Directiva del Centro de Históricos Jerezanos. Entonces agradecí a su director D. Juan Félix Bellido que hubiese contado conmigo para formar parte de la misma. Lo continúo haciendo. También me mostré honrado de haber participado en el proyecto, y lo sigo estando. Pero creo que va siendo hora de ofrecer explicaciones en público de por qué me fui.

Hay dos razones fundamentales. La primera es accidental y hubiera sido solucionable: absoluta falta de tiempo para llevar con la dignidad que me hubiera gustado la página web y el Facebook de la organización, plataformas las que invertí durante más de un año una buena cantidad de horas. La segunda es de fondo: fue quedando claro que la idea que teníamos sobre lo que debe ser el CEHJ y cuáles son las más apropiadas líneas de actuación era muy distinta. Ello se puso de manifiesto con la reacción a una carta al resto de la junta directiva que redacté en el teléfono móvil el tres de noviembre de 2018 durante un vuelo Hamburgo-Jerez, a raíz de la recién anunciada dimisión de nuestro compañero Antonio Aguayo Cobo. La escribí lleno de ilusiones, pensando que a pesar de la irritación que podía causar poner dedos en determinadas llagas la reacción iba a ser positiva; que iba a servir de estímulo para una renovación que encontraba necesaria. Jarro de agua fría: ocurrió todo lo contrario.

Desde entonces las relaciones se fueron deteriorando, pese a lo cual pudo materializarse mi proyecto de "Los debates del CEHJ" (que hoy no se parece en nada a lo que en su momento planteé, dicho sea de paso). Pero hubo ya un serio desencuentro a raíz de mi intento de que prosperase la iniciativa de dos miembros del CEHJ para que el organismo se implicase directamente en la denuncia del proyecto de eliminar el adoquinado de nuestras calles. No fue posible, y quedó claro que a la actual Junta no le interesa meterse en cuestiones con implicaciones “políticas”, cuando a mí me parece que la defensa del Patrimonio debería precisamente ser una de sus prioridades.

La gota que colmaba el vaso llegó en forma del rechazo de la mayoría de la Junta a un proyecto de conferencias veraniegas en el que había puesto todas mis ilusiones. La excusa fue que “no organizamos actividades en verano”, aunque a mí siempre me pareció evidente que las razones fueron otras. La única opción que me quedaba era abandonar el barco, cosa que hice a los pocos meses.

Me parece oportuno hacer públicos dos documentos. Uno es la referida misiva que envié en 2018. No he realizado ninguna modificación en el texto –salvando correcciones menores de estilo–, aunque sí que he eliminado la introducción –que se refiere a un intercambio de misivas que había tenido lugar durante esa misma mañana– y algunas referencias concretas que me parecieron oportunas “en privado”, pero encuentro improcedentes en este nuevo contexto; el resto de lo escrito sí que me parece que se puede hacer público. Y se debe. El otro texto es el del frustrado proyecto veraniego, en el que como es lógico he tenido que eliminar los nombres de las personas que se habían mostrado dispuestas a colaborar.

¿Qué pretendo haciendo público estos testimonios? Por un lado, que los compañeros de la investigación conozcan las razones de mi salida: creo que tengo derecho a que se sepa cuál es mi planteamiento. Por otro, animar a todos los miembros del CEHJ a realizar una reflexión que permita dar un giro a un organismo que ha aportado cosas muy importantes, pero que encuentro que desde hace tiempo se dirige a una dirección equivocada.

_________

Misiva del tres de noviembre de 2018 a Juan Félix Bellido (Director del CEHJ), Antonio Aguayo, Francisco Barrionuevo, Miguel Ángel Borrego Soto, Ramón Clavijo, Francisco Antonio García Romero y Javier Jiménez López de Eguileta.


(…)

Habrá quien quiera ver en mí a un recién llegado que pretende dar lecciones a quienes han sudado la gota gorda (¡eso nadie lo duda!) durante muchos años para sacar todo esto adelante. Pero entiendo que si Juan Félix me propuso participar en esta Junta Directiva no lo hizo para que me limitase a descargar de trabajo al muy atareado Ramón Clavijo (que ciertamente se merece ahí una importante ayuda) y para llevar las redes sociales, sino también para aportar ideas, cosas nuevas. Lo mismo que, entiendo, espera de todos los demás miembros de la misma. Y acepté el reto, pese a las diversas personas, todas ellas investigadores de prestigio, que me advirtieron que era una locura y que, según ellos, cualquier iniciativa de cambio sería abortada. Estaba dispuesto a aceptar y a demostrarles que de eso nada, que sus maledicencias sobre el CEHJ estaban equivocadas. 


Y acepté, también, pese que a lo largo de dos décadas me he sentido ninguneado por el CEHJ, permitidme que lo diga así de claro. Creo que va siendo hora de compartir esta impresión con vosotros. Sin acritud ni resentimiento, pero dejando muy claro las molestias que algunos hemos experimentado viendo cómo la anterior directiva consideraba que no ofrecíamos el perfil adecuado para pertenecer a tan selecto club. Porque ésa y no otra razón puede haber (porque de mi existencia había absoluta constancia) para que desde que comencé a publicar en 1996 hasta 2016, cuando la nueva Junta decidió salir a mi encuentro, el CEHJ ni me invitara a formar parte del mismo, ni se contara con mi participación para nada.


Bueno, ahora que lo pienso, se me publicó un artículo en la revista en 1999. Con muchísimas limitaciones, supongo que respondiendo a un estadio inicial de mis investigaciones, como ocurría también con los otros dos artículos y las dos comunicaciones en congresos que presenté siempre a finales de los noventa. Pero mejores o peores, algo aportaban. De hecho, me siento feliz y orgulloso de que otros compañeros hayan podido construir y avanzar gracias a aquello, consolidando mis aciertos, corrigiendo mis errores y completando mis evidentes insuficiencias. Luego estuve un tiempo sin publicar, en parte por laborales (migración obligada), en parte por desaliento. Porque tenía la impresión, me temo que acertada, de que mis aportaciones no eran consideradas, ya que varios investigadores (del CEHJ y de fuera del CEHJ) habían optado por no citarme en sus trabajos. Mientras tanto, veía como ingresaban en el CEHJ personas sin apenas currículo investigador en temas históricos, o ninguno. (…) La anterior Junta tuvo todo el derecho del mundo a pensar que un servidor no aportaba nada a la investigación, faltaría más, pero la comparación de lo que hice esos cuatro años con lo que han hecho, hasta el día de hoy, las referidas personalidades, parece evidenciar lo que señalé antes: que el CEHJ era más una plataforma para intercambiar nombramientos y halagar a determinadas personas que un organismo deseoso de estimular la investigación. 

Estoy llegando al punto central de todo esto. El sistema de ingreso en el CEHJ, tal vez el más adecuado en otros tiempos, me parece un profundo error. Pertenecer al CEHJ no debería ser un mérito que un reducido grupo de personas autoproclamadas, por pura endogamia, como representantes de la investigación histórica en Jerez y su entorno, concede a quienes, en el mejor de los casos, han ofrecido una trayectoria interesante o, en el peor de los casos, se han mostrado simpatizantes de ese referido grupo y desean integrarse en “el sistema”. Entrar en el CEHJ debería ser un estímulo al investigador, una ayuda en su camino, y también una invitación a mojarse, a trabajar duro por la difusión de esas investigaciones. No, no debería ser una medallita (bueno, un pin) ni una línea para adornar el currículo, sino una invitación al trabajo.


