domingo, 3 de julio de 2022

O'Callaghan y la conquista de Jerez

Un compañero me asegura haber leído a un joven Hipólito Sancho plantear dudas sobre la fecha tradicional de la conquista castellana de Jerez de la Frontera, 9 de octubre de 1264, pero lo cierto es que ni él ni yo tenemos ese texto por delante. Así las cosas, la primera persona que en tiempos recientes ha planteado la teoría de que ese acontecimiento no pudo haber tenido lugar el referido año y que la conocida como “revuelta mudéjar” debió de durar mucho más tiempo de lo previsto fue Joseph F. O'Callaghan, en un libro publicado en 1993 y traducido al castellano tres años más tarde: El rey Sabio, El Reinado de Alfonso X de Castilla, Universidad de Sevilla, 1996.

 

Transcribo aquí las líneas que nos interesan, que pueden ustedes leer en la imagen adjunta.

«(…) estoy convencido de que (…) la revuelta mudéjar en la Baja Andalucía fue mucho más alarmante de lo que hasta ahora se ha pensado y que la rendición de Jerez tuvo lugar, no en octubre de 1264, sino dos años más tarde, entre el 4 y el 9 de octubre de 1266.»

 

Parece ser que el profesor norteamericano se retractó de esa fecha en un libro publicado ya en 2014 que no he podido consultar (The Gibraltar Crusade: Castile and the Battle for the Strait). Sobre eso, de momento no puedo decir más.

Sea como fuere, a lo que vamos: si alguien realiza un estudio monográfico sobre la fecha de la conquista de Jerez y la duración de la revuelta mudéjar, está obligado a citar el texto de O’Callaghan arriba copiado. Luego podrá corroborarlo, corregirlo y complementarlo haciendo uso de otras fuentes y de diferentes metodologías. Eso será siempre una aportación historiográfica de relevancia bienvenida por todos. Pero hay que citarlo: es una cuestión básica en cualquier investigación científica. No hacerlo es mala praxis. Si encima se atribuye uno mismo la teoría y se presenta ante la comunidad científica como "descubridor", el término utilizado para semejante modus operandi ya sería otro.

Punto y final.


Moreno de Guerra sobre los orígenes de Jerez

A tenor de mi última entrada, me piden que aporte el texto original de Juan Moreno de Guerra con el que se convertía en el primer hostoriador del siglo XX que planteaba que el origen de nuestra ciudad estaría en «Shidhuna o Sidonia», en algún lugar de la Sierra de San Cristóbal. Como verán ustedes, afirmaba allá por 1936, haciendo referencia a al-Maccari, que «Sidonia era la capital de la provincia visigótica de su nombre y como los árabes modificaron el emplazamiento de las ciudades antiguas, destruidas por la invasión, nuestra capital se trasladó algunos kilómetros más al Norte, a lugar más seguro, como alejado de la costa, más elevado y propio para cercarlo con fuertes muros, pero sobre todo más sano y lejos de las marismas.»


Poco después de publicar este escrito (“Fundación de Xerez, Notas históricas sobre Jerez de la Frontera”, Mauritania, 1936), Moreno de Guerra sería vilmente fusilado en Paracuellos

sábado, 2 de julio de 2022

De despistes, yerbajos y otras malas hierbas

Bloqueé a Miguel Ángel Borrego Soto en Facebook para no caer en la tentación de leer qué seguía diciendo sobre mi aportación sobre la qubba islámica como cabecera del primitivo templo del Real Convento de Santo Domingo. Ya bastante tiempo me ha hecho perder ese señor, entre la repuesta por partida doble que publiqué en las anteriores entradas de este blog y el resumen en Diario de Jerez. Pero un amigo me manda un pantallazo y no puedo resistirme a picar el anzuelo. Once again. Dice ahora Borrego, presentando el dibujo preparatorio de Wyngaerde, que “donde unos ven merlones escalonados, otros vemos yerbajos, malas hierbas…”.

Se olvida el doctor en Filología de un pequeño detalle. El texto del Padre Rallón decía que los dominicos “començaron un Edificio corto y hiçieron su Iglesia que hoy se conserva, valiéndose de la Mesquita, que está en forma de fortaleça con sus almenas, para Capilla Mayor, corriendo una Iglesia pequeña” (el doble subrayado es mío, obviamente).

Compárese el texto con lo dibujado por Wyngaerde un siglo antes: ahí está el edículo usado como capilla mayor, ahí está cubierta a dos aguas, con algunas ventanas– la nave pequeña. Los merlones de los dibujos están meramente esbozados, cosa comprensible toda vez que esta qubba no era un elemento urbano de especial importancia y probablemente el flamenco no quiso perder tiempo en ella, pero la fuente escrita no deja el menor resquicio para la duda. El texto de Rallón confirma y completa la imagen de Wyngaerde: el almenado existía. Si esos merlones eran escalonados ya puede ser objeto de discusión, si bien las imágenes que tengo de morabitos norteafricanos me hacen pensar en una respuesta afirmativa.


En fin, no es la primera vez que Miguel Ángel Borrego omite fuentes escritas para hacer valer sus presuntas revelaciones. Cuando escribió un libro sobre el traslado de Sidonia (Sierra de San Cristóbal) hasta Jerez omitió que el primer historiador en sostener dicha teoría fue Juan Moreno de Guerra (“Fundación de Xerez, Notas históricas sobre Jerez de la Frontera”, Mauritania, 1936, leer aquí). Al anunciar a bombo y platillo que había descubierto la aljama de Sharish bajando hacia el Arroyo, no recogió el texto de Bartolomé Gutiérrez (Historia de Xerez de la Frontera) que dejaba bien claro que la mezquita se situaba en la Encarnación, cosa que todos sabíamos y que quedó corroborada cuando en las obras de la Casa del Abad aparecieron los arcos del patio. Y cuando afirmó haber descubierto que Jerez no pudo ser conquistada por los castellanos en 1264 sino dos o tres años más tarde, se olvidó por pura casualidad de reconocer que Joseph O’Callaghan había dicho exactamente lo mismo en un libro publicado por la Universidad de Sevilla en 1996 (leer aquí).

Son ya demasiados “descuidos”, la verdad. ¿Será que este hombre es muy despistado, o es que acostumbra a jugar con las cartas marcadas?

martes, 28 de junio de 2022

Volviendo a la qubba de Santo Domingo (y II)

VIENE DE LA ENTRADA ANTERIOR

EL RIBAT

El otro punto que discutía el doctor Borrego Soto de mi planteamiento sobre el origen del Real Convento de Santo Domingo es el referente a su carácter de ribat. Veamos lo que escribí en la comunicación de 1996. En referencia a los dibujos de Van den Wyngaerde decía:

«(…) vemos en el lugar hoy ocupado por el extremo occidental de la nave del Rosario (…) la "mesquitilla" referida. Su planta cuadrada, cúpula trasdosada y merlones, posiblemente escalonados (el dibujo no desciende a tanto detalle), indican que nos encontramos ante una de las numerosas rábitas en forma de qubba que durante el periodo almohade proliferaron en las cercanías de las principales ciudades hispano-musulmanas y norteafricanas, y que a menudo fueron reutilizadas por los cristianos. En bastantes casos les añadieron una nave de pequeñas dimensiones, configurando así un modelo de iglesia rural destinado a tener gran éxito en el Aljarafe sevillano.»

Dos notas a pie de página para este texto.

L. TORRES BALBÁS: "Rábitas hispanomusulmanas", en Al-Andalus, 1948, págs. 475-491. B. PAVÓN MALDONADO: "En torno a la qubba real en la arquitectura hispano-musulmana", en Actas de las Jornadas de cultura árabe e islámica, Madrid, 1981, págs. 247-262.

D. ANGULO IÑIGUEZ: Arquitectura mudéjar sevillana de los siglos XIII, XIV y XV, reed. Sevilla, 1983, págs. 102-107. A. J. MORALES MARTÍNEZ: "Reflexiones sobre algunas iglesias mudéjares del Aljarafe sevillano", en Mudéjar Iberoamericano. Una expresión cultural de dos mundos, Granada, 1993, págs. 39-54. Aunque la mayoría de los ejemplares aljarafeños parecen pertenecer en su integridad a tiempos cristianos, algunas cabeceras pueden ser de época musulmana.


Ermita de Castilleja de Talara (Benacazón), perfecto ejemplo de iglesia del Aljafare consistente en una nave cubierta con madera con una qubba como capilla mayor. Imagen: By Jl FilpoC - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=103498208

Lógicamente, no contaba entonces con la bibliografía que desde aquella fecha hasta ahora se ha publicado sobre este fenómeno del ribat, un término que suele mezclarse con el de rábita, rábida y morabito. Ribat es en principio una institución, una actividad a medio camino entre lo espiritual y lo militar en la que el creyente presta servicios defendiendo un punto importante de la geografía al tiempo que realiza una labor de meditación y purificación; con el tiempo la palabra pasaría a designar el edificio propiamente dicho, que es la rábita o rábida. Morabito es la persona que se encuentra realizando el ribat, aunque de nuevo el término pasaría a designar a la edificación. La toponimia resulta bien significativa, también en nuestra comarca, y en este sentido recomendamos al lector acudir al concienzudo e imprescindible artículo de Agustín y José García Lázaro “Devotos musulmanes y defensores del islam. Morabitos y rábitas en la campiña y las sierras jerezanas”, que ustedes pueden encontrar tanto en internet como en el segundo volumen del libro Paisajes con historias en torno a Jerez: Rabatún, Morabita, Roalabota y Bibarábita son algunos de sus objetos de estudio, que tiene muy en cuenta las significativas aportaciones del arabista Mikel Epalza.

Veamos ahora lo que dice Borrego Soto (respeto las negritas y la ortografía propia de un arabista, ajena a la mayoría de los mortales):

«Conviene recordar en este punto que el término árabe rābiṭa, o ribāṭ, tenía en al-Andalus dos significados: el primero era el de una construcción militar fronteriza, sobre todo costera (recordemos el ribāṭ Rūṭa -Rota- de las fuentes árabes), en la que residía una guarnición de monjes soldados dedicados, tanto a la oración, como a luchar contra los enemigos del islam. El segundo significado de la palabra hacía referencia a unas construcciones de índole religioso-funeraria, más conocidas como morabitos, en las que un santón o eremita se retiraba para entregarse a la meditación y a la enseñanza de textos piadosos y en las que, al morir, solía ser enterrado, convirtiéndose todo ese espacio en lugar de veneración y peregrinación, o en sede de una congregación religiosa, entendiéndose este lugar bajo el concepto de zāwiya. Estas últimas construcciones, que solían adoptar la forma de qubba (espacio cuadrado en forma de cubo o de prisma cubierto con una cúpula o con un techo, por lo general, abovedado), pudieron ser aprovechadas también, en vida de su inquilino, como lugar de vigilancia del entorno, a modo de atalaya, sobre todo aquéllas construidas en lugares elevados y estratégicos.

Por lo tanto, la qubba que el profesor López Vargas-Machuca identifica en el grabado de Wyngaerde, podría identificarse con el tipo de las qubba-madfan, de carácter exclusivamente funerario y que se erigían a modo de mausoleo en los cementerios musulmanes, o con el de las qubba-rābita o morabito, al que ya hemos hecho alusión.»

Pues bien, eso es exactamente lo que quise decir, cosa que hice basándome –como él hace– en las aportaciones de ese enorme genio nunca lo suficientemente reconocido que fue Torres Balbás. Lo que ocurre es que a continuación Borrego añade que «nada prueba de un modo definitivo que la primera iglesia levantada por los dominicos jerezanos a partir de finales de 1267, tras la conquista cristiana de la ciudad, se hiciera aprovechando una qubba o un ribāṭ situado frente a la puerta de Sevilla, donde sí es cierto que hubo un reducto de carácter defensivo», y para argumentarlo parte del error de identificar el Llano de San Sebastián con la Plaza Aladro, cuando todos los investigadores hemos sabido siempre que se trataba de la Alameda Cristina. Como dejé claro en la entada anterior, la ubicación propuesta por Borrego Soto para la primera iglesia de Santo Domingo –y por ende, para la “mezquitilla”– detrás de la actual iglesia dominicana, acercándose a la calle Rosario, es gratuita y carente de fundamento alguno.

Pero aún hay más. Dice que «las características del lugar no son las propias de un ribāṭ, aunque sí es cierto que sí podrían serlo para cualquiera de los tipos de qubba reseñados anteriormente: la qubba-madfan y la qubba-rābita.» Pues eso mismo, doctor Borrego Soto, eso mismo llevo diciendo desde 1996, cuando me basé en este texto de Torres Balbás:

«Solían vivir tan piadosos varones en pequeñas ermitas o capillas –rabita, plural rawābit, palabra romanceada bajo las formas “rábita”, “rápita”, “ravida”, abundantes aún en la toponimia hispánica–, en la que eran enterrados al morir. Al culto de un Dios abstracto, inmaterial, sin apariencia ni representación humanas, como es el del islam (…), se agregó el más concreto y próximo de los ermitaños de las rábitas –morabitos (…)–, cuya protección podían invocar los devotos y penitentes».

Añade el profesor jerezano que dicha posibilidad de la qubba-madfan y la qubba-rābita adquiriría peso «sobre todo si hubiera noticia de un cementerio musulmán en sus proximidades». Pues mire usted por dónde, que tal posibilidad existe. Vamos a un texto de mi compañero en el IES Padre Luis Coloma Jesús Caballero Ragel disponible aquí (esta vez los subrayados son míos).

«El Guadalete de 8 de agosto de 1.918 tilda como ‘Hallazgo Macabro’, la aparición de restos humanos en las obras en el edificio que fue Casino Jerezano, adquirido posteriormente por La Compañía Sevillana de Electricidad. Se trata del edifico situado en calle larga n.º 52, actual sede de Unicaja. El edificio se construyó sobre parte de las Huertas de Santo Domingo. Los restos fueron inspeccionados por el juez del distrito de San Miguel, el secretario del mismo juzgado y el médico forense. Tras comprobar que los huesos estaban “…petrificados, sin duda debido al tiempo que se les había dado tierra”, fueron trasladados al cementerio municipal para su inhumación. Los restos se interpretaron como pertenecientes a la antigua comunidad dominica, al ser la zona un posible lugar de enterramiento de la referida congregación religiosa. Sin embargo, puede que los restos también se correspondiesen con el antiguo cementerio judío, no obstante se sitúa junto al antiguo barrio de la judería, o incluso haber sido otra maqbara islámica, extramuros de la ciudad y cercana a la Puerta de Sevilla. De nuevo el nulo rigor arqueológico de la época permitió un análisis más científico de los restos encontrados.»

Lo del cementerio judío queda descartado –en principio, aguardamos publicación– por el propio Borrego Soto, quien si no entendí mal su conferencia de hace unos meses en el Museo Arqueológico, sitúa el mismo a considerable distancia de este punto, ya cerca de la actual Capilla de los Desamparados. Quedan las opciones de dominicos y musulmanes. Si se tratase de estos últimos, se enterrarían ahí atraídos por la baraka que emana de un lugar sagrado, del enterramiento de un morabito bajo la referida qubba.

 

LOS ALFAQUÍES

Vamos a por otra cuestión. Decía Fray Esteban que «en el mesmo sitio, donde hoy está fundado el convento, huvo una Mesquitilla, o oratorio de los moros con una huerta y algunas casas para sus alfaquíes». ¿A qué hace referencia exactamente con este ultimo término? Alfaquí es, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, «Entre los musulmanes, doctor o sabio de la ley». Amplia definición. Mucho más interesante, por cercana en el tiempo a la de Rallón, es la asociación que encontramos en la Crónica de los reyes Católicos de Fray Hernando del Pulgar, y que Torres Balbás trae precisamente a colación en “Rábitas hispanomusulmanas”.

«Y como los moros por la mayor parte son livianos, especialmente atribuyen fe a sus alfaquís, y tienen por santos a los que biuen en los yermos a manera de hermitaños».

Parece obvio que el cronista de finales del XV y principios del XVI se está refiriendo a los morabitos, a los eremitas, que es muy probablemente lo que hace Rallón en torno a 1660. ¿Sitio inusual para ellos la puerta de una gran urbe? No del todo: Torres Balbás decía que «Estas gentes de tan acendrada religiosidad solían retirarse a sitios más o menos lejanos de los núcleos de población, frecuentemente a sus contornos, donde vivían entregados a prácticas devotas, a veces en compañía de algunos discípulos». Volvemos a Rallón: «con una huerta y algunas casas para sus alfaquíes». ¿De verdad lo queremos más claro?


Arco de herradura aparecido a finales de los años noventa en "los claustros" de Santo Domingo.