Por eso mismo, aquí y ahora, planteo la necesidad de cambiar los estatutos para abrir el ingreso en el CEHJ a toda aquella persona que desee acceder y que, lógicamente, haya demostrado una trayectoria mínima de investigación científica más o menos regular, sólida y seria. Sin necesidad de ser Menéndez Pidal, pero que tampoco pueda entrar un articulista local que escriba columnas semanales sobre temas culturales y haya dado cuatro conferencias para su cofradía. Creo que todos nos entendemos: investigadores que sean tal, independientemente de que nos parezcan mejores o peores, nos caigan bien o nos caigan mal, sean de nuestra cuerda o de la otra. Historiadores que ejerzan como tales, sencillamente. Hay en Jerez y su entorno unos cuantos, creo que muchos, que responden a semejante perfil y no están. Deberían estar. La Junta de tiempos de Juan Félix ha dado pasos muy importantes para integrar(nos) a los que andábamos por ahí perdidos, pero aún quedan unos cuantos sin visos de acceso, incluyendo jóvenes recién aparecidos que nos están dando lecciones a los que ya peinamos canas. 

Abrir el CEHJ y romper el elitista, arcaico e injusto sistema de designación sería un paso fundamental. Pero aún hay otros para revitalizar esta institución. Uno sería agilizar los trámites y mejorar la comunicación interna. Eficacia y coordinación. Las normas, los estatutos, son imprescindibles para funcionar; pero están a nuestro servicio, no al contrario. Lo de “eso tiene que pasar por el acta” puede ser un freno para ciertas cosas (manifiestos, cambios de fecha de las actividades, presupuesto para hoteles). Se pueden buscar otros sistemas de acuerdo, que para algo estamos en la era de internet. O, sencillamente, podríamos reunirnos más.
 

¿Buscar una sede propia? Imprescindible, absolutamente. ¿Sanear el presupuesto? Desde luego: quizá el nuevo sistema de acceso que propongo permitiera arreglar eso, porque vendrían nuevos nombres y quizá volverían algunos de los que se fueron, al olor de la renovación. Porque no me vengáis con que los que abandonaron, o los que permanecen pero no se interesan por nada, deben su actitud a peleas internas, egos y conspiraciones. En algunos casos seguro que sí. En otros no. Hay personas muy, pero que muy valiosas, que se distanciaron por desaliento, por frustración, por no poder aportar nada para mejorar.

En resumen, creo que todos, todos los que estamos en la directiva tenemos mucho que aportar. Y algunos (¡muchos!) de los que no están en ella, también. Propongo una “revolución desde dentro”, así de claro, en la que se mantenga íntegra la actual plantilla con idéntico organigrama; se consolide lo mejor de las anteriores temporadas del CEHJ (las Jornadas de Historia de Jerez); se mejore en la revista lo que haya que mejorar; fructifiquen los debates previstos; y se empiece, con tanta prudencia como valentía, una renovación en profundidad de la que, a buen seguro, todos nosotros podremos enorgullecernos en el futuro por haber protagonizado. Recibid el más fuerte abrazo posible.
________________


Proyecto elaborado en marzo de 2019: “Los veranos del CEHJ” (los subrayados están en el original).


Atendiendo a lo acordado en la anterior Junta Directiva, realizo aquí una propuesta del proyecto que he venido en llamar “Los veranos del CEHJ”. Sus líneas maestras serían las siguientes:

a) Llenar un vacío en unas fechas en la que la vida cultural de nuestra ciudad queda paralizada y en la que la población que no ha salido de vacaciones demanda propuestas de interés.


b) Ofrecer un abanico de conferencias lo suficientemente variado en su temática, siempre en relación con los asuntos históricos, artísticos y culturales que nos conciernen, pero saliendo del marco jerezano y procurando evitar lo meramente científico y académico. Se trataría de divulgación, pensando en un público lo más variado posible, pero de divulgación seria.


c) Contar con conferenciantes de trayectoria sólida y contrastada que cuenten con una gran capacidad de comunicación. En este contexto, no procede invitar a grandes investigadores que puedan resultar excesivamente científicos, por muy importantes que puedan ser sus aportaciones. Se trata de evitar al “erudito hablando a otros eruditos”.


d) Las conferencias se extenderían de manera flexible a lo largo del verano, en función de la disponibilidad tanto de los conferenciantes como de los recintos, e intentando no coincidir con otras posibles conferencias de temática cultural (que yo sepa, solo los “veranos nazarenos”), con los espectáculos del “Tío Pepe Festival” y de los “Veranos del alcázar”.


e) Se hablaría con el ayuntamiento para disponer de local, preferiblemente en el alcázar. En caso de que el ayuntamiento no pudiese colaborar, se podrían buscar alternativas.

f) El autor de este proyecto se compromete a gestionar toda la logística y a estar presente en cada una de las conferencias para atender a las necesidades de las mismas. Ningún miembro de la directiva tiene que verse obligado a asistir o a realizar gestiones sobre el mismo, salvo que quiera ayudar de manera voluntaria.


A continuación, indico el listado de los cinco conferenciantes que están plenamente dispuestos a participar de manera gratuita. A cada uno le he solicitado dos títulos diferentes, uno más “formal” y otro más “informal”, para que tengamos así flexibilidad a la hora de configurar un perfil para el ciclo. Ni que decir tiene que esta lista se puede (y yo diría que debe) completar con otros nombres que los miembros de esta Junta Directiva deseen proponer, ajustándose a las líneas maestras arriba referidas, y que la participación de ellos mismos o de otros miembros de nuestro CEHJ como conferenciantes resultaría extraordinariamente bienvenida.


Los especialistas que hasta ahora han confirmado su plena disponibilidad son, citados por orden alfabético, los siguientes:


(…)


Aquí ya debo omitir los nombres presentados. Pero sí puedo dar algunas pistas. Había un veterano editor, periodista, musicólogo y crítico dos veces premio nacional de crítica musical, que se prestaba a hablar de Beethoven, toda vez que tiene escrita una de las monografías en castellano sobre el compositor. Había dos historiadores del arte nacidos en Jerez y otro de origen conquense pero establecido en nuestra ciudad, todos ellos de enorme talento. Contaba asimismo con un crítico cinematográfico y musical, periodista asimismo, que recibió el premio ASECAN 2011 a la mejor labor informativa sobre cine.

El texto seguía así:

“A esos nombres, y a la espera de más sugerencias, querría añadir otras dos posibilidades. Una es la de (XXX), profesor titular de Historia del Arte en la Universidad de (XXX) y uno de los nombres más prestigiosos a nivel nacional en el conocimiento de (XXX); su currículo es impresionante. ¿El problema? Como favor personal no nos cobraría, pero sí que necesita, con toda lógica, desplazamiento y alojamiento”.

Y aquí continuaba proponiendo a un investigador nacido en Sevilla que ha realizado una importantísima aportación sobre un artista jerezano y que ha demostrado interés por presentar sus investigaciones en nuestra ciudad, si bien advertía que no le conocía personalmente y que no sabía si podríamos contar con su presencia.

Ya cuando propuse verbalmente este proyecto el D. Juan Félix me advirtió que no veía con buenos ojos la idea, pero que de todas formas la hiciese formal y la llevase a la siguiente reunión de la Junta para su votación. Es por esto por lo que contacté con los potenciales conferenciantes, para que la propuesta no fuese un mero esbozo y contase con todas las garantías de poder llevarse a la práctica.

Pues bien, y aunque esperaba todo lo contrario, el proyecto fue rechazado con el voto negativo del director –aludiendo a lo inadecuado del estío– y de otros dos miembros de la directiva –que no explicaron sus razones–. Hubo un solo voto positivo, más dos abstenciones. Jerez se lo perdió y yo quedé bastante mal ante unas personas que habían accedido a colaborar más por amor al arte que por otra cosa.

Creo que no tengo mucho más que añadir. Hago públicas todas estas palabras con la esperanza de que el resto de los miembros del CEHJ, que son muchísimos, puedan reflexionar sobre ellas. Menos esperanzas guardo sobre la sintonía con las mismas, pero a pesar de ello pienso que Jerez todavía se merece una oportunidad. Gracias por leerme.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Gestión, vetos y autoprogramación

En la entrada anterior expuse una serie de circunstancias que han afectado seriamente a mi labor como investigador y divulgador sobre temas de arte medieval en nuestra ciudad. Todas ellas tienen que ver con mi colega Manuel Romero Bejarano, quien como pude explicar, ha decidido vetarme en los actos por él organizados y dejarme a un margen del “núcleo básico” de historiadores del arte de Jerez por motivos que poco tienen que ver con la valía de mis aportaciones. Lo que entonces escribí ha servido para mucho, porque algunos colegas me han ido desvelando una serie de importantes circunstancias. Pero ahora me voy centrar sobre otro asunto que expuse sucintamente en Facebook, y que me ha valido la amenaza de denuncia por parte del señor Romero. No solo no la temo, porque nada he de temer (¡como si en democracia no pudiésemos criticar a los gestores de lo público!), sino que ahora me extiendo sobre el asunto.


En mi blog de música clásica he tenido en repetidas ocasiones la oportunidad de denunciar dos situaciones de lo que podríamos denominar “autoprogramación” que me han parecido de gravedad. La una tiene que ver con el Festival de Música Antigua de Sevilla. En 2009 el excelente violagambista Fahmi Alqhai fue nombrado director artístico del mismo. Siendo director del grupo Accademia del Piacere, que centra su actividad en la ciudad de la Giralda, resulta perfectamente lógico y natural que este tuviera participación en él. Lo que no parece tan comprensible es que Alqhai y sus colegas se reservaran para sí mismos bien el concierto inaugural, bien la clausura de las primeras ediciones que el artista dirigió. Tras el comprensible malestar que semejante decisión generó –fui una de las pocas voces en atreverse a criticar públicamente la circunstancia referida–, el artista hispalense renunció a ocupar alguna de esas dos fechas, aunque ha seguido presentándose en todas y cada una de las ediciones del FeMAS a cuyo frente continúa. Y, mientras no se diga lo contrario, cobrando los correspondientes emolumentos al margen de los que ya recibe por la dirección artística del festival. Un festival que es responsabilidad del Ayuntamiento de Sevilla, y que por ende se financia en buena medida con dinero público, justo es recordarlo. Tampoco está de más recordar que reservarse un lugar supone, siempre, ocupar el espacio que podía ser ocupado por otros.

El otro caso me parece todavía más grave, por el delirante exceso en número de “autoprogramaciones”. Hablo de Francisco López en nuestro Teatro Villamarta. López fue contratado por el consistorio en su faceta de gestor, no en calidad de director de escena. Se entiende que, teniendo experiencia en este campo, él mismo decidiera dirigir escénicamente alguna de las producciones de ópera en la Plaza Romero Martínez. Lo que no se entiende es que, tras recibir durante los primeros años el merecido aplauso del público por su –por aquel entonces – excelente gestión, decidiera reservarse la gran mayoría de las nuevas producciones operísticas propias, además de traer otras suyas ya existentes. Como las producciones propias se reponen cada cierto número de años, y además López ha querido realizar incursiones dentro del campo de la danza española, el flamenco o los espectáculos crossover, el resultado es que llevamos ya muchos años con su nombre hasta en la sopa. Incluso cuando este señor pasó el relevo a Isamay Benavente, sigue acaparando buena parte de la programación del Villamarta. Esta misma temporada 2019/20 dirige Que suenen con alegría, Lorca x Bach y La flauta mágica.

Cuestión de ahorro, se dirá, porque presuntamente López no cobra en el Villamarta por sus labores de regista y solo lo hace en las ocasiones en la que sus producciones se intercambian con las de otros centros líricos españoles (a veces dirigidas, oh casualidad, por gestores asimismo dedicados a la dirección de escena). Pues vale. Pero es un ahorro muy relativo, porque lo que verdaderamente cuesta en una producción escénica y musical de ópera es todo lo demás, desde la escenografía y el vestuario hasta la manutención de toda una orquesta sinfónica durante el periodo de ensayos. En cualquier caso, lo grave del asunto es que la presencia de López una o varias veces por temporada nos ha restado la oportunidad de apreciar el trabajo de otros registas y de conocer otras maneras de enfocar la dirección de escena. Al que fue cabeza del Villamarta se le llenaba la boca al hablar de la necesidad de dar oportunidades a los nuevos artistas españoles, y de cómo un teatro financiado con dinero público tiene el deber de apoyar a los jóvenes con talento. En su programación llevaba semejante criterio a la práctica con frecuencia en el caso de las voces, pero apenas lo hizo en la dirección de escena operística. El teatro es mío, parecía decir, y aquí quien dirige soy yo.

Pues bien, parece que hay alguien en Jerez que está decidido a superar a López Gutiérrez, pero esta vez en el campo de la divulgación en temas históricos y artísticos. Obviamente me refiero a Romero Bejarano, doctor en Historia del Arte y técnico en la Delegación de Patrimonio del Ayuntamiento. Desde hace al menos un par de cursos es el encargado de coordinar desde la sección del consistorio en la que trabaja una serie de ciclos de conferencias en torno a las patrimonio histórico-artístico en nuestra ciudad. Magnífica idea. Yo mismo fui invitado por él, sorprendentemente después de que me vetara en el congreso Jerez 1264 –véase de nuevo la entrada anterior–, a participar en una de esas jornadas; fueron las dedicadas a la iglesia de San Mateo que se celebraron en el Museo Arqueológico, en enero de 2018. Que él sea una personalidad muy conocida en la investigación y la divulgación sobre historia y arte en Jerez, aunque lo sea en buena medida por sus reiteradas apariciones en concursos televisivos, le otorga por derecho propio un lugar en las actividades que coordina: no solo natural, sino toda una suerte poder contar con su participación, entiendo que sin cobrar cantidad adicional a su salario.

Pero hete aquí que Romero ha intervenido en todos y cada uno de los ciclos que han salido de su departamento y en los que él ha sido coordinador directo o, al menos, asesor: uno sobre el Arte y la Muerte en el medievo, otro sobre la iglesia de San Marcos, otro sobre la Semana Santa jerezana y uno más sobre el Renacimiento, todos ellos durante el curso pasado, mientras que este año ha hecho lo propio, además de hablando sobre el caballo en el Arte durante las Fiestas de Otoño, con uno de la Iglesia de San Lucas y otro más sobre la Muerte. Precisamente mañana jueves 28 de noviembre tiene lugar su intervención, bajo el título “Exequias Reales en Jerez de la Frontera”.

Recuerden lo dicho más arriba al hablar sobre Alqhai: quien ocupa un espacio se lo quita a otro. Hay varias personas que deberían haber participado en estos ciclos y no lo han hecho. Historiadores con trayectoria reconocida y por completo adecuados a las temáticas tratadas, pero con los que Romero Bejarano ha decidido no contar. Efectivamente, yo estoy entre ellos.

El caso de San Lucas ha sido sangrante, porque soy quien más ha trabajado sobre la arquitectura del templo en la Edad Media. Y este sigue siendo un edificio en buena medida gótico-mudéjar, aun revestido en su interior por una espléndida piel barroca. Esta sí que ha sido atendida en el mismo ciclo, con doble intervención de conferencia y visita guiada, por el investigador que mejor conoce esas obras, José Manuel Moreno Arana. Pero el primer gótico y el mudéjar quedaron excluidos de estas jornadas por decisión del referido técnico, que sí que tuvo a bien programarse a sí mismo para hablar de una capilla en particular sobre la que, supongo, habría localizado alguna documentación.