LA ZAWIYA

Nos queda una última cuestión: ¿se trataba simplemente de una “qubba-madfan, de carácter exclusivamente funerario” o de un qubba-rābita o zāwiya? Dicho de otra manera: siendo evidente que lo que esconde el gran claustro tardogótico de Santo Domingo es una fortificación defensiva, y que su gran arco de herradura apuntado levantado con sillares localizado en la panda que da a la iglesia apunta a época posterior a la califal, ¿hablamos de un eremitorio y de una fortaleza cercanas pero independientes, o existía algún vínculo entre ambas? El propio Borrego Soto nos daba más arriba la respuesta, si bien me parece muy oportuno traer a colación el texto completo del maestro Torres Balbás en el que tanto él como yo nos hemos basado (los subrayados vuelven a ser míos).

«El nombre de rābita se aplicó frecuentemente entre nosotros a otro tipo de edificios que albergaban instituciones algo semejantes: el ribāt (…) y la zāwiya. Los primeros eran conventos fortificados que jalonaban costas y fronteras y habitaban musulmanes devotos dedicados a expediciones militares –la guerra santa– y a prácticas ascéticas; servían, al mismo tiempo, de puestos de vigilancia. Hubo casos, sin duda, en que los ribāts se organizaron en torno en base de una rābita y con un morabito como jefe; el hecho inverso de un ribat reducido a ermita por haberse alejado de sus inmediaciones la frontera enemiga, o por otras circunstancias, también es natural que se produjera.

Se llamaba zāwiya en Berbería, y la misma acepción debió de tener esa palabra en España musulmana, un edificio o grupo de edificios, construidos casi siempre alrededor de un sepulcro venerado, destinados a convento, escuela alcoránica y hospedería gratuita. En las zāwiyas más completas había, pues, un pequeño oratorio con su mihrab; el sepulcro de algún santón; una sala para la enseñanza religiosa, y una o varias habitaciones destinadas a alojamiento de huéspedes, estudiantes y peregrinos. También era frecuente la existencia de un cementerio destinado a las personas piadosas que deseaban reposar junto a la tumba del morabito».

Una vez más: «huvo una Mesquitilla, o oratorio de los moros» que estaba «en forma de fortaleça con sus almenas» y que contaba «con una huerta y algunas casas para sus alfaquíes». Las piezas encajan ya a la perfección.

 

EN RESUMEN

La posibilidad de que la qubba dibujada por Van den Wygaerde no fue la mesquitilla de Rallón sino un depósito de agua, y la afirmación de que la iglesia dominicana original estaba detrás de la actual capilla mayor mirando hacia Aladro, no son sino sendos pasos en falso de Borrego Soto, quien no solo no se ha basado en argumento alguno, sino que puede haber confundido al personal no especializado: con estas cosas hay que tener cuidado.

En lo que se refiere al uso de la qubba y a la presencia de huertas y casas “para sus alfaquíes”, no hay razón alguna para replantear lo que propuse en 1996 apoyado en Torres Balbás: un eremitorio y, probablemente, el enterramiento de un morabito que pudo atraer a devotos a sus cercanías.

En cuanto a la relación con la fortificación de “los claustros” que apareció con posterioridad a mi comunicación, parece obvio que debe ponerse en relación con esos «casos, (…) en que los ribāts se organizaron en torno en base de una rābita y con un morabito como jefe» de los que nos habla Torres Balbás.

Que Rosalía González Rodríguez y Laureano Aguilar Moya, en su magnífico libro El sistema defensivo islámico de Jerez de la Frontera que precisamente presentaba a la luz pública el descubrimiento realizado bajo la cal de “los claustros”, publicado ya en 2001, no hiciera la menor mención de la qubba que yo ya había presentado el 8 de mayo de 1997 en Diario de Jerez y un año siguiente en las Actas del XI congreso del CEHA, me parece una omisión seria de la que, hasta ahora, no he recibido explicación alguna. El método científico exige recoger y presentar al lector toda la bibliografía disponible, para después analizarla críticamente quedándose con lo que parece fundamentado y descartando con argumentaciones plausibles aquellas que parecen débiles. Pasar de largo ante aportaciones que pueden alterar seriamente la interpretación de nuestro objeto de estudio, en este caso la presencia de un morabito y la posible relación con la fortaleza analizada, no parece justo con los compañeros de la investigación ni respetuoso con el lector que desea y necesita que le pongan todas las cartas disponibles sobre la mesa.

Vuelvo al principio de mi primera entrada: los compañeros de la Junta Directiva del CEHJ no solo no me han dado la oportunidad en las recientes Jornadas de Historia de Jerez de presentar aquella aportación que realicé cuando contaba veinticinco años, sino que han llamado para hablar de “La articulación defensiva de la medina al alfoz de la Sharish almohade” a un Laureano Aguilar que, por lo que me han contado, ha vuelto a hacer como si aquellas aportaciones no existieran.

En cuanto a Miguel Ángel Borrego Soto, él defendía en su Tribuna libre el interés de que «se abra un debate historiográfico alrededor de las hipótesis del profesor López Vargas-Machuca”. Entiendo que todo replanteamiento sobre las hipótesis de cualquier autor, trátese de un segunda fila como yo o de un gran nombre, resulta siempre saludable, pero en este caso mucho me temo que la investigación no ha avanzado lo más mínimo. Lo que Borrego ha conseguido es marear la perdiz, hacer que los lectores que no lleguen a leer estas líneas de mi blog piensen que allá por 1996 pude meter la pata “hasta el corvejón”, y quizá que pongan en duda mi capacidad para analizar fuentes gráficas y textuales. No me gustaría pensar que se tratara precisamente de eso, ni que todo esto haya sido un vano intento de justificar que sus colegas de la arqueología, con los que guarda fuertes relaciones profesionales, me hayan dejado y sigan dejándome de lado en un terreno que, como cualquier otro campo de la ciencia, no debería ser exclusivo de ningún grupo más o menos endogámico de investigadores.

Finalmente, expresar mi confianza en que el libro que Borrego Soto y José María Gutiérrez preparan sobre los ribats de la zona esté escrito con menos afirmaciones gratuitas que la Tribuna Libre que ha dado pie a todas estas líneas que me han hecho invertir, veintiséis años después de haber presentado estas mismas conclusiones, mucho más tiempo de lo deseable.


POST SCRIPTUM

El señor Borrego Soto sigue negando que hubiera ribāt en Santo Domingo. Si con ello se refiere a que la denominación de qubba-rābita o de zāwiya es más apropiada, pues vale, aunque habría que recordarle que la terminología ha sido flexible desde siglos atrás hasta ahora mismo, y que los especialistas han insistido en esta cuestión:

«No es de extrañar,  pues, que los términos de rābita y ribāt se confundan con frecuencia, y ambos a veces, aunque es más raro, con el de zāwiya, lo mismo que aparecen mezclados sus destinos. Las tres instituciones tenían un fin piadoso, estaban organizadas en torno a un sepulcro venerado y regidas por un santón. Al variar el tiempo y el lugar de su emplazamiento modificábanse sus características». (TORRES BALBÁS, op. cit.).

Si de una cuestión meramente terminológica se trata, cuando siempre he hablado y sigo hablando de lo mismo, muchas vueltas le ha dado al asunto el arabista jerezano para no avanzar nada, absolutamente nada en este asunto.

Podemos traer a colación un texto muy reciente, el de Javier Albarrán y Enrique Daza “Hacia la construcción de una geografía del ribāt en al-Andalus: práctica y materialidad”, dentro de Cuadernos de Arquitectura y fortificación n.º 6, ed. La Ergástula, 2019, publicado hace tan solo unas semanas.

«(...) cualquier lugar era susceptible de ser elegido por un murābit para hacer ribāt. (...) Parece evidente que los conjuntos edificados que muestran elementos compositivos relacionados con el rezo y la oración, unidos a un espacio fortificado, podrían tener más posibilidades de haber sido receptores de murābitum que una fortificación cualquiera en zona de frontera (...)» (p. 88).

Los mismos autores proponen «Establecer un modelo arquitectónico 'fluido' para esos lugares, en los que convergen elementos compositivos de las fortificaciones con los espacios de culto, siendo estos últimos los más determinantes.» (p. 59).

Ahora bien, si lo que el autor niega es que la qubba dibujada por Van den Wyngaerde tuviese una función sagrada –oratorio, tumba, o quizá tumba convertida en centro de adoración al difunto–, que el gran recinto militar mantuviese una relación directa con el mismo y que, en consecuencia, resulta muy plausible la posibilidad de que todo el complejo pudiera ser utilizado para practicar ribāt, me parece ya un empeño en negar la evidencia que roza la falta de profesionalidad.