Debo apuntar que Romero se programa con la excusa del ahorro. Parece que este año están pagando, tengo entendido que 150 euros por conferencia. No sé si fue así el curso pasado. Yo, desde luego, no vi un solo un euro. Y estoy seguro de que las personas que han quedado fuera de las peculiarísimas selecciones realizadas por Bejarano, que incluyeron (¡por duplicado en tan solo unos meses!) a un estudiante de Segundo de Bachillerato y a otras amistades cercanas a él mismo, no están en esto de la investigación por amor al dinero. La mayoría hubiéramos acudido por cantidades simbólicas o sin remuneración alguna.

Y ya que hablamos del vil metal, podemos recordar la circunstancia de que la conferencia de Berajano sobre Semana Santa organizada en la pasada Cuaresma desde su propio departamento coincidió en el tiempo con la presentación de un libro por él escrito sobre el tema: como editor de la publicación y como librero que es o era –me aseguran que en tiempos recientes ha alquilado su librería–, a buen seguro la charla le sirvió de escaparate para aumentar las ventas. Como en el caso de Francisco López, no hay remuneración directa alguna, pero a la autoprogramación se le saca rédito económico en otro contexto. ¿Lo van pillando?

Alguien podría argüir que si él ha obtenido la plaza que ostenta es porque ha demostrado poseer el perfil idóneo para la misma, y por ende, entre otras muchas cosas, para escoger tanto los temas como los conferenciantes más apropiados. Eso es cierto, pero Romero Bejarano ha actuado de manera absolutamente arbitraria: que como coordinador científico tenga la prerrogativa de seleccionar con cierto margen de maniobra no significa que pueda hacerlo sin seguir unos criterios científicos y medianamente objetivos.

Permítanme una comparación muy sencilla. Como profesor de secundaria, soy yo quien decidir la nota que se merece un examen en función de mi parecer personal sobre lo que ha escrito el alumno. Pero debo hacerlo basándome en los criterios de corrección y los criterios de calificación establecidos en las correspondientes programaciones de las asignaturas, no siguiendo la pura subjetividad. Menos aún en función de las simpatías o antipatías que me despierte el alumno. Si los profesores actuásemos así el bochorno sería inmediato. Se nos caería la cara de vergüenza y, de no hacerlo, lo que se nos caería encima serían el alumno, sus padres, los compañeros de departamento, el equipo directivo y hasta la administración pública. Lógico, ¿no? Pero parece que algunos otros funcionarios públicos, es decir, trabajadores pagados entre todos que se encuentran al servicio del ciudadano y no de sus propios intereses, esto no acaban de tener de claro. No hay que irse muy lejos: recuerden lo ocurrido con algunos regidores de esta misma ciudad.

Pues bien, ¿cuáles son los criterios sobre los que debe apoyarse un funcionario público que desde un ayuntamiento organiza ciclos de conferencias y visitas guiadas sobre el patrimonio histórico-artístico? En lo que a la temática se refiere, que se responda a los intereses relevantes para la comunidad de amantes de la historia, del arte y de la cultura en general, tanto incidiendo en los bienes patrimoniales más conocidos como en aquellos que merecen mayor atención de la acostumbrada. En cuando a la selección de los conferenciantes, se ha de tener en cuenta la idoneidad de los perfiles científicos de los mismos, así como la posibilidad de dar a conocer las últimas aportaciones de todos los investigadores. Si se estudia una determinada iglesia, tiene que estar allí todos los que han aportado algo significativo sobre ella, o los que puedan añadir algo nuevo de relevancia.

Mucho ojo, esto no significa que deban existir “temas exclusivos” reservados para ciertas personas. Que investigadores especializados en determinados campos exploren tierras que suelen asociarse a otros compañeros no solo es adecuado, sino que resulta imprescindible para que las investigaciones progresen. Pero eso tampoco es incompatible con que quienes se hayan especializado en algo se hayan ganado un lugar; ni con que, cuando resulte pertinente, sea necesario que se cuente también con ellos.

¿Y cómo se sabe qué personas son las adecuadas para hablar de determinados temas? Pues ahí entra el criterio del coordinador, pero de nuevo sobre una base objetiva, que no es sino la trayectoria científica conformada por publicaciones en revistas especializadas, actividad docente y labor divulgativa, lo que tampoco debe impedir que se cuente con recién llegados llenos de talento –el caso del estudiante de secundaria antes citado– por los que se pueda realizar una apuesta personal. Pero que al señor programador de turno no le guste lo que escriben determinadas personas con dilatadas trayectorias a sus espaldas (¿acaso no podrían ser muchos los que tuvieran una opinión negativa sobre las investigaciones de ese mismo gestor?) no es razón alguna para que esas personas queden sistemáticamente fuera. Tampoco es razón vetar a alguien solo porque esa persona se haya atrevido (¡tremenda osadía!) a contestarle alguna de sus decisiones incuestionables a quien se encuentra en una situación de poder. Me temo que este último es mi caso particular.

Por supuesto, todas estas decisiones marcadas por puras subjetividades podrían tomarse sin especial problemas haciéndolo desde un ámbito privado e independiente, como organizador. Pero resulta altamente censurable que estas se tomen no desde lo privado, sino desde lo público, y no como en calidad de organizador sino en la de coordinador científico.

No habrá nadie que dude que un deber de todo buen gobierno municipal es, precisamente, el de incentivar y divulgar la investigación sobre temas que tengan que ver con la ciudad. Si no es posible subvencionar, publicar u otorgar premios (¿recuerdan los desaparecidos “Manuel Esteve”?), al menos se debe facilitar que se expongan en público los resultados de un trabajo que generalmente se realiza –la excepción es el profesorado universitario– en el tiempo libre y sin remuneración alguna. Ese estímulo resulta fundamental para que los ánimos no decaigan. Por eso mismo es obligatorio dar oportunidades a todos los que tengan algo interesante que aportar; a los que ya llevan tiempo y a los recién llegados; a los más conocidos y a los menos conocidos. A los primeros, en función de su trayectoria. A los segundos, en función de su potencial. Pero lo que no se puede es realizar la selección en función de la pura subjetividad ni de la sintonía personal. Y lo que ya es el colmo es reservar un porcentaje importante de dichas oportunidades a la persona que es, precisamente, responsable de repartirlas entre los demás.

Por otro lado, y no menos importantes, a los jerezanos amantes de la cultura su ayuntamiento no les ofrece la oportunidad de escuchar lo que tienen que decir todos los investigadores sobre historia y arte de la ciudad, ni de conocer lo mucho que se está haciendo. Solo podrán conocer y escuchar a una parte, una parte muy concreta. Todo porque un determinado técnico ha decidido vetar a una lista no pequeña de investigadores al tiempo que se programa a sí mismo por razones que dudosamente tienen que ver con el ahorro, y que quizá respondan a los mismos impulsos que le han llevado a lo largo de los últimos lustros a participar de manera compulsiva en cuantos concursos televisivos se le pongan por delante.

Creo que el consistorio debería tomar seriamente cartas en el asunto. Se está perjudicando tanto a los investigadores vetados, cuya frustración y desánimo va en aumento, como a los jerezanos que tienen todo el derecho a escuchar a cuantos han demostrado tener algo que decir sobre un patrimonio rico y diverso que necesita el mayor número de investigadores y divulgadores posible para ponerlo en valor. Esperemos que las personas responsables corrijan semejantes desmanes.

domingo, 13 de octubre de 2019

El libro no publicado y el congreso para el que no fui llamado

El cariz que están tomando determinadas circunstancias que tienen que ver con el desarrollo y la divulgación de las investigaciones que vengo realizando desde mediados de los noventa sobre el arte medieval en mi ciudad, me llevan a dejar testimonio escrito una serie de hechos que me parece necesario que conozca el lector interesado por mi trabajo. Debo empezar por lo ocurrido con un libro titulado Gótico y mudéjar en la arquitectura medieval de Jerez de la Frontera y su entorno, de cuya preparación se ha dejado constancia en alguna oportunidad. Pues bien, lo cierto es que ese libro ha existido, pero no se publicará jamás. Voy a explicar lo ocurrido con él punto por punto, sin omitir absolutamente nada revelante.

El libro partió de una propuesta que me realizó Manuel Romero Bejarano allá por el año 2004 o 2005. Este señor había fundado recientemente una pequeña editorial y consideraba oportuno que preparase un trabajo partiendo de la tesis doctoral que por entonces realizaba y que, por circunstancias personales, no logré terminar. Yo no cobraría nada: de lo que se trataba era de ofrecer a la comunidad de investigadores y de historiadores del arte una visión actualizada y con metodología renovada sobre este campo que, pese a la tesis realizada años atrás por Carlos García Peña, estaba todavía atado al estado de la cuestión de los años treinta e ignoraba las muchas aportaciones importantes de Hipólito Sancho de Sopranis. Acepté encantado y me puse manos a la obra.

El trabajo avanzó muy rápido en un primer momento, pero me iba a encontrar con dos obstáculos. El primero, que por aquel entonces yo era profesor interino y tenía que desplazarme cada año a un lugar de Andalucía, adaptarme a los libros y a las asignaturas que me tocaban en cada instituto y perder mucho tiempo en desplazamientos. El otro, la necesidad de aprobar unas oposiciones. Estas llegaron en junio de 2006. Me concentré y triunfé. Seguidamente, vino el estresante año “de las prácticas”, tercera fase del concurso-oposición, en el que hay que trabajar con especial ahínco porque se está supervisado para ver si te confirman la plaza o, por el contrario, te consideran no apto. Las realicé en el IES Fernando Savater y todo terminó felizmente. El siguiente año lo pasé en el Coloma, “en expectativa”. Pude entonces volver a avanzar con la publicación, sobre todo porque “di con la tecla” a raíz de unas reflexiones en torno a la decisiva publicación sobre la Capilla de la Jura que en 2007 habían realizado José Jácome y Jesús Antón. Un mundo nuevo se abría ante mí, porque las piezas encajaban de una vez por todas. Pero al año siguiente, vuelta a empezar: destino definitivo en Siles, en plena Sierra de Segura a dos kilómetros de la provincia de Albacete.

Sea como fuere, el trabajo lo fui terminando hasta dar a la luz en el año 2013 un manuscrito de 89.000 palabras (381 páginas, imágenes incluidas) que me parecía decente. Entonces llegó Romero Bejarano con novedades: como editor, había decidido unilateralmente que mi texto no se publicaría como monografía, sino como parte de una obra colectiva en la que se incluirían trabajos diversos de otros compañeros, entre ellos él mismo, sobre arte medieval jerezano. Le dejé claro que no aceptaba esas condiciones. Los motivos también se los expuse con claridad. Añadir a un texto tan largo como el mío y de enfoque global otros textos mucho más concretos en su temática y de tamaño mucho menor, hacían pasar a estos por una especie de “apéndices” o de “adornos” al núcleo firmado por mí, al tiempo que hacía perder entidad a todos los trabajos, el de ellos y el propio, y ofrecía al lector un volumen en exceso disperso y falto de coherencia. Desde el punto de vista editorial, me parecía un disparate. Le propuse a Bejarano una alternativa: escribir yo un texto –gratis et amore, por descontado– del mismo tamaño que el de mis compañeros para dar salida a esa publicación colectiva, siempre y cuando él me publicase mi trabajo extenso en las condiciones inicialmente previstas. La negativa fue inmediata: “yo no publico dos libros sobre arte medieval”.

Poco a poco fui hablando con los autores que él quería que publicaran en la referida obra. Les expuse exactamente lo mismo que he escrito arriba, y puedo asegurarles que ningún improperio salió de mí sobre el editor. Simplemente, quise que mis compañeros no pensaran mal sobre mi negativa a que ese macrovolumen propuesto saliese en semejantes condiciones. Luego me enteré de que Bejarano aseguraba que yo “le andaba poniendo verde”. O no dijo la verdad, o alguien le transmitió un embuste. Insisto: lo que ahora escribo es completamente cierto.

Empecé a buscar alternativas. Encontré personas receptivas, pero retrasaban demasiado la publicación. Entonces me rebajé (sí, me rebajé: no puede expresarse de otra manera después de lo ocurrido) a hacerle a Romero Bejarano una contraoferta consistente en que yo correría con todos los gastos editoriales, pero me llevaría un porcentaje de los beneficios para intentar recuperar la inversión. En principio me contestó de manera afirmativa, pero cuando le pedí que contara con una imprenta que me había recomendado otro compañero y que salía dos euros más barata por ejemplar (ahorro para mi bolsillo de 200 euros), replicó que él trabajaba en exclusiva con otra. Le repliqué –más o menos con estas palabras, y con buen tono– que no me parecía nada bien semejante actitud, tras lo cual me soltó por teléfono una frase que aún no he olvidado: “entérate, Fernando, nunca te voy a publicar tu libro”.

En ese momento cortó toda comunicación conmigo. Pocos meses más tarde llegó el congreso 750 aniversario de la incorporación de Jerez a la Corona de Castilla: 1264-2014. La coordinación científica corría a cargo de Manuel Barea, pero la parte de Arte la llevaba Romero Bejarano. Este, previamente a los acontecimientos relatados, había concertado mi participación en el mismo como uno de los ponentes. Cuál sería mi sorpresa cuando me cuentan que el programa estaba ya cerrado y yo no estaba en él. Efectivamente. Y no solo es que no contaban conmigo: es que tampoco se realizaba un estudio de la arquitectura gótico-mudéjar. La temática del congreso era el Jerez medieval. Se entiende que en el mismo debían tratarse las principales áreas de conocimiento que engloba dicha cronología, siendo esa arquitectura particularmente interesante a la hora de entender las aportaciones de nuestra ciudad. También se entiende que es misión de los organizadores, que como funcionarios que son actúan al servicio de la colectividad y manejando dinero público, ofrecer la oportunidad de exponer y publicar sus aportaciones a todas aquellas personas que en los últimos años hayan realizado investigaciones más o menos serias sobre los temas que engloba el congreso.

Creo que lo que yo había publicado hasta entonces y lo que tenía por publicar –recuerden que Bejarano ya había leído mi manuscrito– me otorgaba el derecho a estar allí. Me había ganado a pulso un pequeño sitio, uno más dentro del colectivo. Pero yo era el único –repito: el único– que había realizado aportaciones sobre el mundo jerezano medieval que no estaba en la lista. Paradójicamente, mi colega se programaba a sí mismo con una ponencia titulada “Urbanismo y arquitectura en Jerez de la Frontera a finales del siglo XV”, trabajo que se salía del marco establecido, al hablar de gótico tardío y de la época de los Reyes Católicos, ya Edad Moderna y no Edad Media. Exactamente lo mismo se puede decir de la ponencia de su amigo y habitual colaborador Raúl Romero Medina, “Los Rodríguez: una saga de maestros constructores a finales de la Edad Media en Jerez”. La única ponencia sobre mudéjar era la de su igualmente amigo e igualmente colaborador José María Guerrero Vega sobre la Torre de la Atalaya.