Todo esto me recuerda al caso de la tesis de Henrik Karge. Cuando en 1987 el historiador del arte alemán publicó en castellano su monumental trabajo sobre la Catedral de Burgos, un par de nombres prestigiosos de la investigación española negaron el análisis de las claves de la girola con el que demostraba que el gran monumento burgalés tuvo una primera cabecera gótica con un diseño diferente al actual. Le pregunté a alguien muy sabio por qué se resistían a reconocer algo que era evidente con una inspección a simple vista. La respuesta fue contundente: "porque ellos no supieron verlo antes". Hoy día la tesis de Karge se encuentra unánimemente aceptada.

jueves, 16 de junio de 2022

Volviendo a la qubba de Santo Domingo (I)

Entre el 30 de mayo y el 4 de junio se ha celebrado la XXVII edición de las Jornadas de Historia de Jerez que organiza el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, desde hace algunos años con la colaboración del Centro de Estudios del Profesorado de la misma localidad. El título, “Jerez y las torres medievales de su entorno: Historia, Arqueología y Patrimonio”.

Me lamentaba en mi muro de Facebook de continuar siendo ignorado en estas jornadas: desde que en 1996 comencé a publicar sobre arte medieval jerezano, nunca se me ha invitado a participar salvo en 2021, y no fue sino para sustituir a un compañero en una visita guiada a La Cartuja que, por cuestiones sanitarias, al final tuvo que ser suspendida. Se me dijo entonces que posiblemente para 2022 podrían contar de una vez conmigo, toda vez que estaban planeando algo que tuviera que ver con el patrimonio.

Efectivamente, con el título antedicho la oportunidad estaba ahí, porque allá por 1996 realicé una aportación sobre la existencia de unas edificaciones islámicas frente a la Puerta de Sevilla que habrían sido reutilizadas para fundar allí el Real Convento de Santo Domingo, y más recientemente he sugerido la posibilidad de que aquellas pudieran interpretarse, a tenor del recinto fortificado descubierto bajo la cal del claustro tardogótico (“Los Claustros”), como un ribat o rábita, complejo a medio camino entre lo defensivo y lo espiritual que acostumbraba a asociarse a una qubba como la que fue utilizada como cabecera de la primitiva iglesia dominicana. Cierto es que no se trata exactamente de una torre, pero al fin y al cabo una de las ponencias se llamaba “La articulación defensiva de la medina al alfoz de la Sharish almohade”, a cargo de los arqueólogos José María Gutiérrez y Laureano Aguilar. Obviamente, no fui invitado. Escribí que hubiera sido una buena oportunidad para hablar en público de este tipo de construcciones en la zona, y añadía una circunstancia significativa: el arabista Miguel Ángel Borrego Soto y el citado José María Gutiérrez andan desde hace tiempo preparando una publicación sobre ese mismo tema. Apunto ahora, para quien no lo sepa, que los dos son miembros de la Junta Directiva del Centro de Estudios Históricos, y que habida cuenta de que los demás participantes pertenecen a su entorno académico, es de suponer que los dos investigadores han tenido que ver con la selección de nombres a invitar o a dejar fuera.

La réplica a mis líneas ha venido en forma de tribuna libre escrita por Borrego Soto en Diario de Jerez el día 1 de junio, que les invito a leer en este enlace. El autor no solo pone en duda que el complejo edilicio del que estamos hablando fuese realmente un ribat, sino que intenta desmontar todas mis aportaciones sobre el primer Santo Domingo arguyendo que realicé una mala interpretación de las fuentes escritas, que la iglesia original no estaba donde señalé y que la qubba visible en las célebres imágenes realizadas por Anton van den Wyngaerde en 1567 podría ser un depósito de agua. ¡Vamos, que me equivoqué en todo!

No me extrañaría que, si alguien le preguntó por mi no participación en las jornadas, Borrego hubiese replicado que porque mis teorías eran dislates, término este que fue precisamente el que utilizó Hipólito Sancho cuando, después de haber publicado cosas acerca de la Capilla de San Pedro Mártir que se abría en la iglesia actual, se encontró con un texto del Fray Esteban Rallón acerca de la “mezquitilla en forma de fortaleza con sus almenas” que le desmontaban algunos de sus planteamientos: prefirió descalificarlas en lugar de replantear que él, Hipólito, se podía haber equivocado.


En su momento pude demostrar que Rallón estaba totalmente en lo cierto, y así lo había aceptado la bibliografía. Ustedes pueden leer aquella comunicación (Valencia 1996) en este blog. Me toca ahora “desmontar el desmontaje” que ha pretendido hacer mi compañero: no estaría bien que por su culpa volviésemos varias décadas atrás en nuestros conocimientos sobre el tema. Eso sí, tendré que ponerle paciencia: la misma que le pido al lector. Vamos por partes.

 

EL LLANO DE SAN SEBASTIÁN

Afirma el doctor Borrego Soto:

“(…) las referencias al antiguo oratorio de los frailes dominicos en las fuentes históricas jerezanas lo sitúan a espaldas del ábside de la nave principal del templo actual, como parece indicar el propio Esteban Rallón, cuando dice que la antigua iglesia era, en su tiempo (siglo XVII), bodega, y hacía cara a la plaza que llamamos el llano de San Sebastián, es decir, la plaza Aladro de nuestros días, diferente de la plaza o llano de Santo Domingo, la Alameda Cristina de ahora.”

Pues falso. Ninguna fuente habla de un oratorio situado a espaldas de la actual capilla mayor. Esas supuestas fuentes, en plural, no existen. Lo que tenemos es la cita de Rallón, que –dicho sea de paso– nadie en tiempos reciente manejaba hasta que la recuperé, en la citada comunicación, del ostracismo al que la había sometido Hipólito:

"(…) començaron un Edificio corto y hiçieron su Iglesia que hoy se conserva, valiéndose de la Mesquita, que está en forma de fortaleça con sus almenas, para Capilla Mayor, corriendo una Iglesia pequeña, que oy es bodega y hace cara a la plaça que llamamos el llano de San Sebastián”.

Llano de San Sebastián es la Alameda Cristina. Bueno, en realidad llegó a llamarse así a todo el espacio que se situaba entre la Puerta de Sevilla y el actual Mamelón, Plaza Aladro inclusive. Pero el fraile utiliza la palabra “plaça”, es decir, se refiere a un lugar no abierto, sino cerrado por al menos tres lados: la muralla, Santo Domingo y el Hospital de San Sebastián en el que en 1572 –poco después de Wyngaerde– Juan Pecador organizaría su fundación asistencial (Romero Bejarano, en Iglesias y conventos de Jerez, p. 277, dice que “el inmueble se encontraba en lo que por entonces se llamaba Llanos de San Sebastián y nosotros hoy conocemos como Alameda Cristina”). Aladro era el espacio que servía como salida trasera al convento –ahí se abre todavía la Puerta del Campo– y que lindaba con las huertas de los frailes, las cuales se extendían –gracias a Jesús Caballero Ragel por la información– desde el Cine Jerezano hasta el edificio de Unicaja en la Calle Larga.

Pasemos al testimonio de Wyngaerde. Si acudimos al dibujo preparatorio que se encuentra en Londres, veremos que la leyenda “Sto. sebastiaen S Joan de Latran” (sic) se corresponde con la letra K, situada justo en la acera de Cristina opuesta a Santo Domingo. Repararemos asimismo en una serie de edificaciones que cerraban parcialmente la actual Cristina hacia el norte, aun siempre dejando el amplio espacio que necesitaba la salida a Sevilla. Ese espacio es, precisamente, el que tiene sentido como “plaça”. Es verdad que donde está situada la actual Aladro también se ve algún edificio hacia el lado septentrional –justo detrás estaría el punto de vista adoptado por Wyngaerde–, pero no tendría el menor sentido que en tiempos de Rallón “los llanos” fueran exclusivamente el sector de Aladro, tan alejado del hospital de San Sebastián propiamente dicho. E insistimos en que el dominico hace referencia a una plaza, a un recinto más o menos cerrado, precisamente con ese nombre: solo puede tratarse de la actual superficie de Cristina.

 

EL PRIMER CONVENTO

Borrego Soto afirma que, a tenor de las fuentes dominicanas, el primitivo convento estaba situado en ese sector meridional, el que se encuentra entre Aladro y el actual Conservatorio lindando con la calle Rosario.