¿Obró correctamente Romero Bejarano, como funcionario público que era y es, negándose a que en el congreso se tratara globalmente el mudéjar y a que yo tuviera la oportunidad de exponer un resumen de mis investigaciones? Sobre el valor de las mismas no puedo decir yo mucho, pero permítanme que les transcriba un párrafo de la tesis doctoral del citado Guerrero Vega, presentada en 2015:
“Es el historiador jerezano Fernando López Vargas-Machuca quien ha desarrollado una intensa labor de investigación, que va a suponer un auténtico revulsivo, no siempre valorado, para el conocimiento de la arquitectura medieval de la ciudad. En sus diferentes trabajos lleva a cabo una revisión crítica de la bibliografía, recogiendo muchas de las aportaciones de Sancho y Rallón que habían sido pasadas por alto por el resto de las investigaciones posteriores. A esto se añade una brillante capacidad de observación en la que se apoya para establecer novedosas relaciones formales entre los componentes de los distintos edificios estudiados y conexiones con otras experiencias arquitectónicas del entorno geográfico y cronológico. Sumado a una visión sensible a aspectos constructivos y arqueológicos, la labor investigadora de este autor se ha traducido en una amplia producción científica y en la elaboración de un discurso ordenado y coherente que intenta explicar las singularidades de la arquitectura medieval jerezana”.
Al final pude “colarme” en el congreso en la parte de las comunicaciones libres, honradísima pero bastante menos prestigiosa, y desde luego con menos tiempo para la exposición oral y pocas páginas para la publicación. Ofrecer una panorámica del arte gótico-mudéjar era imposible en esas condiciones, así que opté por presentar uno de los capítulos más breves de mi libro nonato: el de la iglesia de San Lucas. Creo que gustó bastante. Fueron muchas las personas que me preguntaron por qué estaba yo entre las comunicaciones y no en las ponencias. Contesté con la única respuesta verdadera: porque Romero Bejarano había decidido no contar conmigo. Puedo ahora añadir que un colega me aseguraba que le había rogado insistentemente incluirme entre los ponentes, y que este había rechazado tal posibilidad sin mediar explicación alguna.

Felizmente, pude presentar un sintético trabajo global sobre el gótico-mudéjar en Jerez en el catálogo de la exposición Limes Fidei gracias a la generosa invitación de Javier E. Jiménez López de Eguileta y Pablo Pomar Rodil. Me satisfizo muchísimo el resultado, porque las condiciones editoriales fueron óptimas, muy por encima de lo que pasó con las actas del citado congreso. Por cierto, que tampoco en estas últimas tuve suerte: mi texto apareció sin las pertinentes correcciones, pese a que envié las mismas dos veces. Y ni una sola imagen, pese a que otros textos sí contaban con ellas.

Bueno, ¿y el libro de marras? Ni se ha publicado ni se publicará, porque ya a estas alturas no tiene sentido. Pero el trabajo no fue en balde. El capítulo dedicado a San Dionisio creció y maduró de manera considerable hasta convertirse en dos monografías sobre el edificio. La primera la publicó PeripeciasLibros y estuvo a tiempo para el congreso, en el que se vendió bastante bien. La segunda salió el año pasado bajo la editorial (¡qué paradoja!) de Romero Bejarano, pero no por iniciativa de este señor ni por deseo de hacerme un favor, sino porque fue un encargo de un centro educativo que acudió a él con el dinero en mano; por cierto, que no he visto un solo euro del editor, pese a que por ley me corresponde un pequeño porcentaje de las ventas. Tampoco es que yo me haya molestado en reclamarlo.

El capítulo de San Lucas salió, ya les digo que no precisamente en buenas condiciones, en las actas del referido congreso. En este pobre blog he publicado parte de lo que escribí sobre San Juan de los Caballeros y sobre La O de Sanlúcar de Barrameda. El de El Divino Salvador de Vejer salió, muy mejorado con respecto al original, en la publicación de las jornadas Nuevas aportaciones a la Historia del Arte en Jerez de la Frontera y su entorno que organizaron los Amigos del Archivo. San Mateo quedó, sustancialmente ampliado y galvanizado, para el tremendo volumen sobre San Mateo editado por la Hermandad del Desconsuelo. Y el apartado sobre las relaciones entre Jerez y Córdoba, del que estoy especialmente satisfecho, se convirtió en un artículo de la Revista de Historia de Jerez. Inédito permanece lo escrito sobre San Marcos, sobre Santa María de Arcos, sobre La Rábida y alguna cosa más: espero que los textos que ahí duermen también se conviertan en semillas de las que germinen nuevos trabajos. Al final, el esfuerzo mereció la pena.

Espero que el asunto referente al libro haya quedado aclarado punto por punto y para siempre. Ya seguiré aclarando por aquí algunas otras cosas.

Post scriptum​. Ha llegado a mis oídos que Manuel Romero Bejarano estuvo difundiendo la noticia de que no me publicaba el libro porque "yo quería todo el dinero para mí", y si se editaba como obra colectiva yo cobraría menos. Me parece bochornoso, aunque muy revelador de su modus operandi, que este señor haya lanzado semejante embuste para ocultar las verdaderas razones por las que mi trabajo quedó sin publicar. Creo que estas quedaron claras en las líneas que escribí más arriba, como también que se había acordado que el trabajo lo realizaba gratis et amore y que yo no vería un duro. Que quede constancia.

sábado, 27 de abril de 2019

Ha llegado el momento

Perdone el lector que hable de un asunto personal en un blog dedicado al arte medieval. Si llega al final de estas líneas, comprenderé por qué este es el lugar adecuado para lo que voy a escribir.

En diciembre de 2018 tomé la decisión de abandonar Facebook. Lo hice por varias razones, pero había una muy por encima de las demás. Y es que sufrí el sinsabor de confirmar que había un historiador del arte en Jerez que se estaba dedicando, desde hacía tiempo, a tomar imágenes y textos de mi red social y enviarlas por WhatsApp a otros compañeros, añadiendo comentarios irónicos para mofarse de mi persona. Algunas de aquellas imágenes eran voluntariamente autoirónicas. Pero una cosa es eso, reírse de todo y de uno mismo el primero, y otra muy distinta que alguien de tu entorno saque esos elementos de su contexto, les añada alguna gracieta (¡qué ingeniosos son algunos con sus bizarrías!) y los difundan entre amigos y compañeros de investigación.

¿Qué puede llevar a una persona que en otros ámbitos presume de profesionalidad y buen hacer a dedicarse a la descalificación ad hominem de sus compañeros? Como profesor de secundaria no puedo sino pensar en esos alumnos que buscan establecer su liderazgo ridiculizando constantemente y concentrando las burlas de sus compañeros en quienes entienden que son “diferentes”, “raritos” o “pintorescos”. De esa manera, señalizando una o varias dianas para lanzar dardos y compartir las risas del colectivo, se obtiene cohesión grupal: ya se sabe que los seres humanos a veces necesitamos comportarnos de manera gregaria para sentirnos integrados, para que reconozcan que somos parte de la colectividad. Al mismo tiempo se deja bien claro al colectivo –al que, insisto, le encanta comportarse como tal– quién es el que marca las pautas, quién es el líder, y se advierte que quien decida desmarcarse de ese liderazgo o mostrar algún tipo de desacuerdo podría convertirse en un nuevo objeto de burlas de los demás. De paso, aprovechamos para disimular nuestros propios complejos riéndonos de las caricaturas del prójimo: nada mejor que burlarse del otro para que no se rían de uno mismo.

¿Estoy hablando, pues, de bullying entre adultos? No, porque un servidor no ha sido acosado ni física ni psicológicamente, ni en persona ni en las redes sociales. Estoy convencido, además, de que la mayoría de los compañeros que recibieron esos mensajes no han participado en la burla más allá de reír la gracia de manera superficial. Pero sí que encuentro grandes similitudes con esas situaciones que nos ha tocado vivir a los veteranos de la enseñanza. Por otra parte, la persona responsable de esos mensajes se ha dedicado en los últimos meses a marginarme de los círculos de la historia del arte, llegando incluso a incumplir compromisos verbales sobre determinadas actividades. No es la primera vez que lo hace, dicho sea de paso. Ni la segunda.