“Toda esa parte posterior del actual convento, hoy lamentablemente un callejón en ruinas, fue donde algunos autores como Rallón o el fraile dominico Agustín Barbas sitúan el origen del mismo, y en la que localizan aún entre los siglos XVII y XVIII, el Claustro de Novicios (hoy parte de un bloque de viviendas de la calle Rosario), el de la Enfermería, la cocina, la tahona y toda la zona industrial de los dominicos, en la que se incluiría la vieja iglesia medieval, transformada en bodega y almacén”.

Vamos a ver qué es lo que realmente dice Rallón.

"(…) corriendo una Iglesia pequeña, que oy es bodega y hace cara a la plaça que llamamos el llano de San Sebastián: el Convento fue lo que oy sirve de Claustro de legos, molino ofiçinas y atahona" (el subrayado es mío, obviamente).

Pues bien, es cierto que en toda esa parte situada detrás de la actual iglesia y al norte del gran claustro gótico había otros claustros a los que se abrían numerosas dependencias secundarias del convento. Pero no es menos verdad que las funciones conventuales también se extendían por la zona situada entre la Nave del Rosario y Aladro, es decir, justo donde se encuentra el mucho más modesto convento actual. Allí estaba, si seguimos a Rallón, el primer convento con su primer claustro, este último situado donde ahora hay un patio que hoy centra la vida dominicana.

Lo he escrito yo, lo han escrito Javier Jiménez López de Eguileta y Manuel Romero Bejarano en su libro Los Claustros de Santo Domingo y lo ha escrito José María Guerrero Vega en su tesis doctoral, Arquitectura medieval de Jerez de la Frontera: cuando se decide construir un nuevo convento, cuyo claustro aprovechará la fortificación previa, el primer cenobio se convierte en una zona secundaria y la iglesia en bodega –un espacio rectangular cubierto con madera resulta ideal para esta función–, salvándose la capilla mayor por albergar sepulturas de las élites locales. Esta quedaría integrada como parte de la nueva iglesia bajo el nombre de Capilla de San Pedro, y para ello habría que construir un muy largo espacio de enlace con la nueva nave. El resultado es lo que hoy conocemos como Nave del Rosario, justo la que otorga esa insólita planta en forma de letra T a la iglesia. Ese enorme corredor y la planta resultante solo se explican así, por el deseo de unir la iglesia nueva con la capilla mayor antigua.

En cuanto a Fray Agustín Barba, sobre este asunto aporta que la primera iglesia estuvo “en aquel sitio que es en el día bodega”, y luego afirma que el primitivo convento “estaba ubicado en el solar del actual claustro de la enfermería”, como señalan Jiménez y Romero (p. 34), pero lo hace a tenor de los restos que él cree identificar con un refectorio anterior al levantado en las últimas décadas del Quinientos; a las argumentaciones de estos dos historiadores nos remitimos, sin olvidar que no habría mucho problema en que las dependencias conventuales secundarias se fuesen extendiendo desde la zona de Cristina hacia el sector del Conservatorio de Música, desde el momento en el que la vida dominicana pasó del primer claustro al segundo –el tardogótico–

Y es que Rallón es muy claro:

Frente a la capilla de la Consolación “se abrió un grande arco del cual comienza otro pedazo de Iglesia hasta la que fue Capilla mayor y Mezquita de los moros que hoy se llama de San Pedro y hoy es de los Cabeza de Bacca Sucesores de Basco Pérez de Meira, de modo que hace otra segunda Iglesia, y tiene por capilla mayor la de Nuestra Señora de la Consolación.”

Si el lector conoce –a buen seguro que sí– dónde se encuentra la capilla de esta preciosa imagen italiana, no le puede caber la menor duda: Rallón está indicando que esa capilla mayor y esa “mezquita” se encuentran frente por frente a la actual mesa de altar, mirando en dirección Cristina. Es decir, exactamente en el lugar donde Van den Wyngaerde dibuja la qubba. No hay más que mirar los dibujos para localizar la nave que se abría a la misma: justo donde decía Rallón, haciendo “cara a la plaça que llamamos el llano de San Sebastián”.


En definitiva, afirmar que capilla mayor e iglesia primitivas se encontraban en la zona entre Plaza Aladro y Plaza de San Andrés es por completo erróneo. La combinación de las fuentes escritas de Rallón (1666) y Van den Wyngerde (1567) resulta contundente: la qubba que el flamenco pinta donde hoy se alza la portada de la Nave del Rosario y la nave que se adosa a la misma, situada en el espacio que ocupa el moderno recinto conventual, conformaron la primera iglesia del Real Convento de Santo Domingo. Sobre qué hubo exactamente en esta zona en tiempos andalusíes intentaré decir algo en la siguiente entrega.

 

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lunes, 27 de diciembre de 2021

El mudéjar en Jerez, preguntas y respuestas

Parece que en cuatro o cinco días, tras una demora derivada de problemas técnicos –la imprenta tenía que comprar una máquina nueva–, se pone a la venta El mudéjar en Jerez, preguntas y respuestas. Si no esta misma semana, lo tienen ustedes para después de Fin de Año. Como la pandemia impide –de momento– realizar presentación oficial, vayan estas líneas para explicar de qué va el asunto.

El texto parte de una motivación clara: mi vocación docente. Muchas veces los que nos dedicamos –mejor o peor, esa es otra historia– a investigar nos olvidamos de algo tan fundamental como es la divulgación. Nos preocupamos por avanzar en nuestros conocimientos –lo que está muy bien– o quizá –esto ya es menos interesante– en ser los primeros en sacar a la luz tal o cual hallazgo, pero muy poco de que esos avances y esos descubrimientos lleguen al común de los mortales. También es cierto que las circunstancias del mundo universitario no son precisamente las que más ayudan a promover la divulgación: los profesores de nuestras universidades están obligados a la publicación de textos científicos, lo que generalmente les lleva a dejar a un lado aquellos trabajos que no van a servir para conseguir el número requerido de créditos. Los profesores de secundaria no gozamos del prestigio de los de la enseñanza del nivel superior. Tampoco con sus recursos ni con sus horas libres para investigar: si nos dedicamos a ello, lo hacemos en nuestras horas libres. Pero precisamente por eso tampoco nos vemos condicionados por las cuestiones antedichas. Como no se tiene en cuenta en nuestra trayectoria laboral, da igual que publiquemos investigación o divulgación. Podemos sin remordimientos dedicarnos a esta última, que no en balde coincide con nuestra vocación última: enseñar al que quiere aprender.


Con este objetivo en la mente, le propuse al editor José Ruiz Mata la idea de un libro eminentemente divulgativo en el que el texto y la imagen, equilibradas al cincuenta por ciento, sirvieran para difundir el estado de la cuestión sobre lo que conocemos como “gótico-mudéjar” o “mudéjar” de Jerez de la Frontera, y a su vez contribuyese a poner en valor esa parte importante de nuestro patrimonio monumental. Aceptó al instante. Le dije que me gustaría contar con un fotógrafo de contrastada calidad y que su nombre apareciera en portada. También respondió de inmediato: José Luis Lozano Romero. No le conocía de nada, pero en cuanto vi lo que hacía quedé maravillado. Propuso además fotos a color y tapa dura. Qué quieren que les diga, todo esto sobrepasaba con mucho lo que yo podía esperar para cualquiera de mis trabajos.

En principio la idea era articular la publicación en una serie de dobles páginas: texto a la izquierda, imagen a la derecha. Pero luego me di cuenta de que, por muy didácticas que fueran las explicaciones, primero hacía falta una parte “teórica” más o menos larga que, antes de entrar en materia, sentase una serie de cuestiones básicas que no tienen por qué ser conocidas por todos los lectores. Decidí escribirla siguiendo el formato de cuatro grandes baterías de preguntas y respuestas. Yo ya había optado por tan arriesgado planteamiento en unas notas que sobre El castillo de Barbazul de Bartók redacté hace años para el Teatro Villamarta. Luego lo hice en el libro San Dionisio, una visita guiada: parece que gustó. A algunos le podrá parecer poco académico, pero considero que con él la lectura resulta mucho más ágil, los conceptos llegan con mayor claridad y el amante de la cultura que no cuenta con una especial preparación en estos temas podrá acercarse a cuestiones muy complejas para las que no encuentra fácil respuesta en los libros.

Ni que decir tiene que para toda esta primera parte he tenido muy en mente a mis propios alumnos del IES Padre Luis Coloma, sobre todo a los de Patrimonio Artístico y Cultural de Andalucía y a los de Historia del Arte –primero y segundo de Bachillerato respectivamente–, y con ellos a los de toda la ciudad. También a sus profesores. He pensado mucho en esos compañeros que buscan información sintética y actualizada sobre nuestro patrimonio monumental y que se ven abocados bien a leer textos recientes pero dispersos y a veces de gran complejidad, bien a conformarse con síntesis muy desactualizadas. Con todos los respetos, el libro de El mudéjar en Jerez de mi apreciada compañera Ricarda López lanzado en 2004 recogía el estado de la cuestión de 1933, esto es, el inmediatamente anterior a la Introducción a la Arquitectura en Xerez de Hipólito Sancho. Desde su fecha de publicación, además, ha llovido muchísimo. Ciertamente mi síntesis realizada en 2014 para el catálogo de Limes Fidei sigue pareciéndome válida en líneas generales e importante en el apartado gráfico, pero el espacio disponible no permitía profundizar lo suficiente ni recoger en imágenes todo el patrimonio de interés. Y tampoco es que en estos últimos años nos hayamos quedado cruzados de brazos precisamente: hay muchas cosas nuevas que integrar en nuestra visión global del mudéjar jerezano, empezando por la tesis doctoral de José María Guerrero Vega y continuando por una serie de aportaciones mías y de otros investigadores. Había que actualizar.

Debo reconocer que, en el empeño por seguir avanzando en el conocimiento de este mundo, me puse a escribir con tanto entusiasmo que en un momento dado renuncié a las “preguntas y respuestas” y pasé al formato tradicional, el de la redacción expositiva, para incluir más y más reflexiones. Error: se me fue de las manos. Las dimensiones alcanzadas eran muy considerables y aquello se alejaba de la idea inicial de divulgación, así que tuve que renunciar y volví al formato original. Por el camino se han quedado páginas y páginas que no sé si algún día tendré la ocasión de publicar; muchas de ellas estaban dedicadas al Jerez andalusí. Lo cierto es que ahora no era el momento.

¿Cómo ha quedado el texto, pues? Empezamos con cinco páginas de introducción: todo resumido para que el lector se haga una idea muy general de aquello de lo que vamos a hablar. Siguen las veintiocho páginas de preguntas y respuestas, distribuidas en cuatro bloques: “Gótico y Tardogótico”, “Mudéjares, Mudéjar, Mudejarismo”, “Gótico y Mudéjar en Jerez” y “Materiales y Formas”. A alguien le parecerá una soberana tontería responder preguntas como “¿En qué consiste la arquitectura gótica?” o “¿Cuándo y dónde aparece la arquitectura gótica? ¿Es una evolución de la románica?”, que son precisamente las primeras. A mí no: el libro está escrito para todo el mundo. Mal empezamos si nos ponemos exquisitos. Por otra parte, no se han esquivado cuestiones complejas como “¿Es verdad que el paso del románico al gótico se realiza gracias a la orden del Císter?”, “¿Debe interpretarse el uso de la madera para cubrir espacios como un rasgo de mudejarismo?” o “¿Es un estilo el mudéjar, o más bien una constante del arte hispano?”. Otras preguntas tienen un carácter más local: “¿En qué medida se encuentran vinculadas las iglesias de Jerez a la arquitectura parroquial sevillana del medievo?”, “¿Existe arte románico en Jerez?”, “¿Son los elementos mudéjares de las iglesias jerezanas una herencia recibida desde la arquitectura de Sharis?”, “¿Puede considerarse al gótico-mudéjar de Jerez como una prolongación del cordobés?” o “¿Llegaron maestros mudéjares del otro lado de la frontera?”. Espero haber sabido dar respuestas plausibles.

A continuación, diecinueve láminas con sus comentarios. Cuestiones de maquetación han impedido preservar el concepto original de texto a la izquierda, imagen a la derecha, pero sí que hemos mantenido la idea de optar por la página completa para las fotografías. En algún caso, se trata de dos imágenes horizontales ocupando una página. José Luis Lozano ha realizado un trabajo formidable; mejor cuanto más libre, cuanto menos sujeto a mis peticiones. Hay muchas imágenes que alcanzan gran fuerza plástica por sí mismas, con independencia del objeto representado. En este sentido, creo que es un libro muy hermoso, muy bellamente editado e ilustrado. Me gusta de manera muy especial la imagen del ábside de Santa María de Arcos vista desde el interior de una vivienda, así como la instantánea en blanco y negro de la techumbre mudéjar de la vivienda número 3 de la Plaza de San Lucas, que con la mayor amabilidad del mundo nos permitió fotografiar la actual propietaria del inmueble. Vayan a ella desde aquí nuestro agradecimiento, como también a la hermana mayor de la Hermandad de la Vera+Cruz y al sr. cura párroco de San Dionisio: difícil es encontrar mayor espíritu de colaboración. Tampoco podemos dejar de agradecer la amabilísima cesión que José Contreras Sánchez ha realizado de dos fotografías que realizara en su momento para el catálogo de Limes Fidei, una de ellas por completo inédita. Y a nuestro amigo “La cámara de Kiko”, que no quería reconocimiento alguno por su magnífico y muy revelador detalle de la sacristía de la Cartuja de las Cuevas: no le he hecho caso y le he puesto el merecidísimo crédito fotográfico.

En cuanto a las láminas propiamente dichas, hemos intentado llegar a un equilibrio entre lo más conocido y lo que no suele llamar tanto la atención, como también entre lo que está en Jerez y lo que se encuentra fuera de la localidad: Arcos de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y Vejer de la Frontera tienen su justo lugar, porque sin ellas sería por completo imposible entender lo que aportan los talleres jerezanos. Por supuesto, todas las páginas precedentes de “preguntas y respuestas” también están ilustradas, siguiendo en ellas el criterio de incluir lo más interesante de lo que no iba a ser recogido en las láminas “grandes”. Creo que es la primera vez que se publican imágenes a color de la Capilla de la Jura restaurada (¡qué impresionante trabajo el de nuestro fotógrafo!), o del exterior del Convento de Santiago de la Espada (Sevilla), y quizá también de los restos pictóricos de Santa María de la O de Sanlúcar de Barrameda y de los que hay en la Puerta de Jerez en Tarifa. De la capilla mayor del Divino Salvador de Vejer se publican dos detalles reveladores –las fotos las hice yo, a José Luis no le hemos hecho trepar por los muros– que jamás se han visto.

También hemos incluido una imagen que me gusta especialmente. Se trata de una vista de la Plaza Plateros en torno a 1915 que se encuentra en el Archivo General de la Región de Murcia. Su conocimiento se lo debo a D. Cristóbal Orellana. La publicamos de manera testimonial en el libro San Dionisio: una visita guiada con un tamaño tan pequeño que se perdía la mayor parte de la información. Ahora la tenemos a doble página en todo su esplendor. O casi, porque les aseguro que ampliando en la pantalla del ordenador se obtiene un nivel de detalle asombroso. El rótulo “Queda prohibido por disposición del Sr. Alcalde bajo la multa de una peseta verter aguas en este sitio y en sus inmediaciones” sigue sin poder leerse.

Los textos acompañan a las diecinueve láminas son más complicados que los precedentes. Más “para ya iniciados”, aunque si se ha leído lo que se expone con anterioridad no puede haber el menor problema de comprensión. De lo que se trata ahora es pasar de cuestiones generales a otras más particulares. También me he permitido en ellos presentar ideas novedosas, intentando abrir nuevos senderos. Estoy contento por haber arrojado un poco de luz –o eso espero– sobre el lío de la Capilla de la Paz en Santiago. También creo que pueden ser tomados en consideración los apuntes sobre la posible relación entre la arquitectura religiosa y la militar realizados a partir de la bóveda de espejo en San Marcos. Volver a lo de la qubba en Santo Domingo me ha resultado aburrido, después de tantos años, pero no podíamos dejar de lado un capítulo tan decisivo. Lo de la capilla mayor de San Juan de los Caballeros sí me ha resultado más estimulante, porque recupero la idea que Romero Bejarano y Caramazana Malia negaron: que se trata de una construcción funeraria asociada a las laudas de Lorenzo Fernández de Villavicencio, esposa e hijo. Obviamente ahora apuesto por una cronología más temprana que la que consideré a finales del siglo pasado (¡cómo pasa el tiempo!), pero creo haber retomado la idea con argumentos sólidos que abren una vía particularmente interesante a la investigación, sobre todo en lo que a la relación entre oligarquía y vocabulario artístico se refiere. Está mal que hasta ahora no hayamos tenido en cuenta la circunstancia de que este personaje, antes de su triunfal retorno a Jerez, estuvo desterrado en el sultanato nazarí. ¿Debe extrañarnos que pidiera que se ornara su tumba en la capilla mayor de San Juan “estrellada de azulejos”? Ahí hay mucha tela que cortar.