Debo ahora manifestar que estas circunstancias me afectaron. Me he sentido mal en lo personal y en lo profesional, humillado como ser humano, como investigador y como divulgador. Dejé de investigar sobre arte medieval; aún no he sido capaz de retomarlo, y solo de vez en cuando me animo a progresar en un nuevo trabajo de divulgación, no de investigación, que espero algún día salga a la luz.

Y así he seguido hasta que hoy, veintisiete de abril, creo que ha llegado el momento de luchar, de sacar todo esto a la luz y de que la gente sepa qué ha ocurrido y qué está ocurriendo. Porque no soy precisamente la única víctima. Porque el malestar en el mundo de los historiadores en Jerez crece día tras día. Porque aún creo en la necesidad de rebelarse, de denunciar injusticias, de reconocer nuestros errores (¡sí, estúpido de mí, yo también he querido pertenecer al rebaño!), de animar a quienes no se atreven a dar un paso adelante por miedo a las muy probables represalias a que planten cara, a que digan BASTA YA.

La gran mayoría de las personas que en Jerez nos dedicamos a la historia del arte no solo nos llevamos bien: nos queremos. No podemos seguir permitiendo que determinadas figuras que, por sus propios méritos, tienen un sitio relevante en el mundo de la investigación, se dediquen –para convertirse en el rey de la función– a enturbiar lo que podría ser una excelente relación humana y profesional. Frente al “divide y vencerás” solo caben el respeto, la unión, la confianza mutua y el verdadero espíritu de equipo, sin excluir ni menospreciar a nadie. Ha llegado el momento.

viernes, 29 de marzo de 2019

Cura de humildad

Hace ya años le envié a un profesor universitario por el que siento la más grande admiración un texto mío sobre gótico-mudéjar en Jerez para que le echara un vistazo antes de publicarlo. Fue muy duro conmigo con respecto a dos afirmaciones que en él realizaba: que una persona que había escrito sobre determinadas iglesias no las había visitado, y que otra que había publicado sobre lo mismo desconocía por completo la bibliografía básica sobre el tema. Me hizo ver que, aunque yo pudiera tener razón, esas no son formas adecuadas para un texto científico. Y a reglón seguido me señaló un par de errores en mi texto diciéndome: “¿te gustaría que te pusieran la cara colorada por esto? Pues aprende a moderarte en tus reproches.”

Tenía toda la razón. Confieso que a veces sigo cayendo en la soberbia, pero esa lección la aprendí. Creo no equivocarme al asegurar que desde entonces nunca en un texto mío de carácter académico –otra cosa son mis críticas musicales, un género muy distinto que necesita un tono por completo diferenciado– he ninguneado a otros colegas, ni he echado por tierra alguno de sus trabajos ni, menos aún, he realizado descalificaciones ad hominem. ¡Con qué enorme elegancia, recuerdo ahora, supo censurar el enorme Leopoldo Torres Balbás aquel decepcionante libro de Florentino Pérez Embid sobre el presunto mudéjar en Portugal! Tampoco creo haber echado mano en mis libros y artículos de la ironía o el sarcasmo, recursos muy necesarios en estos tiempos de corrección política y de ofendidos-ofendidísimos, pero propios de otros géneros y contextos, nunca jamás de una publicación que pretende ser científica y aspira a ser valorada por la comunidad de investigadores. Porque todos, absolutamente todos, tenemos limitaciones y cometemos errores, y solo podemos construir la historia mediante el debate serio, riguroso y ajeno a descalificaciones innecesarias.

Aquella cura de humildad –probablemente siga necesitando unas cuantas– me vino de maravilla. Que tome nota quien proceda.

miércoles, 6 de febrero de 2019

A propósito de los hallazgos en la Casa del Abad

Los recientes hallazgos de la conocida como Casa del Abad en la Catedral de Jerez están empezando a generar una dinámica que no me resulta grata. La dinámica del “eso lo dije yo antes que nadie”, del recelo y del ninguneo. No quiero con esto negar el mérito, enorme, a las diferentes personas que han trabajado con su mano y con su intelecto en torno a la primitiva Colegial, a cómo era y a cómo realizar las pertinentes intervenciones arqueológicas. Ni menos aún permitir que unos se apropien del trabajo de otros. Sin ir más lejos, yo mismo quedé atónito este verano cuando un conferenciante se atribuyó el descubrimiento de que la bóveda de la Capilla de la Jura, al contrario de lo que decían investigadores como Laureano Aguilar o Manuel Romero Bejarano, correspondía a la misma fecha del resto de la capilla de San Juan de los Caballeros (1404). “Nadie había dicho eso nunca”, afirmó con desparpajo ante el público, cuando un servidor lleva defendiendo esa hipótesis desde finales de los noventa. Cosas así no valen. Pero tampoco me parece adecuado ir arrollando a cuantos se ponen por delante para demostrar ser “el número uno” en determinado campo de la investigación local. Por eso mismo quiero exponer públicamente algunas ideas.

1) Lo primero, aquí no va a aparecer la aljama de Damasco ni nada parecido. Así que mucha tranquilidad. Tiempo al tiempo.

2) Lo segundo, que aquí había una mezquita se sabe desde el siglo XIII. Nadie puede atribuirse el mérito de descubrir algo que nunca se ha olvidado. Ni tampoco de decir que en el conjunto de edificaciones que se alza alrededor de la torre gótica (¡no mudéjar, que tal barbaridad se sigue escuchando por ahí!) podía haber restos tanto islámicos como cristiano-medievales, porque eso lo podía deducir hasta mi gato Felipe. Además, las grandes dovelas de cantería del arco en el que se apoyaba la torre han sido siempre visible por cualquiera que pasara por allí.

3) El estudio más completo hasta ahora realizado sobre el edificio de la primitiva colegial es el de Javier Jiménez López de Eguileta y Pablo Pomar Rodil: Actas del Congreso 750 aniversario…, pp. 459-484. No muchas cosas nuevas se dicen allí, pero los dos autores realizan un estudio riguroso de todas las fuentes disponibles, las valoran críticamente, las ordenan y las ponen a disposición del investigador. Que yo sepa, hasta ahora nadie más ha hecho eso con semejante exhaustividad.

4) El mérito de reconocer en las dos galerías que se cortan perpendicularmente al lado de la torre -frente al actual monumento a Juan Pablo II- dos de las pandas del sahn o patio de abluciones corresponde al investigador Juan Antonio Moreno Arana, un señor a quien ninguna amistad me une y a quien nada debo salvo respeto, dicho sea de paso. Véase Nuevas aportaciones a la Historia de Jerez de la Frontera y su entorno, pp. 175-186.

5) Hace años el investigador Miguel Ángel Borrego Soto ofreció al obispado un proyecto multidisciplinar en torno a la ya prevista rehabilitación del conjunto del que estamos hablando. El señor Obispo decidió declinar la oferta y se decantó por un trabajo mucho menos amplio y considerablemente menos costoso. Creo que se equivocó, porque el potencial arqueológico de estos inmuebles bien que se lo merecía. Dicho esto, parece que el actual equipo de arqueólogos está actuando con considerable sensatez y apreciable rigor. Nada que ver con los horrores que hemos sufrido, sin ir más lejos, a manos de las escuelas-taller de los Claustros de Santo Domingo.

6) Me parecería muy triste que alguien intentara o haya intentado apropiarse de la exclusividad, para él y para sus círculos afines, sean estos quienes fueren, en la investigación y/o publicación en torno a los posibles hallazgos. No quiero creer que nadie haya intentado obtener del obispado semejante “exclusiva”. Si así fuese, me merecería la misma repulsa que el veto que presunta, hipotéticamente, pudieran algunos historiadores imponer hacia la participación en determinados actos o en determinadas publicaciones de algunos colegas que, a su modo de ver, podrían no estar a la altura de su brillante intelecto ni de su intachable dignidad personal. Y es que algunos no se enteran de que todos estamos en el mismo barco: prefieren ser reyezuelos en un Jerez dividido en mil taifas antes que uno más de un equipo en el que hacen falta muchos y muy distintos investigadores. Así nos va.