Salvo en una sección a la que luego haré referencia, el libro no cuenta con otro aparato crítico que la bibliografía final. Dado el carácter de síntesis que presentan los textos, de haber optado por notas a pie de página estas hubieran tenido que ser extremadamente numerosas: por eso mismo semejante opción es común en los libros de carácter divulgativo. Ahora bien, aunque se ha hecho un esfuerzo para ir citando dentro del texto a aquellos investigadores que han realizado las aportaciones más relevantes, parecía justo orientar al lector deseoso de ampliar sus conocimientos en torno a los diferentes libros y artículos a los que puede recurrir, al tiempo que se le aclara cómo ha ido evolucionando la historiografía en torno al tema de la arquitectura medieval de Jerez. Una evolución, por cierto, en absoluto lineal ni uniforme, porque ha conocido no solo avances sino también serios retrocesos, como también décadas de estancamiento. Es por esto por lo que tomé la decisión de añadir siete páginas de consideraciones bibliográficas en las que he intentado ser respetuoso sin renunciar a la crítica ni a la autocrítica.

Dos apéndices vienen a continuación, de muy distinta naturaleza. El primero es una breve guía de visita a las iglesias jerezanas que contienen elementos gótico-mudéjares, centrándome en ellos sin dejar de decir algo sobre otros elementos patrimoniales. San Dionisio y Santo Domingo acaparan, con todo merecimiento, la mayor atención. Toda esta parte está hecha pensando tanto en el visitante que viene de fuera como en grupos de alumnos que se acerquen a nuestras iglesias y que quieran encontrar, sin tener que saltar de un lugar al otro del libro, información clara sobre aquello a lo que deben atender en sus recorridos.

El segundo ha sido una adición a última hora de la que me siento particularmente satisfecho. Se trata de la versión original del estudio que realicé sobre el fragmento de pintura mural gótico-mudéjar encontrada en la vivienda n.º 3 de la Plaza de San Lucas que presenté en septiembre de 2019 dentro del ciclo “La pieza del mes” del Museo Arqueológico Municipal. De las seis mil palabras escritas, yo mismo tuve que amputar hasta quedarme en las dos mil trescientos que se ajustaban al formato de la ficha que se nos solicitaba, contando con publicar el texto íntegro en la Revista de Historia de Jerez. Pero aconteció un serio desencuentro con el director de dicha publicación, D. Miguel Ángel Borrego Soto, hasta el punto de que decidí -mantengo mi decisión- no volver a publicar en la misma mientras este señor siguiera al frente. El trabajo pasó al limbo. Como expliqué por aquí, el pasado mes de septiembre el profesor D. Raúl Romero Medina dijo públicamente en la Sala Compañía que la pintura mural de nuestras iglesias se encontraba sin estudiar. Hay quienes me aseguran que lo hizo para ningunearme, incluso para provocarme. Afortunadamente lo logró, porque enseguida acudí a mi editor sugiriéndole añadir al volumen ya finalizado aquel trabajo. Dicho y hecho, aunque quise realizar alguna modificación más o menos importante y añadir unas notas a pie de páginas que en la ficha del Museo no se permitía, pero que aquí me parecían imprescindibles porque ya no hablamos de divulgación, sino de investigación pura y dura. ¿Incoherencia con respecto a las páginas anteriores? Pues sí, pero no me arrepiento lo más mínimo. Leyendo estas veintitrés páginas adicionales, el lector tendrá una idea muchísimo más completa del fenómeno gótico-mudéjar que se produce en Jerez, y no solo porque se habla ahora de pintura, sino también porque se aborda la relación ente la ornamentación doméstica y la de las iglesias. El repertorio de imágenes -estas son todas mías- me parece interesantísimo. Los restos tras los retablos de San Marcos de Jerez y de la O de Sanlúcar jamás habían sido fotografiados. Creo que tampoco son desdeñables las reproducciones en color del zócalo del Castillo de Luna en Rota y, especialmente, del Palacio de los Duques de Feria en Zafra.

Claro que de lo que más satisfecho me siento es de haber conseguido presentar a doble página una imagen que hasta ahora solo podían contemplar quienes tenían la suerte de acceder a un ejemplar de la Catálogo Monumental de España, Provincia de Cádiz, de Enrique Romero de Torres. Se trata del dibujo realizado por José Olivares Veas a principios del siglo XX de las pinturas murales que se escondían tras el retablo mayor de la Basílica de Santa María de la Asunción de Arcos de la Frontera. La Coronación de la Virgen, ya lo saben, hoy se puede admirar trasladada a la nave del Evangelio, pero el resto sigue oculto. Después de mucho tiempo de espera, lo ponemos al alcance de cualquier investigador. En la fotografía -Archivo Mas- podrá ver asimismo el sagrario mudéjar a la izquierda del conjunto, y si está atento podrá verificar lo que algunos ya intuíamos: que los nervios de la bóveda estaban revestidos de dientes de sierra, lo que termina de demostrar que la obra arcense anterior a la actual fábrica tardogótica se debía al que hemos venido en llamar “Taller de Santo Domingo” jerezano. Ha costado su dinero traer esta imagen aquí, pero ha merecido la pena.

Cerrando el volumen, la imprescindible bibliografía. Sesenta y seis referencias en total. He procurado que estén todos los autores que han aportado algo de interés. También aquellos que han realizado trabajos de divulgación, con independencia de que quien esto suscribe esté o no de acuerdo con el resultado. La verdad es que encuentro poco consistentes algunos de esos textos, pero el lector no se merece que se le escamotee su existencia. Antes al contrario, lo justo es que se le facilite acceder a ellos para que pueda contrastar enfoques y valoraciones diversas. Si algún autor no aparece recogido no se debe en absoluto a mi voluntad de dejar a un lado a nadie, sino a despiste o ignorancia.

Otra cosa es que no haya dado tiempo a recoger las aportaciones más recientes. Es el caso del artículo sobre las yeserías mudéjares del Palacio de Campo Real escrito por José María Gutiérrez y Miguel Ángel Borrego publicado en el último número de la Revista de Historia de Jerez. De su existencia me enteré hace tan solo unas semanas, cuando se presentaba la publicación, porque en ningún momento –era de esperar– se me hizo saber que esa investigación estaba en marcha. Lo mismo puedo decir de la pieza de yesería mudéjar que podría pertenecer a la sinagoga de Jerez presentada en una conferencia el 11 de noviembre de 2021 por el segundo de los investigadores citados, quien al parecer está a punto de publicar un libro sobre la judería. Entiendo que cada persona es libre de compartir información con quien le parezca oportuno, pero lo cierto es que trabajando en grupos cerrados que rivalizan entre sí salimos perdiendo todos: yo porque podía haber enriquecido de manera sustancial el texto, los autores porque podrían darle mucha mayor difusión a sus aportaciones, los lectores no atentos a la bibliografía especializada –es decir, el común de los mortales– porque de momento se van a quedar sin conocer estos avances. Me hubiera encantado presentar como “en prensa” estas novedades, pero así funciona las cosas en esta ciudad de reinos de taifas, del “esto es mío” y del “yo lo vi primero”.

Lo cierto es que el libro ya está condenado de antemano por algunas personas. Mis enfrentamientos personales con Manuel Romero Bejarano y Miguel Ángel Borrego Soto van a hacer muy difícil que sea reconocido por sus respectivos círculos, en los que se integran la mayoría de los que en Jerez investigan sobre temas medievales. David Caramazana Malia, valioso investigador muy cercano a Romero Bejarano, ha evitado citarme en sus última publicación científica, lo que deja bastante claro cuál va a ser a partir de ahora su actitud hacia mi trabajo. Borrego Soto, por su parte, ya ha empezado a atacar en las redes sociales: el hecho de que nuestro editor sea José Ruiz Mata, con el que ha conocido serios enfrentamientos a raíz del libro de este último sobre Asta Regia, no tenía más remedio que conllevar una sentencia condenatoria que ya ha sido emitida.

Dicho esto, creo que la experiencia ha merecido la pena. Porque el texto ha sido escrito fundamentalmente, lo dije al principio e insisto ahora, para que cualquiera pueda acercarse de la manera más sencilla posible a toda la riqueza de nuestro patrimonio “mudéjar” o “gótico-mudéjar”, haciéndolo sin recurrir a simplificaciones ni rehuir de las cuestiones más espinosas, reconociendo el valor de todos cuantos han contribuido a este conocimiento, ofreciendo el estado de la cuestión a fecha de 2021 y procurando ofrecer el suficiente número de ideas novedosas con vistas a que la investigación no quede estancada. Serán los lectores los que tendrán que decidir si hemos conseguido nuestro objetivo.

sábado, 11 de diciembre de 2021

Mis peripecias con Peripecias

Creo que va siendo hora de explicar públicamente cuáles son las circunstancias que han concurrido en mi absoluto desencanto con la editorial, que allá por 2014 publicó mi libro El edificio medieval de San Dionisio de Jerez de la Frontera. Para ello voy a limitarme a copiar una carta en la que expongo los hechos con total carácter narrativo, sin entrar en interpretaciones, y a añadir unas pinceladas finales.

Todo ello, ¿para qué? Pues porque en Jerez hay mucho investigador deseando publicar sus trabajos. Pero las editoriales son pocas y no siempre funcionan como a los autores nos gustaría. Creo que se merecen saber qué se pueden encontrar. Y también creo que los amantes de la cultura tienen que saber lo dificilísimo que resulta que nuestro trabajo llegue a sus manos y las circunstancias a veces muy amargas con las que nos tenemos que enfrentar.


Email escrito a D. Antonio Aguayo Cobo el 25 de septiembre de 2021 por Fernando López Vargas-Machuca

Estimado Antonio:

(…)

Te escribo en tu calidad de actual director de PeripeciasLibros, en referencia a mi libro sobre San Dionisio. Son dos cuestiones.

Primera. He recibido una oferta de (…) para reeditar el libro en 2014 que edité con vosotros (…), toda vez que está recibiendo numerosas demandas del mismo y se encuentra agotado (sobre eso volveré luego). Según cláusula séptima del contrato firmado en su momento, que te adjunto escaneado para mayor comodidad tuya, a los cinco años termina el contrato, pero Peripecias se reserva el derecho preferente de reedición en igualdad de términos y condiciones que el autor pueda convenir con terceros. En este caso, términos y condiciones que consisten en que (…) no me exige ninguna aportación económica por realizar esa tercera edición. Por ende, comunico oficialmente a la editorial que diriges que el texto va a ser reeditado por esta otra empresa, salvo que vosotros presentéis una oferta en las mismas condiciones.

Segunda. En su momento aboné 400 euros + 4% de IVA por una edición mínima (me permito subrayar lo de mínima) de 500 ejemplares, con el compromiso de remitir cada año un certificado haciendo constar existencias y ventas, y abonando los derechos de autor correspondientes (40% ventas directas, 8% librerías). Hasta ahora solo he recibido una liquidación, remitida por ti mismo el 15 de abril de 2015. Te adjunto el documento, de nuevo para que no tengas que andar rebuscando. 149 euros recibidos por 20 ejemplares de venta directa y 95 en librerías, lo que suman 115 ejemplares. No hace falta que te diga la suma que he perdido en este proyecto. Mi intención nunca fue ganar dinero con este trabajo, pero tampoco pretendía perderlo.

En su momento, María Racero me confirmó que no quedaba un solo ejemplar en depósito. Tampoco de la segunda edición, que financié íntegramente yo y que no llegó a ponerse a la venta en librerías: los ejemplares me fueron entregados en mano a pesar de que yo había convenido que los que se me daban eran solo la mitad y que ellos ponían otra mitad similar en las baldas de las librerías. Interrogado D. Juan Félix Bellido acerca del resto de los ejemplares, me aseguró que andaban “por ahí, en las estanterías” (sic). Un simple vistazo a Todos tus libros permite confirmar que hay un ejemplar (¡mira por dónde!) en Santiago de Compostela, quizá gracias a tu iniciativa:

https://www.todostuslibros.com/libros/el-edificio-medieval-de-san-dionisio-de-jerez-de-la-frontera_978-84-941922-5-8

Lo vende Casa del Libro de segunda mano al módico precio de 142 euros (casi me muero al leerlo):

https://www.casadellibro.com/libro-el-edificio-medieval-de-san-dionisio-de-jerez-de-la-frontera/9788494192258/2269005

Amazon lo facilita por 287:

https://www.amazon.es/edificio-medieval-Dionisio-Jerez-Frontera/dp/8494192256

En Agapea no hay existencias:

https://www.agapea.com/Fernando-Lopez-Vargas-Machuca/El-edificio-medieval-de-San-Dionisio-de-Jerez-de-la-Frontera-9788494192258-i.htm

Vamos, que no es cierto que ese mínimo de 300 o 350 ejemplares (recuerdo: edición mínima de 500 a la que se comprometía la editorial) esté en las estanterías. Por tanto, solicito se me abone el importe correspondiente a las ventas.

Sabes tan bien como yo que no es una cuestión económica: tengo mis sexenios ya y vivo dignamente. Es una cuestión de principios. Estoy seguro de que sabes de qué hablo.

Quedo a la espera de tus noticias. Recibe un cordial saludo.

______________

Tras una misiva inmediata diciendo que aguardara unos días porque estaba de viaje, el 5 de octubre recibo una respuesta todo lo amable y educada como era de esperar por parte de Antonio. En esta me daba total libertad para realizar la tercera edición con esa otra editorial, y me aseguraba tomar cartas en el asunto.

Esto fue el 5 de octubre. He esperado hasta hoy, cuando le he comunicado por escrito que esta espera me parece muy poco profesional por su parte, que el tiempo se ha acabado y que exijo de manera inmediata mi dinero o mis ejemplares.

Quizá al lector le parezca impertinente el uso del verbo exigir, pero a mí me parece por completo apropiado: hay un contrato firmado en el que ambas partes han de cumplir con una serie de obligaciones. Cuando una de ellas falla a la hora de hacerlo, lo que debe hacer es exigir. A mí D. Juan Félix Bellido me exigió dinero para poder materializar el fruto de mis investigaciones, y por ello yo exijo que se ponga a la venta el número de ejemplares convenido, o que se me liquide lo que corresponde a ese presunto mínimo de quinientos. Porque yo pensaba, ingenuamente, que vendiendo la mayoría de los ejemplares lograría recuperar la inversión inicial realizada para dar a conocer a los lectores el resultado de muchísimas horas de esfuerzo.

Debo de añadir algunas circunstancias no desdeñables. El libro recibió por mi parte dos tandas de correcciones. Pasaron semanas entre las segundas y la edición del libro, pero solo se recogieron las primeras. Mi desaliento fue considerable. Por ello mismo opté por una segunda edición, acordando verbalmente con D. Juan Félix una financiación “a medias” de esta entre un servidor y Peripecias/Presea. Lo cierto es que la segunda edición se hizo, pero entregándome a mí los ejemplares para que yo “los vendiera”. Lo que hice, obviamente, fue regalárselos a aquellos especialistas que habían comprado la edición defectuosa. El público en general nunca pudo comprarla (salvo dos o tres ejemplares que yo mismo puse a la venta en una librería jerezana, con ganancia personal de ocho euros por cada uno). En esa reedición perdí más dinero aún, aunque al menos me saqué una espina.

Ah, otro detalle: en 2015 realicé un estudio introductorio de veintidós páginas a la Introducción al estudio de la arquitectura en Xerez de Hipólito Sancho de Sopranis felizmente reeditada por esta editorial. Para mí fue un honor y un placer escribirla, y le agradezco desde aquí a Peripecias la oportunidad ofrecida. Pero también me parece necesario, tal y como están las cosas, confesar qué recibí por parte de ella: un ejemplar. ¿O fueron dos?

El libro de San Dionisio, efectivamente, va a ser reeditado, porque existe no poca demanda de él. De hecho tengo dos ofertas, aunque seré fiel a quien me lo propuso primero. Otra cosa es cuándo: estoy literalmente agotado y no sé de dónde voy a sacar tiempo para prepararlo. Pero lo haré, no por mí –volveré a invertir mucho tiempo, que no dinero–, pero me parece que los amantes del arte y del patrimonio se merecen poder acceder a ese texto sin tener que fotocopiar.

Por lo demás, estaría bien conocer el modus operandi de Peripecias en la actualidad. ¿Se sigue cobrando a los autores? ¿Se cobra a unos sí y a otros no? A mí me da un poco igual, porque solo volvería a trabajar con ellos si me pagasen antes de escribir una sola palabra, cosa que  evidentemente no van a hacer. Lo importante es que los jóvenes investigadores estén alerta. Porque los viejos, me temo, ya saben de qué va la cosa. ¿O acaso creen que soy el único historiador jerezano afectado?