7) Los arcos que están apareciendo son de herradura enmarcados por alfiz, con dovelas de ladrillo y algunos puntos con base de cantería. No me parece nada plausible que sean arcos mudéjares: obviamente, es el patio de la mezquita. Juan Antonio Moreno Arana acertó plenamente.

8) De momento, soy incapaz de determinar si los arcos son de herradura apuntada o no. Esta tipología, que yo sepa, no se difunde hasta época almohade. Si al final hay apuntamiento, la hipótesis de una cronología temprana quedaría totalmente descartada.

9) Los almorávides, que en gran medida bebieron artísticamente del mundo califal cordobés, prefirieron la columna como soporte, no el pilar. Los pilares de ladrillo son habituales en el mundo almohade, no en época anterior. Al menos que yo sepa: mis conocimientos sobre arquitectura almorávide son muy limitados.

10) Ladrillo sobre piedra podemos encontrarlo en el lienzo mural del lado norte de San Juan de los Caballeros, hoy escondido en las dependencias de la hermandad de la Vera+Cruz. En la parte de ladrillo hay un arco lobulado de estirpe claramente almohade. Así las cosas, y a la espera de que alguien realice una investigación rigurosa una vez con todos los datos sobre la mesa, me parece temerario decantarse por una cronología temprana. Quizá estemos ante un patio almohade, sin descartar del todo la hipótesis almorávide o taifa.

11) Al parecer, es hoy miércoles -he ido esta tarde por vez primera- cuando ha aparecido un arco en la cara corta del edificio mirando hacia la estatua de Juan Pablo II; por tanto, se encuentra situado de manera transversal al resto de las arquerías, en ángulo recto sobre el más meridional de los arcos hasta ahora aparecidos y compartiendo con ellos una esquina con base de piedra. No hay más que mirar para darse cuenta de que esa galería, la que corre de norte a sur de manera paralela al muro de la Epístola de la actual catedral, no se prolongaba más hacia la Plaza de la Encarnación. Se cortaba ahí. El arco recién aparecido es el que daba acceso a la sala de oración desde una de las galerías del patio; no encuentra otra lógica arquitectónica que no sea esa. El patio tenía muy poco fondo, por tanto.

Otro argumento a favor de esta hipótesis: las fuentes escritas dejan claro que el ábside gótico-mudéjar de la colegiata se situaba en la capilla bautismal de la Colegial barroca, es decir, en la primera de la nave de la Epístola, donde se encuentra ahora la taquilla de la visita turística. Si prolongamos la línea que marca ese arco recién aparecido hacia la catedral, vemos que hay una perfecta correspondencia: la línea del muro de encuentro entre la sala de oración de la mezquita y su patio coincide con la fachada de la actual catedral, y por ende el ábside que se añadiría a la nave central del edificio andalusí reconvertido en iglesia coincidiría, más o menos, con la capilla de los pies. Si la crujía occidental del patio de la mezquita hubiese sido más larga de lo que hoy vemos, la nave central de la mezquita reconvertida en templo cristiano quedaría ya muy dentro de la Plaza de la Encarnación, casi a la altura de la portada barroca de ese lado, y por ende el presbiterio añadido por los cristianos no coincidiría con la capilla bautismal, contradiciendo a las fuentes.

12) Tampoco el patio de la mezquita era muy ancho. Hay quien ha supuesto que llegaba hasta cerca del muro del Evangelio de la actual catedral, y que por tanto la torre se situaba en medio de la crujía norte del sahn. Pues no. Hoy mismo Javier Jiménez me ha hecho reconocer, en un lienzo de muro recién picado bajo la torre, el arranque de la arquería oriental del patio, es decir, la perpendicular al muro norte desaparecida cuando se realizó el edificio barroco. Por ende, la torre gótica no se incrustó en medio de la galería más larga del patio de abluciones, sino que se apoyó en una esquina del mismo.

13) Así las cosas, queda claro que la mezquita aquí situada era pequeña. Más incluso de lo que dejaban entrever las fuentes. Demasiado para ser una aljama, porque en la mezquita mayor de una ciudad tienen que caber todos los varones musulmanes de una ciudad en el rezo principal de los viernes. Y Jerez no era precisamente una localidad poco poblada. Ahora bien, las fuentes cristianas hablan con claridad de que su Colegial hizo uso de la mezquita mayor de Sharis. Ahí hay que seguir investigando, a mi parecer.

14) En las obras detrás de la torre aparecieron dos columnas de capitel muy sencillo que a quienes hemos tenido oportunidad de verlas nos han parecido islámicas y de fecha temprana, es decir, prealmohades. Todos pensábamos que serían de la primitiva aljama de Jerez, reutilizadas posteriormente en una obra mudéjar. Después de lo visto, he cambiado de opinión. Me siguen pareciendo islámicas y de cronología muy temprana, pero no creo que viniesen de esta mezquita sino de otro lugar más o menos cercano. Claro que también cabe la posibilidad de que el patio en cuestión sea una reforma almohade de un conjunto almorávide o taifa, quién sabe si califal, y que el interior del haram o sala de oración siguiese sustentado sobre hipotéticas columnas. Ojalá se hiciese una prospección arqueológica en la Plaza de la Encarnación. Pero claro, eso crearía un enorme problema al patrimonio más importante de la ciudad. Qué digo de la ciudad, ¡del mundo y del universo entero! ¿Por dónde saldrían los pasos en Semana Santa mientras durasen las obras? No hay valor.

15) Soy por completo incapaz de interpretar los restos aparecidos detrás de todo este conjunto. Hay quienes hablan de aljibe, de bodegas, de una galería mirador… Posiblemente. Como bien han dicho, la orografía del terreno debió de condicionar la distribución de los edificios en forma de terraza. Lo que sí tengo claro es que los pilares de sección poligonal que han aparecido son mudéjares y tardíos. Podría incluso pertenecer a un momento muy avanzado del siglo XV.

16) El gran problema sigue siendo el arco. El tremendo arco de cantería sobre el que los cristianos alzaron la torre. Tuve la suerte (¡menos mal que no hubo “exclusivas”!) de verlo por dentro. Son dos arcos en realidad, unidos en sus mitades inferiores por un potente aparejo de piedra creando un pasillo en el que, atravesando el primero de ellos, quien ingresa queda a cielo descubierto hasta llegar al segundo. En una conferencia apunté que la estructura me recordaba a la Puerta de Chipiona en la localidad de Rota. Porque está claro -lo hemos dicho ya unos cuantos- de que de una estructura defensiva se trata. Hasta se reconoce subiendo en lo alto una especie de “paseo de ronda”. ¿Estamos ante una puerta de la más antigua muralla de Jerez? Me encantaría poder decir que sí, porque además se encuentra alineada con el alcázar, un conjunto que, como lúcidamente viene sosteniendo Miguel Ángel Borrego Soto, tiene unos orígenes muy anteriores a los almohades. Sin embargo, mi impresión es que esta estructura es de mano cristiana, por el arco apuntado y por los signos de cantero -en el intradós del mismo- que, aun sin haberlos podido examinar a conciencia, me resultan demasiado familiares como para ser islámicos. Así que ya me dirán ustedes qué hace eso ahí. A un amigo le he escuchado una explicación de lo más interesante, pero a él corresponde hacerla pública, no a mí.

17) Y ya está. Quédense tranquilos porque yo no voy a publicar. Publiquen ustedes. Devoren la presa. Pero háganlo con la adecuada mezcla de rigor y de respeto hacia los demás. No desdeñen a nadie porque no hace falta. Al revés: a todos ustedes les hará falta echar mano del otro. Porque no hay persona omnisciente ni infalible. Este es un trabajo de equipo.